Neutralidad bibliotecaria

Neutrales: mito y realidad

Neutralidad bibliotecaria (I-II)


 

Introducción

 

Para la teoría crítica, una metanarrativa es un gran relato que busca dar una explicación general a un conjunto de experiencias determinadas. Los teóricos críticos —sobre todo los llamados "postmodernos", con Jean-François Lyotard a la cabeza— desconfían de semejantes discursos: los consideran constructos sociales con los que se pretende "rellenar" vacíos interpretativos y ocultar una apabullante diversidad de historias o relatos particulares, y que suelen ser elaborados y promocionados por los poderes dominantes precisamente para homogeneizar la opinión pública, imponer sus ideas y silenciar voces diferentes a la suya.

La neutralidad bibliotecaria (o "el mito de la neutralidad", como ha sido designado por algunos autores [1]) puede considerarse una metanarrativa dentro de las disciplinas del libro y la información. Una que intenta explicar algunos rasgos del quehacer profesional y termina convirtiéndose en una verdadera directriz. Una de la que hay que desconfiar —por todas las connotaciones e implicaciones negativas que lleva aparejadas— y que, en última instancia, necesita ser desmontada críticamente.

Se trata de uno de los discursos más repetidos dentro de la bibliotecología: subyace persistentemente a lo largo y ancho de la disciplina, en todas sus facetas y a todos sus niveles. Se hace hincapié en la neutralidad bibliotecaria en la adquisición y formación de colecciones, en la catalogación y clasificación de documentos, en los servicios de referencia, en la producción de resúmenes documentales, en el establecimiento de vínculos entre la biblioteca y su comunidad, en la investigación de las funciones de los centros de documentación, en la educación a los futuros profesionales... Resulta, en definitiva, omnipresente, aunque en ocasiones pase desapercibida o no sea distinguida con la suficiente claridad.

El concepto de neutralidad bibliotecaria ha sido a menudo confundido con o utilizado indistintamente en lugar de otros (p.e. independencia o autonomía) que raramente tienen el mismo significado. Un ejemplo más del empleo encubridor y manipulador del lenguaje [2] que ha creado numerosos malentendidos, generado encendidas discusiones a lo largo de la historia de la disciplina, y ocupado cientos de páginas de literatura académica —sobre todo en medios críticos— desde la década de 1960.

 

Historia de un debate

 

Desde los inicios de la bibliotecología como campo disciplinario se hizo especial hincapié en que cuestiones como la neutralidad y la objetividad ocupasen un lugar prominente en el ideario profesional: el bibliotecario debía servir al público de forma equitativa, desprendiéndose de cualquier juicio ético, evaluación moral, compromiso social y posición política o ideológica. Como motivo de ese énfasis, Archie Dick [3] apuntó a las tempranas pretensiones cientificistas de la bibliotecología: para convertirse en una ciencia (y el modelo a seguir eran las ciencias puras o exactas) debía basar su trabajo en criterios "objetivos" y "neutrales".

 

"Cuando se institucionalizó la educación bibliotecaria en las universidades estadounidenses, en las décadas de 1920 y 1930, se perseguía un camino de crecimiento disciplinario guiado principalmente por las perspectivas de la filosofía de la ciencia. De esa forma, la objetividad y la neutralidad se convirtieron en destacados ideales profesionales".

 

En la década de los 60, Douglas J. Foskett [4] colocó la neutralidad bibliotecaria en primer plano: en un texto alabado y criticado por igual ("El credo de un bibliotecario: ni política, ni religión, ni moral"), afirmó que "[d]urante el servicio de referencia, el bibliotecario debe desvanecerse como individuo, excepto en aquellos casos en los que su personalidad arroje alguna luz sobre el trabajo de la biblioteca. Debe ser el alter ego del lector, inmerso en su política, su religión, su moral". Foskett no creía que el bibliotecario debiera deshacerse de sus propios valores (de hecho, opinaba que eran necesarios para crear un vínculo de empatía con sus usuarios). Pero sí pensaba que el profesional debía dejarlos a un lado en el acto de proporcionar el servicio, para ahondar en las preocupaciones y necesidades inmediatas del lector sin ver sus capacidades "impedidas" por ningún filtro personal. Muchos autores han visto en esos planteamientos la base teórica para la posterior preconización de un profesional artificialmente aséptico, "cosificado", despersonalizado y virtualmente convertido en una "máquina". Ese rol bibliotecario se ajustaría a la perfección al paradigma bibliotecológico tecnológico [5] que apareció en los 60 y se desarrollaría en la década siguiente, el cual da mayor importancia a los procesos que a las personas.

En 1972, David Berninghausen avivó la discusión al publicar uno de los artículos más controvertidos sobre neutralidad bibliotecaria [6]. En él afirmó que el pretendido objetivo bibliotecario de garantizar la libertad intelectual sólo podía lograrse a través de una estricta neutralidad por parte de los profesionales de la información. El debate que siguió fue intenso, y la respuesta al artículo llegó dos meses después, en un texto escrito por varios autores [7]. Uno de ellos, E. J. Josey, manifestó que Berninghausen abogaba por "una especie de capitalismo laissez-faire en bibliotecología, en el que se prestase atención a los ricos, poderosos, inteligentes y acomodados, y se dejase a las opiniones contrarias a merced de un mercado dominado por los primeros". Este razonamiento sería utilizado desde entonces como principal ariete contra la idea de neutralidad bibliotecaria.

Los debates continuaron en los 80. Se veía a la neutralidad como una actitud totalmente pasiva y, por ende, peligrosa para la independencia de la biblioteca como institución, para el pensamiento crítico y para la libertad de expresión y opinión. Henry Blanke [8] señaló que se trataba de una clara posición partidaria a favor del mainstream, "un consentimiento incondicional a los imperativos de los elementos más poderosos e influyentes de la sociedad".

A pesar de haber sido cuestionado, contestado y desafiado por las corrientes más críticas y progresistas de la bibliotecología [9] (que son, al mismo tiempo, las minoritarias y "alternativas"), el concepto de neutralidad ha llegado hasta nuestros días prácticamente intacto. Pese a todos los argumentos esgrimidos en su contra, es defendido y apoyado firmemente por los estratos dominantes afines al poder hegemónico (y aparece en directrices académicas, recomendaciones de grandes asociaciones y artículos o libros). El bibliotecario actual, aún cuando llegue a reconocer en su actividad cierto papel democratizador o ciertas implicaciones sociales, no suele considerar su labor como algo político o en lo que haya (o debiera haber) un posicionamiento ideológico o personal: un porcentaje significativo de la comunidad profesional adhiere a la idea de que su trabajo es (o debe ser) totalmente neutral [10]. Esta insistencia en la objetividad y en la neutralidad consiguen arrebatar a la disciplina algunas de sus características más valiosas, como la responsabilidad social y el compromiso con la justicia y los derechos humanos.

El relato de la neutralidad en el campo de la bibliotecología puede encontrarse, en distintos grados y a varios niveles, en la práctica totalidad de sus escenarios. Para abordar el "problema de la neutralidad" con propiedad y contrarrestarlo con toda la efectividad que sería deseable, tales niveles deben ser identificados y diferenciados correctamente.

En una aproximación superficial a la biblioteca como institución, puede hablarse de neutralidad a nivel de misión y de funciones, a nivel de servicios (sobre todo el de referencia) y a nivel de políticas internas (p.e. las de adquisición y formación de colecciones, las de clasificación y catalogación, las de préstamo y las de contratación de personal). Un acercamiento paralelo a la bibliotecología como disciplina proporciona indicios de neutralidad en las áreas de investigación y docencia (aspectos que no serán tratados en este artículo). En la siguiente sección se presenta un análisis —extremadamente somero, considerando la complejidad de la temática y los muchos intereses en juego— de la presencia del término "neutralidad" en los ámbitos arriba señalados.

 

Notas

[1] Vid. p.e. Jensen, Robert (2008). "The Myth of the Neutral Professional". En: Questioning Library Neutrality. Duluth, MN: Library Juice Press; Branum, Candise (s.f.). "The Myth of Library Neutrality" (enlace); o López López, Pedro (2008). "El mito de la neutralidad en Biblioteconomía y Documentación". Educación y Biblioteca, 166, pp. 62-68.

[2] Romano, Vicente (2007). La intoxicación lingüística. El uso perverso de la lengua<. Mataró: El viejo topo.

[3] Dick, Archie (1995). "Library and information science as a social science: Neutral and normative conceptions". Library Quarterly, 65 (2), pp. 216-235.

[4] Foskett, Douglas John (1962). The Creed of a Librarian: No Politics, No Religion, No Morals. London: The Library Association.

[5] Para una descripción de los paradigmas bibliotecológicos, vid. Gironelly Pérez, Sonia (1997). "Paradigmas y no paradigmas: una conceptuación necesaria". Ciencias de la Información, 28 (2), pp. 75-90.

[6] Berninghausen, David K. (1972). "Antithesis in Librarianship: Social Responsibility vs. The Library Bill of Rights". Library Journal, 97, pp. 3675-3681.

[7] Wedgeworth, Robert et al. (1973). "Social Responsibility and the Library Bill of Rights: The Berninghausen Debate". Library Journal, 98, pp. 25-41.

[8] Blanke, Henry (1989). "Librarianship & Political Values: Neutrality or Commitment?". Library Journal, 114 (12), pp. 39-43.

[9] Vid. p.e. Lewis, Alison (ed.) (2008). Questioning Library Neutrality: Essays from Progressive Librarian. Duluth, MN: Library Juice Press. Se trata de una colección de ensayos (de autores como Mark Rosenzweig, Sandy Iverson, Robert Jensen y John Doherty) tomados de la revista Progressive Librarian.

[10] "Desafortunadamente, demasiado a menudo los bibliotecarios han rechazado la naturaleza política del trabajo que realizan. En estos tiempos de intensa mercantilización de la información, los bibliotecarios han buscado jugar roles destacados en la nueva 'sociedad de la información'. Para ello, han aceptado acríticamente los ideales de profesionalización y han adoptado los principios de objetividad y neutralidad". Iverson, Sandy (1998/1999). "Librarianship and Resistance". Progressive Librarian, 15, pp. 14-19.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 28.07.2015.

Foto: "Perfection is pure nothingness" (enlace).

El texto corresponde a las dos primeras partes del artículo "Neutralidad bibliotecaria", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu.

 


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Asurbanipal y su biblioteca

Asurbanipal y su biblioteca

De tablillas y papiros (V)


 

Yo, Asurbanipal, dentro [del palacio] cuidé de la sabiduría de Nebo, de la totalidad de las tabletas inscritas, de todas las tablillas de arcilla; [yo] resolví la totalidad de los misterios y dificultades.

Fragmento del Cilindro A de Asurbanipal (Columna I, líneas 31-33). En Smith (1871).

 

En su imponente ciudad capital, Nínive, ubicada en el banco oriental del río Tigris (cerca de la actual Kouyunjik, norte de Irak), el monarca asirio Aššur-bāni-apli (Asurbanipal, 668-627 a.C.) poseía una biblioteca impresionante, una de las más cuidadas y mejor provistas de la antigua Mesopotamia [1]. Ubicada en la Sala de la Caza del León del Palacio Real, la colección contenía alrededor de 30.000 tabletas clasificadas por género (fue la primera institución en la historia en organizar sus documentos de esa forma [2]), y fue desenterrada por Hormuzd Rassam (ayudante del célebre Austen Henry Layard) en 1852 [3].

Aššur-bāni-apli reverenciaba la escritura. No se trataba sólo del respeto que reyes y súbditos mesopotámicos por igual sentían por los signos y tablillas. Este monarca asirio era un individuo alfabetizado, un auténtico "dueño de los signos", alguien que no necesitaba de la mediación de un escriba para leer o escribir. Tales destrezas resultaban extremadamente raras entre los regentes, gobernantes y estadistas de la época; de hecho, y de acuerdo a la leyenda, fue el único rey asirio que llegó a dominarlas. Aššur-bāni-apli presumía de ser capaz de "leer tabletas escritas antes del Diluvio", es decir, muy antiguas, lo cual indica que, además de manejar su acadio natal, también conocía el sumerio, lengua muerta que los acadios privilegiaban como idioma culto y de prestigio.

Aššur-bāni-apli envió a agentes por todo el Cercano Oriente para que buscaran tabletas con las que ampliar su colección. Así le escribió a uno de ellos, de nombre Shadanu, a quién había destinado a Barsip (Borsippa), una localidad cercana a Babilonia (Ceram, 1986):

 

El día que recibas mi carta, toma a Shuma, a su hermano Bel-etit, a Apla, y a los escribas de Borsippa a quienes conozcas, y recoge las tablillas, tantas como haya en sus casas, y tantas como haya en el templo de Ezidu... Busca y tráeme las preciosas tabletas de las cuales no existan transcripciones en Asiria. Acabo de escribir al administrador del templo y al alcalde de Borsippa haciéndoles saber que tú, Shadanu, debes conservar las tabletas en tu almacén y que nadie puede rechazar entregarte las tabletas. Si te enteras de alguna tableta que sea valiosa para el palacio, búscala, asegúrala y envíala aquí.

 

A través de este y otros medios (que incluyeron amenazas directas y obtención de tablillas como botín de guerra), Aššur-bāni-apli creó una increíble biblioteca. Curiosamente, sus fondos contenían muchísimos textos de carácter ritual: astrología, encantamientos y augurios. El propio monarca, en su mensaje a Shadanu, establecía la distinción entre "tabletas" y "textos rituales", delatando la importancia que esos documentos poseían en la antigua Mesopotamia, en donde se utilizaban para comprender, aplacar o ejercer cierta coerción (hasta donde fuese posible) a los dioses.

La biblioteca también albergaba textos sobre matemáticas, medicina, astronomía y muchas otras materias, así como poesía épica, canciones, himnos y diccionarios bilingües sumerio-babilonios. En la actualidad, este repositorio (conservado principalmente en el Museo Británico) es la más rica fuente documental para comprender las culturas de Súmer, Babilonia y Asiria. Debido a un manejo descuidado de los materiales originales, buena parte de las tablillas están dañadas de forma irreparable. Sin embargo, algunos elementos han sobrevivido intactos, y el análisis de numerosos fragmentos ha permitido una reconstrucción parcial de los contenidos.

 

Palacio de Aššur-bāni-apli, rey de la totalidad, rey de Asiria, a quien [los dioses] Nabu y Tashmetum dieron gran sabiduría, quien adquirió visión aguda: lo mejor del arte de los escribas, trabajos como ninguno de los reyes que me precedieron han visto nunca, remedios de la punta de la cabeza a las uñas de los dedos de los pies, selecciones no canónicas, sabias enseñanzas, todo lo que tenga que ver con la maestría médica de [los dioses] Ninurta y Gula, lo escribí en tabletas, lo comprobé y cotejé, y lo deposité dentro de mi palacio para su estudio minucioso y su lectura (Hunger, 1968).

 

Antiguas tradiciones persas y armenias señalan que Alejandro el Grande (356-323 a.C.) se habría inspirado en la Biblioteca Real de Aššur-bāni-apli para construir la de Alejandría (una obra que sería realizada por su amigo y sucesor Ptolomeo). De ser así, uno de los guerreros más feroces y sanguinarios que conoció el mundo antiguo habría sido, a la vez, la inspiración para una de las mayores obras de conservación de la memoria y el conocimiento humanos.

 

Notas

[1] Al igual que Nínive, la mayoría de las grandes ciudades mesopotámicas (Hattuša, Nippur, Nuzi, Ebla, Ugarit, Mari) contaba con una institución cuyo perfil oscilaba entre los archivos y las bibliotecas actuales. Tales depósitos de información eran vitales para la administración de las distintas ciudades-estado de la región. A finales del segundo milenio a.C., estas instituciones estaban presentes en varias partes del mundo.

[2] Los Sumerios llamaban a los catalogadores/clasificadores de bibliotecas "los ordenadores del universo" (Thompson, 1940).

[3] A finales de 1849 se descubrió una biblioteca en el Palacio del rey Sîn-ahhī-erība (Senaquerib, 705-681 a.C.); tres años más tarde, Hormuzd Rassam (ayudante de A. H. Layard) encontró una biblioteca similar en el Palacio de Aššur-bāni-apli, en el lado opuesto de la colina de Kouyunjik. No se realizó registro del descubrimiento, y para cuando llegaron a Europa, todas las tablillas estaban mezcladas, y la mayor parte, destrozadas. Por lo general, el hallazgo de las bibliotecas se atribuye a Layard.

 

Bibliografía citada

Ceram, C.W. (1986). Gods, Graves and Scholars: The History of Archeology. Nueva York: Knopf.

Hunger, Hermann (1968). Babylonische und Assyrische Kolophone. Alter Orient und Altes Testament, vol 2. Kevelaer: Butzon & Bercker.

Smith, George (1871). History of Assurbanipal, Translated from the Cuneiform Inscriptions. Londres: Harrison and Sons.

Thompson, James Westfall (1940). Ancient Libraries. Berkeley: University of California Press.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 21.07.2015.

Foto: "Assyrian King Ashurbanipal", de Lybian Soup (enlace).

El texto corresponde a la quinta y última parte del artículo "De tablillas y papiros. Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Libros y literaturas

Libros y literaturas

De tablillas y papiros (IV)


 

Enten hace que la oveja dé a luz al cordero,
que la cabra dé a luz al cabrito;
que vaca y carnero se multipliquen,
que se produzca mucha grasa y leche.
En la llanura hace alegrarse el corazón
de la cabra salvaje, de la oveja y del asno;
a los pájaros del cielo, sobre la amplia tierra,
les hace construir sus nidos...

Fragmento del texto sumerio titulado "Emesh y Enten" (o "Debate entre Invierno y Verano"). Tablilla 8310 de la Biblioteca de Nippur (Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Pensilvania).

 

La primera literatura de la que tenemos constancia se escribió en pequeñas tablillas de barro.

Puede decirse que en la antigua Mesopotamia se leía una literatura de arcilla [1]. Es preciso aclarar que ideas como "literatura" y "lectura como actividad recreativa" tenían, hace cinco milenios, significados y connotaciones bastante diferentes de los que se manejan actualmente. Establecer paralelismos directos podría conducir a interpretaciones erróneas. Con las reservas del caso, pues, puede hablarse de "libros de literatura mesopotámicos": conjuntos de varias tablillas (probablemente almacenadas en una cajita de madera, una canasta o en una bolsa de cuero siguiendo un orden determinado) en las que se recogían historias morales, mitos o aventuras épicas de reyes legendarios, los best-sellers de aquel momento.

Las tablillas que componían aquellos tempranos volúmenes (llamadas tuppum en acadio) solían ser pequeñas [2]; concretamente, del tamaño de la palma de la mano [3], de ahí que los signos cuneiformes que cubrían su superficie fuesen verdaderamente minúsculos. Las historias que se narraban en esos "tomos" ya habían sido, eran y continuarían siendo relatadas de manera oral por los nar (trovadores ambulantes) en calles, mercados y hogares de todas las ciudades-estado del antiguo Cercano Oriente, desde las costas del Mediterráneo hasta los montes Zagros; su consignación en signos escritos y su posterior lectura recreativa eran, en cierta forma, un lujo. Y los libros (y el hecho de tenerlos y de "escucharlos") debieron ser un símbolo de riqueza y ostentación reservado a determinadas clases sociales. Algunos historiadores han llegado a señalar que el acceso a la lecto-escritura podría haber constituido una característica distintiva de la aristocracia (o una que ayudara a definirla), y que habría recibido cierta emulación por parte de otros estratos (Michalowski, 1994).

El descubrimiento de algunos archivos y "bibliotecas" mesopotámicos en un estado de conservación relativamente bueno ha permitido saber qué se leía entonces. Los repositorios de Uruk III (3000 a.C., actual Irak) proporcionaron a los arqueólogos las primeras "lecturas" de Mesopotamia: listas de léxico sumerio (Green, 1981). En el Palacio Real de Ebla (2250 a.C., actual Tell Mardikh, NO de Siria) se desenterraron 17.000 tabletas que versaban principalmente, y como era de esperar, sobre finanzas y administración (impuestos, tributos, registros de caravanas, informes de viajes de negocios). Básicamente, se trataba de textos producidos por burócratas para burócratas: de hecho, más del 75% de las 150.000 inscripciones cuneiformes halladas hasta el momento son registros administrativos y contables (Coulmas, 1989). Sin embargo, y aunque en un porcentaje mucho menor, también se encontraron textos religiosos (himnos y otros cánticos a los dioses, oraciones, augurios y presagios, conjuros y hechizos, encantamientos, rituales durante los eclipses, exorcismos para combatir espíritus malignos, ceremonias de cambio de ciclo), reseñas sobre historia, medicina, cocina, astronomía, matemáticas, agricultura y ganadería (Walker, 1987), materiales lingüísticos (glosarios y diccionarios) y "literatura".

La mayoría de los textos escritos que, bajo parámetros actuales, se considerarían "literarios" no aparecieron en Mesopotamia hasta el periodo de dominio acadio (a partir del 2500 a.C.). Los escribas babilonios y asirios se ocuparon de codificar sus propias tradiciones orales [4] y, al mismo tiempo, de rescatar, copiar, adaptar y traducir las de los antiguos sumerios, sus predecesores en aquellas tierras entre el Tigris y el Éufrates [5]. Es por esa razón que el mayor corpus de literatura mesopotámica se ha hallado en la biblioteca babilónica de Nippur (segundo milenio a.C., actual Nuffar, Irak) y en la Biblioteca Real del rey asirio Aššur-bāni-apli (Asurbanipal, 668-627 a.C.) en Nínive (actual Kouyunjik, Irak). Oppenheim (1977) señala que dicho corpus literario se acerca a los 1500 textos, de los cuales la mitad son fragmentos.

La literatura sumeria que se conoce hasta el momento recoge mitos sobre los orígenes (de creación y organización), los "debates", los ciclos épicos de los legendarios reyes de Uruk, algunos mitos de temática variada, y el llamado "Lamento por Ur" (Wilson, 1901).

Los mitos sobre los orígenes incluyen textos como "Enki y el orden del mundo" (una cosmogonía sumeria); "Enlil y Ninlil" (sobre el nacimiento del dios luna); "Enki y Ninhursag" (donde se describen las bondades del paraíso sumerio); "Enki y Ninmah" (con el problema de la creación del hombre como argumento); "Enki y Sumer" (organización del mundo y su proceso culturizador); y el famoso "Diluvio sumerio". En este último, un relato que inspiró la célebre narración bíblica, el dios Enlil castiga a la humanidad (por motivos desconocidos) y es gracias a la intervención del dios Enki que hombres y animales escapan de la destrucción total. En esta versión, el rey Ziusudra (el equivalente del conocido Noé bíblico) se salva en su "arca" o gish ma-gur-gur ("enorme barca"):

 

Todas las tempestades y los vientos de desencadenaron;
(en un mismo instante) el diluvio invadió los centros de culto.
Después que el diluvio hubo barrido la tierra durante siete días y siete noches
y la enorme barca hubo sido bamboleada sobre las vastas aguas por las tempestades
Utu [el sol] salió, iluminando el cielo y la tierra.
Ziusudra abrió entonces una ventana de su enorme barca
y Utu hizo penetrar sus rayos dentro de la gigantesca barca.
El rey Ziusudra se prosternó (entonces) ante Utu;
el rey le inmoló gran número de bueyes y carneros.

[La versión sumeria del Diluvio aparece en una tablilla localizada en Nippur. Es el relato más temprano de este mito. Faltan las dos terceras partes del poema, y de la sección conocida, casi un centenar de líneas están dañadas. La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

En la cosmogonía "Enki y el orden del mundo", la narración adquiere un tono más majestuoso:

 

Enki, el señor del Abzu, irresistible en su majestad, proclama con (gran) voz:
"Yo soy la semilla genuina, engendrada por el buey salvaje, yo soy el primogénito de An.
Yo soy la gran tormenta que sale del Inframundo, yo soy el gran señor del país.
Yo soy el gugal [juez de las aguas] de todos los señores, el padre de todas las tierras.
Yo soy el hermano mayor de los dioses, el que trae la abundancia".

[Uno de los textos más importantes de la literatura sumeria, reconstruido a partir de muchísimos fragmentos repartidos en varios museos. La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

Los "debates" aparecen hacia finales del segundo milenio (2200-2000 a.C.). Son relatos o historias breves, disputas filosófico-poéticas de las cuales se conservan unos siete títulos: "El debate entre ave y pez", "El debate entre grano y ganado/oveja" (también llamado "Lahar y Ashnan"), "El debate entre la piedra de molino y la piedra gulgul", "El debate entre el hachapico y el arado", "El debate entre la plata y el cobre", "El debate entre invierno y verano" (también llamado "Emesh y Enten") y "El debate entre el árbol y la caña". En "Lahar y Ashnan" [6] se aprecian los términos iniciales del debate:

 

Lahar, en su aprisco,
es un pastor que incrementa los productos del aprisco.
Ashnan, en medio de las cosechas,
es una virgen amable y generosa.
La abundancia que viene del cielo,
Lahar y Ashnan la hacen aparecer sobre la tierra.
A la sociedad llevan la abundancia,
al país llevan el aliento de vida,
multiplican el contenido de los almacenes,
llenan hasta reventar los graneros.
En la casa del pobre, donde se amontona el polvo,
entrando en ella, le llevan la abundancia.
Ambos, allí donde estén,
llevan consigo a la casa enormes provechos.

[Tablilla 14005 de la Biblioteca de Nippur (Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Pensilvania). La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

Los ciclos épicos contienen narraciones de las hazañas de Shulgi y Sharru-ken (Sargón I de Akkad), así como de los heroicos reyes de Uruk Enmerkar ("Enmerkar y el señor de Aratta", "Enmerkar y Ensukushiranna"), Lugalbanda ("Lugalbanda y Enmerkar", "Lugalbanda y el monte Hurrum") y, sobre todo, de Gilgamesh. El ciclo de Gilgamesh es un conjunto de mitos sumerios entrelazados entre sí, conformado originalmente por al menos cinco historias, las cuales detallaban las aventuras del protagonista: "Gilgamesh y Agga de Kish", "Gilgamesh y el País de la Vida" (o "Gilgamesh y Humbaba"), "Gilgamesh y el Toro Celestial" (o "La muerte de Humbaba"), "Gilgamesh, Enkidu y los Infiernos" y "Muerte de Gilgamesh". El comienzo de "Gilgamesh, Enkidu y los Infiernos" presenta estructuras repetitivas características de la tradición oral:

 

En los días de antaño, en los lejanos días de antaño,
en las noches de antaño, en las lejanas noches de antaño,
en los días de antaño, en los lejanos días de antaño,
cuando en los días de antaño toda cosa perfecta había sido creada,
cuando en los días de antaño toda cosa perfecta había sido ordenada,
cuando el pan había sido probado en los templos del país,
cuando el pan había sido cocido en los hornos del país,
cuando el cielo se había separado de la tierra,
cuando la tierra se había separado del cielo,
cuando el nombre de la humanidad había sido fijado...

[Se tiene constancia de este poema a través de duplicados y fragmentos. Compone la última parte del tardío "Poema de Gilgamesh". La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

Algo similar ocurre en "Muerte de Gilgamesh":

 

El que venció al mal se ha acostado, no despertará (más).
El que estableció justicia en la tierra se ha acostado, no despertará (más).
El señor de Kullab se ha acostado, no despertará (más).
El que tuvo sabiduría se ha acostado, no despertará (más).
En el lecho del Destino yace, no despertará (más).
En el multicolor lecho yace, no despertará (más).

[Se conoce únicamente la última parte de este mito gracias a tres tablillas de Nippur. No fue incluido en el "Poema de Gilgamesh". La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

Las versiones más antiguas de estas narraciones de Gilgamesh han llegado a nosotros gracias a fragmentos hallados en Ur III, y confirman el interés de los reyes sumerios Ur-Nammu y Shulgi en conservar tales historias. Durante el periodo babilónico, esos cinco relatos se tradujeron y adaptaron. Hacia finales del segundo milenio a.C. (periodo de dominio casita), un escriba llamado Sin-leqi-unninn los adaptó y tradujo al acadio babilónico estándar, añadió un prólogo y un epílogo y convirtió la historia en una auto-biografía en tercera persona, algo muy común en la literatura acadia. Creó así el famoso "Poema de Gilgamesh". Lo que hasta entonces había sido una leyenda épica y heroica se transformó así en una narración más introspectiva sobre la mortalidad y la humanidad. El texto de Sin-leqi-unninn (la versión más difundida actualmente) ocupaba doce tabletas, once de ellas con los episodios de la vida de Gilgamesh y la duodécima con un pasaje en el que los amigos fallecidos del héroe volvían de la tumba para contar qué había sido de los muertos en el inframundo.

Los mitos de temática variada incluyen los de Inanna ("Inanna y Shukallituda", "Inanna y Enki", y el famoso "El Descenso de Inanna a los Infiernos"), el de "Los Siete Sabios", los de ultratumba ("Muerte de Dumuzi", "Pasión del dios Lil en la tumba"), y otros como "Matrimonio de Martu" o "Destrucción de Kur".

El relato del "Descenso de Inanna a los Infiernos", muy célebre, detalla así los preparativos de la diosa para viajar al inframundo:

 

La shugurra, "corona de la llanura", se puso en la cabeza.
Rizos de cabello se fijó en su frente.
Un collar de pequeñas piedras de lapislázuli ató a su cuello.
Una doble fila de piedras nunuz se puso sobre el pecho.
Un anillo de oro se puso en el dedo.
El pectoral se lo fijó en su busto.
Con el manto principesco se cubrió la espalda.
El afeite lo aplicó sobre sus ojos.

[El mito se recogió en trece tablillas halladas en Nippur. La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

La literatura semítica en lengua acadia (babilonia y asiria) incluyó, por su parte, poemas de amor, proverbios, fábulas, épicas mitológicas y leyendas, crónicas y épicas históricas (como las "Historias de la destrucción de las ciudades"), y "poesía didáctica"; ésta última un género muy popular (con las reservas del término) en Babilonia.

Los anales y épicas históricas (Noegel, 2005) aparecieron por primera vez en Mari con la épica real de Zimri-lim (1710-1698 a.C.), continuaron en la Babilonia del periodo casita con las épicas de Adad-šuma-usur (1216-1187 a.C.) y Nabû-kudurrī-usur I (Nabucodonosor I, 1126-1103 a.C.), y alcanzaron su mayor expresión en Asiria con las de Adad-nārārī I (1295-1263 a.C.), Tukulti-ninurta I (1243-1207 a.C.) y Šulmānu-ašarēdu III (Salmanasar III, 859-824 a.C.). Por lo general, todos estos relatos estaban diseñados para ensalzar las hazañas militares de sus nobles protagonistas: la de Šulmānu-ašarēdu III, por ejemplo, describe y alaba la campaña contra Urartu, en la Anatolia oriental (832 a.C.), mientras que la de Tukulti-ninurta I es un verdadero panfleto propagandístico que relata los combates contra Kaštiliašu IV de Babilonia. Así se describe en esta última al monarca asirio:

 

Incendiaria es su embestida, quema a los desobedientes a derecha e izquierda. Su luminosidad es aterradora, abruma a todos sus enemigos, cada rey piadoso de las cuatro regiones del mundo lo teme. Cuando grita como un trueno, las montañas se tambalean, y cuando blande su arma como [el dios de la guerra] Ninurta, todas las regiones de la tierra entran en pánico.

 

Entre las crónicas destacan las "Crónicas Babilónicas", redactadas por los "caldeos" (astrónomos babilonios) y que repasan la historia de Babilonia entre los reinados de Nabû-nasir (Nabonasar, 747-734 a.C.) y Seleucus III Ceraunus (243-223 a.C., periodo parto). Se cuentan además las "Crónicas Dinásticas" (o "Crónica Real Babilonia"), un listado de reyes; las "Crónicas de los Reyes Tempranos"; la "Historia Sincronística" asiria; la "Crónica P" (narraciones del reinado del monarca casita Kurigalzu II); la "Crónica de los precios del mercado" (que rescata los precios de varios artículos –cebada, dátiles, sésamo y lana– desde comienzos del segundo milenio a.C. hasta mediados del primero); la "Crónica Ecléctica" (historia de la Babilonia post-casita); y la "Crónica Religiosa" (un compendio de portentos y hechos extraordinarios). Se cree que en esta última se registró un eclipse:

 

En el vigésimo sexto día del mes Sivan, en el año séptimo [del reinado de Simbar-šipak (1025-1008 a.C.)], el día se convirtió en noche y hubo un fuego en el cielo.

 

Hubo además abundante literatura humorística, que iba desde la sátira a lo burlesco, pasando por poemas y acertijos jocosos. En el renombrado "Diálogo del Pesimismo" (hacia el 1000 a.C.), un hombre (el "amo") no deja de lanzar frases estereotipadas, y su interlocutor (el "esclavo") les hace eco servilmente, aunque eso signifique contradecirse continuamente:

 

Esclavo, ¡escúchame! ¡Aquí estoy, amo, aquí estoy!
¡Quiero hacerle el amor a una mujer! ¡Haz el amor, amo, haz el amor!
¡El hombre que hace el amor olvida las penas y el miedo!
Oh, bien, esclavo, no quiero hacerle el amor a una mujer.
No hagas el amor, amo, no hagas el amor.
La mujer es una verdadera trampa, un agujero, una zanja.
La mujer es una afilada daga de hierro que degüella al hombre.

 

"El Hombre Pobre de Nippur" es una historia fechada hacia el 1500 a.C., que ha sobrevivido de manera fragmentaria. Considerado un relato muy subversivo para su época, presenta de forma cómica a un hombre pobre que es humillado por el alcalde de Nippur y que, a través de una serie de tretas, obtiene su venganza. Comienza así:

 

Había un hombre, un ciudadano de Nippur, indigente y pobre,
Gimil-ninurta era su nombre, un hombre triste.
En su ciudad, Nippur, vivía, trabajando duro, pero
no tenía la plata que correspondía a su clase,
no tenía el oro que correspondía a la gente de su estatus,
sus almacenes estaban vacíos de grano,
sus entrañas ardían, ansiosas de comida, y
su cara estaba triste, ansiosa de carne y cerveza de primera clase.

 

Otro texto humorístico bastante famoso entre los estudiosos es "La mordedura de perro de Ninurta-pāqidāt" (o "El cuento del doctor analfabeto de Nippur"). Es una historia de equívocos, que, de acuerdo al colofón, era usada como texto de práctica para los aprendices de escriba de Uruk. Publicado por primera vez en 1979, el relato adquirió cierta "fama" ya que en aquel momento los asiriólogos no fueron capaces de traducir con sentido (y, por ende, de entender) el chiste del relato.

Mención aparte merecen los de creación, como la "Teogonía babilónica de Dunnu", la "Cosmología de los sacerdotes Kalu", o la "Cosmogonía caldea". Aunque quizás el texto más conocido dentro de esta categoría sea el "Enuma Elish" o "Enûma Eliš", una cosmogonía que incluye el "Mito de la creación del mundo y de los dioses" y el de la "Creación del hombre". En 1849, A. H. Layard recuperó las 7 tablillas en las que estaba inscrito entre las ruinas de la Biblioteca Real del rey asirio Aššur-bāni-apli (Asurbanipal) en Nínive. Fue titulado "Enuma Elish", igual que empezaba: "Cuando en lo alto el cielo...".

 

Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado,
y abajo la tierra firme no había sido mencionada por su nombre,
del primordial Apsu, su progenitor,
y de la tumultuosa Tiamat, la madre de todos,
las aguas se confundieron en un solo conjunto.
(Aún) no habían sido fijados los juncales, ni las cañas de las marismas habían sido vistas.

[La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

Dentro de los mitos se encuentran también los clasificados como de "lucha y victoria" ("Mito de Zu", y la "Victoria de Marduk sobre Tiamat" del "Enuma Elish"), y los de "destrucción y salvación". Entre estos últimos se cuentan el célebre "Mito de Atrahasis", el "Poema de Erra", y la versión acadia del "Diluvio Universal", incluida en el "Poema de Gilgamesh". El de Atrahasis explica, a través de los fragmentos que han podido recuperarse de sus 1250 versos, el motivo del Diluvio: el excesivo trabajo que tenían los dioses, y el enojo de Enlil con los seres humanos. El relato del Diluvio, por su parte, narra las aventuras del Noé babilonio, llamado Utnapishtim:

 

Al llegar el séptimo día
solté y envié una paloma.
La paloma emprendió el vuelo, pero regresó;
puesto que no había encontrado donde posarse, volvió.
Entonces solté y envié una golondrina.
La golondrina emprendió el vuelo, pero regresó;
puesto que no había encontrado donde posarse, volvió.
Después solté y envié un cuervo.
El cuervo emprendió el vuelo y, viendo que las aguas habían disminuido,
comió, chapoteó, graznó y no regresó.

[Esta narración aparece en la tablilla XI del "Poema de Gilgamesh". La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

Los mitos de ultratumba tienen, como títulos más destacados, a "Nergal y Ereshkigal", el famoso "Descenso de Ishtar a los Infiernos", y una maravillosa narración titulada "Una visión del Mundo Inferior", una especie de delirio poético de un personaje principesco asirio llamado Kumma, inscrito en prosa en una enorme tablilla de mediados del siglo VII a.C. A estos se agregan los mitos de ascensión ("Mito de Adapa", "Mito de Etana"), los de exaltación ("Exaltación de Ishtar", "Himno de Marduk", "Nacimiento de Sargón de Akkad") y, finalmente, los de seres fantásticos ("Enlil y el dragón Labbu", "Los siete utukku malignos").

Los utukku o uduggu eran los demonios mesopotámicos, y son descritos de la siguiente forma:

 

¡Violentas tormentas, dioses malignos son ellos!
¡Espíritus sin piedad, que nacieron en la bóveda celeste son ellos!
¡Ellos son agentes de desgracia!
¡Son agentes del mal que, diariamente, no piensan más que en el mal y avanzan para cometer muertes!
De entre los siete, el primero es el desecador viento del sur.
El segundo es un dragón con sus fauces ampliamente abiertas.
El tercero es un leopardo, colérico como una fiera a la que se le ha raptado a sus pequeños.
El cuarto es una serpiente aterradora.
El quinto es un león lleno de rabia, a quién no se puede hacer recular.
El sexto es un morueco enhiesto que incluso acomete al dios y al rey.
El séptimo es una tormenta, un viento malvado que no perdona a nadie.

[La traducción anterior ha sido tomada de Lara Peinado (1984)].

 

La mayor parte de los relatos mesopotámicos se perdieron con el paso del tiempo, y de las culturas que se fueron sucediendo en el Próximo Oriente. Sin embargo, algunas temáticas y leitmotivs se conservaron en el libro del Génesis (primer libro del Antiguo Testamento bíblico y de la Torah judía) y en alguna sura del Corán.

 

Notas

[1] En Mesopotamia también se usaron la piedra y el metal como soportes de la escritura, pero únicamente para determinados tipos de inscripciones. Asimismo, en momentos concretos de la historia de Asiria se utilizaron tabletas de madera cubiertas de cera. En los periodos más tardíos de la historia mesopotámica se emplearon papiros y pergaminos, sobre todo para escribir en arameo.

[2] El tamaño más común de tablilla era de unos 50 x 30 mm. aproximadamente (aunque llegaban a alcanzar 46 x 30 cm.). En líneas generales, la talla de las tablillas venía dictada por la función que cumplían los textos. Si bien solían tener proporciones "manejables" (lo que sin duda facilitaría la gestión de los datos administrativos y comerciales registrados en ellas), las que contenían leyes y textos normativos adquirían tamaños mucho mayores. Los anuncios públicos y las propagandas políticas se inscribían tablillas de proporciones descomunales: en 1200 a.C. en Aššur del Tigris, el Código de Leyes del Imperio Medio Asirio fue escrito en enormes pilares de piedra. Se cree que esas gigantescas dimensiones dotaban al texto de una mayor autoridad, y que este sería más respetado (o temido) por su prominencia espacial que por su contenido, algo que pocos lograban averiguar por sí mismos debido al analfabetismo general (Diringer, 1953).

[3] Las formas de las tablillas fueron variando y diversificándose con el tiempo. Las más antiguas eran cuadrangulares, con las esquinas redondeadas y la superficie ligeramente curvada. Las circulares se empleaban para contratos, mapas, planos y textos escolares; las que tenían forma de huevo o de tetraedro se usaban como etiquetas de propiedad; las que tenían forma de oliva se utilizaban para amuletos; sumerios, babilonios y persas usaron muchas tablillas cilíndricas, aunque los asirios prefirieran prismas de diez lados, sobre todo para escribir sus libros de historia. La más popular, sin embargo, era la tablilla ligeramente oblonga, con forma de almohada (Avrin, 1991). La arcilla era amasada y, en el caso de tablillas grandes, se la cubría con un trapo húmedo mientras el escriba iba anotando. Las tablillas poligonales eran elaboradas en una especie de rueda que dejaba el interior hueco; se alisaban las caras exteriores y allí se escribía, con sumo cuidado. Generalmente se trazaban renglones casi imperceptibles, que permitieran escribir recto. Cuando una cara se acababa, se continuaba en la siguiente, e incluso en los bordes; probablemente se utilizara algún sistema de sostén, porque los signos de las caras "posteriores" no aparecen dañados o aplastados (Avrin, 1991).

[4] Si bien en un primer momento, el idioma empleado fue el sumerio (que posteriormente continuó siendo una lengua culta y de prestigio), desde Sharru-ken (Sargón I de Akkad, 2334 a.C.) en adelante se utilizó la lengua acadia (Cooper, 1996).

[5] La literatura sumeria se conoce sobre todo por las adaptaciones y copias babilonias y asirias. Un fenómeno similar ocurrió con los textos de la Grecia clásica, conocidos por sus adaptaciones latinas y sus copias medievales.

[6] La disputa entre Lahar, el dios del ganado, y su hermana Ashnan, la diosa de la agricultura, se zanja con la victoria de esta última, en una sociedad, la sumeria, que daba mucha más importancia a lo agrícola y sedentario que a lo ganadero, asociado a los pueblos nómadas.

 

Bibliografía citada

Avrin, Leila (1991). Scribes, scripts and books: the book arts from antiquity to the Renaissance. Chicago: American Library Association.

Cooper, Jerrold S. (1996). Sumerian and Akkadian. En Daniels, P. T. & Bright, W. (eds.). The World's Writing Systems. Oxford: Oxford University Press, pp. 37-57.

Coulmas, Florian (1989). The writing systems of the world. Oxford: Wiley.

Diringer, David (1953). The Hand Produced Book. Nueva York: Philosophical Library Inc.

Green, M. W. (1981). The construction and implementation of the cuneiform writing system. Visible Language, 15 (4), pp. 345-372.

Lara Peinado, Federico (1984). Mitos sumerios y acadios. Madrid: Editora Nacional.

Michalowski, Piotr (1994). Writing and literacy in early states: A Mesopotamian perspective. En Keller-Cohen, D. (ed.) Literacy: Interdisciplinary Conversations. Cresskill, NJ: Hampton Press, pp. 49-70.

Noegel, Scott B. (2005). Mesopotamian Epic. En Foley, J. M. (ed.). The Blackwell Companion to Ancient Epic. Londres: Blackweel, pp. 233-245.

Oppenheim, A. Leo (1977). Ancient Mesopotamia: Portrait of a Dead Civilization. Chicago: University Of Chicago Press, pp. 16–17

Walker, C. B. F. (1987). Cuneiform [Reading the Past]. Berkeley, Los Ángeles: University of California Press.

Wilson, Epiphanius (1901). Babylonian and Assyrian Literature: comprising the epic of Izdubar, hymns, tablets, and cuneiform inscriptions. Londres: The Colonial Press.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 14.07.2015.

Foto: "Objects from the British Museum: Assyrian Tablets", de W.A. Mansell & Co. (enlace).

El texto corresponde a la cuarta parte del artículo "De tablillas y papiros. Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Lectores... de cartas

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De tablillas y papiros (III)


 

Dile al rey de Egipto, mi hermano: así dice el rey de Alashiya, tu hermano. Todas mis cosas van bien. Mis casas, mi esposa, mis hijos, mis soldados, mis caballos, mis carros y en mis tierras, todo está bien. Que todo vaya bien para mi hermano. Que sus casas, sus esposas, sus hijos, sus soldados, sus caballos, sus carros, y en sus tierras, esté todo bien.

Fragmento de la carta del rey de Alashiya (Chipre) al rey de Egipto. Cartas de Amarna (EA 35), Museo Británico (Londres, Reino Unido). Siglo XIV a.C.

 

En líneas muy generales, puede afirmarse que los antiguos escribas eran los notarios públicos de su época, burócratas enfrascados en dejar constancia de todo tipo de información. Pero no eran exclusivamente escritores: también eran lectores. Leían para sus superiores o patrones analfabetos (arquitectos, astrónomos, mercaderes, sacerdotes, príncipes, generales, reyes...) como parte de sus tareas habituales, o bien como un servicio especial para el que quisiera y pudiera pagarlo. Entre las muchas cosas que debían leer y escribir, quizás las más interesantes y abundantes fueran las cartas.

En Egipto y Mesopotamia, la correspondencia fue copiosa. Las cartas no se limitaban únicamente a aquellas oficiales, producidas en palacios [1] o templos: los textos más jugosos que se han desenterrado hasta la actualidad son los que se enviaban entre sí los comerciantes, mercaderes, navieros y transportistas sumerios, babilonios o asirios. Un ejemplo es la carta que escribió el mercader Nanni a su asociado Ea-nasir en Ur, hacia el 1700 a.C. (Claiborne, 1974):

 

No hiciste lo que me prometiste. Colocaste lingotes que no eran buenos ante mi mensajero y dijiste: "¡Si los quieres, tómalos, y si no, déjalos y lárgate de aquí!". ¿Por quién me tomas, que tratas a alguien como yo de esa manera? He enviado, como mensajeros, caballeros como nosotros para reclamar mi dinero, pero tú me has tratado con desprecio, enviándolos de regreso con las manos vacías varias veces... Te informo que desde ahora en más no aceptaré de ti ningún cobre que no sea de la mejor calidad. Por ende, seleccionaré yo mismo los lingotes uno por uno en mi patio, y ejerceré mi derecho a rechazarlos, dado que me has tratado con desprecio.

 

Además de los comunicados oficiales y los acuerdos comerciales, también se redactaban cartas personales, e incluso íntimas (Michel, 2001). Destaca, por ser la más estudiada, la correspondencia entre los mercaderes asirios destinados a la lejana Kaniš, en Anatolia, y sus mujeres, residentes en la capital asiria, Aššur (Michel, 2008). Así le escribía la esposa de uno de ellos:

 

¡Desde que partiste, Šalim-ahum ya ha hecho obras en su casa dos veces! ¿Cuándo podremos hacer nosotros lo mismo?

 

Algunas eran verdaderas cartas de amor:

 

Te lo ruego: una vez que hayas oído mi tablilla, ven, regresa a Aššur, a tu dios y a tu tierra, y deja que pueda volver a ver tus ojos.

 

Las tablillas, en efecto, no eran leídas: eran "oídas" de los labios de un escriba [2]. Y es que "leer", en sumerio, se decía šita (šit, šid, šed), un verbo que significaba también "contar", "calcular", "considerar", "memorizar" y, sobre todo, "recitar", "leer en voz alta". Este rasgo de la lecto-escritura antigua aparecerá en muchísimos textos, especialmente en cartas y mensajes.

Las cartas reales, por su parte, fueron la forma de correspondencia más abundante durante la primera mitad del segundo milenio a.C., o, al menos, de la que tenemos más evidencias arqueológicas. Las más famosas proceden de Akhetaten/Amarna (Egipto), en donde se han hallado misivas enviadas por los reyes de Asia Menor y Mesopotamia al faraón Amenhotep IV/Akhenaton (1351-1334 a.C.); el rey de Biblos, Rib-Hadda, fue el autor más prolífico (con unas 60, de las casi 400 descubiertas hasta el momento). En la capital de los hititas, Hattuša (actual Turquía), también se encontraron muchas cartas intercambiadas con Egipto y Asiria (Mora & Giorgieri, 2004); algo similar sucedió durante las excavaciones en el puerto de Ugarit (actual Siria). Posteriormente, durante el primer milenio a.C., los restos de correspondencia se reducen a los correos oficiales: el hallazgo de misivas particulares se vuelve más raro, probablemente porque ya se escribiría en arameo sobre pieles o pergamino, un material que no habría sobrevivido al paso del tiempo.

Las miles de cartas recibidas y enviadas por los reyes Aššur-ahhe-iddina (Esarhaddon, 681-668 a.C.) y Aššur-bāni-apli (Asurbanipal, 668-627 a.C.), encontradas en los palacios asirios de Kalhu/Nimrud y Nínive (Parpola, 1983), son de enorme interés: no solo muestran el panorama político del momento, sino que revelan, entre muchas otras cosas, el proceso de escritura de una carta oficial.

Por lo general, las cartas eran dictadas o compuestas por un escriba, usando sobre todo el acadio como lengua de correspondencia. Eran releídas, corregidas si era necesario, colocadas en un sobre (de arcilla), selladas con el monograma del remitente y enviadas.

Su escritura era un asunto de muy alta responsabilidad, y por ende, era llevado a cabo por profesionales muy confiables, sobre todo en el caso de la correspondencia real. Así relata un escriba, en una carta a su señor, como lo abordó el rey Hammurabi I de Yamkhad (actual Alepo, Siria).

 

Esto es lo que me dijo [Hammurabi]: "Hay un asunto confidencial que quiero discutir contigo. Mañana al amanecer, acércate a las puertas de palacio, de forma que te lo pueda decir, y tú lo puedas escribir en una tableta y enviársela a tu señor" Eso fue lo que me dijo.

 

Al escribir una carta, el límite venía dado por el tamaño de la tablilla. En ciertas ciudades-estado se usaban grandes tablillas "estandarizadas", que podían cubrirse, de ser necesario, por ambos lados. Pero no siempre era así.

 

[Yo, el ministro Habdu-malik] fui a Karana y transmití a Asqur-addu todas las instrucciones que mi señor me había dado. ¿Por qué debería retrasarme más en escribir a mi señor? Para que la información no sea tan copiosa que no entre en una sola tableta, he resumido lo esencial de la materia y se lo he escrito a mi señor.

 

Las cartas mesopotámicas comenzaban con una fórmula que delata la presencia del escriba, el necesario intermediario que recitaría el texto al destinatario de la misiva: Ana X qibi-ma umma Y ("A X, dile esto: así habla Y"; vid. Roux, 1964). A veces, tal presencia es señalada de forma mucho más explícita cuando los textos se refieren a "oír mensajes". Así hablaba Samsi-addu, el entonces rey de Ekallatum, a su vasallo el rey Kuwari de la ciudad-estado de Shusharra (noreste de Irak) en el siglo XVIII a.C.:

 

Dile a Kuwari: Así dice tu señor. He oído las cartas que me enviaste. Todo lo que me has escrito, yo lo haré.

 

En el siguiente párrafo, el rey Zimri-lim de Mari (1775-1761 a.C.) pide a su ministro Sammetar su consejo para responder a una carta recibida del célebre Hammurabi de Babilonia.

 

Me ha llegado una tablilla de Babilonia; ¡ven, escuchémosla juntos, tengamos una discusión, y respondámosla!

 

Y respondía un servidor del propio rey de Mari a su regente:

 

Mi señor envió una carta aquí para Shumshu-liter, en relación al cereal burrum. Él no estaba, de forma que yo abrí la tablilla y la escuché.

 

En las cartas no se consignaban lugar y fecha. Se supone que era el mensajero el que, oralmente, entregaba esa información al destinatario del correo.

Las cartas-tablillas iban embutidas en sobres de arcilla (Avrin, 1991). Básicamente, se buscaba evitar que el contenido de los mensajes fuera visto por terceros. Sobre la superficie del sobre se apuntaba el nombre del destinatario y se colocaba el sello del remitente; cuando, en épocas tardías, el sello ya no llevaba inscrito el nombre, éste se agregaba a mano. De acuerdo a las evidencias documentales, el hecho de no tener un sello personal [3] era un motivo de vergüenza, al menos entre ciertas clases sociales. Así decía la princesa Shimatum a su padre, el rey Zimri-lim de Mari:

 

¡Ojalá que mi señor me traiga un sello de lapislázuli con mi nombre! Cuando mande un mensaje, nadie volverá a mostrar desprecio diciendo "¡No lleva la marca de su sello!".

 

A veces, por distintos motivos, no había escribas de por medio; los resultados entonces solían ser mediocres, o directamente pésimos. Esto afectaba a generales, administradores, príncipes y sacerdotes por igual.

Dentro de la correspondencia oficial, había ciertas estructuras que debían respetarse (aperturas y cierres), así como ciertas normas de "decoro": los subordinados, por ejemplo, debían fingir que sus superiores ya conocían el asunto del cual se les iba a informar (vid. Charpin, 1995). Las cartas privadas, por el contrario, tenían un estilo mucho más libre y, por ende, más vívido.

No responder a una carta (sobre todo cuando se solicitaba una respuesta, y mucho más cuando tal solicitud era de carácter urgente) era visto como un acto de desprecio y una tremenda falta de educación. Así reprendía Samsi-addu, rey de la Alta Mesopotamia (siglo XVIII a.C.), a su hijo:

 

¿Por qué no me has enviado una respuesta a mi tablilla? El no enviar una respuesta a mi tablilla ¿no es una forma de desprecio y una negación del otro? ¿Es esa tú ética?

 

Para otros, tratar determinados temas en las cartas era considerado de escaso gusto o interés. Así escribía Hammurabi de Babilonia (siglo XVIII a.C.) a una de sus hermanas (nótese que el rey "leía" las tablillas, no las "oía"):

 

He leído la tablilla que me enviaste. En ella me escribiste: "¿Por qué no me escribiste sobre tu enfermedad?" Hay personas para las cuales las enfermedades son tema de correspondencia con sus hermanos. En cuanto a mí, yo solo escribo noticias alegres: "Estuve enfermo, ahora ya estoy bien".

 

Las cartas eran llevadas por mensajeros, aunque en tiempos de guerra o conflicto eran confiadas a mercaderes, que gozaban de cierta inmunidad. Al entregarse la carta se esperaba una propina, y aún quedan registros de lo ofensivo que podía resultar una propina demasiado pequeña. Esto comentaba el empobrecido Shadum-adal, rey de Ashlakka, a Zimri-lim de Mari:

 

De modo que pedí prestado dos shekels de plata y quise dárselos a los mensajeros de mi señor, pero ellos no los aceptaron, diciendo "¡Eso es muy poco!".

 

De todos los documentos recuperados a través de las excavaciones arqueológicas en las antiguas ciudades de Mesopotamia, las cartas son los que recrean el lado más humano de aquellas sociedades antiguas; los que traen a la vida nuevamente los latidos de aquella gente, tan lejana en el tiempo pero, a la vez, tan cercana:

 

Que mi padre y los dioses te mantengan bien. Las ropas de hombre mejoran año tras año. El hijo de Adadiddinam, cuyo padre es un mero subordinado de mi padre, ha recibido dos vestidos nuevos, pero tú sigues enojándote cuando yo te pido al menos uno. Tú me trajiste al mundo, su madre lo adoptó; su madre lo ama, tú a mí no (Claiborne, 1974).

 

Notas

[1] El conjunto más importante de cartas reales, compuesto por varios miles de ejemplares, ha sido descubierto en el palacio de Mari (actual Tell Hariri, Siria). Los textos cubren el periodo de 25 años que abarca los reinados de Yasmah-Adad y Zimri-Lim; vid. Charpin & Ziegler, 2003.

[2] En Egipto y Mesopotamia no se leía silenciosamente: se leía en voz alta, se declamaba, se recitaba. Las tablillas "hablaban", eran las voces por aquellos cuyos sellos estaban plasmados en ellas. De hecho, los jueces de babilonia afirmaban que los contenidos de las tablillas eran sus "bocas", o que habían "oído" a la tablilla. No había nada que contradijera a la palabra escrita y sellada. La voz escrita era la voz real.

[3] Estos sellos personales (tan necesarios para la identificación personal como un DNI actual) solían ser pequeños, cilíndricos y estar elaborados en piedras semi-preciosas (serpentina, cuarzo, jaspe, calcedonia, ágata, hematites, magnetita, cristal de roca, lapislázuli, mármol). Se cuentan entre los primeros ejemplos de impresión conocidos.

 

Bibliografía citada

Avrin, Leila (1991). Scribes, scripts and books: the book arts from antiquity to the Renaissance. Chicago: American Library Association.

Claiborne, Robert (1974). The birth of writing. Nueva York: Time-Life Books.

Charpin, Dominique (1995). Centre et périphérie. NABU, 4, p. 77.

Charpin, Dominique (2010). Reading and writing in Babylon. Cambridge (MA): Harvard University Press.

Charpin, Dominique; Ziegler, Nele (2003). Mari et le Proche-Orient à l'époque amorrite. Essai d'histoire politique. Florilegium marianum V. Mémoires de NABU, 6. París.

Michel, Cédile (2001). Correspondance des marchands de Kanich. Paris: [s.d.].

Michel, Cécile (2008). La correspondance des marchands assyriens du XIXe s. av. J.-C. De l'archivage des lettres commerciales et privées. Topoi - Supplément 9 – La lettre d'archive, pp. 117-140.

Mora, Clélia; Giorgieri, Mauro (2004). Le lettere tra i re ittiti e i re assiri ritrovate a Hattuša. Padua: SARGON.

Parpola, Simo (1983). Assyrian Library Records. Journal of Near Eastern Studies, 42 (1), pp. 1-29.

Roux, Georges (1964). Ancient Iraq. Londres: George Allen & Unwin.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 07.07.2015.

Foto: "Clay tablet and envelope", de The Oriental Institute/The University of Chicago (enlace).

El texto corresponde a la tercera parte del artículo "De tablillas y papiros. Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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