28 abr. 2015

Tras la novedad y la eficiencia

Tras la novedad y la eficiencia

Reflexiones desde una bibliotecología crítica (V)


 

...la cara incusa de la novedad, su revés tenebroso, es la caducidad, el terror también permanente a la obsolescencia anidado en la psicología del consumidor. La obsolescencia está inscrita en la ley misma de la renovación acelerada de las mercancías, como su amenaza y su elipsis.

Santiago Alba Rico.[1]

 

Inmersa en la lógica de la renovación acelerada, en el paradigma post-industrial y capitalista de la "sociedad de la información", y en la ola de los grandes avances tecnológicos, la bibliotecología se ha lanzado hacia delante en una carrera por conseguir lo último en términos informáticos/digitales, relegando muchas de sus motivaciones y algunos de los contenidos fundamentales que venía estudiando desde que la disciplina se constituyó como tal, a finales del siglo XIX.[2]

Tan rápido ha querido ir, tan radical y decidido ha sido su compromiso para con el zeitgeist dominante y dominador, que en la actualidad la disciplina se muestra ferviente devota de lo que antaño eran simples herramientas. Herramientas que caducan continuamente —pues no es otra la intención del modelo consumista de renovación acelerada— deslumbrando con sus brillos de juguete nuevo, llamando toda la atención (y desviándola a la vez de problemas cruciales) y robando el interés que debería prestarse a los temas realmente esenciales de una disciplina igualmente esencial.

No se trata de lanzar gratuitamente un juicio negativo hacia las TICs (tecnologías de la información y la comunicación), las cuales nos permiten nuevas formas de interacción, de organización, de almacenamiento y procesamiento de datos, de entretenimiento o de creación. Se trata de evaluar la importancia desmedida que se le ha dado a su empleo, al convertírselas prácticamente en el mismísimo núcleo de la profesión.

Nuestra realidad ha cambiado, y con ella las prioridades. Pero eso no significa que determinados temas hayan dejado de ser relevantes, o no merezcan ser tenidos en cuenta, sobre todo por parte de personas —los "productores y divulgadores de información" del universo bibliotecológico— cuya función es, precisamente, dotar a todos los profesionales de las nociones indispensables para desempeñar su trabajo sin perder nada en el camino. O, siendo realistas, perdiendo lo menos posible. Sin embargo, los canales educativos/divulgativos bibliotecológicos han pasado a dedicarse casi en exclusiva a las nuevas tecnologías, en detrimento de asuntos tan primordiales como la animación a la lecto-escritura (no digital), el rol social de la biblioteca (no digital) en el seno de comunidades desfavorecidas (o no), la organización del conocimiento (digital o no), la gestión de una unidad de información (no necesariamente digital), la elaboración de bibliografías comentadas o tesauros especializados (sin confiar la tarea a un programa informático que lo haga por sí solo), o las estrategias de las bibliotecas para promocionar sus servicios (sin depender exclusivamente de las redes sociales o la web 2.0).

Nuestra realidad ha cambiado, en efecto, y al querer cambiar tan deprisa como ella hemos perdido el rumbo por completo: nos hemos dejado arrastrar voluntariamente por los vientos del desenfrenado progreso tecnológico sin preocuparnos por la dirección en que nos soplaban. Hipnotizados por las luces que las últimas tendencias ponen frente a nuestros ojos, "superamos" cosas valiosas de las que ni siquiera nos hemos molestado en despedirnos; en ocasiones, ni siquiera hemos evaluado —con cuidado, con paciencia— si era preciso dejarlas atrás. En la carrera estamos abandonando lo que nos hace únicos, lo que nos diferencia de otros profesionales, lo que da un valor agregado a nuestra labor: el duro trabajo intelectual, la responsabilidad, los valores éticos. En resumidas cuentas, nuestras mayores y mejores habilidades profesionales.

Una cosa es innegable: si las bibliotecas querían entrar de lleno en el mundo de las nuevas tecnologías de la información, lo están consiguiendo. Revistas profesionales, actas de conferencias y blogs dedican páginas y megabytes al tema, y los bibliotecarios parecen no preocuparse de otra cosa. Buena noticia para las multinacionales, que obtienen publicidad gratuita y usan las bibliotecas como escaparates estratégicos de sus productos de cara al gran público.

 


 

El alineamiento incondicional de la bibliotecología con el paradigma de la "sociedad de la información" responde, por un lado, a las nuevas necesidades reveladas por los usuarios y, por el otro, a una clara imposición de un modelo post-industrial capitalista basado en la mercantilización y el desaforado consumo de la información (imposición que puede hallarse también en el origen de esas nuevas necesidades antedichas).[3]

Las bibliotecas, como centros de almacenamiento y diseminación de conocimiento, se han convertido lógicamente en blanco prioritario para aquellas compañías que pretenden hacer de la información su mayor fuente de beneficios económicos. De ahí que la constante presencia de entidades comerciales en el universo bibliotecológico (en forma de editoriales y gestoras de bases de datos) se haya multiplicado en los últimos tiempos, incluyendo ahora el área de las redes digitales y las tecnologías de la comunicación. Y de ahí la imparable cadena de privatizaciones de bibliotecas en todo el mundo, transformando centros de saber públicos en negocios que brindan pingües dividendos.

Al erigirse (consciente o inconscientemente) en una rama más del mercado global de información, las bibliotecas han visto sus estructuras, personal y procedimientos afectados por una visión empresarial [4] que ha trasladado las razones, los motivos y los fines que hasta no hace tanto impulsaban el trabajo de un profesional de este área al plano contable. La financiación de la biblioteca (y, por ende, su supervivencia) queda supeditada al logro de una serie de objetivos cuantificables (una forma de trabajo regida por estadísticas que no es nueva, aunque sí lo sea la profundidad que ha alcanzado y las connotaciones que presenta). Y el vocabulario bibliotecológico ha ido incorporando la terminología corporativa (o de "gestión", término preferente en el tesauro bibliotecológico internacional contemporáneo) a través del hábito, de la moda o de una "educación" bibliotecológica que cada vez tiene menos de "bibliotecología" y más de "management".

La biblioteca y sus trabajadores son parte de una sociedad que sigue un esquema socio-económico determinado. Dado que éste guía todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas, es difícil sustraerse de él. Pero no es imposible. Y es necesario desmercantilizar urgentemente ciertos espacios y procesos bibliotecológicos, pues de otro modo se perderán los rasgos esenciales de la bibliotecología como disciplina y de las bibliotecas como ámbito natural de la cultura e instituciones garantes del derecho a la libertad de información y del acceso universal al conocimiento.

 


 

Estamos permitiendo que una actividad intelectual y documental, una de las más valoradas y respetadas a lo largo de los siglos, se vuelva por arte de birlibirloque una tarea de gestión administrativa o de manejo informático. El mercado y la tecnología —hoy dos caras de una misma moneda— se han adueñado de nuestro territorio y lo han despoblado de relatos críticos y acción colectiva. Es momento de recuperarlo y reapropiárnoslo en toda su maravillosa complejidad.

 

Notas

[1] Santiago Alba Rico. Capitalismo y nihilismo: dialéctica del hambre y la mirada. Madrid: Akal, 2007/2001, p. 177.

[2] Vid. un ejemplo de esta actitud en Laili bin Hashim, Wan Nor Haliza Wan Mokhtar. "Trends and issues in preparing new era librarians and information professionals". Knowledge Management Section, IFLA Newsletter, 2004.

[3] Vid. Michael H. Harris, Stan A. Hannah, Pamela C. Harris. Into the future: The foundations of library and information services in the Post-industrial era. Greenwich: Ablex, 1998; Mark Crispin Miller. "Reading in the Age of Global Media". Progressive Librarian, 18 (2001), pp. 18-28. Asimismo vid. p.e. un análisis de la imposición de ese paradigma en México en Carlos Eduardo Massé Narváez. "Autonomía estatal y universitaria, mercantilización del conocimiento y educación en el neoliberalismo". Educere, 12 (41) (2008).

[4] Vid. p.e. el abordaje empresarial de M. Madhusudhan. "Marketing of Library and Information Services and Products in University Libraries: A Case Study of Goa University Library". Library Philosophy and Practice, (2008).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Sin título (enlace).

El texto corresponde a la quinta parte del artículo "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: reflexiones desde una bibliotecología crítica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica y en Issuu. Las seis partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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21 abr. 2015

Malenseñados, desprevenidos, desubicados...

Malenseñados, desprevenidos, desubicados...

Reflexiones desde una bibliotecología crítica (IV)


 

La educación consiste principalmente en lo que hemos desaprendido.

Mark Twain. "Cuaderno de notas".

 

La educación es una fábrica de ecos controlada por el Estado.

Norman Douglas.

 

En un artículo publicado en Progressive Librarian en 2008 [1], Ángel Castillo y Carlos Martínez señalan, refiriéndose al programa de la Escuela de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía de la UNAM de 2002: "Las materias no corresponden a un pensamiento reflexivo formativo, sino que están completamente dirigidas hacia cuestiones puramente técnicas y administrativas, así como a la mercadotecnia del servicio bibliotecario. Las autoridades académicas argumentan que las humanidades fueron dejadas como opciones para los estudiantes que estén interesados en estudiar archivos históricos o libros antiguos, como si las humanidades fueran una especie de herramienta para tratar libros viejos". Agregan que "la educación de los bibliotecarios es sobre todo doctrinaria y mecánica" y que, en consecuencia, los profesionales acaban teniendo una "visión instrumentalista de la realidad en la cual la tecnología no es solo el medio, sino el propio fin de la actividad bibliotecaria".

La situación descrita por los autores para México es extrapolable a muchos otros lugares [2], como puede comprobarse comparando programas de estudio: lo que se enseña en las escuelas de bibliotecología en general tiene poco que ver con lo que precisa una actividad social o una disciplina humanística y mucho con lo requerido por un trabajo tecnológico, mecánico y/o administrativo [3] (sobre todo cuando las agendas universitarias vienen marcadas por empresas, como es el caso en muchos países). De esta forma, los herederos de una actividad con siglos de historia no están adquiriendo los conocimientos básicos y mínimos necesarios para desempeñar su rol de gestores (en el sentido no-mercantilista de la palabra) integrales del conocimiento, sino el puñado de destrezas informáticas e informacionales que sus empleadores les van a exigir.

 


 

La amplitud y la profundidad de la educación bibliotecológica han ido decreciendo sensiblemente con el paso del tiempo. Se han dejado de lado materias relacionadas con la filosofía, la epistemología, la metodología, la didáctica, la pedagogía o la sociología (cuya presencia en un programa de estudio resulta bastante improbable en la actualidad), así como los asuntos teóricos (en franca recesión). Se están perdiendo la enseñanza de la historia en general y la del libro y la cultura en particular, incluyendo el estudio de la imprenta, la paleografía y otras facetas estrictamente bibliológicas. Se priorizan las lecturas eminentemente empíricas (manuales, sobre todo) en detrimento de la comprensión y el análisis de artículos académicos. Retroceden la escritura y la producción de contenidos (p.e. la redacción de ensayos). Y disminuye la capacitación para llevar a cabo las actividades que requieren mayor trabajo intelectual, como la construcción de tesauros, la elaboración de bibliografías (sobre todo las comentadas) y los resúmenes, algunas de ellas sustituidas por el aprendizaje del manejo de programas informáticos especializados que "ahorran tiempo" (y actividad neuronal). Se fomenta poco el trabajo en distintos idiomas, con categorías de otras disciplinas o en ámbitos ajenos a la biblioteca, cerrando así muchas "ventanas" que deberían abrirse cada vez en mayor número en un ámbito multidisciplinar. Y, finalmente, no existe una formación sólida en la redacción, preparación e implementación de proyectos de ningún tipo, excepto el llamado "planeamiento bibliotecario", que tiene más de administrativo que de bibliotecológico (basta revisar las categorías presentes en los marcos teóricos de esos planes).

Atrapados en los límites de las herramientas y los instrumentos de uso "prioritario", cada vez más docentes "olvidan" la enseñanza de materias o la transmisión de ideas que hacen a la razón de ser fundamental de la profesión, a su trayectoria, a la herencia que los grandes actores del pasado legaron, a sus estructuras y valores presentes o a sus posibilidades de futuro. "Olvidan", además, hablar de posicionamientos, compromisos y solidaridad; de descubrimientos y hallazgos; de dudas jamás resueltas, preguntas inconvenientes y respuestas poco atinadas... "Olvidan", en definitiva, lo realmente importante de la bibliotecología: su imperiosa necesidad de una teoría, de una historia, de unos métodos, de unas definiciones y conceptos, de un marco y unas categorías, de unos pilares y de un andamiaje...[4]

Aunque tal vez lo más preocupante es que los docentes no enseñan a sus alumnos a pensar. Como bien indica la cita de Norman Douglas, muchas escuelas (en este caso, las de bibliotecología) parecen haberse transformado en una fábrica de ecos en las que los estudiantes repiten mecánicamente unos contenidos ya masticados, digeridos y listos para usar: no hay ejercicio reflexivo ni crítico, no se alienta el pensamiento autónomo, no se impulsa la adquisición independiente de conocimientos y se impide, en consecuencia, toda posibilidad de duda razonada, de construcción de puntos de vista o de discusión confiada.

De seguir por ese camino, las instituciones educativas terminarán convirtiéndose en fábricas de producción de profesionales en cadena. Profesionales armados y montados para desenvolverse en puestos concretos, que ni saben, ni contestan, ni opinan, ni manifiestan. Es preciso que las currículas académicas incorporen —y no solo como meros cursos o seminarios adicionales— las facetas más humanísticas de la disciplina; que abran todas las puertas (o, al menos, las insinúen) al conocimiento y la cultura universal [5], a las distintas perspectivas ideológicas, a las corrientes de pensamiento históricas y actuales, a todos los modos de acción, a todas las posibilidades de la profesión...[6]

Hace falta asumir la actitud, tantas veces repetida pero pocas veces puesta en práctica, que resume el proverbio chino popularizado por Benjamin Franklin: "dime y lo olvidaré; muéstrame y quizás recuerde; involúcrame y comprenderé".

 

Notas

[1] Ángel Castillo, Carlos Martínez. "Library Science in Mexico: a Discipline in Crisis". Progressive Librarian, 31 (2008), pp. 30-37.

[2] Vid. algunos de los problemas más comunes y recurrentes de la educación bibliotecológica en D. J. Grogan. "Education for Librarianship: Some Persistent Issues". Education for Information, 25 (1) (2007), pp. 5-26. Existen informes concretos sobre educación bibliotecaria en países como Reino Unido, Zambia, China, Iran, Bangladesh, Vietnam o Canadá, que coinciden en muchos de los problemas identificados por Grogan.

[3] Vid. p.e. S. P. Singh. "Library and Information Sciences Education in India: Issues and Trends". Malaysian Journal of Library and Information Science, 8 (2) (2003), pp. 1-17, en donde se hace expreso hincapié en que es precisa la tecnificación de los profesionales.

[4] El informe final del Australian Learning & Teaching Council ("Re-conceptualising and Re-positioning Australian Library and Information Science Education for the 21st Century", 2011) señala: "Los graduados necesitan una mezcla de conocimientos y capacidades bibliotecológicas esenciales así como formación en solución de problemas y pensamiento crítico, para enfrentarse a las necesidades conocidas y emergentes" (p. 95).

[5] "Sé el que abre las puertas para aquellos que vengan tras de ti, y no trates de convertir el universo en un callejón sin salida". Ralph W. Emerson.

[6] Vid. p.e. Toni Samek. "Ethical reflection on 21st century information work: an address to teachers and librarians". Progressive Librarian, 25 (2005), pp. 43-61.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "Chairs" (enlace).

El texto corresponde a la cuarta parte del artículo "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: reflexiones desde una bibliotecología crítica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica y en Issuu. Las seis partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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14 abr. 2015

Desnudos de ideas, mudos de quejas

Desnudos de ideas, mudos de quejas

Reflexiones desde una bibliotecología crítica (III)


 

La conclusión que avanza imparable es el hecho de que la biblioteca es una institución embebida en un conjunto estratificado de instituciones que funcionan en la región de la "alta cultura" (...) y que se dedica a la (...) reproducción de la ideología hegemónica.

Michael H. Harris y Masaru Itoga. [1]

 

La discusión política, filosófica o ideológica dentro de la bibliotecología ha sido sutilmente combatida —o abiertamente rechazada— en muchísimos ámbitos profesionales (en las propias bibliotecas, en las aulas, en los congresos, en las publicaciones), usando para ello todo tipo de medios, con el pretexto de que la disciplina es "neutral" [2]. Quienes esto alegan son los mismos que sostienen que la bibliotecología (y los trabajadores de la información) no debe inmiscuirse en cuestiones que no sean de su campo de interés específico, que en términos prácticos se refiere a todo aquello que exceda los libros (o la información, física o digital) y su ordenamiento y distribución.[3]

Una rápida consulta al diccionario arroja como resultado que "neutral" significa "que no participa de ninguna de las opciones en conflicto". Y salta a la vista que esa bibliotecología que se vanagloria de una "neutralidad" impecable siempre participa de una opción: por defecto, se coloca del lado de quien la financia y apoya, ya sea el Estado o cualquier otro organismo, institución o entidad públicos o privados, en el marco de la ideología capitalista hegemónica.

No, definitivamente ni la bibliotecología ni los bibliotecarios son neutrales; no pueden serlo [4]. Hay mucha mitología que hace falta desmontar, y en ello llevan tiempo trabajando un buen número de autores progresistas [5]. Joseph Good, por ejemplo, en un artículo publicado en Progressive Librarian [6], nos recordaba la creencia generalizada —aunque Dante no lo expresase exactamente así en la Divina Comedia— de que el lugar más ardiente del infierno está reservado a los que se mantienen neutrales en tiempos de crisis.

A partir de aquí surgen esas cuestiones que muchos prefieren evitar condenando la reflexión ideológica y política: ¿por qué la bibliotecología es "no-neutral"? ¿Qué razones existen para que asuma una postura determinada? ¿Cómo se decide ese alineamiento, quién lo hace, por qué? ¿Qué consecuencias éticas y profesionales tiene tal hecho? ¿Cuáles son las sociales? ¿Qué otros posicionamientos puede haber, y qué significaría cada uno para la disciplina en general y para las bibliotecas y los bibliotecarios en particular?

La propia existencia de esas preguntas hace que salten las alarmas de muchos de los defensores de la "neutralidad" bibliotecaria. Responderlas ya va unos cuantos pasos más allá en la escala de "peligrosidad": implica reflexión, crítica, debate, razonamiento... Implica poner en juego conceptos (y pensamientos, y planteamientos, e incluso sentimientos) que tienen que ver con el compromiso, la responsabilidad, la solidaridad, la libertad de elección y acción, la inclusión, la pluralidad... Implica hablar de bibliotecas como motores de cambio social, baluartes de la "democracia del conocimiento", puentes sobre brechas informativas... Implica rechazar la equidistancia entre posiciones contrarias, el falso consenso, el inmovilismo reaccionario... y darse de bruces con la complejidad de la realidad.

En un mundo en el que las clases dominantes se aseguran la hegemonía manteniendo un férreo control sobre todos y todo (especialmente sobre la información y la educación), la audacia intelectual y el pensamiento independiente son el enemigo a batir. De ahí su constante y sistemático descrédito; de ahí la manipulación, la censura y la persecución que sufren las voces críticas; de ahí la prohibición e ilegalización de las ideas que contaminan el "orden" y la "paz social". Quizás por eso la ideología, la formación política y ciudadana, el estudio de las distintas corrientes de pensamiento o la filosofía están tan ausentes de los espacios bibliotecológicos (sobre todo de las escuelas): pensar, además de sospechoso, resulta peligroso, como lo es dudar de la inevitabilidad de ciertas decisiones. Darse cuenta de que las cosas no tienen porqué ser de una única forma amenaza el statu quo, e imaginar otros mundos posibles lo pone patas arriba.

No nos engañemos: afirmar que la disciplina es "neutral" pone de manifiesto sus filias y sus fobias y no oculta sus servidumbres. Contribuye además a que los profesionales de la información sean parte de ese rebaño obediente e industrioso que sigue las directrices de su pastor [7] y se limita a realizar una serie de tareas prácticas.

 


 

Inmersa como lo está en una sociedad determinada, es innegable que la bibliotecología tiene mucho que decir y que hacer en términos políticos, sociales e ideológicos. Trabaja en el seno de su comunidad, en contacto con la población que la rodea, sus problemas, sus opiniones y sus intereses. Su camino se cruza inevitablemente con las corrientes de pensamiento que fluyen a su alrededor. Su trayectoria está sembrada de encuentros y desencuentros con otros actores sociales y culturales, y su devenir, íntimamente relacionado con los avances y retrocesos de esa sociedad.[8]

La reflexión y la acción política no significan la adhesión a una formación, corriente o partido político. Requieren, eso sí, un pensamiento libre y un espíritu crítico e independiente. Atendiendo a la definición de "política" como la "actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo", la biblioteca tiene un doble papel que desempeñar. Por un lado, tomando parte en las deliberaciones que la afecten a ella o a su objeto de estudio y trabajo. Y por el otro, proporcionando el material (y/o el espacio) pertinente que permita a su comunidad el debate necesario para tomar decisiones informadas y promover iniciativas participativas.

La reflexión y la acción social tienen que ver con el punto anterior, y no implican necesariamente la alianza con o la participación en movimientos sociales determinados. Conllevan el análisis de la situación en que se encuentra la sociedad en la que se trabaja, el conocimiento de sus problemas y carencias, la discusión y búsqueda de soluciones, la toma de decisiones, el diseño de las acciones que se llevarán a cabo y la evaluación de sus resultados. Y ponen en juego la ética y la responsabilidad social de los profesionales de la información, tan presentes en discursos y papeles como ausentes de las aulas y las bibliotecas.

A su vez, están estrechamente vinculadas con la reflexión teórica y filosófica. Es ésta la que permite esclarecer la misión de la bibliotecología y las bibliotecas; las funciones del bibliotecario; la relación con su entorno; los resultados esperados (y obtenidos) del trabajo bibliotecario; y los vínculos entre la disciplina y conceptos como los derechos humanos, la justicia, la libertad y la igualdad.

 


 

La reflexión y la acción política, social y filosófica están inexorablemente inscritas en un marco ideológico. Emanan de él y lo construyen, en un proceso de retroalimentación permanente.

La ideología puede definirse como el "conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona o colectividad". En breve, puede decirse que se trata de la forma en que un individuo o grupo se representan el universo en el que viven, lo entienden, lo explican, lo manejan o lo transitan. Atraviesa desde las estructuras y relaciones sociales más generales hasta las creencias más particulares, desde las convenciones culturales hasta las decisiones, anhelos y esperanzas propias. La ideología nos permite reconocer en dónde estamos parados, porqué actuamos como actuamos y hacemos lo que hacemos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

¿Qué es lo que ha pasado en algo menos de un siglo para que el trabajo bibliotecario, tanto práctico como teórico, que llevó a cabo sobre todo la escuela socialista soviética [9] —uno de cuyos autores señaló que "[l]a biblioteca es una institución ideológica y de información científica" [10]— haya sido arrinconado y hoy prevalezca una visión técnica y pragmática del quehacer bibliotecológico? [11]

Lo que ha ocurrido es que se han dado grandes pasos en la mercantilización de la cultura y el conocimiento, y que se ha pervertido y manipulado hasta tal punto el lenguaje que numerosos discursos y declaraciones ya no significan ni cambian nada. Lo que ha ocurrido es, ni más ni menos, que ha triunfado la ideología capitalista y la propaganda.[12] Paradójicamente, su condición hegemónica —y su monopolio del relato— ha venido acompañada del anuncio del fin de la ideología, sumado al del fin de la historia y al de la lucha de clases [13]. Y por eso se tacha de dogmático y desfasado a cualquier intento por poner de manifiesto que sí existen otras ideologías, otras opciones, otros caminos, otras formas de pensar y actuar. En definitiva, que sí hay alternativas fuera del capitalismo.

De ahí que la reflexión (en todos los sentidos de la palabra) y la exploración de otros entramados ideológicos pueden resultar muy beneficiosas para la bibliotecología. Permitiría una mirada crítica hacia nuestro trabajo; hacia la forma en que lo desempeñamos; hacia las misiones, funciones y objetivos que nos planteamos; hacia la utilidad de los resultados que esperamos y a veces obtenemos; hacia la relación con nuestra comunidad; hacia el conocimiento que tenemos de nuestros usuarios; hacia la importancia que le damos a los instrumentos que usamos o la información que manejamos; hacia lo que deseamos como profesionales y como personas...

Esa reflexión nos llenará de dudas y preguntas, las cuales, a su vez, nos llevarán a la búsqueda de soluciones que no tienen que pasar por lo que dicta el sistema. Esas soluciones pueden inspirar cambios, torcer trayectorias, impulsar la búsqueda de nuevas vías y horizontes distintos... Horizontes que, evidentemente, los estamentos dominantes no desean que sean encontrados. Porque tal cosa significa rebelión, protesta, inconformismo, contestación, resistencia, palabras todas que han sido pintadas con matices negativos en nuestra sociedad moderna.

La exploración de otras ideas —algunas muy viejas—, la revisión de los vínculos que nos unen a la comunidad, el estudio desprejuiciado de los principios que rigen nuestro trabajo, el posicionamiento respecto a las problemáticas sociales que nos rodean, la participación en los asuntos públicos, así como el examen cuidadoso de las políticas y los mecanismos que se están poniendo en marcha para controlar la información y el conocimiento o impedir el acceso a la cultura por parte de los ciudadanos, son cuestiones que deben estar presentes en la labor bibliotecológica y bibliotecaria. Sin eso, la disciplina y la profesión perderían una parte importante de su razón de ser y se convertiría en un terreno artificialmente aséptico. Tan aséptico como inútil.

 


 

La herramienta más común para impedir que se expresen y visibilicen ideas diferentes, que se discuta sobre temas candentes o que se manifiesten compromisos sociales, posicionamientos políticos o vínculos ideológicos, es la censura.

La censura [14] ("la supresión del discurso u otras formas de comunicación pública que puedan considerarse objetables, dañinas, sensibles o inconvenientes para la sociedad, según lo determine el gobierno, los medios u otros organismos de control") puede asumir diferentes formas, y se da a varios niveles.

En primer lugar, la autocensura [15]: el profesional evita expresar abiertamente opiniones por temor a la condena (y las consecuencias que pueda tener) de su entorno profesional (laboral, académico) y personal.

En segundo lugar, la censura por los pares y el entorno más próximo: el profesional, amparándose en el principio de libertad de expresión, supera la autocensura y manifiesta sus puntos de vista, solo para encontrarse con desaprobación y todo tipo de formas de coacción (abierta u oculta).

Y en tercer lugar, la censura de la sociedad en general, que dicta cuáles son los discursos "correctos y aceptables" y condena a aquellos individuos que no acaten sus directrices.[16]

La censura forma parte de un conjunto de represalias (que incluye además persecuciones, denuncias, amenazas y/o daño físico) con las que el sistema combate aquellas ideas y creencias contrarias o simplemente diferentes que desafíen sus reglas. Es un muro de contención que intenta impedir el desarrollo de ciertas líneas de pensamiento y que, al mismo tiempo, limita toda posibilidad de libertad intelectual. Eliminar tales barreras es una tarea prioritaria para las bibliotecas y la bibliotecología. Pues, como escribió el Nobel de Literatura Bernard Shaw, "las censuras existen para prevenir que se desafíe las concepciones actuales y las instituciones existentes. Todo progreso, sin embargo, se inicia al desafiar las concepciones existentes, y se ejecuta al cambiar las instituciones existentes. Por lo tanto, la primera condición para el progreso es la supresión de la censura".[17]

 


 

La bibliotecología no puede ser neutral. Si es obligada a mantener semejante posición, perderá una de las que podrían considerarse como sus principales fortalezas: su conexión con la sociedad para la cual trabaja.

Puede, sí, ser independiente y, hasta cierto punto, autónoma.

Debe fomentar el pensamiento crítico y la reflexión en el seno de su comunidad, pues la biblioteca es el reducto social en el cual se almacenan las herramientas para ello y es un excelente espacio para que la ciudadanía se haga con el poder que le corresponde por derecho propio.

Pero, para lograr tal objetivo, debe ponerlos en práctica primero y predicar con el ejemplo.

Debe tener ideas propias, juicios de valor acerca de su tarea y su desempeño, opiniones formadas, de manera tal que ninguna entidad externa le imponga nada: ni censuras ni directrices.

Para lo cual antes debe deshacerse de los cepos, las cadenas y las mordazas; debe despojarse de la montaña de visiones y misiones que otros le han forzado a asumir y aprender a pensar por sí misma.

Debe dejar de tener miedo y comprometerse, posicionarse, actuar, pues eso se espera de ella: que sea un motor para el cambio, la transformación, la innovación.

Y para eso necesita saber en dónde está parada, cuáles son sus virtudes y sus defectos, y actuar en consecuencia, utilizando los primeros a su favor y corrigiendo los segundos.

Debe dar más oportunidades a la colaboración y menos a la competencia. Pues, a pesar de lo que la ideología dominante pretenda hacernos creer, no solo los más fuertes son los que triunfan; también lo hacen los que cooperan para lograr un objetivo común.[18]

La doctrina capitalista nos ha inculcado, a través de la educación, los medios masivos y tantos otros canales, que no hay caminos fuera de ella: todo lo que se salga de su trayectoria predefinida no son sino "sueños", "utopías", "delirios" o "esperanzas vanas". También nos ha habituado —tanto que lo repetimos motu proprio— a creer que sus ideales, sus proyectos y sus planes son lo mejor para nosotros, o son el futuro para todos...

Sin embargo, es del presente del que no podemos olvidarnos y es en él en el que, día a día, paso a paso, acción tras acción, tenemos que anclar nuestro trabajo. Como dijo Karl Marx, no basta con pensar el mundo, interpretarlo o filosofar sobre él: la verdadera cuestión es usar todo lo pensado, lo creído y lo imaginado para transformarlo [19]. He ahí el fin último de toda disciplina que se considere verdaderamente social.

 

Notas

[1] Michael H. Harris, Masaru Itoga. "Becoming Critical: For a Theory of Purpose and Necessity in American Librarianship". En Library and Information Science Research: Perspectives and Strategies for Improvement. Norwood: Ablex, 1991, pp. 347-357.

[2] "[Los bibliotecarios] se enorgullecen de su posición no política, de su 'neutralidad' en las luchas sociales que ocurren a su alrededor. Aseguran que están fuera de las luchas que tienen lugar en su sociedad". Shiraz Durrani, Elizabeth Smallwood. "The Professional is Political: Redefining the Social Role of Public Libraries". Progressive Librarian, 27 (2006), pp. 3-22.

[3] Pese a tener todo en su contra, sabemos de muchas acciones solidarias desarrolladas por bibliotecarios y bibliotecas, que entran de lleno y sin matices en el terreno de lo social, tantas veces exorcizado por docentes y "autoridades" bibliotecarias. Tales acciones tienen poco que ver con todo lo que sea "beneficencia", "caridad" y "solidaridad mediática" (lo cual sí está bien visto por el establishment) y a veces son el preludio del verdadero compromiso, el debate, la discusión o la protesta (profundamente denostados por quienes se apropian de verdades prefabricadas).

[4] "El mito del bibliotecario 'neutral' necesita ser destruido. No hay forma de que los bibliotecarios sean o puedan ser neutrales con respecto a las luchas de sus sociedades". Shiraz Durrani, Elizabeth Smallwood, "The Professional is Political: Redefining the Social Role of Public Libraries". Progressive Librarian, 27 (2006), pp. 3-22. Vid. también Robert Jensen. "The Myth of the Neutral Professional". Progressive Librarian, 24 (2004), pp. 28-34. "[La ideología de la información] sirve para posicionar a la bibliotecología como una profesión neutral en dos sentidos: (1) los bibliotecarios minimizan su participación en las disputas internas de otras comunidades; y (2) la bibliotecología no se define a sí misma en relación a la ideología de una comunidad determinada de usuarios". P. E. Agre. "Institutional Circuitry: Thinking About the Forms and Uses of Information". Information Technology and Libraries, 14 (4) (1995), pp. 225-230.

[5] Alison Lewis (ed.). Questioning Library Neutrality: essays from Progressive librarian. Library Juice Press, 2008.

[6] Joseph Good. "The Hottest Place in Hell: the crisis of neutrality in contemporary librarianship". Progressive Librarian, 28 (2006), pp. 25-29.

[7] Refiriéndose al despotismo, Alexis de Tocqueville señaló: "no destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y las dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce, en fin, a cada nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante". De la démocratie en Amérique, vol. I, cap. 6 (1835).

[8] En ocasiones la biblioteca se fuerza a sí misma a aislarse para mantener fuera de sus muros y sus estantes toda posible "contaminación" que la distraiga de sus "verdaderos objetivos" y la lleve por "senderos que no desea transitar". Es entonces cuando la institución (y con ella la disciplina que la respalda) detiene su pulso, se reseca y muere: se convierte en una cápsula desconectada de la realidad, deja de cambiar, adaptarse y evolucionar al ritmo al que lo hace la comunidad a la que sirve y con la que interactúa (o debería interactuar) y su misión principal, proveer un servicio, se convierte en una sombra de lo que debería ser.

[9] "(...) entre cuyas figuras [el historiador Miguel Viciedo Valdés] menciona a Vladimir I. Lenin, N. Krupskaya, A. I. Abramov y O. S. Chubarian". Citado por Felipe Meneses Tello en su reseña de Viciedo Valdés, Miguel. "Biblioteca pública y revolución: su desarrollo de 1959 a 1989" (La Habana: Ediciones Extramuros, 2009). Investigación bibliotecológica, 25 (53) (2011).

[10] O. S. Chubarian. Bibliotecología general. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1981. Citado por Luis Hernando Lopera Lopera en "Otra bibliotecología es posible" (http://otrabibliotecologiaesposible.blogspot.com/2005_11_01_archive.html).

[11] "(...) el conocimiento histórico se emprende accesoriamente, en aras de privilegiar la temporalidad del presente, a partir del desarrollo de conocimientos de lo inmediato y novedoso, bajo lo cual subyace el dictum de una visión técnica y pragmática del quehacer bibliotecológico". Filiberto Felipe Martínez Arellano, Juan José Calva González (comps.). Tópicos de investigación en bibliotecología y sobre la información. Volumen II. México: UNAM, 2007, p. 405.

[12] "[L]a propaganda triunfa y se vuelve innecesaria: esa sobresaturación semántica en virtud de la cual, a fuerza de significar demasiado, las palabras ya no significan nada y su sólo uso contagia y difunde, como una peste, la incomunicación. Baste pensar en los términos 'democracia', 'fascismo', 'genocidio' o 'libertad', de tal modo generalizados, en indiscriminada proliferación, que se han vuelto inútiles como instrumentos de definición y como herramientas de combate. Cuando los medios de destrucción presionan excesivamente sobre la autonomía del lenguaje (lo que implica la responsabilidad individual de todos aquellos, políticos, periodistas e intelectuales, que lo gestionan en el espacio público), las palabras se vuelven, como decía Steiner, 'inservibles para la verdad y para la poesía'. El lenguaje mismo, como transporte ingenuo de consensos básicos e instrumento de conocimiento, colapsa, desapareciendo junto a él la posibilidad misma de un espacio público compartido. […] Mientras el lenguaje resiste, ninguna catástrofe obliga a empezar de cero; sin él, la verdadera catástrofe es la de tener que comenzar —¿y cómo hacerlo sin lenguaje?— desde la Edad de Piedra". Santiago Alba Rico. "Episemia o pansemia: la contagiosa destrucción del lenguaje". Rebelión, julio 2005 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=17232).

[13] Vid. p.e. Mark Rosenzweig. "Libraries at the end of history?". Progressive Librarian, 2 (1990), pp. 2-8.

[14] "Conviene distinguir de entrada entre libertad de expresión y libertad de información. La libertad de expresión pertenece al ámbito privado y puede ser más o menos desbocada, pero nunca objeto de planificación institucional. (...) Al contrario que la libertad de expresión, la libertad de información pertenece al espacio público, al que sólo se puede acceder a través de ciertos medios de producción y ciertas mediaciones tecnológicas. Por eso, de la misma manera que la libertad de expresión es en realidad libertad de autocensura, la libertad de información es en realidad libertad de censura. Creo que, expuestas de esta manera, se entienden mejor las cosas. Ciertos órganos, ciertas instituciones, ciertos colectivos, reciben del Estado el derecho soberano a censurar públicamente un número casi ilimitado de voces. La teoría nos dice que la multiplicación de los órganos de censura es precisamente la que garantiza la comparecencia de una pluralidad completa. Eso será bajo el socialismo. Porque bajo el capitalismo, el Estado delega el derecho de censura, no en manos de ciudadanos libres o, en el extremo, de partidos y colectivos civiles, sino de grandes multinacionales que son las que, directa o indirectamente, redactan los periódicos y programan las cadenas de televisión. Los mismos que deciden quién come y qué comemos, quién puede beber y qué bebemos, quiénes van a matarse y con qué armas, quién puede ir al colegio y qué estudiamos, quién puede tener una casa y dónde vivimos, quién puede llevar zapatos y cómo nos vestimos, son los que deciden quién puede hablar y qué escuchamos". Santiago Alba Rico. "En favor de la censura". Rebelión, mayo de 2008 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=66875).

[15] Vid. p.e. la Resolution on Workplace Speech del ALA (2005); Kathleen de la Peña McCook "Workplace Speech in Libraries". Progressive Librarian, 31, 2008, pp. 7-17.

[16] Vid. p.e. Peter McDonald. "Corporate inroads & librarianship: The Fight for the Soul of the Profession in the New Millenium". Progressive Librarian, 12/13 (1997), pp. 32-44. La censura también se da dentro de la propia biblioteca, hacia su comunidad de usuarios. Vid. K. Moody. "Covert censorship in libraries: a discussion paper". The Australian Library Journal, 54 (2) (2005); Charles Oppenheim, Victoria Smith. "Censorship in Libraries". Information Services & Use, 24 (2004), pp. 159-170; Alex Byrne. "The end of history: censorship and libraries". Beacon for Freedom of Expression Conf., Egipto, 2003.

[17] George Bernard Shaw. Mrs. Warren's Profession. Prefacio (1893).

[18] Las derivaciones sociales de la teoría evolutiva de Charles Darwin (el llamado "darwinismo social" que estipulaba el principio de la supervivencia del más apto) fueron contestadas por el zoólogo y geógrafo (anarquista) Piotr Kropotkin en su libro "El apoyo mutuo: un factor en la evolución" (1902).

[19]"Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kommt aber darauf an, sie zu verändern" (Los filósofos solamente han interpretado el mundo de maneras diversas; de lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo). Karl Marx. Tesis sobre Feuerbach (1845). Tesis 11 (y epitafio en la tumba de su autor).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "The nature of nothingness" (enlace).

El texto corresponde a la tercera parte del artículo "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: reflexiones desde una bibliotecología crítica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica y en Issuu. Las seis partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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7 abr. 2015

Caminantes en un páramo teórico

Caminantes en un páramo teórico

Reflexiones desde una bibliotecología crítica (II)


 

A diferencia de sus colegas en otros campos de la actividad social, el bibliotecario se muestra extrañamente desinteresado por los aspectos teóricos de su profesión. Parece poseer una inmunidad única a esa curiosidad que en todos lados lleva al hombre moderno a intentar, de alguna forma, alinear su trabajo con la corriente principal de la vida humana. Aparentemente, el bibliotecario se queda solo en la simplicidad de su pragmatismo.

Pierce Butler. [1]

 

Como demuestra la cita de Butler (un texto publicado en 1933), la bibliotecología como disciplina parece llevar tiempo centrándose en las facetas prácticas del quehacer profesional —sobre todo en las más mecánicas— y dejando de lado sus múltiples aspectos teóricos.

Michael H. Harris volvió a señalar este hecho en 1986, en un artículo [2] que levantó muchas ampollas en la comunidad bibliotecaria internacional. En él señalaba que "la concepción de la bibliotecología como un oficio mecánico que se entiende mejor a través del precepto y la práctica ha mantenido su atractivo [desde 1853] hasta el día de hoy (...) En los años veinte, hubo voces a favor de la creación de una percepción teórica como la clave para desentrañar los misterios de la gestión bibliotecaria y —todo sea dicho— como un prerrequisito necesario para la mejora del status del bibliotecario. Esos críticos, siempre una minoría, condenaron la absurda atención que los bibliotecarios prestan a los detalles técnicos".

Las voces a las que se refería Harris siguen clamando aún hoy (un ejemplo es la de John Buschmann en 2006 [3]). Y siguen sin encontrar más respuesta que el eco que provocan sus reclamos en un enorme, inmenso vacío.

 


 

El campo de la bibliotecología puede representarse, grosso modo, como la suma de dos vertientes: la que se ocupa (o debería ocuparse) de la teoría, la investigación, los desarrollos, la metodología y la historia de la información y de su manejo, y la de la práctica a nivel de bibliotecas y centros de información/documentación. Ambas áreas están (o deberían estar) íntimamente relacionadas, y deben (o deberían) alimentarse mutuamente: los profesionales que se desempeñan en las unidades de información aportando su experiencia y utilizando conscientemente las herramientas y los saberes generados por quienes trabajan sistematizando esas experiencias y especulando sobre nuevas posibilidades [4]. Este esquema —que funciona a la perfección en muchísimas otras ciencias, artes y técnicas— permite (o permitiría) a la bibliotecología desarrollarse y prosperar como la ciencia social que siempre ha soñado ser.

Lamentablemente, la bibliotecología no funciona ni de lejos de esta manera.

Su campo de acción se está viendo progresivamente restringido a las labores que se llevan a cabo en una biblioteca o en un centro de documentación, lo cual es una simplificación brutal que anula ambas partes. Es como reducir la enología (como ciencia que estudia el universo del vino de manera integral) a la práctica diaria desempeñada por los sumilleres en restaurantes y otros ámbitos de cata y degustación de caldos: poco a poco se irían abandonando los estudios sobre botánica de la vid, o sobre los procesos bioquímicos de fermentación y añejamiento, o sobre la propia historia del cultivo y la producción de vinos. Tales campos serían ocupados por otros profesionales, como botánicos, químicos o historiadores (con la habitual excusa de que están mejor preparados), y la enología acabaría por volverse un equivalente a la sumillería y, por ende, desaparecería como la disciplina que un día fue.

Esta situación hipotética planteada para la enología se está convirtiendo en una realidad innegable y palpable en el caso de la bibliotecología. Quizás sea la razón por la cual la última continúa soñando con ser una verdadera ciencia social, posición que sigue sin poder alcanzar plenamente a pesar de las pretensiones de algunos de sus más "ilustres" representantes.

 


 

Un porcentaje considerable de profesionales han decidido ocuparse única y exclusivamente de resolver su día a día, apartando cualquier pensamiento referente a las cuestiones de fondo —teóricas, metodológicas o incluso ideológicas— de su oficio. Es una posición que ya no nos sorprende, pero que debería hacernos recapacitar, pues frente a la indiferencia de unos, otros se sienten libres para hacer y deshacer a su antojo. Basándose en esta tendencia (la cual, a su vez, viene en ocasiones determinada por instancias superiores, incluyendo no pocas entidades empresariales), muchas instituciones, escuelas, universidades y organizaciones bibliotecarias se han decantando por un análisis cortoplacista y autocomplaciente de la cotidianeidad de las unidades de información. Dicho análisis —y las propuestas, recomendaciones y normativas que de él se derivan— empaña y acota peligrosamente el alcance de la bibliotecología, empeñado en priorizar los aspectos más prácticos [5]: herramientas informáticas, marketing, economía, algunas cuestiones éticas... Lógicamente, en el proceso queda relegada la mayor parte de los asuntos teóricos [6], o bien se abordan como estudios (erróneamente etiquetados como "teóricos", en especial aquellos que se limitan a estructurar datos estadísticos) que benefician únicamente al status académico/científico de un colectivo reducido de investigadores/docentes y que carecen de repercusión directa en la realidad bibliotecaria.[7]

Visto desde fuera, da la sensación de que en la bibliotecología se huye de la teoría, se la condena solapadamente, se la excluye o se la evita abiertamente, aduciendo una serie de razones que sólo sirven como excusa y vienen a justificar el miedo, la pereza o el desinterés que subyacen tras ellas. Ocurre que la teoría es necesaria. Es más: es vital. Convertir la bibliotecología en un páramo conceptual (por desidia, negligencia, intereses creados, ausencia de espacios, falta de oportunidades o de capacitación) trae, como primera consecuencia, que cuando se precisan categorías, métodos o términos para su desarrollo se los busca en otros campos del saber y se los asimila como "préstamos" [8]. Esto es habitual en muchas disciplinas pero, a diferencia de la gran mayoría de ellas, la bibliotecología no suele tomarse la molestia de realizar un proceso completo de adaptación de dichas categorías, métodos y términos a sus necesidades.[9]

Y es a partir de este punto cuando comienzan las verdaderas complicaciones. Se entra en un círculo vicioso que, muy simplificado, podría plantearse así: (1) Debido a un cúmulo de razones diversas, probablemente vinculadas entre sí por motivos complejos e incluso retroalimentándose, no se produce teoría bibliotecológica stricto sensu, los insuficientes y fragmentarios textos que la abordan no siempre resultan relevantes, y no se prepara a los profesionales (presentes y futuros) para que sean capaces de generarla; (2) La parte de la bibliotecología que debería encarar la labor teórica, ante la ausencia de motivación y la carencia de profesionales que se dediquen a tales actividades, se contrae drásticamente hasta amenazar con desaparecer; (3) Como no se puede trabajar sin teoría, los profesionales de la información echan mano de elementos de otros campos del saber, plenamente desarrollados, de "mejor calidad" y más accesibles y comprensibles, a pesar de ser ajenos en todos los sentidos de la palabra. La bibliotecología se reduce así a su mínima expresión (el plano empírico) y acaba dependiendo directamente del desempeño de otras ramas del conocimiento (p.e. informática, matemáticas, historia, sociología, antropología, educación, literatura, filosofía o bellas artes); (4) El interés por la teoría bibliotecológica (si es que queda alguno) continúa cayendo en picado, y con él, la estructura misma de lo que reste en pie de disciplina.

La falta de desarrollo teórico, como bien señalaba Harris a mediados de los 80', no solo afecta al futuro de la bibliotecología como campo de estudio e investigación: también menoscaba la imagen del bibliotecario/bibliotecólogo como profesional autónomo e independiente.

 


 

La tendencia descrita en los párrafos anteriores ha contribuido a encoger las currículas de las escuelas, los programas de los congresos, las tablas de contenidos de las revistas, los objetivos de los centros de investigación y el horizonte de toda la comunidad bibliotecaria. En tales instancias se evidencia un énfasis demasiado fuerte en las buenas prácticas, en las experiencias y en el uso de las herramientas, pero apenas si se sistematiza alguna de ellas o se extraen principios, categorías o elementos que puedan aplicarse en otras situaciones, en otros ámbitos o con otros grupos sociales; tampoco se buscan conocimientos más profundos que unas breves (y generalmente superficiales) directrices de acción; no se evalúa la ética, la pertinencia, el marco ideológico... Todo se ciñe, en definitiva, a elementos muy concretos y particulares que, en todo caso, pueden ser imitados o tomados como referencia pero que no conforman una base sólida para el ejercicio de nuestro oficio.

En nada ayuda que no se logre hallar la manera correcta de divulgar las producciones teóricas entre la comunidad bibliotecaria; en ocasiones, porque los investigadores/autores prefieren mantenerlas dentro de sus círculos académicos, discutiéndolas únicamente con sus pares; en otras, porque la comunicación se realiza usando un vocabulario demasiado complejo y especializado, sin aclarar ni significados ni aplicaciones, ni proporcionar claves sobre cómo se deberían aprovechar tales conocimientos en situaciones concretas.

De continuar esta situación, en la que prima el estudio pragmático sobre la producción de nuevos conocimientos y la puesta en valor del patrimonio cultural de la bibliotecología, se corre el riesgo de convertirla en una cuenta de resultados.

Es preciso que nos detengamos a reflexionar sobre ello.

Tenemos que ser conscientes de la encrucijada en la que nos encontramos y preguntarnos hacia dónde nos lleva esta galopante des-teorización de la bibliotecología. Las respuestas no van a tardar en aflorar.

Si de verdad queremos hacernos cargo de nuestra disciplina no podemos continuar sirviéndosela en bandeja a terceros. Debemos ocuparnos de ella en toda su extensión, devolverle sus límites originales y restablecer el diálogo entre la práctica y la teoría [10]. Hay que ponerse a trabajar en ésta última y fomentar su enseñanza en nuestras escuelas. Hay que estimularla, promoverla, alentarla [11]. Hay que desempolvar los libros de historia. Y la imaginación. Porque, como bien expresó Miren Etxezarreta [12], "cambiar el mundo sin teoría [es] muy difícil". Quizás no sea necesario en absoluto crear una "Gran Teoría". Ni siquiera una "Teoría Unificada". Pero hacen falta unas cuantas perspectivas bien construidas, mejor sustentadas y entrelazadas por elementos comunes, que sirvan como urdimbre básica para comenzar a tejer sobre ellas un lienzo sólido y perdurable.

 

Notas

[1] Lee Pierce Butler. An Introduction to Library Science. Chicago: University Press, 1933.

[2] Michael H. Harris. "The Dialectic of Defeat: Antinomies in research in Library and Information Sciences". Library Trends, 34 (1986), pp. 515-531.

[3] John Buschmann. "The Integrity and Obstinacy of Intellectual Creations: Jürgen Habermas and Librarianship's Theoretical Literature". The Library Quarterly, 76 (3), pp. 270-299.

[4] Para la relación entre teoría y práctica bibliotecaria, vid. p.e. B. Crowley. Spanning the theory-practice divide in library and information science. Lanham, MD: Scarecrow Press, 2005; Thomas W. Shaughnessy. "Theory Building in Librarianship". The Journal of Library History, 11 (2) (1976), pp. 167-176.

[5] "[Existe] una inclinación hacia las cuestiones técnicas y una adhesión a la habilidad práctica demasiado entusiasta". Es preciso una "acción que tenga implicaciones sociales y éticas y que no se reduzca al desempeño técnico de las tareas". John M. Budd. "The Library Praxis and Symblic Power". Library Quarterly, 73 (1) (2003), pp. 19-32.

[6] "Se otorga demasiada importancia a los aspectos prácticos del quehacer bibliotecario en detrimento de los teóricos". John J. Doherty. "Towards Self-Reflection in Librarianship: What is Praxis?". Progressive Librarian, 26 (2005), pp. 11-17.

[7] "El trabajo teórico en bibliotecología es prácticamente inexistente y, cuando lo hay, resulta en su mayor parte irrelevante para la práctica bibliotecaria". Thomas Weissinger. "Information as a Value Concept: Reconciling Theory and Practice". Library Philosophy and Practice, 8 (1) (2005).

[8] Para una aproximación a los préstamos en bibliotecología, vid. p.e. Sydney J. Pierce. "Dead Germans and the theory of librarianship". American Libraries, 23 (8) (1992), pp. 641-643.

[9] "Aunque, en mayor o menor medida, todas las disciplinas toman prestada teoría de otras, en LIS tenemos que ser más conscientes y/o críticos sobre qué y cómo tomamos y adaptamos". Gloria J. Leckie, Liss M. Given, John E. Buschmann (eds.). Critical Theory for Library and Information Science: Exploring the Social from Across the Disciplines. Santa Bárbara (Ca): ABC-CLIO, 2010, p. xi. "En bibliotecología, la tecnificación del conocimiento comienza cuando se adoptan acríticamente conceptos de otras disciplinas con el fin de lograr mayor eficiencia y precisión, y sin relacionar ninguno de esos conceptos a contextos sociales o políticos". Ángel Castillo, Carlos Martínez. "Library Science in Mexico: a Discipline in Crisis". Progressive Librarian, 31 (2008), pp. 29-36.

[10] Un abordaje sobre la revitalización de la teoría bibliotecológica puede verse en B. Jones. "Revitalizing theory in library and information science: The contribution of process philosophy". Library Quarterly, 75 (2) (2005), pp. 101-121.

[11] Sobre el uso de la teoría bibliotecológica (en el lugar de trabajo, en las aulas, etc.), vid. p.e. S. Kim & D. Y. Jeong. "An analysis of the development and use of theory in library and information science research articles". Library & Information Science Research, 28 (4) (2006), pp. 548-562; V. Perrone. "Theory and practice in the library workplace". LIS News (2009); K. M. Thompson. "Remembering Elfreda Chatman: A champion of theory development in library and information science education". Journal of Education for Library and Information Science, 50 (2) (2009), pp. 119-126.

[12] "Entrevista de un conflicto: el 15 M. Diálogo con la economista crítica Miren Etxezarreta". Rebelión, febrero 2012 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=144359).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "Road to nowhere" (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: reflexiones desde una bibliotecología crítica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica y en Issuu. Las seis partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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