30 jun. 2015

Los dueños de los signos

Los dueños de los signos

De tablillas y papiros (II)


 

He visto [vasallos recibiendo] palizas brutales,
así que dirige tu corazón a la escritura.
He visto al hombre que ha sido llevado como mano de obra.
Mira, no hay nada que sobrepase la escritura (...).
[La escritura] es la más grandiosa de todas las profesiones,
no hay nada comparable en toda la tierra.

Fragmento del texto conocido como "La sátira de los oficios". Papiro Sallier II, Museo Británico (Londres, Reino Unido). Dinastía XIX. En Erman (1927).

 

En todo el mundo antiguo, desde América Central al valle del Indo y desde Nubia a Escandinavia, los primitivos sistemas de escritura eran conocidos y manejados únicamente por un pequeño grupo de personas. Esos eran los virtuales amos de la escritura y, por ende, los de la memoria que había de resistir el paso del tiempo.

Los beneficios económicos y sociales derivados del hecho de ser un escriba, un dueño de los signos, estaban lejos de cualquier duda.

En un célebre texto del 1300 a.C. conocido como "La sátira de los oficios", que contiene una serie de "instrucciones" escritas por un hombre llamado Dua-khety para su hijo Pepi mientras viajaban para internar al último en la escuela de escribas, se desglosan todas las bondades de ser un escriba... y lo "lamentable" de dedicarse a cualquier otra cosa. Las críticas sarcásticas que se realizan a otros oficios (de ahí el título que recibe en la actualidad el texto) han sido tomadas como una ironía por algunos, aunque otros las consideran un reflejo de la actitud general de los escribas de la época hacia los demás trabajadores.

 

Veo el esfuerzo del herrero del cobre
trabajando en la boca del horno
con los dedos como piel de cocodrilo
y un hedor peor que huevas de pescado.

El alfarero siempre está bajo su tierra,
aún cuando esté caminando entre la gente.
Está más sucio de arcilla que un cerdo (...)
Sus ropas son un bloque sólido.

 

Nebmare-nakht, escriba real durante el reinado de Senusret (Sesostris III, 1878-1839 a.C.), anotó una serie de consejos para su aprendiz Wenemdiamun, que quedaron recogidos en el Papiro Lansing (BM 9994, Museo Británico, Londres):

 

Aplícate a esta noble profesión... Hazte amigo del rollo de papiro, de la paleta de escriba. Dan más placer que el vino. Para el que la conoce, la escritura es mejor que cualquier otra profesión. Da más placer que el pan y la cerveza (En Lichtheim, 1973).

 

En Mesopotamia, fueron muy pocos los que pudieron adquirir las destrezas de la lecto-escritura. Se calcula que hacia el 2000 a.C. había en Ur (la metrópoli más grande de la región, con unos 12.000 habitantes) alrededor de 120 dubsar, personas capaces de leer y escribir; eso hace un 1% de la población total. Por su parte, entre 1850 y 1550 a.C., la ciudad-estado babilonia de Sippar (con 10.000 habitantes) alojaba 185 escribas registrados, 10 de los cuales eran mujeres (Claiborne, 1974).

En Egipto, el puesto de escriba (sesh) solía heredarse. Los hijos de los escribas más poderosos se educaban en la misma escuela que sus padres, y en la misma tradición. Todos los miembros de la profesión estaban exentos de impuestos o de cumplir el servicio militar, amén de librarse de cualquier tipo de trabajo manual, especialmente los más pesados (Shaw & Nicholson, 1997).

La formación de un escriba era larga y costosa, y, por ende, no estaba al alcance de cualquiera. Para convertirse en un profesional en la Babilonia del 1700 a.C., los muchachos tenían que ir a la escuela (la cual, en ocasiones, quedaba muy lejos de su hogar) entre los 6 y los 18 años. Durante 24 días al mes, estaban en clases desde temprano por la mañana hasta bien entrada la tarde (Claiborne, 1974). Como primer paso, debían aprender los signos cuneiformes, una tarea básicamente repetitiva en la cual se ejercitaba la memoria visual. El maestro cubría con un mismo signo todo un lado de las tablillas de arcilla usadas en Mesopotamia como soporte físico del texto, y el alumno debía hacer lo propio y repetir el signo hasta cubrir toda la otra cara. El siguiente paso era agrupar dos signos para formar palabras cortas. Más adelante se practicaban listados de cosas, palabras unidas en oraciones breves, proverbios cortos...

Tras dominar tanto el acadio, la lengua viva utilizada por igual por babilonios y asirios, como el sumerio, lengua muerta de enorme prestigio, y todas las normas y convenciones para la escritura y la numeración (que seguía el sistema sexagesimal), los escribas aprendían también historia, matemáticas, literatura religiosa y contratos legales (Gadd, 1956). Una vez completada su formación, el escriba se enfrentaba a una vida básicamente notarial: años y años de documentar transacciones e intercambios financieros. Por lo general, los buenos escribas solían desempeñar cargos contables en las casas de grandes mercaderes y navieros, en los archivos reales o en los templos [1]. Los peores podían dedicarse a escribir y/o leer de cartas, ofreciendo sus servicios en plazas, mercados y otros espacios públicos.

Cualquiera fuera su ocupación, eran personajes muy respetados por su pericia, y su estatus social era elevado (aunque generalmente ya pertenecían a una clase social alta antes de convertirse en escribas). El largo esfuerzo requerido para adquirir las destrezas de la lecto-escritura se veía ampliamente recompensado.

Aunque el cargo de escriba era ocupado mayoritariamente por hombres, también había mujeres entre sus filas. Curiosamente, la primera "escritora" de la historia en firmar un trabajo fue una mujer: la princesa Enheduanna de la ciudad-estado sumeria de Ur (hacia el 2300 a.C.), Alta Sacerdotisa de la diosa-luna Nanna, hija de Sharru-ken (Sargón I de Akkad) y tía del rey acadio Narām-sîn. Compuso una canción de alabanza a la diosa sumeria del amor y la guerra, Inanna ("La Exaltación de Inanna", Nin-me-sar-ra), y una colección de 42 himnos conocidos como "Himnos Sumerios del Templo" (Hallo & Van Dijk, 1968; Sjöberg & Bergmann, 1969). Enheduanna incluyó su nombre como autora al final de sus textos, algo que en aquella época no era demasiado habitual [2]. Más tarde, sin embargo, esas precoces "menciones de autoría" se convirtieron en una especie de norma para los escribas, y aparecían en los célebres colofones.

Al final de las tablillas, en una inscripción final que proporcionaba información "periférica" no relacionada directamente con la temática del texto y que los expertos han dado en llamar colofón, los escribas mesopotámicos consignaban, entre otros datos, su nombre, el lugar y la fecha [3]. En aquel temprano periodo de la historia de la escritura y la lectura, el escriba no solía ser el creador de los contenidos que codificaba: su función era la de "escribiente" y "recitador de datos". Cuando un escriba leía un texto que él no había escrito, en realidad estaba recitando, reviviendo y oyendo la voz de otro colega, que había representado mediante signos un determinado contenido. La identificación del colofón era necesaria para saber a quién se estaba escuchando, quién estaba del otro lado de la línea de comunicación. La "declaración de autoría" mesopotámica no era, como en la actualidad, una "reserva" de derechos intelectuales, o un modo de destacarse, obtener fama o beneficios económicos. Se trataba de una simple identificación.

La mayoría de los colofones mesopotámicos terminaban diciendo: "Que los sabios instruyan a los ignorantes, pues los que no saben no pueden ver", señalando no solo la importancia de estos profesionales en el entramado social de la época (Manguel, 1998), sino también la tremenda responsabilidad que tenían y asumían los que sabían escribir y leer [4]. Los primeros escribas poseían un enorme sentido de la responsabilidad asociada al poder que manejaban, y exacerbada por las leyes que los condenaban a grandes castigos si fallaban en cumplir su deber honestamente. Pues la destreza de un escriba y su interpretación fiel de los textos podían resolver (o provocar) desde disputas cotidianas y pequeños actos delictivos hasta conflictos diplomáticos y crímenes. Al final de una de las cartas enviadas por Nabu-ser-ketti-lešir al rey asirio Aššur-bāni-apli (Asurbanipal, 668-627 a.C.) se encuentra la siguiente fórmula:

 

Quienquiera que seas, oh escriba, que estás leyendo [esta carta], ¡no escondas nada al rey, tu señor! Habla por mi ante el rey, para que los dioses Bel [y] Nabû te bendigan (En Oppenheim, 1965).

 

Los dueños de los signos no solo eran los amos de la "memoria a largo plazo" de su sociedad, sino también los que se encargaban de las comunicaciones y los que posibilitaban la existencia de un "relato oficial". Sin embargo, el poder que tenían entre sus manos siempre fue controlado por las autoridades de turno. O, al menos, casi siempre. De vez en cuando, los escribas burlaban momentáneamente ese cerco y apuntaban un pequeño guiño en sus textos, que hiciera saber a los lectores quién era el que en realidad empuñaba el cálamo [5].

 

Notas

[1] El rol del "jefe de escribas" (rab tupšarri) y el de los "escribas de palacio" (tupšar ēkalli) en Babilonia y Asiria era importantísimo: eran los encargados de la cancillería (escribían cartas, diseñaban documentos oficiales, consultaban fuentes), de desarrollar el idioma y las fórmulas lingüísticas oficiales, de coordinar la burocracia palaciega y de investigar los documentos antiguos que sirvieran de apoyo y referencia a las decisiones (Luukko, 2007).

[2] Gracias a que apuntó su nombre, Enheduanna es una de las primeras mujeres de la que se tiene registro histórico-documental. De hecho, es considerada la primera poeta/autora conocida.

[3] El estudio de los contenidos de los colofones mesopotámicos se ha convertido en una verdadera sub-disciplina. Además de incluir autor, lugar y fecha, el escriba anotaba el título del texto, el número de líneas de cada tablilla, la línea con la que comenzaba la tablilla siguiente, el nombre del patrón del escriba, el nombre del dios bajo cuya protección se colocaba, una bendición para el que conservase la tablilla en buenas condiciones y una maldición para el que la destruyese o pretendiese dañarla.

[4] El Código de Hammurabi (1772 a.C.) demandaba la muerte para los que levantaran falso testimonio, algo que incluía a los escribas, testigos de buena parte de las transacciones de una sociedad.

[5] Los textos de corte satírico (e n los cuales los escribas se permitían, a guisa de broma, exponer ciertas realidades) son bastante conocidos tanto en Egipto como en Mesopotamia. Un ejemplo es el papiro Anastasi I (BM 10247, Museo Británico, Londres), redactado durante el Imperio Nuevo, dinastías XIX-XX.

 

Bibliografía citada

Claiborne, Robert (1974). The birth of writing. Nueva York: Time-Life Books.

Erman, Adolf (1927). The literature of the ancient Egyptians; poems, narratives, and manuals of instruction, from the third and second millennia BC. Londres: Methuen & Co. Ltd.

Gadd, Cyril John (1956). Teachers and students in the oldest schools. Londres: University of London, School of Oriental and African Studies.

Hallo, William W.; Van Dijk, J. J. A. (1968). The Exaltation of Inanna. New Haven: Yale University Press.

Lichtheim, Miriam (1973). Ancient Egyptian literature. Volume I: The Old and Middle Kingdoms. Berkeley: University of California Press.

Luukko, Mikko (2007). The administrative roles of the "chief scribe" and the "palace scribe" in the Neo-Assyrian period. State Archives of Assyria Bulletin, xvi, pp. 227-256.

Manguel, Alberto (1998). Una historia de la lectura. Buenos Aires: Alianza Editorial.

Oppenheim, A. L. (1965). A note on the scribes in Mesopotamia. En Güterbock, H. G.; Jacobsen, T. (eds.). Studies in honor of Benno Landsberger on his 75th birthday. Chicago: [s.d.], pp. 253-256.

Shaw, Ian; Nicholson, Paul (1997). The British Museum Dictionary of Ancient Egypt. Londres: British Museum Press.

Sjöberg, Ake W.; Bergmann, Eugen (1969). The Collection of the Sumerian Temple Hymns. Locust Valley: J. J. Augustin.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "Tablet with Cuneiform Inscription", de Wikimedia Commons (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "De tablillas y papiros. Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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23 jun. 2015

Voces eternas

Voces eternas

De tablillas y papiros (I)


 

Un hombre ha muerto, su cadáver está en la tierra.
Cuando toda su familia haya perecido
será la escritura la que le permita ser recordado,
en la boca del que recita las fórmulas.
Los papiros son más útiles que una casa bien construida,
y que capillas en el oeste;
son más perfectos que torres de palacios,
y duran más que un monumento en un templo.

Párrafo 6 del texto conocido como "La inmortalidad de los escritores". Papiro Chester Beatty IV (BM 10684), Museo Británico (Londres, Reino Unido). Dinastías XIX-XX. En Lichtheim (1973).

 

La escritura inmortaliza a quienes nos antecedieron y lo que les aconteció de una manera única; son los papiros y no los templos, los palacios o los monumentos, quienes mejor salvaguardan su recuerdo. Esa es la idea que quiso transmitir el escriba egipcio que redactó el texto de la cita anterior, hace unos tres mil años. Una idea, por cierto, que ya llevaba alrededor de veinte siglos resonando en las escuelas de escribas del valle del Nilo y en los depósitos de tablillas de la vecina Mesopotamia, las regiones en donde se dieron los pasos más tempranos en la aventura de reproducir la palabra hablada en signos.

¿Para qué moldear la voz humana en piedra, en arcilla o en tinta? ¿Para qué, si durante milenios las sociedades humanas no han necesitado más soporte que su memoria ni más canal que su voz para transmitir sus conocimientos? Incluso cuando la escritura dejó de ser patrimonio de un puñado de exclusivos sectores sociales, o cuando hoy una parte nada despreciable de la historia y los saberes humanos circulan a alta velocidad por las modernas "autopistas de la información", la transmisión oral continúa activa y vigente (Civallero, 2006). Ocurre que la memoria humana tiene dos handicaps bastante evidentes. Por un lado, es limitada. Puede almacenar cierta cantidad de datos, e incluso relacionarlos entre sí para convertirlos en información, pero hay barreras que no puede superar. Llega un momento en que necesita de algo en lo que apoyarse [1]. Por el otro, es lábil. Tiende a cambiar, a modificar fragmentos de los recuerdos que conserva, a adaptarlos a nuevas circunstancias o a ciertas conveniencias, o a eliminarlos sin mayores explicaciones. Esto llevó a que la palabra dicha (aún delante de testigos) nunca fuese, a la postre, más que aire: podía olvidarse o tergiversarse, y pocas veces servía como prueba incontestable de un acuerdo, de una transacción, de un negocio o de un compromiso [2]. Algo similar sucedía con las leyes, los mandamientos religiosos o las órdenes, a las cuales la oralidad volvía endebles, o con los mensajes, que podían distorsionarse o perderse.

El uso de recursos que sirvieran de "muletas" a la memoria (mnemotécnicos) se remonta al menos al Paleolítico: los cazadores del periodo aziliense, que habitaron los Pirineos hace 12.000 años, ya pintaban cruces, rayas, puntos y otros diseños en guijarros, probablemente para contabilizar algo cuyo significado se perdió junto a quienes se lo dieron. Las propias pinturas rupestres podrían haber sido realizadas para dejar testimonio de actividades y aventuras, más allá de lo recordado y lo narrado. El método dio un enorme salto cualitativo hacia el 4000 a.C., con el surgimiento de las primeras grandes sociedades urbanas en el valle y el delta del Nilo, y entre los ríos Tigris y Éufrates [3]. En ese contexto no solo era necesario llevar la contabilidad de enormes cantidades de tributos, mercancías almacenadas o bienes en depósito, sino que era preciso asentar transacciones económicas, cerrar contratos, enviar correspondencia oficial entre ciudades-estado, y registrar códigos y medidas legislativas, todo ello de forma fidedigna, sin posibilidad de olvidos o distorsiones.

Los signos empleados hasta entonces como "ayuda-memorias" se fueron adaptando y enriqueciendo, y terminaron por convertirse en la primera forma de escritura conocida por el ser humano [4]. Fue así como las tempranas sociedades urbanas comenzaron a confiar sus datos –al menos los administrativos y legislativos– directamente a soportes físicos externos. La escritura permitió entonces recordar cantidades exactas, sin margen de error; zanjar disputas y reclamar el cumplimiento de contratos; volver a leer instrucciones... Gracias a ella, la información se transformó en un elemento con presencia física que podía almacenarse, transportarse y recuperarse cada vez que fuese preciso.

La historia de la lectura arrancó, pues, con una larga serie de esquemáticos listados, de apuntes comerciales y de anotaciones en las que predominaron cifras, fechas, productos y nombres de lugares y personas. De hecho, según Martin (1994), la escritura sumeria se desarrolló "no para reproducir un discurso hablado pre-existente, sino para conservar en la memoria pedazos concretos de información": secuencias de nombres, verbos, números y adjetivos que se agrupaban para crear un dato en concreto. Pasarían algunos siglos hasta que aquellos que dominaban el arte de traducir las palabras en signos y viceversa se animaran a plasmar otros textos, otros discursos, otros relatos. Lo que hoy consideramos "literatura" continuaría siendo oral, habitando el aire y las voces de los narradores. Un lugar que, en ciertos casos, jamás abandonó del todo.

Con el diario ejercicio de sus nuevas destrezas, aquellos que empleaban la escritura descubrieron un rasgo que marcaría para siempre el uso del alfabeto (y, posteriormente, el de la imprenta): tras cumplir sus objetivos, los textos escritos, tuvieran la función que tuvieran originalmente, sobrevivían a sus autores. Eran capaces de superar las fronteras impuestas hasta entonces por el tiempo y transmitir los mensajes que codificaban a generaciones aún por llegar. Al ser escrita, la voz humana se volvía eterna; años, incluso siglos más tarde, otra voz podía leer las palabras grabadas, recitarlas y traerlas nuevamente a la vida. Las ideas y sus creadores no morían jamás. Era lo más parecido a la inmortalidad que esas sociedades pudieron imaginar.

Definitivamente, la escritura estaba cargada de magia. Y de poder. No es extraño, pues, que entre los primeros usos que recibió se encontrara también la creación de inscripciones monumentales que proclamaban a las edades futuras la magnificencia de los reyes, la valentía de los generales y la bondad de los sumos sacerdotes.

 

Las puertas de sus capillas están deshechas,
sus sacerdotes se han ido,
Sus lápidas están cubiertas de lodo,
sus tumbas han sido olvidadas,
pero sus nombres se recitan en los papiros
escritos cuando eran jóvenes.
Ser recordados los transporta a los límites de la eternidad.

"La inmortalidad de los escritores", párrafo 4.

 

Si bien la eternidad que garantizaba la escritura estuvo potencialmente al alcance de todos, en la práctica quedó en las manos de unos pocos: los escribas que podían aprender a manejarla y, sobre todo, aquellos a quienes tales escribas servían.

La inmortalidad de las palabras grabadas quedó reservada, pues, para los pudientes y los poderosos, para sus discursos, sus "actos" y sus "memorias" (o, más concretamente, para aquellas que deseaban legar). La vida de generaciones y generaciones de seres humanos a lo largo y ancho del mundo apenas si dejó huella en los textos escritos, algo que no debería sorprender a las actuales generaciones: al fin y al cabo, con otros protagonistas y otros medios, la eternidad sigue siendo terreno privado.

 

Notas

[1] Dentro de la propia tradición oral existen recursos técnicos para lograr memorizar una mayor cantidad de información (p.e. uso de rimas, de palabras que evocan determinadas imágenes mentales, etc.). Sin embargo, tales recursos mnemotécnicos también tienen sus límites.

[2] Las sociedades basadas en la oralidad, no obstante, buscaron garantizar el cumplimiento de los compromisos orales dando mucha importancia al valor de la "palabra dada" y asociando el respeto a esa palabra a la honorabilidad de una persona (y, por ende, a su imagen/estatus social dentro de su comunidad). Esa idea de "cumplimiento de la palabra empeñada como muestra de honorabilidad" ha sobrevivido hasta la actualidad en nuestra sociedad moderna, herencia insospechada de un pasado oral.

[3] El proceso fue progresivo; algunas de sus etapas pueden reconocerse en los signos de Vinča (7000 a.C.), la tableta de Dispilio (6000 a.C.) o las tabletas de Tărtăria (5300 a.C.). Más tarde se darían, de forma similar, en Asia (China, India) y América.

[4] Durante varios siglos, los sumerios mantuvieron un sistema de escritura bastante laxo, que incluía alrededor de 1800 pictografías (Fischer, 2001). Entre el 2700 y el 2350 a.C., y merced a un buen número de simplificaciones, el inventario se redujo a 800 (como puede observarse en las tabletas de Shurrupak). Hacia el 2500 a.C., todos los símbolos sumerios ya tenían valor fonético. Y hacia el 2000 a.C. se usaban solo 570 logogramas (Powell, 1981).

 

Bibliografía citada

Civallero, Edgardo (2006). Aprender sin olvidar: lineamientos de trabajo para la recuperación de tradición oral desde la biblioteca. En Segundo Foro Social de Información, Documentación y Bibliotecas. México D.F. (México), 9-10 de septiembre.

Fischer, Steven Roger (2001). A History of Writing. Londres: Reaktion Books.

Lichtheim, Miriam (1973). Ancient Egyptian literature. Volume II: The New Kingdom. Berkeley: University of California Press, pp. 175-178.

Martin, Henri-Jean (1994). The History and Power of Writing. Chicago: University of Chicago Press.

Powell, Marvin A. (1981). Three Problems in the History of Cuneiform Writing: Origins, direction of script, literacy. Visible Language, 15 (4), pp. 419-440.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "Arabic calligraphy", de Aieman Khimji/Wikimedia Commons (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "De tablillas y papiros. Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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16 jun. 2015

El rol de la biblioteca en la inclusión social

Los incluidos, los excluidos...

El rol de la biblioteca en la inclusión social (I-III)


 

Introducción

 

La frenética lucha cotidiana entre colectivos sociales, "clases"” y comunidades por el control y el uso de los recursos disponibles —uno de los principios esenciales de todas las sociedades industrializadas y capitalistas modernas— arroja como resultado una larga ristra de "vencidos"”, amplios sectores de la población que han sido derrotados en la "competencia". Los caídos ven cercenadas sus oportunidades de desarrollo (y sus mismísimos medios de vida) por los "vencedores", que intentan mantenerlos donde están para evitar competidores que amenacen el statu quo. Nace así la exclusión social como fenómeno (pero no como concepto), y al mismo tiempo surge su contrapartida, la inclusión social: el conjunto de medidas que intentan paliar los nocivos efectos de la exclusión.

La biblioteca, como gestora de un valioso recurso público (la información), se halla en una encrucijada. Por un lado, al encontrarse dentro de los objetivos de la lucha entre los grupos sociales, debe asegurarse su neutralidad y garantizar que el bien que salvaguarda y distribuye (vital para el desarrollo y el progreso de la sociedad) llegue a todos por igual. Por el otro, debe lograr que la información que maneja sirva como herramienta a aquellos colectivos excluidos que pretendan minimizar las consecuencias de su estado y los bloqueos a los que se ven sometidos. En ambos casos, los profesionales de la bibliotecología y la documentación deberán apelar a su responsabilidad social, su ética profesional y su compromiso para hacer frente a los retos y dificultades que entrañan tan complejas tareas.

 

"Incluidos" y "excluidos"

 

La inclusión en comunidades, colectivos o cualquier otro tipo de agregado social (y la consiguiente exclusión de ellos) son fenómenos intrínsecos a la construcción y desarrollo de cualquier entramado humano.

Se trata de mecanismos puestos en práctica en el marco de procesos de agrupamiento social, aquellos a través de los cuales los individuos que comparten determinadas características e intereses se interconectan para conformar grupos de distintas magnitudes, objetivos y alcances: colectividades étnicas y lingüísticas, congregaciones religiosas, comunidades de género, "tribus urbanas", sindicatos, asociaciones, partidos políticos, organizaciones, empresas y, en algunos casos, incluso el propio Estado (entendido como patria de un pueblo).

La vinculación a determinados sectores facilita al individuo una interacción social (medida a través del grado de cohesión social) que le abre las puertas a la socialización, el intercambio y el crecimiento. Ello, a su vez, le permite construir su identidad, un rasgo único y personal elaborado a partir de los sentimientos, ideas y experiencias generados por la pertenencia a los distintos colectivos a los que una persona se adscribe o es adscrita (Tajfel, 1984).

Los procesos de formación de grupos sociales se basan indefectiblemente en la aplicación de unos criterios de inclusión: una serie de "reglas" o "normas" (por lo general producidas internamente, de forma consuetudinaria y progresiva) que delimitan la frontera entre "lo propio" y "lo extraño" ("el otro"). Esos criterios son, al mismo tiempo y por defecto, los de "no-inclusión" o exclusión.

Existe una diferencia sutil —quizás no semántica, pero sí práctica— entre "no ser incluido" y "ser excluido". La no-inclusión raramente representa un problema para el rechazado, a pesar de que en ocasiones pueda conducir a crisis, desajustes o desequilibrios a nivel personal. Por su parte, la exclusión —fenómeno tan antiguo como la humanidad [1] y presente en todos los rincones del planeta— implica una postura activa de no aceptación de un individuo (o de un sector, o incluso de uno o varios grupos sociales) por poseer o carecer de ciertas características, y puede ser potencialmente problemática, en especial en los siguientes casos:

 

(a) Cuando, por razones varias, la persona/sector/grupo excluido se ve además demonizado, perseguido, acosado y amenazado por los grupos excluyentes, precisamente por no poseer alguna de las características señaladas por sus criterios de inclusión;

(b) Cuando, sin ser perseguido directamente, ve imposibilitado o bloqueado el acceso a una serie de recursos (económicos, políticos, sociales, legislativos, comunitarios, sanitarios, educativos, culturales, administrativos, informativos) que le son indispensables (o al menos necesarios) para su subsistencia y desarrollo.

 

En la primera situación, se estaría hablando de un conjunto de prejuicios (opiniones preconcebidas mantenidas entre grupos) que desembocan en una abierta discriminación; en la segunda, de la denominada "exclusión social" en sentido estricto.

El filósofo y sociólogo alemán Axel Honneth explica que ser socialmente excluido es ser privado de todo reconocimiento y valor social (vid. Honneth, 1996). Se trata, en efecto, de un mecanismo de expulsión o apartamiento tan poderoso que provoca que grupos humanos enteros queden literalmente fuera del tejido de la sociedad.

Los complejos engranajes de ese mecanismo, los elementos que lo ponen en marcha y lo mantienen funcionando, han sido analizados y explicados desde muchos puntos de vista filosóficos y sociológicos. En este artículo se atenderá la perspectiva weberiana para intentar aclarar el origen de semejantes procesos.

 

A la búsqueda de una explicación

 

Basándose sobre todo en los postulados del sociólogo alemán Max Weber [2], Silva (2010: 128) define la exclusión social como el producto final de lo que da en llamar "sistema de desigualdad social".

Este enfoque expone que las sociedades modernas industrializadas —que suelen operar dentro de alguna variante del sistema capitalista— son estructuras piramidales, verticales y altamente jerarquizadas en donde los estratos superiores (las llamadas "clases dominantes"), utilizando los medios a su disposición, someten al resto de la población a diversos grados de autoridad (política, económica, social, cultural, ideológica, religiosa) con un "consentimiento" generalmente forzado por las circunstancias o la coacción lisa y llana.

Esta sociedad desigual, en la que una minoría ejerce una autoridad coercitiva sobre la mayoría, está organizada en grupos cerrados y, en algunos casos, poco permeables. Tales grupos emplean categorías de pertenencia (físicas, sociales, étnicas) para identificar, convocar y amalgamar a sus integrantes, y para mantener fuera a todos los "no aceptados" (vid. supra "criterios de inclusión").

Todos los grupos sociales —no importa su tamaño o categoría— luchan por el poder, el reconocimiento y el control de los recursos (no sólo económicos: informativos, logísticos, culturales...). Los distintos colectivos intentan, por todos los medios, asegurarse tal poder, tal reconocimiento, tal control y tales recursos en una feroz competencia que no suele atender ni a reglas ni a normas éticas; al mismo tiempo, los "competidores" buscan entorpecer el camino de sus oponentes de todas las maneras imaginables. Los dispositivos que las "clases dominantes" ponen en juego para triunfar en esta competición/lucha incluyen, merced a la autoridad de la que disponen, elementos de choque tales como la dominación, la explotación y la injusticia.

El uso de semejantes "instrumentos" no es de extrañar en un modelo de sociedad estructuralmente desigual, que acepta con naturalidad sus propias falencias [3], e incluso las legitima continuamente [4].

Una vez que los competidores obtienen lo que desean (y, como es de esperar, normalmente los vencedores son los grupos "dominantes"), la lucha se convierte en una defensa acérrima del statu quo: proteger lo que ya se posee, limitar o cerrar el acceso a otros y, hasta donde sea posible, tratar de ampliar el dominio en el espacio y de perpetuarlo en el tiempo. La "clase dominante" considera a los individuos externos a su grupo como amenazas en potencia y, para poder mantener el control sobre los poderes, territorios, recompensas y/o privilegios obtenidos, limitan o cierran el acceso a dichos logros y reducen o eliminan las oportunidades de disfrutar de ellos. Para ello se valen de cualquier artimaña: desde la sanción de leyes, decretos y planes económicos que trancan las puertas de la educación, la sanidad o las pensiones para grandes sectores de la población, hasta la creación de estereotipos demonizados que emplean en contra de lo extraño, lo diferente o lo extranjero. De esa forma se deshacen de sus competidores potenciales y reales y se garantizan el disfrute de sus ganancias.

Los neoweberianos (p.e. Frank Parkin) utilizan, para definir este bloqueo, el concepto de cierre social (social closure): "el proceso por el cual colectividades sociales buscan maximizar recompensas por el acceso restringido a recursos y oportunidades a un círculo limitado de elegidos" (Parkin, 1979: 44, cit. en Silva, 2010: 120). Las pautas para demarcar tal cierre social se basan en los criterios de inclusión: posesión de propiedad/riqueza, diferencias de status, origen étnico (lengua, raza, religión, costumbres, aspecto), etc.

De esta forma surge la denominada desigualdad social: las clases dominadas se ven limitadas, rodeadas de barreras y cubiertas de ataduras en todos los ámbitos (el ideológico, el religioso, el político, el económico, el cultural, el social...) y descubren que, bloqueados como están, su capacidad de progreso y desarrollo social es significativamente inferior a la de las "clases dominantes".

Y, según la perspectiva weberiana, como corolario de este sistema que propicia la desigualdad social se encontraría la exclusión social: el conjunto de estrategias de demarcación, separación y/o alejamiento de extraños al acceso a determinados recursos.

 

Notas

[1] Considérense como ejemplos los sistemas de castas y jerarquías en la India, Sri Lanka, Nepal, China Japón, Corea, Hawai, Yemen, los pueblos Mandé, Wolof y Tuareg de África occidental, o los sistemas de castas impuestos por los españoles en sus colonias de América y Filipinas. En general, las sociedades estratificadas han empleado la exclusión como un modo de delimitar los espacios de cada clase (vid. Sección 3).

[2] Junto a Émile Durkheim y Karl Marx (a los que Silva también incluye en su análisis), Karl Emil Maximiliam Weber es uno de los pilares de la sociología moderna.

[3] Algunas teorías de innegable sabor darwinista remarcan la "naturalidad" de la estratificación social, y, por ende, la dan como positiva y legítima; "excluidos son solo una minoría de pobres, de marginalizados, de minorías étnicas, de beneficiarios de la renta mínima". Esta concepción está inserta en el imaginario común de muchos ciudadanos, y es el soporte teórico del statu quo.

[4] La teoría de la meritocracia, además de no cuestionar los méritos y las recompensas obtenidas tras la "competencia", quita de la discusión la propia "competencia" en sí. Esta teoría vuelve repetidamente, sobre todo cuando las crisis económicas se agudizan. Se traduce en retóricas de "modernización" y "competitividad", y termina avalada por el discurso político e incluso por ciertas leyes. Se asume que la desigualdad es un prerrequisito de funcionamiento de las sociedades modernas cuyas consecuencias negativas se podrán atemperar pero nunca eliminar. Pero, como indica el propio Silva (2010: 126), "las teorías son inseparables de los intereses". Santos (1993, cit. por Silva, 2010: 127) refiere que el Estado debe, por un lado, "salvar la cara" y legitimarse ante los ciudadanos asumiendo un discurso "políticamente correcto" de lucha contra la exclusión, pero por otro no puede dejar de mantener las condiciones necesarias para la acumulación de capital y por ende, perpetúa y hasta reproduce y multiplica las desiguales estructuras sociales, viejas o nuevas.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "The Prague Library's tunnel of books", de Pragueist (enlace).

El texto corresponde a las tres primeras secciones del artículo "El rol de la biblioteca en la inclusión social", de Edgardo Civallero, publicado en Acta Académica y en Issuu. Presentado como ponencia en las XIII Jornadas de Gestión de la Información "De la responsabilidad al compromiso social" organizada por SEDIC (Asociación Española de Documentación e Información) en Madrid (España), 17-18.nov.2011.

 


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9 jun. 2015

Un camino abierto

Un camino abierto

¿Qué es la bibliotecología progresista? (V)


 

La BP ha buscado, a través de sus análisis, sus denuncias, sus reivindicaciones y sus actividades, demostrar que otro modelo de bibliotecología es posible: uno en el cual prime el pensamiento autónomo y crítico y la responsabilidad social por encima del conformismo, la indiferencia y la aceptación de las "normas" establecidas por el statu quo. Ha trabajado en todo momento con un ojo puesto en la sociedad, su realidad y sus acuciantes problemas y el otro en la bibliotecología como disciplina y la biblioteca como institución. El resultado ha sido de una amplitud y una diversidad apabullantes: desde la detección de falencias en la enseñanza de la bibliotecología en las escuelas hasta la identificación de sesgos racistas y sexistas en los lenguajes de clasificación, pasando por las críticas a los sistemas de préstamo y editoriales y a los intentos de censura, la necesidad de involucrar a la biblioteca en la lucha contra la discriminación, la pobreza, el analfabetismo y la exclusión social, y la absoluta urgencia de posicionar a la institución en relación a procesos culturales, políticos y económicos globales.

La BP, quizás sin pretenderlo siquiera, ha dado respuesta a una de las preguntas más repetidas en boca de jóvenes estudiantes de bibliotecología y añosos profesionales de la información por igual: ¿para qué hacer lo que hacemos? No se ha quedado en lo obvio, en el cotidiano proceso mecánico de colocar y recuperar un libro de la estantería o el repositorio digital. Ha enriquecido y resignificado todas esas tareas con el fin de que el conocimiento, organizado y difundido, sea reapropiado por todos y reelaborado a la medida de las necesidades, las inquietudes y las aspiraciones de cada uno y de la sociedad.

La BP ofrece un fértil terreno de estudio e investigación, especialmente por el largo camino que aún queda por delante: el de la construcción de un entramado de categorías, conceptos y métodos que cimienten teóricamente una larga trayectoria de militancia y compromiso social. Asimismo, brinda inspiración para la acción directa en distintos ámbitos, pues aún cuando el epicentro de su trabajo ha estado en el mundo anglosajón (dado su origen y su desarrollo), sus experiencias pueden servir como punto de partida para explorar las arenas de la "bibliotecología social" actual. La BP se dio cuenta de que para construir ese otro mundo posible y deseable hacía falta posibilitar otra bibliotecología: a imaginarla y ponerla en práctica es a lo que se ha dedicado durante el último siglo.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "Endless" (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "¿Qué es la bibliotecología progresista? Una aproximación básica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Y, en una versión adaptada (titulada "Aproximación a la bibliotecología progresista"), fue publicado en El Profesional de la Información (22 (2), abr.-may.2013, pp. 155-162). Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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2 jun. 2015

La construcción de un concepto

La construcción de un concepto

¿Qué es la bibliotecología progresista? (IV)


 

En sus inicios, la BP partió de una premisa básica [1]: la biblioteca no es ajena ni está aislada de la realidad que la atraviesa y de la que forma parte. Aunque a veces prefiera ignorarlo, la biblioteca tiene mucho de la sociedad en y para la que trabaja, dado que, en cierta medida, es un producto de la misma. No puede disociarse de las circunstancias que afectan a sus usuarios y trabajadores, no puede desconocer los problemas y las necesidades que existen en su pueblo, su ciudad o su país, como tampoco puede desentenderse del resto del mundo. La bibliotecología no puede permitirse el lujo de refugiarse en ninguna "torre de marfil", a menos que renuncie a su misión más importante, la de proveer un servicio, y deje de ser una biblioteca para convertirse en un mero depósito de información.

En un momento convulso de la historia de los Estados Unidos, los primeros bibliotecarios que se auto-denominaron "progresistas" se dieron cuenta de que no podían mantenerse al margen de su entorno. No podían no saber lo que ocurría a su alrededor, ni fingir que no existía, ni pretender que no iba con ellos. Es más: no debían; habrían traicionado su propia raison d'être, que era "servir" (en todas las acepciones del verbo). Y comprendieron que, al contrario de lo que proclamaba (y aún proclama) la bibliotecología "convencional", ellos no podían ser "neutrales" ni sostener esa falsa equidistancia que no deja de beneficiar a unos determinados intereses. No solo no podían ser neutrales sino que tenían que saber de qué lado estaban: debían involucrarse en las búsquedas de su sociedad, ser partícipes de sus debates y agentes de sus cambios. Pues si había censura, pobreza, persecuciones, saqueo, recortes o exclusión, la biblioteca no se quedaba fuera, por muy "neutral" que quisiera o pretendiera ser o por muy al margen que intentara permanecer: ella, como institución, y todos y cada uno de sus profesionales también eran censurados, empobrecidos, perseguidos, saqueados, recortados y excluidos. Y lo mismo ocurría con todos los usuarios a los que esa biblioteca servía. Ni la indiferencia ni la pasividad eran opciones válidas para enfrentar los constantes ataques y los continuos menoscabos a las condiciones que garantizaban tanto la subsistencia de la biblioteca como la educación, la salud, la participación política, la libertad de expresión y otros derechos sociales; tampoco lo eran para enfrentarse a la impunidad con la que dichas agresiones se llevaban a cabo. El enorme cúmulo de circunstancias socio-económicas adversas que coincidieron en los Estados Unidos a inicios del siglo XX empujaron a los primeros "bibliotecarios progresistas" a tomar partido, a posicionarse Y a comprometerse, no solo como personas y como ciudadanos, sino también como profesionales.

En ese posicionarse como profesionales frente a los conflictos y problemas, tanto de la institución como de las personas y la sociedad, esos bibliotecarios tomaron conciencia de que contaban con un instrumento clave: la información. Y a ese instrumento se le podía dar un uso contra-hegemónico. Por otro lado, estando en posesión de una herramienta tan potente (la cual era, a la vez, un bien público), los bibliotecarios asumieron la evidente obligación o responsabilidad ética de usarla en beneficio de todos. Así surge la noción en torno a la cual gira buena parte del planteamiento práctico de la BP: la información (como producto) y la biblioteca (como contenedor, organizador y distribuidor del mismo) deben ser puestas al completo servicio de la comunidad, y ser usadas, como ya se mencionó, a favor de la defensa de los derechos y libertades fundamentales y del desarrollo de valores como la solidaridad, la igualdad, la dignidad y la justicia social.

La bibliotecología "convencional" defendió su posición limitando la definición de la disciplina a un reducido puñado de procesos y técnicas; de esa forma, podía aducir que cualquier cosa que cayera fuera de las fronteras de dicha definición estandarizada "no era asunto de los bibliotecarios". La BP, sin embargo, comprendía la bibliotecología como algo mucho más extenso y complejo que una serie de mecanismos administrativos y un conjunto de instrumentos y canales de distribución de información; dado que la biblioteca era un organismo vivo, firmemente enraizado en la sociedad y en continua interacción con ella, su estudio (y la enseñanza y aprendizaje derivados de él) debía incluir todas y cada una de las facetas que la labor bibliotecaria podía abordar.

En el núcleo de su labor, los bibliotecarios progresistas colocaron el análisis crítico de valores, ideas, hechos y experiencias, empezando por la bibliotecología como práctica académica y profesional. El pensamiento crítico es el principio y el fin de todas las acciones de la BP. Y es especialmente necesario cuando se manejan y usan elementos con tantas aristas como la información y el conocimiento. Las preguntas que pueden surgir de un (somero) análisis crítico de la praxis bibliotecaria más básica son más que numerosas: ¿cómo se construye una colección, en base a qué políticas? ¿Cómo se organiza y clasifica dicho conocimiento? ¿Cuáles son los servicios posibles y reales que pueden generarse? ¿Cuáles son los principios éticos que deben seguir los bibliotecarios? ¿Qué usos puede darse al espacio bibliotecario?

Pregunta tras pregunta y respuesta tras respuesta, los bibliotecarios progresistas fueron abocetando un panorama global de su profesión que distaba mucho de los plácidos estereotipos con los que se identificaban a las bibliotecas. Entre sus propios colegas detectaron censuras y manipulaciones, intereses ocultos, paternalismo y nepotismo, prácticas corruptas, academias endogámicas, auto-complacencia y dejadez. Entre sus usuarios identificaron centenares de problemáticas cuya solución agradecería una buena dosis de información bien administrada (información que era manejada por la biblioteca, pero que no siempre llegaba a quien la requería). Y más allá de la práctica cotidiana, los bibliotecarios progresistas encontraron movimientos, agrupaciones, organizaciones y sindicatos con necesidades, denuncias, reivindicaciones, planteamientos y alternativas que recorrían la sociedad de lado a lado: protestas anti-belicistas, luchas por la democracia y la libre expresión, defensas de la libertad de información y del medio ambiente... Enfrentada a semejante panorama, la BP fue más allá de la reflexión y, en estrecha colaboración con sus usuarios y otros actores sociales (perspectiva de desarrollo de base o grassroot development) diseñó propuestas, actividades, servicios y proyectos con los que pasar a la acción directa: unas veces de manera conservadora, frenando el avance de medidas que perjudicaban, empobrecían, excluían y criminalizaban a amplios sectores de la sociedad, resistiendo los ataques de un sistema injusto y desigual, defendiendo los derechos y las libertades conquistadas hasta ese momento; y otras de forma revolucionaria, impulsando nuevas subjetividades y la construcción de ese otro mundo posible.

La acción y la reflexión (base del método conocido como investigación-acción o action-research) llevaron a los bibliotecarios progresistas a reconocer y asumir sus responsabilidades, sus posibilidades y sus límites reales, a identificar problemas, a analizarlos, y a asumir una posición al respecto. Y a buscar soluciones desde una posición contestataria, abriendo espacios de discusión, colocando en la agenda pública y política debates largo tiempo arrinconados y silenciados, poniendo en marcha iniciativas coherentes con objetivos de cambio realistas a medio y largo plazo, y, en fin, diseñando y llevando adelante actividades profesionales realmente transformadoras.

 

Notas

[1] Esta premisa continúa siendo debatida en la actualidad, en especial por un sector del colectivo bibliotecario que opina que la biblioteca como institución y los bibliotecarios como profesionales que la gestionan, no deben inmiscuirse en aquellos asuntos de su comunidad, ni en ningún otro que no sea "estrictamente bibliotecario". Desde ese punto de vista, la labor bibliotecaria termina exactamente en el mostrador, en el preciso momento en que se entrega al usuario la información o el material que ha requerido.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Sin título (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "¿Qué es la bibliotecología progresista? Una aproximación básica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Y, en una versión adaptada (titulada "Aproximación a la bibliotecología progresista"), fue publicado en El Profesional de la Información (22 (2), abr.-may.2013, pp. 155-162). Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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