25 ago. 2015

La guía de la emigrante en Canadá

La guía de la emigrante en Canadá

Historias de libros con historias (IV)


 

Catherine Parr Traill nació en 1802 en Rotherhithe, al suroeste de Londres. Tras la muerte de su padre, cuando tenía solo 16 años, comenzó a escribir libros infantiles, ajustados a la férrea moralidad propia de la época victoriana. Su producción literaria fue lo suficientemente prolífica como para producir un volumen anual. A los 30 años se casó con un teniente retirado, junto a quien poco después se trasladó a Canadá, cerca de Peterborough, en la provincia británica del Alto Canadá.

Como a muchas otras mujeres europeas que emigraban a tierras americanas, la dura vida de colona tomó a Traill absolutamente por sorpresa. Haciendo uso de sus dotes como escritora, fue recogiendo todas sus experiencias, descubrimientos y fracasos en notas que terminó transformando en un libro, The Backwoods of Canada (Las zonas aisladas de Canadá, 1836). En ese texto describe la vida cotidiana, las relaciones entre colonos e indígenas, el clima, la flora y la fauna, etc. En 1840, insatisfechos por aquella vida en las soledades canadienses, ella y su esposo se mudaron a Belleville (Ontario). Allí, Traill siguió escribiendo, reflejando sus recuerdos y experiencias en una novela, Canadian Crusoes (1851), y en una guía muy famosa, The female emigrant's guide and hints on Canadian housekeeping (La guía de la emigrante, y consejos para quehaceres domésticos en Canadá, 1854).

Más tarde se dedicó a la descripción de la flora canadiense, publicando Canadian wild flowers (Flores silvestres canadienses, 1865), Studies of plant life in Canada (Estudios de la vida vegetal en Canadá, 1885) y varios textos más. Traill falleció en Lakefield, Ontario, en 1899; sus ricas colecciones de plantas se conservan en la actualidad en el Herbario Nacional de Canadá, situado en el Museo Canadiense de la Naturaleza.

The female emigrant's guide and hints on Canadian housekeeping es una obrita llena de detalles y de información valiosa. Así presenta la propia autora el libro y sus objetivos:

 

Entre los muchos libros que se han escrito para la instrucción del emigrante canadiense, no hay ninguno dedicado exclusivamente a las esposas e hijas de los futuros colonos, las cuales, en su mayoría, poseen una idea muy vaga de los deberes particulares que están destinadas a llevar a cabo, y a menudo carecen de toda preparación para afrontar las vicisitudes de su nuevo modo de vida.
Como regla general, se les dice que deben preparar sus mentes para algunas penalidades y privaciones, y que van a tener que esforzarse de maneras que hasta entonces les eran desconocidas; pero la naturaleza exacta de ese trabajo, y cómo se va a realizar, permanecen ignotas. El resultado es que las mujeres tienen todo por aprender, con pocas oportunidades de adquirir los conocimientos necesarios, que a menudo se obtienen en las circunstancias y situaciones más desalentadoras; mientras sus corazones están todavía llenos de los anhelos naturales por su tierra natal (querida hasta para el emigrante más pobre), con el dolor de la ausencia de los viejos amigos, y mientras todos los objetos en este nuevo país son extraños para ellas. Desalentadas por los repetidos fracasos, no habituadas a los métodos que los residentes más añosos adoptan en caso de dificultades, el disgusto ocupa el lugar de la alegría; los problemas crecen, y la capacidad para vencerlos disminuye; la felicidad doméstica desaparece. La mujer se afana en la nostalgia, suspirando por el hogar que dejó atrás. El marido reprocha a su compañera con el corazón roto, y ambos culpan a la colonia de su fracaso individual.
Habiendo sufrido en carne propia la desventaja de adquirir todo mi conocimiento sobre las tareas hogareñas en Canadá mediante la experiencia personal, y después de haber oído a otras mujeres en situación similar lamentar la falta de algún libro sencillo y útil que les diera una idea de las costumbres y las ocupaciones inherentes a la vida de un colono en Canadá, he asumido la tarea de responder a esta necesidad, y con mucho trabajo he recogido materiales que consideré útiles para posibilitar la instrucción requerida.
Dado que incluso los materiales difieren, y el método de preparación de los alimentos es muy variable entre la colonia y la metrópoli, he anotado en este pequeño libro las recetas más utilizadas para cocinar ciertos platos, el modo habitual de elaboración de sirope de arce, jabón, velas, pan y otros artículos de primera necesidad en el hogar; en fin, todo tema que de alguna manera estuviese relacionado con la gestión de la casa de un colono en Canadá, ya sea en lo relativo a la economía o al beneficio, lo he introducido en esta obra para provecho de la mujer y de la familia del futuro colono.

 

En las páginas siguientes, Traill describe cómo vestir, cómo aprovechar mejor la tela y la ropa y cómo cuidar de las distintas vestimentas para prolongar su duración; cómo cultivar plantas ornamentales locales para dar un toque hogareño a la vivienda (generalmente una cabaña de troncos); cómo amueblar el interior de dicha cabaña con los recursos a mano (generalmente escasos); cómo mantener el buen humor y las energías, así como las buenas relaciones con los vecinos; cómo elegir un buen barco para emigrar a Canadá, cómo decidir el equipaje, cómo enviar cartas y paquetes; cómo proteger las propiedades y a las personas en Canadá; cómo mantener un jardín y una huerta; cómo conservar las manzanas (en cera, secas, en conserva, en tartas, convertidas en salsa o sirope, en mermelada o sidra) y las cerezas; cómo recoger y utilizar los frutos silvestres canadienses; cómo preparar cerveza y otros productos fermentados; cómo producir y manejar levaduras y, por supuesto, cómo hacer pan, pasteles, budines y otras pastas; cómo aprovechar los cereales silvestres locales, las patatas, las calabazas y otros productos de la huerta; cómo buscar sustitutos silvestres para el café (incluyendo el conocido diente de león); cómo preparar melaza de remolacha y sirope de arce; cómo conservar la carne (secado, ahumado, etc.) y la grasa, tanto de animales domésticos como de caza y pesca; cómo fabricar jabón y productos de lavado y limpieza, y velas; cómo conservar y preparar la lana, y cómo teñirla con productos naturales locales; cómo tejer alfombras y algunas prendas; cómo gestionar los productos lácteos, cómo hacer mantequilla y varios tipos de queso; cómo aprovechar los productos avícolas; cómo procurarse leña y otros materiales para el fuego; cómo criar abejas y emplear la miel; y qué hay que esperar de cada mes del duro calendario del colono canadiense.

La de Traill es una obrita que refleja, en sus pocas páginas, una mínima parte del enorme acervo de conocimientos que hasta hace un siglo atrás poseía cualquier persona –mujer u hombre, colono o no– que no viviera en una gran ciudad. Una serie de saberes y destrezas (recogidos en muchísimos otros libros) necesarios para (sobre)vivir, y que la mal entendida "modernidad" ha arrebatado a buena parte de la sociedad global. Pasear por las recetas, consejos y descripciones incluidos en The female emigrant's guide... permite apreciar el calibre de todo lo que se ha perdido, de todo lo que ignoramos actualmente, de todo lo que no sabemos hacer y de lo incapaces que seríamos si nos desconectaran cinco minutos de nuestro modo de vida actual, urbano y consumista.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Ilustración original de The female emigrant's guide and hints on Canadian housekeeping.

El texto corresponde a la cuarta parte de la colección de ensayos "Márgenes y renglones: Historias de libros con historias", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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18 ago. 2015

Un rey, una estatua-libro y un escriba torpe

Un rey, una estatua-libro y un escriba torpe

Historias de libros con historias (III)


 

Leonard Woolley —el arqueólogo británico que desenterró el famoso Cementerio Real de Ur— dio con ella en 1939, mientras excavaba las ruinas de un templo en el sitio de Tell Atchana, cerca de la actual ciudad de Antakya (provincia de Hatay, Turquía). Se trata de una estatua de un metro de alto, de dolomita blanco-parduzca, que representa muy esquemáticamente a un individuo de grandes ojos de vidrio blanco, sentado en un trono de basalto y con las manos sobre el pecho.

Supongo que a Woolley le habrá llamado la atención la misma característica que me la llamó a mí —y a muchísimos otros— apenas la vi en la sala 57 del Museo Británico: la espalda, los hombros, los brazos y parte de la cara y el pecho de la estatua están cubiertos de pequeños signos cuneiformes. La tosca efigie es, en la práctica, un verdadero libro abierto.

El centenar de líneas de texto que cubren la escultura contaron a los investigadores diestros en descifrar las lenguas muertas de la antigua Mesopotamia que aquella era una representación de Idrimi, soberano de la ciudad-estado de Alalakh durante la Edad de Bronce Tardía, unos 1.600 años antes de Cristo [1].

La historia narrada a través de pequeñas cuñas grabadas en la piedra resultó apasionante; tanto, que dio pie a un buen número de análisis lingüísticos y literarios y a muchos artículos históricos y arqueológicos. Idrimi relata, en primera persona, su propia biografía, una trayectoria personal jalonada de avatares que hoy en día casi suenan a leyenda o a película épica (Greenstein y Marcus, 1976).

Explica que fue el hijo menor de Ili-ilimma, señor de la dinastía de Yamkhad y soberano del reino amorrita de Halab (actual Alepo, Siria). Debido a serios problemas cuyos motivos no aclara, cuando Idrimi era todavía un niño, su familia se vio forzada a abandonar su ciudad natal, Halab, y a refugiarse en Emar (hoy Tell Meskene, Siria), una ciudad-estado situada a orillas del Éufrates y gobernada por los descendientes de sus tías maternas. Las crónicas históricas coinciden en señalar que la huida pudo haber sido provocada por la caída de Halab en manos de los ejércitos del reino hurrita de Mittani, al este, los cuales habrían ocupado toda la región.

Idrimi narra las diferencias que tenía con sus hermanos mayores y cómo, un buen día, resolvió alejarse de los suyos y dejar Emar. Provisto de un patrimonio mísero para alguien de su estatus (un caballo, un carro y un escudero), se dirigió hacia el sur. Allí, en tierras de Ammija, en Canaan (en el Cercano Oriente) se asentó entre los Hapiru, un pueblo nómada de asaltantes, ladrones y forajidos que fueron llamados, en los textos de la época, sa-kaz: "los destroza-tendones". Entre ellos había refugiados del antiguo reino de Halab: habitantes de poblaciones como Niya, Amae, Mukish y Alalakh que habían escapado tras las invasiones de los hurritas de Mittani. Estos reconocieron a Idrimi como el hijo de su legítimo señor y, junto a él, comenzaron a planear la reconquista de sus tierras originarias (Collins, 2008 : 33).

Después de siete años de espera, y mientras "soltaba aves y sacrificaba corderos" como ofrendas a Teshub, dios del cielo y de la tierra, Idrimi decidió construir una flota y, acompañado por un ejército numeroso, tomó las ciudades antedichas. Tras ello envió un mensaje al señor del reino de Mittani, Parattarna o Paršatar, recordándole viejos pactos y juramentos, y éste lo aceptó como vasallo y le permitió establecer su capital en Alalakh (Podany, 2010 : 137). La villa estaba estratégicamente situada en el valle del río Amuq, en un cruce de las rutas que llevaban de Alepo al mar y de Anatolia a la costa palestina.

Allí, en Alalakh, reinó Idrimi, y desde allí lideró la conquista de un puñado de ciudades del reino Hatti (Hitita) de Kizzuwatna, al norte, en la actual Anatolia turca. De esas campañas militares volvió con riquezas que le permitieron elevar y fortalecer las murallas de su ciudad, crear templos y construir casas para que los antiguos refugiados pudieran volver a vivir en sus tierras natales. Y allí murió, tras treinta años de reinado, dejando como heredero a su hijo Niqmepa.

Luego de dar cuenta de su historia, Idrimi agregó una serie de maldiciones que buscaban impedir que su figura fuese deshonrada:

 

¡A aquel que remueva mi estatua [le deseo] que su semilla se termine, que el cielo lo maldiga, que su semilla quede encerrada en el Inframundo, que los dioses del cielo y de la tierra dividan su reino y su país! ¡Al que la cambie, de cualquier forma que sea, [le deseo] que Teshub, el Señor del Cielo y de la Tierra, y los grandes dioses de su tierra, destruyan su nombre y a sus descendientes!

 

Pero ahí no acaba el texto. Las penúltimas líneas están (auto-)dedicadas al escriba, a aquel que grabó los signos en la piedra:

 

Dado que Sharruwa, el escriba, fue el que inscribió esta estatua, que los Dioses del Universo lo mantengan vivo, lo protejan y lo favorezcan. Que Shamash, Señor de los Vivos y de los Muertos, Señor de los Espíritus, lo cuide.

 

Lo curioso del caso es que, a decir de los expertos, el trabajo que realizó el tal Sharruwa no fue precisamente bueno: el acadio en el que está redactada la historia es defectuoso (fruto de una traducción mal hecha de la lengua amorrita al acadio, prestigioso idioma "internacional" de la época) y la escritura cuneiforme es lo suficientemente confusa como para que todavía haya algunas secciones del texto que generen dudas y debates entre los académicos. Aún así, y a pesar de su torpe y descuidado desempeño (algunos autores hablan de "ignorancia irritante" en la escritura y de un "uso horripilante" de la lengua; vid. Sasson, 1981), el escribiente se tomó la libertad de firmar el texto y pedir las correspondientes bendiciones. Tal osadía, algo bastante inusual, ha llevado a algunos estudiosos a preguntarse si la historia no habría sido escrita una vez que Idrimi hubiese muerto. En tal caso, la estatua sería una ofrenda a la memoria del rey y el texto, una "pseudo-autobiografía" con tintes heroicos.

A pesar de haber sido solo un pequeño gobernante en un escenario histórico con actores de mayor talla, la historia de Idrimi (cuya tumba fue hallada por Woolley en la misma serie de excavaciones que permitieron desenterrar la efigie) ha sido recogida en numerosos libros. Parece cumplirse así lo que pedía el soberano —o su fiel escriba— en la última línea de la inscripción, como colofón a sus aventuras:

 

Yo fui rey durante 30 años. Escribí mis logros sobre mi estatua. Dejad a la gente leerla y bendecidme.

 

Notas

[1] The British Museum (s.f.). Statue of Idrimi. Explore. Highlights. [En línea].

 

Bibliografía citada

Collins, Paul (2008). From Egypt to Babylon. The International Age 1150-500 BC. Londres: The British Museum Press.

Greenstein, Edward L.; Marcus, David (1976). The Akkadian Inscription of Idrimi. JANES, 8, pp. 59-96.

Podany, Amanda H. (2010). Brotherhood of kings: how international relations shaped the ancient Near East. Nueva York: Oxford University Press.

Sasson, Jack M. (1981). On Idrimi and Šarruwa, the Scribe. En Morrison, Martha; Owen, David I. (eds.). Studies on the Civilization and Culture of Nuzi and the Hurrians. [S,l.]: Eisenbrauns, pp. 309-324.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "Estatua de Idrimi en el Britih Museum", de Edgardo Civallero.

El texto corresponde a la tercera parte de la colección de ensayos "Márgenes y renglones: Historias de libros con historias", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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11 ago. 2015

La vuelta al mundo

La vuelta al mundo

Historias de libros con historias (II)


 

Uno de los libros favoritos de mi biblioteca se titula La vuelta al mundo - Colección de los viajes hechos en las cinco partes del Universo durante el siglo XIX y fue impreso en París por X. de Lassalle y Mélan en 1861. Según reza la portadilla, es una "edición de todo lujo, adornada con 183 láminas y 22 mapas grabados sobre acero" realizada bajo la dirección de Édouard Charton y traducida al castellano por Mariano Urrabieta.

Charton –un abogado y periodista francés devenido en director de publicaciones– lanzó el semanario Le Tour du Monde (La vuelta al mundo) en 1860 a través de la librería Hachette, hoy un mítico sello editorial. Ya se había interesado antes por los relatos de viajeros [1] y era un convencido de que las ilustraciones son indispensables para la comprensión de los textos [2]. La revista se editó hasta 1914 –cubriendo así desde el descubrimiento de las fuentes del Nilo hasta la conquista del Polo Sur– y sus contenidos incluían noticias y relatos en un tono ameno y divulgativo.

El volumen que guardo en mi biblioteca es una compilación de varios números, traducidos y adaptados en un solo tomo que, en su momento, se ofreció como prima a los lectores españoles de la revista francesa El Correo de Ultramar (1842-1886). Lo rescaté hace muchos años de la pila de "libros para descarte" de una biblioteca de Córdoba (Argentina). Su destino era acabar en manos de un "cartonero", que lo vendería al peso a los recicladores de papel viejo. No es, por cierto, el único libro "rescatado" que hoy disfruta de un tranquilo y merecido retiro en mis estantes, ni es el más antiguo de mi colección. Pero sí es uno de los más interesantes. Básicamente, se trata de un compendio de relatos de viajeros y exploradores de mediados del siglo XIX, que narraban sus andanzas por el África oriental, el Lejano Oeste (que todavía era "lejano"), los misteriosos Balcanes, la Cochinchina, la Siberia o las islas de la Melanesia. Y las ilustraban con grabados en los que aparecen representados trajes nacionales, paisajes de ensueño o animales legendarios y enigmáticos.

Hablo de una época en la cual, para un amplio porcentaje de la humanidad, las fronteras personales y mentales se ubicaban a las afueras del pueblo en el que habían nacido, vivían e iban a morir. Ése era el mundo conocido, y lo demás era una suerte de terra incognita de la cual se recibían noticias a través de arriesgados mercaderes, trabajadores migrantes o funcionarios. Y también de viajeros, aventureros, soldados o misioneros. En muchas ocasiones, las descripciones de esas "tierras más allá de lo familiar y conocido" eran orales, pero en otras se escribían, y la minoría de la época que sabía leer y podía permitirse comprar libros recreaba aquellos paisajes (humanos y naturales) en la tranquilidad de sus hogares, lejos de los calores asfixiantes de Timbuktu, los mosquitos de la malaria del Nilo Azul, los cazadores de cabezas de las Filipinas o los piratas de la Malasia. Así, los europeos y americanos de mediados y finales del siglo XIX supieron de las costumbres de los Apaches chiricahua, de la orografía de los desiertos australianos, de los olores de las isbas de Irkutsk, y de los sabores de las comidas de los mercados callejeros de Estambul. Y todo eso era recibido con una mezcla de interés, admiración, recelo y espanto. ¡Tan inmenso y variado era el mundo, y tan distintas sus gentes, y tan diferentes sus costumbres!

Parece que hoy hemos perdido ese asombro infantil ante la amplitud de nuestro planeta y la diversidad de sus habitantes. GoogleEarth nos permite caminar pos las calles de Helsinki o Hong Kong mientras desayunamos, y conocer el color de las baldosas de la acera de cualquier esquina de Brasilia, Dacca o El Cairo sin que se nos mueva un pelo por la emoción. Las fotos de Flickr o Picassa nos llevan prácticamente a todos los rincones visitados por el hombre, y los blogs y sitios web de turismo y viajes son tantos y tan detallados que sería difícil no encontrar la descripción de alguna ruta concreta. Parece que nuestro apetito se ha saciado a fuerza de engullir demasiado. Aunque, por fortuna, aún quedan viajeros (incluidos los que lo hacen a lomos de la imaginación, con un libro entre las manos) que se adentran en "lo desconocido" para ver y sentir, de primera mano, lo que este planeta tiene para ofrecer. Porque saben, como sabían aquellos tempranos aventureros decimonónicos (y todos los que la historia ha visto), que los viajes marcan la piel y el espíritu de los que los emprenden, que el que vuelve no es el mismo que el que se fue. Y saben también que los aprendizajes adquiridos cuando se viaja no son fáciles de enseñar, ni de transmitir ni de compartir: hay que vivirlos.

Las ilustraciones y las descripciones incluidas dentro de La vuelta al mundo, algunas de las cuales se muestran a continuación, descubren realidades que ya no existen. Por ende, estos son también testimonios de un mundo que se fue. Las imágenes han sido retocadas para su mejor apreciación, no así los textos, en los que se mantiene la ortografía usada en las imprentas de la época.

 

La vuelta al mundo

1. "Tipos de indios crees. Dibujo de Pelcoq, copiado de Paul Kane".

"Es cosa de ver, en fin, la capilla de madera de Prairie-Portage, cuando reúne en su recinto a sus abigarrados parroquianos, mestizos, indios crees ó indios del llano. Estos últimos vienen algunas veces desde muy lejos, y M. Hiud ha visto allí a una mujer sumamente hermosa en su raza, cuya habitación estaba á 300 millas en el interior del país. Muchas veces al regresa de las grandes cazas, se encuentran allí muchos indios no cristianos atraidos por la curiosidad. Se sientan con mucho decoro en el suelo, á la puerta de la capilla, vestidos de pieles ó envueltos en una manta, y ataviados con sus collares y adornos en la cabeza. Una muchacha que les acompañaba, en una ocasión, llevaba un magnífico vestido hecho del paño encarnado de uniforme. Y mientras que estos tolerantes oyentes se juntaban con sus compatriotas convertidos, mientras que Peguis, el famoso gefe de los Sault se consolaba de sus pasadas grandezas, cumpliendo devotamente con sus deberes de buen cristiano; mientras que toda aquella turba heterogénea, de origen y creencias tan diferentes, se agolpaba en sus templos é iglesias, estaban á dos pasos de allí, en la pradera los salvages nómadas del llano, ejecutando sus danzas profanas y degollando á unos perros para conjurar el mal espíritu. Todo es contraste en aquellas lejanas regiones, tanto el hombre como la naturaleza".

Narración del capitán John Palliser de la exploración de las Montañas Rocosas (1857-1859) hoy en día conocida como "Expedición Palliser".

 

La vuelta al mundo

2. "La Cochinchina: Retratos y trajes del Emperador y sus ministros. Dibujo de Therond".

"El Emperador de Annam es el padre de sus súbditos, pero es padre como lo entendían los antiguos cuando recomendaban al ciudadano que amara enérgicamente á sus hijos. La solicitud del monarca se da á conocer con latigazos y con palos; el palo es la base de la política asiática. Y la correccion principia por el primer ministro, que apaleado, apalea á su vez y así va sucediendo hasta la última de la escala social. Difícil sería hacer un cálculo de los palos que puede representar un instante de mal humor del soberano".

Narración de un corresponsal militar francés anónimo que retrata la Cochinchina en 1859.

 

La vuelta al mundo

3. "Compañeros de caza inesperados. Dibujo de Doré, copiado de Anderson".

"En otra ocasión, habiendo salido á cazar muy temprano, encontré en un recodo del río tres niús (antílopes) ocupados tranquilamente en pacer la yerba. Aprovechándome de los accidentes del terreno, me acercaba á ellos con toda la prudencia de un cazador, cuando de pronto, azotándose los costados con la cola y dando golpes en la tierra con sus pezuñas, levantaron la cabeza resollando con fuerza; sin que pudiera explicarme de qué provenía su conmoción, porque yo me hallaba perfectamente oculto a sus miradas. No tardé mucho en averiguar la causa de su agitación: un animal comenzó á gruñir cerca de mí, me volví en dirección del ruido y con gran asombro descubrí sobre un cerro una manada de leones que, como yo, trataban de sorprender á los niús".

Narración de las "aventuras y cacerías del viajero Anderson en el África austral".

 

La vuelta al mundo

4. "El estanque a la hora del crepúsculo. Dibujo de Doré, copiado de Anderson".

 

La vuelta al mundo

5. "Elefantes en Ceilán. Dibujo de M. de Bar".

"La mayor parte de los elefantes que se emplearon en otro tiempo en los ejércitos de Deccan, ó en los astilleros marítimos de Coromandel, procedía de Ceilan. Menos corpulentos y fuertes que los elefantes de los Ghauts occidentales ó de los valles del Araccan, los cingaleses pasan por ser más fáciles de criar, de enseñar y de conservar en la servidumbre. A pesar de las muchas caerías y de los degüellos que los han diezmado, esos grandes y poderosos animales se hallan todavía en crecido número en los djungales que cubren el sudeste de la isla".

Narración del viaje de circunnavegación de la fragata austriaca "La Novara" (1857-1859).

 

La vuelta al mundo

6. "Templo tunguse en las márgenes del Amur. Dibujo de Sabatier, copiado de Atkinson".

"En la orilla izquierda del Amur, á 76 verstes mas abajo, hay otro puesto militar compuesto de tres cabañas de madera cubiertas de juncos, y un poco más allá se eleva una casa dedicada al culto. Delante de esta casa, y mas cerca del río humeaban unos incensarios toscos que estaban fijos en la tierra. Según el sinólogo Sytschewski, que acompañaba á la espedición, este humilde templo de troncos de árboles mal trabajados, está consagrado al dios de la guerra".

Narración de M. Pirmikin de la expedición rusa de exploración del río Amur (1854).

 

Notas

[1] De hecho, había publicado una Histoire des voyageurs anciens et modernes (Historia de los viajeros antiguos y modernos) en 1859, que también tradujo al castellano Urrabieta como Los viajeros modernos.

[2] Charton reimpulsaría el noble arte del grabado sobre metal y madera en Francia. Sin embargo, a finales del siglo XIX esas obras de arte serían reemplazadas por reproducciones de fotografías.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Escaneo de imágenes de La vuelta al mundo (1861).

El texto corresponde a la segunda parte de la colección de ensayos "Márgenes y renglones: Historias de libros con historias", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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4 ago. 2015

Libros en tiempos de guerra

Libros en tiempos de guerra

Historias de libros con historias (I)


 

Estaba echándole un vistazo a un tomito de autor desconocido, titulado Hundreds of Things a Boy Can Make: A Hobby Book for Boys of All Ages [1], asombrándome de la cantidad de cosas que un chico de 12 años era capaz de hacer hace medio siglo, cuando me topé con un curioso sello, situado en la contraportada del volumen en cuestión. La leyenda rezaba:

 

Book production war economy standard
This book is produced in complete conformity with
the authorized economy standard

[Norma para la publicación de libros en economía de guerra
Este libro ha sido publicado conforme a
las disposiciones económicas vigentes]

 

Durante la primera mitad del siglo XX, el papel empleado en Gran Bretaña se elaboraba utilizando esparto importado del norte de África, de los territorios coloniales franceses [2]. El bloqueo que sufrieron las islas británicas durante la II Guerra Mundial (sumado al hecho de que París –y las colonias que controlaba– cayó bajo las fuerzas alemanas en 1940) y la propia economía de guerra (el papel de buena calidad usado en las imprentas británicas debía ser importado) llevó a que, desde marzo de 1940, en Gran Bretaña se racionara el papel (Flanders, 2005).

Inicialmente los editores vieron sus suministros reducidos a un 60% de lo que empleaban durante el periodo 1938-39. Ese porcentaje se reajustaba cada tres meses, de acuerdo a la disponibilidad y las necesidades del momento. Lamentablemente, los recortes fueron cada vez mayores, y a mediados de 1941, las editoriales operaban al 42,5% de los niveles previos a la guerra [3].

Con el fin de evitar mayores restricciones gubernamentales, un comité de la Publishers' Association (Asociación de Editores, entonces bajo la dirección de W. G. Taylor, de J. M. Dent & Sons) se propuso diseñar, en diciembre de 1941, el Book Production War Economy Agreement (Acuerdo para la Publicación de Libros en el contexto de una Economía de Guerra). Buena parte de la tarea recayó sobre Stanley Morison y Guy Bickers, de George Bell & Sons. El acuerdo fue firmado en enero de 1942 entre Francis Meynell, a la cabeza del Ministry of Supply (Ministerio de Abastecimiento) y los editores, y fue puesto en marcha por la oficina de Paper Control (Control del Papel) del mencionado ministerio (McKitterick, 2004).

Aunque se trataba de un acuerdo "voluntario", los editores que no lo firmaron vieron reducidos sus suministros de papel mucho más que los que sí lo hicieron: recibían un 25% de las cantidades anteriores al conflicto, en contraposición al 37,5% que estaban obteniendo los demás. Fue la primera vez en la historia británica que la "libertad" de los ingleses, fieramente defendida, se vio "condicionada".

Las intenciones del acuerdo eran claras: terminar con las prácticas de producir libros muy gruesos con pocas páginas, prevenir un alza de precios y usar las raciones de papel tan escrupulosa y efectivamente como fuera posible. Para ello se elaboraron unas directrices bastante estrictas que regulaban el proceso de impresión: desde el grosor del material hasta la cantidad de palabras por página.

El papel era fino (tanto que el texto solía transparentarse) y las tapas, endebles. Se eliminaron las sobrecubiertas y la encuadernación cosida (se usaban grapas). Se hizo mucho hincapié en un correcto diseño de página: el texto tenía que ocupar no menos del 50% de la superficie de la misma. Así que se suprimieron espacios innecesarios, márgenes amplios y cualquier tipo de ornamentación o elemento "secundario". Se establecieron estándares para número de palabras por página, además de recomendarse el uso de letras de la firma Monotype (las preferidas eran Bembo, Caslon y Fournier). Las páginas en blanco entre capítulos no estaban permitidas y los preliminares (introducción, tabla de contenidos, etc.) no debían superar las cuatro carillas; en la práctica, prefacio, introducción y capítulos iban todos seguidos. Los tamaños de la letra estaban claramente estipulados, dependían de las dimensiones del libro y solían ser diminutos (el máximo permitido era 12 puntos, u 11 para libros en crown octave); de esta norma se salvaban algunos volúmenes infantiles y educativos, así como aquellos que tenían menos de 64 páginas (BBC, s.f.; Forster, 2013).

Como le dijo Morison a Meynell, el resultado serían "thinner books and handier books" (libros más finos y prácticos). Y lo lograron, en efecto; al menos lo primero. Eran libros muchísimo más finos, con hojas de un papel de baja calidad completamente cubiertas de letra pequeña y apretada, y con márgenes y espacios intermedios escasos o inexistentes. En cuanto a lo de prácticos, no todos estuvieron de acuerdo. Semejante "producción editorial de guerra" era, al parecer, tan espantosa que un miembro del Publisher's War Emergency Committe (Comité de Emergencia de Guerra de los Editores) señaló: "Debemos, a toda costa, pensar en la vista de los lectores. Ya he recibido quejas ... de que la letra usada en muchos de nuestros libros es demasiado pequeña".

Algunas firmas se aprovecharon de la situación para vender ejemplares directamente mal hechos y peor encuadernados. En ocasiones los revisores protestaban. En la célebre revista Punch apareció en 1942 una revisión de The Saturday Book (una popular antología anual) que sentenciaba: "No hay escasez de papel que puede excusar el malvado diseño del libro. La impresión luce como la de un anuncio de medicinas baratas". Un crítico literario, por su parte, observó que "los libros utilitarios son una monstruosidad". Para atajar las más que justificadas quejas, los editores agregaban notas en sus ediciones. En 1944 apareció la siguiente:

 

Esta novela contiene aproximadamente 130.000 palabras que, para ahorrar papel, han sido comprimidas en 291 páginas. Hay muchas más palabras por página de lo que sería deseable en tiempos normales: los márgenes han sido reducidos y no se ha desperdiciado espacio entre capítulos. La cantidad de palabras de una novela media oscila entre 70.000 y 90.000, las cuales, por lo común, conforman un libro de entre 281 y 352 páginas. Esta novela normalmente constaría de alrededor de 444 páginas.

 

Aunque a veces no se daban tantas explicaciones y se "echaba la culpa" al Gobierno y a la guerra:

 

Este libro ha sido elaborado en este formato de acuerdo a las órdenes del Consejo de Producción de Guerra para la conservación del papel y otros materiales necesarios para la continuación de la guerra.

 

A pesar de las restricciones y penurias que el conflicto bélico provocó en las islas británicas (incluyendo la pésima calidad de la producción editorial), la demanda de libros creció, y muchos editores supieron producir libros legibles, e incluso bonitos. Los estudiosos de ese periodo histórico señalan que la lectura era una forma de distraerse de las durezas del momento o de pasar el tiempo durante los habituales apagones, o incluso de enterarse de la situación más allá de las fronteras insulares. Sin embargo, la mayor demanda no se vio acompañada de un aumento de la oferta: las cifras de producción cayeron de 15.000 volúmenes en 1939 a 6.700 en 1943 (Longmate, 2002 : 448-9).

Es necesario señalar que, amén de los problemas de suministro, muchos editores (p.e. Unwin, Ward, Lock, & Co., Hodder & Stoughton, o Macmillan) y proveedores (p.e. Simpkin, Marshall) recibieron impactos directos durante los bombardeos de la aviación alemana sobre Londres (Squires, 2013 : 313), lo cual no facilitó las cosas precisamente. Como tampoco lo hizo el que numerosos maquinistas, impresores y otros trabajadores del sector, por mucho que se intentaba evitarlo, fueran llamados a filas (Hench, 2010 : 25).

El racionamiento de papel continuó en el Reino Unido hasta 1949. En la actualidad, los libros que poseen el sello de "Book production war economy standard" son una rareza en cuya búsqueda se afanan historiadores y profesionales del libro. Esos mismos historiadores y profesionales que generalmente coinciden en señalar que tales libros son, en efecto, "una monstruosidad".

 

Notas

[1] "Cientos de cosas que un muchacho puede hacer: Un libro de hobbies para muchachos de todas las edades". Publicado en Londres por W. Foulsham. [En línea].

[2] El esparto fue introducido desde España y el norte de África en la industria papelera británica hacia 1860, sustituyendo a los trapos. El proceso (que incluía una digestión del material con sosa caústica, un lavado con cloro y varios calentamientos y enjuagues) dejaba un producto de estructura bastante débil (sobre todo si no se eliminaban correctamente los restos de los potentes productos químicos empleados). Aún así, las exportaciones de esparto se elevaron a 200.000 toneladas anuales en 1880 y hasta 300.000 justo antes de la guerra. Este material daba mucho mejores resultados que la pulpa de madera de la época (especialmente si se le agregaba un poco de trapo), de modo que la producción de papel de mediana calidad para arriba dependía de las exportaciones de esparto. Vid. McKitterick (2004), pp. 3-4.

[3] Algunas fuentes citan un 30% y señalan que, si bien durante el periodo de guerra una parte del papel británico se elaboraba con paja nacional, de la cual había buena cantidad, el papel seguía siendo escaso; tarde averiguaron los editores que esa escasez (que entregó el mercado internacional del libro británico en bandeja a la competencia estadounidense) se debía a los particulares puntos de vista de un miembro del Comité Económico del Gabinete. Vid. McKitterick (2004), p. 286.

 

Bibliografía citada

BBC (s.f.). A history of the world. Book: 1943 – War Economy Standard. [En línea].

Flanders, Amy E. (2005). A Necessary Evil: British Publishers and the Book Production War Economy Agreement. En Third International Conference on New Directions in Humanities, Cambridge (Reino Unido), 2-5 de agosto. [En línea].

Forster, Chris (2013).Typography versus Hitler – The Book Production War Economy Agreement (Resumen del libro de Valerie Holman "Print for Victory"). [En línea].

Hench, John B. (2010). Books as weapons. Propaganda, publishing, and the battle for global markets in the era of World War II. Nueva York: Cornell University Press.

Longmate, Norman (2002). How we lived then: History of everyday life during the Second World War. Londres: Pimlico.

McKitterick, David (2004). A History of Cambridge University Press. Volume three. New Worlds for Learning (1873-1972). Cambridge (Reino Unido): Press Syndicate of the University of Cambridge.

Squires, Claire (2013). History of the book in Britain from 1914. En Suarez, Michael F.; Wooudhuysen, H. R. (eds.). The Book – A Global History. Oxford (Gran Bretaña): Oxford University Press.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Escaneo de sello de Book production war economy standard.

El texto corresponde a la primera parte de la colección de ensayos "Márgenes y renglones: Historias de libros con historias", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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