Voces críticas

Voces críticas

[Breve ensayo sobre bibliotecología progresista]


 

No somos políticos, sino ciudadanos. No tenemos ningún cargo al que aferrarnos, solo nuestras conciencias, que insisten en decir la verdad. La historia sugiere que eso es lo más realista que un ciudadano puede hacer.

Howard Zinn. Are we Politicians or Citizens? The Progressive (mayo de 2007)

 

... lo que precisamos no son portaestandartes de no sé qué ejércitos combatientes, ni cruzados de la fe, sino compañeros que sepan leer (leer, sobre todo, el texto del mundo), que no cejen en su empeño de decir la verdad [...] Si hubiera que dibujarlo, en la mano llevaría la luz de una candela, más que ninguna bandera; y la irían apagando a trechos, para dar a sus potenciales seguidores la oportunidad de reflexionar por sí mismos, y decidir si continúan por el camino ya emprendido o cambian de rumbo o desandan lo andado.

Jorge Riechmann. Bailar sobre una baldosa. Apuntes sobre la belleza, la atención y la injusticia. Zaragoza: Eclipsados, 2008, pp. 67-68.

 

Uno de los elementos más importantes dentro de cualquier estructura social son las voces críticas, disonantes y consistentes a la vez. Voces inconformistas, insumisas, desobedientes. Rebeldes. Pueden ser voces inocentes, como la del niño que le gritó al pueblo entero que el rey estaba desnudo; irrestrictas, como la del famoso bufón Bertoldo, que decía a su señor las más dolorosas verdades sin filtro alguno; o incluso mordaces, como las de Hershele y Nasreddin, personajes de la tradición oral célebres por su refinado uso del sarcasmo y la ironía.

La Historia y las historias están llenas de estas voces críticas. Porque el sistema –la estructura hegemónica y dominante, como quiera que la denominemos o definamos– y sus límites necesitan ser constantemente desafiados, cuestionados, puestos en jaque. Algo, alguien, de alguna manera, tiene que mantenernos despiertos, ya sea con mordaz ironía, tierna ingenuidad o brutal aspereza.

Las voces críticas son las que dirigen nuestra atención hacia las realidades más dolorosas y sangrantes; las que nos conminan a observar atentamente el mundo en el que vivimos en lugar de volverle la espalda. Son las que nos recuerdan que hay que estar preparados para encallecerse las manos y ensuciarse los pies, pues queda mucho trabajo a favor de la justicia social y para hacer efectivos los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos: empezando por el entorno más próximo y siguiendo por los contextos locales y el global.

Las voces críticas sacan a la luz y ponen en evidencia la crisis medioambiental, la violencia y las desigualdades producidas por la explotación y la acumulación capitalista; destapan las mentiras, las medias verdades, las distorsiones y los silencios que sirven para justificar y mantener el statu quo; revelan las contradicciones e identifican y abordan las brechas que atraviesan nuestra sociedad.

Las voces críticas no nos dicen qué pensar, sino que nos dan que pensar y nos brindan herramientas para embarcarnos en una terrible y maravillosa empresa de construcción personal y colectiva. No esconden ni disfrazan la realidad bajo palabras huecas; no tienen miedo de llamar a las cosas por su nombre; no necesitan usar etiquetas largas, complicadas y artificiosas. Hablan después de pensar, y piensan mientras actúan, mientras caminan, mientras trabajan, mientras estudian... siendo parte de la realidad, e incidiendo en ella.

Las voces críticas pueden defender cada sílaba que pronuncian, cada lucha que emprenden, cada pequeña cosa que aman; y, de la misma manera, son capaces de reconocer y responsabilizarse de cada uno de sus errores. Intentan construir un terreno seguro en el que afianzarse, un faro para no perder la referencia y la perspectiva, una comunidad dentro de la trinchera que defienden, y una brújula que muestre los otros rumbos que existen, además de "norte".

Dentro de las disciplinas del libro y la información, la bibliotecología progresista ha sido y debe seguir siendo una de esas voces. Una voz con distintos acentos pero con un mismo objetivo: ayudar a comprender los mecanismos que posibilitan y perpetúan las situaciones de injusticia y opresión en la sociedad, y a adoptar una posición de lucha y de resistencia contra ellas. Una voz decidida a arrancarnos de la ensoñación y a dotarnos de una conciencia crítica.

Es sabido que el futuro no traerá la luminosa utopía que dibujaron algunos fantasiosos autores de ciencia ficción del siglo pasado ni la que vislumbran los maestros contemporáneos del wishful thinking, sino un escenario mucho más oscuro. La envergadura y la complejidad de los problemas que enfrentamos es inmensa, desde el racismo y el odio a las culturas y las lenguas amenazadas; desde los sistemas entrelazados de opresión, dominación y discriminación a las continuas violaciones de derechos humanos y la impunidad; desde el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la escasez de recursos al fundamentalismo tecnológico; desde la creciente especialización y fragmentación del conocimiento a su mercantilización...

Ubicadas exactamente en el ojo de la tormenta, en el centro de una "Sociedad de la Información" llena de sesgos y conflictos, las disciplinas del libro y la información deben renunciar a su mantra de "neutralidad" y desafiar los hechos y los discursos que el pensamiento hegemónico presenta como inmutables e intocables. Debe cuestionar reglas y paradigmas, denunciar y condenar los intentos de silenciar, controlar y apartar a los bibliotecarios de aquellos asuntos que los afectan, a ellos y/o a sus comunidades, y recuperar la diversidad y la riqueza de una profesión milenaria, cada vez más asfaltada, gris y empobrecida.

Cuentan para ello con la voz crítica de la bibliotecología progresista, que está librando más de una batalla en su interior y en los márgenes –creando lazos de solidaridad, impulsando el intercambio de ideas, alentando discusiones razonadas, contribuyendo activamente en la toma de decisiones informadas, comprometiéndose y no aceptando compromisos–, y que debe servir de fuente de inspiración, y de candela, para decir la verdad. Como lo hicieron los bufones, los niños, y los héroes y pícaros de los cuentos clásicos. Hay mucho que hacer, y todas las manos van a ser necesarias.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 30.08.2016.

Foto: "Managing the Critical Voices inside your Head", de Harvard Business Review (enlace).

El texto corresponde al ensayo "Voces críticas", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu.

 


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Palabras ancladas 02

Historias en blanco y negro

Palabras ancladas (II)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 02" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 10, nº 44, mayo-junio de 2016). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Ya fuese tinta de hollín y agallas sobre un fino pergamino de cordero o carbón frotado sobre letras raspadas en una hoja de palma de Ceilán, la historia de los materiales escritos está llena de elementos, páginas y soportes de tonos claros sobre los que se han trazado signos de color oscuro. Mucho menos abundantes, y quizás por ello más llamativos, resultan aquellos que presentan letras claras sobre un fondo oscuro. Como si se tratase de negativos.

Estos documentos, tan interesantes como curiosos –al menos desde una perspectiva occidental– pueden encontrarse sobre todo en Asia: los manuscritos bothī tibetanos de grueso papel teñido de índigo y escritura dorada, o los samut thai dam tailandeses son buenos ejemplos. Pero sin duda alguna los más renombrados dentro de esta particular categoría libresca son los parabaik de Myanmar, la antigua Birmania.

El término parabaik designa un antiguo formato de manuscrito birmano plegado, en cuya elaboración intervenían varias láminas de un papel grueso, basto y muy fuerte llamado , fabricado con bambú, corteza de morera, paja de arroz u hojas. Esas láminas se unían formando una tira relativamente larga, la cual se plegaba en forma de acordeón entre una y 64 veces; el número de tales pliegues permitía clasificar los manuscritos resultantes en siete tipos distintos.

Las "hojas" resultantes medían unos 15 x 40 cm en los parabaik grandes y unos 8 x 15 cm en los pequeños. Con las dos páginas iniciales y las correspondientes páginas finales se armaban sendas cubiertas o tapas, que se endurecían pintándolas con una densa laca negra extraída del árbol thitsi (Melanorrhoea usitata).

Si el papel iba a ser utilizado para ilustraciones y pinturas se dejaba de color natural. Por el contrario, si se iba a escribir en él, se lo ennegrecía frotándolo con hollín o con carbón pulverizado. Así nacían los famosos parabaik negros.

A la hora de marcar los estilizados trazos circulares del alfabeto birmano sobre semejante superficie se usaba un pedazo puntiagudo de esteatita, cal o yeso. Básicamente, era como escribir con un trozo de tiza sobre una pizarra escolar. Y, en ocasiones, el parabaik funcionaba como tal. Así, cuando un texto ya no era necesario, podía ser borrado con un paño húmedo o cubierto con tinta para seguir escribiendo encima. Este mecanismo de máximo aprovechamiento del material generaba, al mismo tiempo, unos complejísimos palimpsestos.

Cabe señalar que el reiterado uso, entintado y re-uso de los manuscritos tenía un límite: a pesar de protegerlo frotándolo con aceite, gachas de arroz y hojas de olor fuerte (p.ej. las de Azadirachta indica), el no solía durar más de un siglo y medio. Esta es la razón por la cual actualmente solo se conservan parabaik producidos desde mediados de la dinastía Konbaung (1752-1885).

Este soporte fue utilizado desde el siglo XIV hasta bien entrado el siglo XIX, cuando en Myanmar se adoptó el papel occidental. Se lo empleaba tanto en ámbitos oficiales como privados, sobre todo para tomar notas o realizar borradores de textos que luego se transcribirían a manuscritos de hojas de palma (pei-za, peza o pay hcar). En un mismo parabaik podía haber textos sobre distintos temas: administración central o local, reglamentos, materias judiciales, préstamo de dinero, contratos, herencias, práctica médica y farmacéutica, poesía y literatura, astrología, e incluso instrucciones para tatuajes. Excepto para asuntos religiosos, se usaron para todo, lo que los convierte en excelentes fuentes de información para los investigadores de la historia de la actual Myanmar.

La vida de los parabaik fue azarosa: su principal enemigo no fueron los muchos insectos, la demasiada humedad, las frecuentes inundaciones y los no menos raros incendios, sino los conflictos armados. La historia birmana está alfombrada de bibliotecas y archivos destruidos por ejércitos: los de Pagán en 1287 por los primeros invasores mongoles, los del Reino de Ava en 1525 por la Confederación de Estados Shan, los del Reino Hanthawaddy en 1565 por una rebelión, los de la dinastía Toungoo en 1600 por los del Reino de Mrauk U, más documentos Toungoo en 1754 por tropas Hanthawaddy, los registros sobrevivientes de Hanthawaddy por fuerzas de la dinastía Konbaung en 1757, los de Konbaung por los británicos en 1885...

Los negros manuscritos supervivientes se encuentran dispersos por toda Myanmar en un lamentable estado de conservación. Son numerosas las pérdidas de colecciones completas de parabaik guardados localmente. Y muchos de los que aún se mantienen enteros padecen la más grave enfermedad que pueda tener un documento de este tipo: los caracteres se desprenden de sus páginas. Afortunadamente, en la actualidad existen varias iniciativas de búsqueda, recuperación, organización y digitalización que tratan de dar una nueva oportunidad a estos tesoros del Asia sudoriental, obras maestras del contraste de colores.

 

Referencias

Crossby, Kate (2013). Theravada Buddhism: Continuity, Diversity, and Identity. Malden, MA: Wiley Blackwell.

Dean, John F. (s.f.). Conservation and Stabilization of Palm Leaf and Parabaik Manuscripts. [En línea].

Herbert, Patricia (1989). The Making of a Collection: Burmese Manuscripts in the British Library. Electronic British Library Journal. [En línea].

Khine, Myat (1986). The Fine Writings on Ancient Parabaiks. Forward, October, pp. 22-25.

Raghavan, V. (1979). Preservation of Palm-leaf and Parabaik Manuscripts and Plan for Compilation of a Union Catalogue of Manuscripts. París: UNESCO. [En línea].

University of Aichi (2002). Database of Myanmar Parabaik Manuscripts. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 23.08.2016.

Foto: Parabaik negro. Copia de la epístola a los monjes de Rakhine, enviada por el monje birmano Atula Hsayadaw Shin Yasa en 1761. Database of Myanmar Parabaik Manuscripts, 2002, de Universidad de Aichi, Japón (enlace).

El texto corresponde al artículo "Historias en blanco y negro", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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La bibliotecología social está en la calle

La bibliotecología social está en la calle

[Algunas ideas a vuelapluma]


 

¿Basta con poseer una conciencia crítica — a la que uno saca a pasear dos veces al día como haría con su perrito de lanas? No, debería estar claro que no. De poco sirve una conciencia crítica que no se vincule con la acción colectiva. Lo que necesitamos son conciencias críticas en contextos de praxis.

Jorge Riechmann. Peces fuera del agua. Tegueste: Baile del Sol, 2016.

 

No es una idea abstracta, ni el delirio idealista de un puñado de soñadores, ni el proyecto de un grupo de estudiantes. Ni siquiera es un asunto partidista, institucional o académico. Tampoco es algo que haya que construir, ni que esté por llegar; mucho menos necesita de [autoproclamados] líderes, gurúes, expertos, dueños o maestros. La bibliotecología social, progresista, crítica, responsable, comprometida y activista está viva en la calle, en bibliotecas de todo el mundo; es una construcción colectiva, alimentada a diario y movida desde hace mucho tiempo por miles de manos y de cabezas. Ocurre que la mayoría de los que la practican no lo saben.

Y lo que es mucho peor: muchos de los que se llenan la boca con ella no la ejercitan.

 

* * *

 

La llamada "bibliotecología crítica", "social" o "progresista" [1] se define como una corriente de pensamiento y acción dentro de las disciplinas del libro y la información.

Se denomina "de pensamiento y acción" porque ambos procesos deben ir de la mano, íntimamente enlazados, e interactuar continuamente. Deben complementarse y retroalimentarse, por lo menos si se pretende obtener algún resultado concreto a partir de las reflexiones, o algún cambio significativo y duradero a partir de las acciones [2].

Desde el punto de vista del "pensamiento", es una corriente que analiza críticamente los temas que aborda, y que lo hace desde una perspectiva social y progresista, lo cual implica hacerlo desde la izquierda. Lejos de posiciones partidistas (o "políticas" en el sentido coloquial de la palabra), por "izquierda" se entiende en este texto lo que el filósofo australiano Peter Singer recogió, de boca del activista belga-estadounidense Henry Spira, en su libro Una izquierda darwinista (New Haven: Yale University Press, 2000):

 

Cuando le pregunté por qué se había pasado más de medio siglo luchando por esas causas, respondió sencillamente que estaba de parte del débil, no del poderoso; del oprimido, no del opresor; de la montura, no del jinete. Y me habló de la inmensa cantidad de dolor y sufrimiento que hay en nuestro universo, y de su deseo de hacer algo por reducirla. En eso, creo yo, consiste la izquierda.

 

Por otro lado, desde la perspectiva de la "acción", promueve una práctica bibliotecaria que cuestione la realidad; que sea consciente de los problemas a los que se enfrenta la sociedad actual, tanto desde una perspectiva macro (violaciones de derechos humanos, agotamiento de los recursos naturales, racismo, violencia de género y otros problemas a gran escala) como de una micro (problemas locales); y que haga su parte y su aporte en la resolución de esos problemas, y permita introducir cambios tangibles en la realidad utilizando distintas estrategias.

No se trata sólo de un espacio de producción teórica, o de construcción de una intelectualidad, un discurso o un modelo mediante la lectura de determinados autores y la discusión de un puñado de ideas dentro de ciertos grupos cerrados; como señala el filósofo y activista español Jorge Riechmann en la cita de apertura, "de poco sirve una conciencia crítica que no se vincule con la acción colectiva". Tampoco consiste únicamente en llevar a cabo un conjunto de acciones: tiene que haber una reflexión previa y una evaluación constante que guíe y cimiente lo que se hace. Se trata de una combinación de ambos elementos; una que requiere de un contacto directo con esa realidad que se pretende entender, analizar, y transformar.

 

* * *

 

Son numerosos los bibliotecarios "de trinchera" (aquellos que se desempeñan en bibliotecas de base: rurales, escolares, populares, públicas...) que desarrollan, en su quehacer diario y desde sus puestos de trabajo, una labor de militancia y de activismo [3]. Una labor comprometida con su comunidad y con ideas como garantizar el acceso a la información (especialmente la estratégica) o apoyar la educación básica, la práctica de la lectura y otros procesos socio-culturales de la ciudadanía. Una labor adaptada a sus condiciones y circunstancias, discutida una y otra vez (con otros colegas, con sus usuarios, con otros actores sociales, consigo mismos), y construida desde la información y la crítica y, por qué no, también desde el ensayo y el error.

Ellos raramente usan etiquetas para describir o clasificar su trabajo. Por lo general, ni siquiera son conscientes de que lo que hacen es un ejemplo clarísimo de bibliotecología activa, comprometida, responsable y progresista. Sin embargo, lo es, y ahí está. Ahí ha estado siempre.

El propio sistema hegemónico, injusto y desigual, es el que mantiene su llama encendida. Es el que empuja a esos bibliotecarios a buscar caminos alternativos, soluciones posibles, ideas practicables. El que los lleva a defender aquello que consideran justo y necesario. El que los mantiene atentos, luchando y resistiendo un día tras otro.

Es un camino largo y complejo, para el que no suele haber guías o manuales, mucho menos cursos o apuntes en las escuelas y facultades de Bibliotecología. Supone salir a la calle, escuchar a la gente, sentir sus problemas, y colaborar en la búsqueda de herramientas que pongan coto y freno al dominio, la explotación, la injusticia, el desequilibrio, la censura, la corrupción... Exige dejar de lado las individualidades y trabajar colectivamente, creando redes que difundan experiencias e intercambien información valiosa.

Existen ejemplos en casi todos los rincones del mundo. Basta con acercarse, aprender y comenzar a participar. El resto del camino se hará andándolo.

 

Notas

[1] Al respecto, y como complemento, pueden verse los artículos ¿Qué es la bibliotecología progresista? Una aproximación básica y Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: Reflexiones desde una bibliotecología crítica (Civallero, 2012) en Acta Académica.

[2] Se trata de un proceso similar al desarrollado por la técnica de action-research o investigación-acción: la participación activa en una acción determinada (generalmente una de cambio) mientras se desarrolla un proceso de investigación y reflexión; ambos elementos se retro-alimentan mutuamente. Vid. p.ej. Davison, R.; Martinsons, M.; Kock, N. (2004). Principles of canonical action research. Information Systems Journal, 14 (1), pp. 65-86; Greenwood, D. J.; Levin, M. (2007). Introduction to action research. Thousand Oaks (CA): Sage Publications; y Reason, P.; Bradbury, H. (eds.) (2007). Handbook of Action Research. Londres: Sage Publications.

[3] "Enérgicos defensores del conocimiento adquirido a través del estudio, la comunicación, la investigación o la instrucción". Definición de A. Molaro (2009). On my mind: Information Activist. American Libraries, 40 (12), p. 37.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 16.08.2016.

Foto: Instalación del colectivo español Luzinterruptus en Melbourne (Australia) en 2012. En Architizer (enlace).

El texto corresponde al ensayo breve "La bibliotecología social está en la calle", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu.

 


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Entrevista a Elaine Harger

Entrevista a Elaine Harger

Confundadora de Progressive Librarian Guild


 

La siguiente entrevista, realizada por Rory Litwin, fue publicada originalmente en Library Juice el 21 de julio de 2016. Ha sido traducida por Sara Plaza y revisada y difundida por Edgardo Civallero a través de este blog con permiso expreso del autor y de la entrevistada.

El documento es una excelente oportunidad para conocer parte de la historia y de la ideología de PLG (Progressive LIbrarians Guild, Liga de Bibliotecarios Progresistas), un grupo pionero dentro de la bibliotecología progresista internacional, de labios de una de sus fundadoras, la bibliotecaria estadounidense Elaine Harger. Es preciso señalar, sin embargo, que varias preguntas parten de presupuestos falsos, delatan sesgos, intereses y/o conflictos personales, o simplemente intentan manipular la respuesta, y que algunas de las afirmaciones realizadas (particularmente las relativas al rol de la comunidad digital #critlib) pueden ser seriamente cuestionadas.

[Texto completo de la entrevista].

 

[Extracto]

En la conferencia anual del ALA que se celebró en Dallas, Texas, en el año 1989, Mark Rosenzweig y yo, que acabábamos de graduarnos en la Facultad de Bibliotecología de la Universidad de Columbia, asistimos a una reunión de la Social Responsibilities Round Table (SRRT), donde se estaba discutiendo la supuesta incapacidad de la SRRT para abordar algunos de los grandes problemas que entonces afrontaba la profesión. Sandy Berman y Elliott Shore, miembros de la SRRT, presentaron una declaración instando a la SRRT a considerar la posibilidad de mirar más allá del trabajo de cada grupo particular, para cuestionar el creciente uso de modelos de negocio en la gestión de las bibliotecas, la privatización, y la amenaza de desprofesionalización y descualificación que representaban las tecnologías de la información para el trabajo de los bibliotecarios.

De regreso en Nueva York, Mark y yo seguimos reflexionando y hablando sobre lo que habíamos aprendido, y pensamos que sería una buena idea reunir a los bibliotecarios del noreste para continuar la conversación. La historia completa de PLG puede leerse en el excelente libro de Al Kagan, Progressive Library Organization: A Worldwide History (McFarland, 2015). Y para conocer algunos detalles de la misma, hay un artículo sobre PLG que escribí hace cinco años, publicado en el número 34/35 de Progressive Librarian (pp. 58-71) que quizás interese a los lectores.

Para decirlo en pocas palabras, PLG era necesario porque ningún otro grupo de bibliotecarios estaba adoptando entonces una postura crítica y activista sobre cuestiones del panorama general. Los grupos de trabajo de la SRRT estaban haciendo un trabajo excelente, pero cada uno se ocupaba de un asunto concreto: derechos humanos, sindicalismo bibliotecario, LGBT, feminismo, paz y otros. Los miembros de PLG pensábamos que, como señalaba Mark en una carta de 1997 publicada en el boletín informativo de la SRRT, era necesaria "una visión global de la bibliotecología social y de la democracia cultural", algo que la SRRT no podía ofrecer en aquel momento.

En cuanto a la forma que adoptó PLG, nos convertimos en un grupo asociado a la SRRT para poder trabajar tanto dentro como fuera del ALA. Esto permitió que PLG estuviese presente en las reuniones de invierno y en las conferencias anuales del ALA, tanto en la zona de stands como organizando encuentros y patrocinando programas, y a la vez nos liberó de la pesada burocracia del ALA a la hora de hacer declaraciones, publicar una revista independiente, participar en conferencias de organizaciones de izquierdas, acudir a manifestaciones, etc. Aquello era lo mejor de los dos mundos: afiliación e independencia.

Y en lo que respecta a la estructura organizativa, fue el resultado de la aburrida rutina de gestionar las membresías y subscripciones, y también de una sensibilidad política (quizá con tintes anarquistas) contraria a la parte burocrática de los reglamentos, los funcionarios, las elecciones y las engorrosas relaciones con el Servicio de Recaudación Interna. Necesitábamos una cuenta bancaria y un número de identificación fiscal, ambos fácilmente disponibles para grupos pequeños tipo club. PLG funciona únicamente con voluntarios. Las cuotas de los miembros sirven para pagar la publicación en papel de la revista. Siempre hemos tenido déficit (salvo durante el periodo en que la biblioteca Alternativas en Ithaca, Nueva York, imprimió la revista); a veces los editores han tenido que colaborar económicamente para sufragar los costes de impresión y envío, y varios miembros (últimamente David Lesniaski, de la Escuela de Bibliotecología St. Catherine, en Minnesota) se han hecho cargo de distintas tareas como la gestión de listas, la administración de las finanzas o el envió postal de la revista.

En el año 2002 se creó el Comité Coordinador de PLG, con el objetivo de sumar más gente al proceso de toma de decisiones de la organización. Anteriormente todo el trabajo recaía en los editores de la revista, un arreglo que no era sostenible ni saludable a nivel organizativo.

 

Acerca de la entrada

Texto: Rory Litwin y Elaine Harger. Traducido por Sara Plaza, revisado por Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 09.08.2016.

Foto: Acti-Prop Poster Series. Por Sarah von der Luft (enlace).

 


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Los muchos caminos 01

Las trampas de la clasificación

Los muchos caminos (I)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Camino 01" de la columna trimestral del autor titulada "Los muchos caminos", incluida en De bibliotecas y bibliotecarios. Boletín electrónico ABGRA (Argentina, 8 (2), 2016). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Los profesionales de la información trabajan cada día en el diseño y selección de sistemas y estándares de clasificación [bibliográfica], aunque pocos los ven como artefactos que plasman elecciones morales y estéticas, las cuales, a su vez, moldean las identidades, aspiraciones y dignidad de las personas.

Geoffrey C. Burker y Susan L. Star. Sorting things out: classification and its consequences. Cambridge: MIT Press, 2000, p. 4.

 

El intento de cartografiar el mundo de las bibliotecas no puede dar como resultado una serie de fotos fijas, sino una imagen dinámica. Representar sus contornos y regiones a lo largo de cinco milenios, señalar las rutas y corrientes que han ido atravesándolo y las que se abren hoy, o marcar las terrae incognitae que todavía permanecen inexploradas son tareas en constante evolución.

En esta columna trimestral, y como si se tratara de un personal diario de viaje, compartiré breves descripciones de algunos itinerarios de ese maravilloso universo bibliotecario. Caminos que merecen ser nombrados, recordados o (re)descubiertos; miradores y sendas que necesitan ser visitados; paisajes profesionales que hay que disfrutar; tierras nuevas en las que hay que abrir trocha... Y por supuesto, rincones que es preciso evitar, por sus cenagales, sus peligros, o por los cepos que se esconden bajo la hojarasca.

Quizás las trampas más peligrosas en este mundo bibliotecario que habitamos, transitamos y modelamos día a día con nuestros quehaceres son las que se encuentran en nuestro lenguaje. Suelen ser las más difíciles de identificar (y de desterrar), sobre todo cuando las hacemos nuestras y las naturalizamos. Para los bibliotecarios, los lenguajes documentales son los códigos comunes de la profesión, y son precisamente los que más espinas esconden en su interior. En especial las clasificaciones.

Una clasificación bibliográfica es, grosso modo, un esquema empleado para la organización de cualquier tipo de recurso informativo. En la mayor parte de los casos, tales esquemas responden a un modelo taxonómico: tal y como ocurre con las clasificaciones biológicas, sus categorías ("clases") están organizadas de acuerdo a unas estructuras jerárquicas bien definidas. Al ubicar una categoría en un punto determinado de ese andamiaje, esta adquiere un significado concreto y único merced a las relaciones (de jerarquía, de equivalencia, de asociación) que establece con el resto de las categorías que componen el esquema.

Las clasificaciones bibliográficas de uso más extendido en la actualidad (CDU, CDD y LC) utilizan, como base informativa para construir y poblar sus tablas, una serie de fuentes especializadas (p.ej. tesauros químicos, taxonomías zoológicas, clasificaciones geológicas) basadas fundamentalmente en el sistema de conocimiento occidental. Eso hace que, pese a ser presentadas como esquemas con conceptos "comunes" e "internacionales" y notaciones "universales" que pueden ser empleadas en unidades de gestión de información de todo el mundo, incluyan en realidad categorías plagadas de sesgos eurocéntricos y, en muchos casos, ajenas a culturas no europeas.

A esto se suma otro problema íntimamente relacionado con el anterior: las clasificaciones reflejan las opiniones, estereotipos y discriminaciones propias de la época en la que fueron elaboradas. Son un resumen de la cosmovisión dominante en un momento y un lugar determinados. De esta forma, entre las clases de la CDU, la CDD y la LC se encuentran no pocos trazos racistas, xenófobos, colonialistas, imperialistas, homófobos y sexistas propios de la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX.

Al igual que cualquier otra clasificación, las bibliográficas funcionan como casilleros llenos de celdas predeterminadas, en las cuales ir colocando elementos. La elección de qué celdas componen esos casilleros y de los límites que las definen recae, en última instancia, en el diseñador de la clasificación. Éste decide qué clases se incluyen, y cuáles se silencian, se evitan, se alteran o se maquillan. En este contexto, las realidades "minoritarias" o "alternativas" (políticas, sexuales, sociales, económicas, etarias, étnicas, lingüísticas, religiosas, etc.) no suelen ser tenidas en cuenta. En muchas ocasiones, para clasificar ciertos conocimientos es preciso adoptar el principio de la "cama de Procrustes": mutilándolos drásticamente (haciendo que pierdan, casi siempre, su significado original) para hacerlos encajar en una clase que no fue pensada para ellos.

Las discusiones propiciadas en las últimas tres décadas por los trabajos de autores como Sanford Berman o Hope Olson han puesto de manifiesto muchas de las limitaciones y distorsiones de los lenguajes documentales en general. Conscientes de ellas, los equipos editoriales de algunas clasificaciones bibliográficas están trabajando en su revisión y actualización: la última edición en castellano de la CDU (AENOR, 2015), por ejemplo, corrige numerosos errores, eliminando términos claramente xenófobos y homófobos o reconstruyendo estructuras absolutamente europeas para darle cabida a otras perspectivas (p.ej. la clase 2 - Religión). La comunidad internacional está haciéndose eco, asimismo, de la necesidad de abandonar las visiones eurocéntricas: el próximo congreso general de IFLA (Columbus, Estados Unidos, agosto de 2016) acogerá una serie de conferencias coordinadas por la sección de Clasificación e Indización sobre encabezamientos de materia indígenas ("Reclaiming subject access to indigenous knowledge"), mientras que la revista Cataloging & Classification Quarterly abordó el tema de la organización del conocimiento indígena en un reciente número monográfico (53 (5-6), 2015), recogiendo el trabajo de un buen número de investigadores.

 

Referencias

Esteban Navarro, Miguel Ángel (1995). Fundamentos epistemológicos de la clasificación documental. Scire, 1 (1), pp. 81-101. [En línea].

Ranganathan, Shiyali Ramamrita (1989). Philosophy of Library Classification. Bangalore: Sarada Ranganathan Endowment for Library Science.

Shupak, Harris (1974). "Classification: A definition". En: Painter, Ann F. (ed.) Classification: Theory and practice. Drexel Library Quarterly, 10 (4), pp. 4-10.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 02.08.2016.

Foto: Túnel de libros. Biblioteca Municipal de Praga, República Checa. Por Matej Kren (enlace).

El texto corresponde al artículo "Las trampas de la clasificación", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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