Bibliotecas Otras

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Cinco puntos sobre servicios "interculturales" en bibliotecas públicas (II)


 

[Los siguientes contenidos formaron parte de la charla "Interculturalidad y servicios bibliotecarios", organizada por la Biblioteca EPM en Medellín (Colombia) el 9 de septiembre de 2016].

 

Todo lo que haces para mí, pero sin mí, lo haces contra mí.

Proverbio de África central. Citado por David van Reybrouck.

 

Cuando se habla de servicios bibliotecarios "interculturales" generalmente se hace referencia a aquellos que se prestan a colectivos, grupos o comunidades cuya cultura es distinta, en algún grado, a la dominante dentro de una sociedad determinada (considerada la "estándar" o incluso la "oficial" por la biblioteca a la hora de definir sus servicios).

La definición, el diseño y la prestación de tales servicios debería generar un intenso debate y un análisis crítico constante dentro de las disciplinas del libro y la información y entre sus trabajadores: comenzando por el propio nombre y su significado, pasando por las categorías de trabajo, los conceptos utilizados, los objetivos planteados y las ideologías subyacentes, y terminando por las metodologías empleadas en su construcción, implementación y valoración.

Lamentablemente, la mayor parte de estas cuestiones aún no han sido abordadas, o lo han sido de forma parcial y a menudo sesgada. A la espera de un tiempo de acercamientos más profundos, en este texto se plantean cinco puntos –entre otros muchos posibles– que, como reflexiones básicas sobre esta temática, pueden servir de disparadores para discusiones o elaboraciones futuras.

 

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Punto 4. Colonialismo bibliotecario

 

La biblioteca y la escuela (educación formal básica) son dos herramientas poderosas a la hora de difundir una determinada serie de conocimientos, rasgos culturales y valores. Son dos instituciones ubicuas que en el pasado han sido utilizadas para extender e imponer la cultura dominante (y no sólo en antiguas colonias, por cierto), y que en el presente pueden funcionar de manera bastante similar.

¿Hasta qué punto la implementación de servicios bibliotecarios puede ser una "neo-colonización" o una imposición de determinados contenidos, costumbres, hábitos o tecnologías? ¿Hasta qué punto los diseñadores de servicios bibliotecarios asumen que lo que es bueno para ellos es bueno para todos (pre-asumiendo, además, que algo es "bueno")?

A la hora de diseñar servicios bibliotecarios, deben considerarse (y, de ser posible, eliminarse, o al menos minimizarse) factores de colonialismo y presión cultural, p.ej. determinados contenidos, o en una única lengua o con una única versión de la historia. La apuesta por contenidos locales (e incluso la producción local de contenidos, mediante estrategias en las que puede/debe participar la comunidad) es otra forma de acción, que permite balancear los conocimientos intra- y extra-comunitarios.

Por otro lado, es preciso contrarrestar el eurocentrismo u occidentalismo inherente a la biblioteca (un eurocentrismo u occidentalismo que, en bibliotecología, queda en evidencia, entre otras muchas cosas, en los sistemas de clasificación utilizados), así como la supremacía de la palabra escrita e impresa. Una de las soluciones posibles es "mestizar" lo más posible el sistema bibliotecario con esquemas, formatos y expresiones culturales locales (p.ej. darle más presencia a la oralidad y a lo sonoro).

 

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Punto 5. Respeto y sostenibilidad

 

El diseño de una biblioteca y de unos servicios bibliotecarios públicos debe ser, en líneas generales, respetuoso con las necesidades y las posibilidades de los usuarios, y producir resultados sostenibles en el tiempo. Cuando se trata de servicios a sectores sociales o poblaciones que llevan demasiado tiempo sometidas a circunstancias socio-económicas y culturales adversas, estas precauciones deben extremarse.

¿Hasta qué punto se tiene esto en cuenta en la bibliotecología actual? En un mundo con desigualdades crecientes, en una cultura del consumo donde el marketing pervierte las necesidades y la sostenibilidad parece haberse convertido en otro negocio, ¿hasta qué punto el respeto y el desarrollo sustentable aparecen en las políticas bibliotecarias en general y en las destinadas a poblaciones desaventajadas en particular?

Las necesidades de cualquier comunidad (en este caso, la comunidad de usuarios de una biblioteca) deben ser atendidas desde una perspectiva de desarrollo de base, es decir, elaborando respuestas y proponiendo soluciones junto a ellos en lugar de imponerlas. Respuestas y soluciones que habrá que habrá que pensar colectivamente y construir de acuerdo a las posibilidades de la comunidad (sin ser deterministas, evidentemente). Caso contrario, cualquier acción que se tome será vista (y tratada) como un implante extraño.

Al mismo tiempo, la biblioteca y sus servicios deben ser sostenibles en el tiempo; es decir, deben poder mantenerse. Las novedades pueden representar una agradable sorpresa para los usuarios, pero una biblioteca seria y comprometida no debería aspirar a reinventarse cada día, sino que tiene que ser capaz de dar continuidad a sus servicios, por pocos que sean, al menos a medio plazo.

Los puntos aquí planteados representan únicamente un acercamiento muy básico a una problemática amplia y compleja, que podría catalogarse de poliédrica: con numerosas caras y otras tantas aristas. La participación de la comunidad profesional en la exploración, el desarrollo, la implementación y la discusión de estas ideas es esencial.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 25.10.2016.

Fotos: "The way we are now" (2012), de Piers Calvert (enlace).

El texto corresponde a la segunda y última parte del ensayo "Bibliotecas Otras. Cinco puntos sobre servicios 'interculturales' en bibliotecas públicas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Cinco puntos sobre servicios "interculturales" en bibliotecas públicas (I)


 

[Los siguientes contenidos formaron parte de la charla "Interculturalidad y servicios bibliotecarios", organizada por la Biblioteca EPM en Medellín (Colombia) el 9 de septiembre de 2016].

 

Todo lo que haces para mí, pero sin mí, lo haces contra mí.

Proverbio de África central. Citado por David van Reybrouck.

 

Cuando se habla de servicios bibliotecarios "interculturales" generalmente se hace referencia a aquellos que se prestan a colectivos, grupos o comunidades cuya cultura es distinta, en algún grado, a la dominante dentro de una sociedad determinada (considerada la "estándar" o incluso la "oficial" por la biblioteca a la hora de definir sus servicios).

La definición, el diseño y la prestación de tales servicios debería generar un intenso debate y un análisis crítico constante dentro de las disciplinas del libro y la información y entre sus trabajadores: comenzando por el propio nombre y su significado, pasando por las categorías de trabajo, los conceptos utilizados, los objetivos planteados y las ideologías subyacentes, y terminando por las metodologías empleadas en su construcción, implementación y valoración.

Lamentablemente, la mayor parte de estas cuestiones aún no han sido abordadas, o lo han sido de forma parcial y a menudo sesgada. A la espera de un tiempo de acercamientos más profundos, en este texto se plantean cinco puntos –entre otros muchos posibles– que, como reflexiones básicas sobre esta temática, pueden servir de disparadores para discusiones o elaboraciones futuras.

 

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Punto 1. Bibliotecas para todos

 

Según el Manifiesto de la IFLA/UNESCO sobre la Biblioteca Pública de 1994, la biblioteca pública debe cubrir las necesidades de todos sus usuarios sin distinciones (evidentemente, siempre de acuerdo a sus recursos y posibilidades). Y en sociedades plurales –y pocas en el mundo actual no lo son– eso implica responder los requerimientos de personas con características y rasgos culturales muy diversos.

La realidad, sin embargo, muestra que la biblioteca pública pocas veces cubre las necesidades de determinados colectivos, como ocurre con las sociedades originarias y otros grupos etiquetados como "minoritarios". Grupos humanos que no han sido descuidados u olvidados solo por la biblioteca, por cierto.

Es necesario desarrollar e implementar servicios bibliotecarios que se ocupen de forma pertinente de esos sectores de la población, hasta ahora infra-atendidos, o directamente ignorados o excluidos. Servicios que muy bien pueden ser utilizados por grupos de la ciudadanía que no pertenezcan a alguna de las mal llamadas "minorías" (sociales, lingüísticas, económicas, raciales, étnicas, etc., pero no necesariamente demográficas), y que no existen hoy por una variedad de razones, que van desde la economía de recursos a la simple y llana discriminación.

Dentro de lo posible, debe avanzarse en esa dirección. Bastaría, en principio, con dar pasos pequeños: proyectos y acciones simples, para los cuales no es preciso contar con un presupuesto excesivo, pero que muestran (a) el reconocimiento de una notable ausencia dentro de la biblioteca y sus estructuras; (b) el respeto de la biblioteca como institución hacia determinados usuarios, sus necesidades y sus problemas; y (c) el compromiso bibliotecario con el cumplimiento de una misión y la garantía de los derechos humanos y ciudadanos.

 

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Punto 2. Nosotros y los otros

 

Durante las últimas dos décadas se ha hablado y escrito bastante (y hecho un poco menos) sobre "bibliotecas o servicios interculturales, indígenas, campesinos o afroamericanos". Estas expresiones se han usado para nombrar a las iniciativas y proyectos que surgieron como respuesta al punto anterior. El uso de etiquetas suele generar un problema de demarcación y caracterización generalmente innecesarias. En líneas generales, es la manera de señalar al Otro, al diferente, al distinto que, en muchos casos terminará siendo (si no lo es ya) excluido, discriminado y olvidado.

¿Es necesario hablar de espacios particularmente "indígenas", "campesinos" o "afro-descendientes" en sitios en donde ya existen bibliotecas públicas (a no ser que se hable de espacios muy especializados)? ¿Es preciso crear espacios o servicios "separados" para poblaciones con distintas características socio-culturales? ¿No es una manera de crear brechas y de levantar muros? ¿Qué ocurre con la población que queda en medio de esas categorías?

En líneas generales, no es preciso marcar/visibilizar diferencias en los servicios. No es preciso crear "Otros". La biblioteca pública debe incluir a todos haciéndose cargo del contexto desigual, lo que en algunos casos supondrá introducir medidas correctoras para que sus servicios sean apropiados para una multiplicidad de usuarios: al fin y al cabo, todos tenemos particularidades. Aunque algunas de ellas pocas veces formen parte de ese "todos" y sean conocidas, aceptadas o respetadas.

Aquellas bibliotecas ubicadas en territorios mayoritariamente indígenas, campesinos o afro-descendientes, pueden ser igualmente consideradas "bibliotecas públicas", a las que debería tener acceso cualquier ciudadano deseoso de consultar la información almacenada en su interior. La "diferencia" con otras bibliotecas públicas ubicadas fuera de esos contextos geográficos/culturales radicará (a) en sus colecciones y/o sus servicios, que se adaptarán a las necesidades de la comunidad (como debería hacer cualquier biblioteca pública), que en este caso conllevan un "extra" de particularidad; y (b) en su trabajo recuperando y difundiendo (dentro y fuera de su comunidad) un acervo cultural que no está presente en las comunidades de otras bibliotecas públicas.

Es preciso, por cierto, tener cuidado con el uso de las palabras, incluyendo "multicultural", "transcultural" e "intercultural". Pocos términos, hoy en día, son neutrales. Todos tienen una historia detrás, que conviene conocer.

 

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Punto 3. El exotismo de lo diferente

 

En líneas generales, los servicios bibliotecarios etiquetados como "interculturales" están destinados a responder a las necesidades de unos sectores de población con características "particulares", es decir, que se escapan del perfil de usuario considerado "estándar" en un contexto determinado.

Ahora bien: ¿qué rasgos de una comunidad de usuarios campesinos, afroamericanos o indígenas (o de cualquier otra "minoría") podrían considerarse "particularidades" a tener en cuenta a la hora de plantear unos servicios bibliotecarios, y en qué rasgos se podría pecar de "folklorismo"? ¿Quién decide cuáles son esos rasgos: la comunidad o un observador/trabajador/financiador externo? ¿Se utilizan raseros diferentes a la hora de considerar las necesidades y posibilidades de una población etiquetada como "indígena", "campesina" o "afroamericana" de una que no lo es?

Los estereotipos y los prejuicios están demasiado presentes dentro de las sociedades plurales. Son un subproducto enfermizo e indeseable del proceso de mantenimiento y reforzamiento de la identidad propia dentro de grupos humanos complejos, además de una consecuencia del intento de establecer límites entre distintas identidades (algo imposible en la práctica: las identidades se mezclan). Es necesario realizar un ejercicio de autoevaluación crítico para desmontar las ideas preconcebidas a la hora de cualquier acción bibliotecaria. Y esto funciona en ambas direcciones: tan nocivos son ciertos "folklorismos" como ciertos "indigenismos".

A la hora de hablar de usuarios, saberes y bibliotecas, un buen punto de partida es considerarlos como elementos fundamentales de un engranaje infinitamente más grande y complejo: uno en el que todas las partes son igualmente necesarias. El conocimiento no funciona en módulos estancos: fluye, suele atravesar fronteras identitarias con facilidad y mezclarse/mestizarse con rapidez. Y si bien, a la hora de diseñar servicios bibliotecarios (o bibliotecas enteras) es imprescindible tomar en consideración algunos factores culturales relevantes (p.ej. la lengua o el formato de los documentos), también es preciso dejar ciertos preconceptos de lado.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 18.10.2016.

Fotos: "The way we are now" (2012), de Piers Calvert (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del ensayo "Bibliotecas Otras. Cinco puntos sobre servicios 'interculturales' en bibliotecas públicas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Libros pintados

El Libro de los Reyes

Libros pintados (VI)


 

El Shāh-nāma o Shahnameh, "El Libro de los Reyes", es un largo poema épico escrito por el poeta persa Ferdowsī entre los años 977 y 1010. Reconocido como la épica nacional del Gran Irán (actuales Irán, Azerbaiyán, Afganistán, Georgia, Armenia, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán), el texto es considerado, además de una obra maestra literaria, una de las bases más importantes de la identidad cultural de esa región.

Se trata de la épica más larga escrita por un solo autor: cuenta con unos 50.000 dísticos organizados en 62 historias y 990 capítulos, todos escritos en una forma temprana del farsi o persa moderno. El texto recoge el pasado mítico e histórico del Imperio Persa, desde la creación del mundo y la llegada de la civilización hasta la conquista de Irán por el Islam en el s. VII.

 

El autor

 

Abu'l-Qāsem Ferdowsī Tusi, más conocido por su takallosá Ferdowsī (en persa, "paradisíaco"), nació hacia el 940 en el pueblo de Paz/Faz, cerca de Tūs, en el Khorasán (entonces parte del Imperio Sasánida, al noreste del actual Irán). Hijo de una familia dehqān –terratenientes aristócratas–, heredó de su clase social el patriotismo y el interés por conservar las tradiciones culturales y la historia legendaria del mundo persa, sometido a la lengua y a la cultura árabes y a la religión musulmana desde el 651. Para el siglo IX, el dominio islamista estaba en decadencia (en lo que se llama, históricamente, el "intermezzo iraní" y el "persianato"), y comenzaron a aparecer algunas dinastías locales; en Khorasán, concretamente, surgió la Samánida (819-999).

Los Samánidas trataron de revitalizar la cultura persa: extendieron el uso del farsi, y se embarcaron en un esfuerzo por difundir la historia pre-islámica. Como parte de ese proyecto de recuperación del patrimonio cultural, encargaron traducciones de textos antiguos del pahlavi (persa medio) al farsi. Abū Mansūr Muhammad ibn 'Abd-al-Razzāq, el gobernador de Tūs a las órdenes del regente Samánida Nasr II (y de sus sucesores), encargó a su ministro Abū Mansūr Mamari la elaboración de un "Libro de los Reyes" en prosa: un racconto que recogiera las grandes historias de los héroes y monarcas del pasado. Se encomendó entonces a cuatro mobed (clérigos zoroástricos) la traducción del Xwadāynāmag o Khwaday-Namag, un "Libro de los Reyes" escrito en pahlavi durante la época Sasánida, hoy perdido. Terminada en el año 957 y enriquecida con material tomado de otras fuentes, la versión farsi pasó a llamarse Shāh-nāma-yi Abū Mansūri ("El Libro de los Reyes de Abū Mansūri"). Solo quince páginas del prefacio de aquella obra han sobrevivido hasta la actualidad.

El Shāh-nāma-yi Abū Mansūri sirvió de base para la realización de un "Libro de los Reyes" en verso. El poeta Abū Mansūr Daqīqī fue quien comenzó la tarea, interrumpida bruscamente en 976, cuando el autor fue asesinado por su esclavo favorito. Al año siguiente Ferdowsī tomó el relevo con el apoyo financiero de Mansūr, el hijo de Abū Mansūr Muhammad. Además del texto en prosa, el poeta recuperó algunos de los mil versos dejados por Daqīqī, y terminó la primera versión de la obra en 994. Al parecer, su intención original fue dirigirse a Bujara, la capital Samánida, para trabajar con el manuscrito que tenía Daqīqī, pero un amigo suyo le proporcionó una copia y pudo, de esa forma, quedarse a escribir en su ciudad.

Cuando los Gaznávidas (dinastía de turcos de Asia central "persianizados") derrocaron a los Samánidas en el 997 y el célebre sultán Mahmūd ascendió al poder en la nueva capital, Ghazni, Ferdowsī retomó la escritura del largo poema, reelaborando algunas partes para alabar al nuevo monarca. Terminaría su labor el 8 de marzo de 1010, al cabo de 33 años de arduo trabajo.

 

El libro

 

El Xwadāynāmag abarcaba la historia de los reyes desde los tiempos míticos hasta Khosrau II (590-628). El Shāh-nāma-yi Abū Mansūri no añadió mucho más; fue Ferdowsī el que extendió la línea temporal de la historia hasta la derrota de los últimos Sasánidas a manos de los invasores árabes, a mediados del siglo VII.

Pero el poeta persa hizo algo más: buscó otras fuentes y referencias, especialmente en pahlavi, con las que robustecer y completar su creación. Entre ellas se contaron, por ejemplo, el Kārnāmag-ī Ardaxshīr-ī Pābagān o "Libro de las Hazañas de Ardashir, hijo de Papak", que narra la historia del rey Sasánida Ardashir I (224-242).

La extensión de este poema épico triplica la de la Ilíada homérica, y equivale a unas doce veces la del Nibelungenlied germano. La edición enviada a la corte del sultán Mahmūd constaba de siete volúmenes.

La obra tuvo una enorme influencia entre los persas, los turcos y los georgianos. Ferdowsī no quería que sus lectores se deslizaran sobre los hechos históricos que él narraba como quien lee una novela. Quería que se detuviesen y que pensasen en ellos, que los entendiesen, que considerasen su importancia en la historia. Y que aprendieran del pasado para cambiar el presente y proyectar un futuro mejor. En aquellas páginas su autor había reunido 6000 años de historia irania: la base de una identidad y los cimientos del orgullo como nación.

Además del relato histórico, el Shāh-nāma presentaba y transmitía muchas virtudes morales: patriotismo, amor por la familia, ayuda al pobre, honor... Por otra parte, el libro es uno de los pilares centrales del farsi. El hecho de que ese idioma variase tan poco a lo largo de un milenio se debe a la existencia de trabajos como este, que con el tiempo se volvieron referencias fundamentales de la lengua.

Por último, el "Libro de los Reyes" resultó ser una verdadera válvula de escape para su autor: analizando cuidadosamente los párrafos, los investigadores han sido capaces de recopilar y ordenar una suerte de "biografía emocional" de Ferdowsī, en la cual pueden apreciarse sus estados de ánimo y como estos iban cambiando.

 

Las tres edades

 

El Shāh-nāma está dividido, grosso modo, en tres partes: la Edad Mítica, la Edad Heroica y la Edad Histórica.

La Edad Mítica es una sección relativamente corta: incluye unos 2100 versos. Comienza con la narración de la creación del mundo de acuerdo a las creencias de los Sasánidas (principalmente derivadas del Zoroastrismo y su libro sagrado, el Avesta). Le sigue la historia del primer ser humano, Keyumars, que fue además el primer rey; tan poderoso era que hombres y animales le rendían tributo. Su nieto Hushang, hijo de Siāmak (muerto a manos del hijo de Ahriman, el Demonio), descubrió accidentalmente el fuego y estableció la fiesta de Sadeh en su honor. Asimismo, descubrió el hierro y la metalurgia, así como los métodos de la agricultura, la irrigación, el curtido de pieles y la domesticación de grandes animales. A continuación se desgranan las historias de Tahmuras (que inventó el cardado e hilado de la lana y descubrió cómo domesticar gallinas, perros de caza y halcones), Jamshid (inventor de armas y armaduras, del hilado y teñido del lino, y del arte de hacer perfumes y vino), Zahhāk, Kawa, y el célebre Fereydūn, sus tres hijos (Salm, Tur e Iraj) y su nieto Manuchehr, iniciador de las guerras iranio-turanias.

La Edad Heroica abarca dos tercios del libro, y está dedicada, como su nombre indica, al tiempo de los héroes: entre el reinado de Manuchehr hasta la conquista de Persia por Iskandar (Alejandro Magno, siglo IV a.C.). El relato aparece jalonado por personajes como Garshāsp, el asesino de monstruos, ancestro del héroe central del libro y de toda la mitología iraní: Rostam. Entre las historias incluidas en esta sección se encuentran el romance de Zal y la princesa Rudāba de Kabul, los Siete Trabajos de Rostam, la tragedia de Rostam y su hijo Sohrab, la triste narración de los amores de Sīyāvash y Sudāba, el imposible romance de Bijan y Manijeh, las guerras con el rey Afrāsīyāb de Turan, y el relato de la batalla entre Rostam y Esfandyār, uno los episodios más largos del Shāh-nāma y uno de los más celebrados.

Finalmente, la Edad Histórica arranca con las conquistas de Alejandro Magno y continúa con la historia de Ardashir I, fundador del Imperio Sasánida. Esta parte está referida con mucho detalle y es bastante fiel a la realidad. Sin embargo, las historias que cierran el libro –la caída de los Sasánidas y la invasión árabe– están contadas desde un punto de vista idealizado.

 

Miniaturas

 

Las copias ilustradas del Shāh-nāma son uno de los ejemplos más suntuosos del arte de la miniatura, que entre los persas alcanzó un desarrollo único. Una de ellas, probablemente la más famosa, es la Baysonghor Shāh-nāma: un manuscrito elaborado entre 1426 y 1430 por orden del príncipe Baysonghor Mirza, de la dinastía Timúrida, y conservado actualmente en el palacio de Golestán, en Teherán (Irán). El documento ha sido incluido en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.

Menos conocida pero igualmente bella es la copia que se halla en la Bayerische Staatsbibliothek (Biblioteca del Estado de Baviera, Alemania), la cual cuenta con 774 páginas de papel, de 28,7 x 17,5 cm, en las que aparecen 215 miniaturas. En su iluminación participaron diferentes pintores, que trabajaron en distintos momentos históricos. Pueden diferenciarse al menos cuatro categorías de imágenes; algunas de las más hermosas fueron pintadas en la corte del sultán persa Ibrāhīm Mīrzā (dinastía Safávida, 1540-1577) en Mashhad (actual Irán) antes de 1565.

En este ejemplar puede observarse un primer grupo de miniaturas que muestran composiciones grandes, e incluyen a varias figuras ejecutadas con minucioso detalle usando colores brillantes. Un segundo grupo está formado por ilustraciones de menor calidad en cuanto a composición y dibujo. Ambos datan del siglo XVI. El tercer conjunto consiste en dos ilustraciones a gran escala que respetan el estilo de la corte Safávida de Isfahan, y que habrían sido agregadas, con toda probabilidad, a principios del siglo XVII. El cuarto y último grupo está compuesto por miniaturas que parecen no tener relación con la tradición iraní y deben ser de origen indio.

 

Bibliografía

Encylopaedia Iranica (2012). Ferdowsi, Abu'l-Qāsem. [En línea].

World Digital Library (s.f.). The Book of Kings. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 11.10.2016.

Foto: The Book of Kings.

El texto corresponde a la sexta y última parte de "Libros pintados", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Libros pintados

Imágenes del Monte Fuji

Libros pintados (V)


 

El periodo Edo fue un fragmento de la larga historia japonesa que abarcó desde 1603 a 1868, y durante el cual el país estuvo bajo la administración del shogunato Tokugawa –el último gobierno feudal y militar de Japón– y sus trescientos daimyo regionales.

El shogunato se estableció oficialmente en Edo (antiguo nombre de la actual Tokio), de ahí el nombre del periodo. La época se caracterizó por un notable crecimiento económico, acompañado por uno proporcional de las artes y las letras. La población se estabilizó y la sociedad se hizo, en cierta forma, autosuficiente. La estratificación social se acentuó, al tiempo que el país se aisló casi totalmente del mundo exterior.

El desarrollo económico benefició directamente a los mercaderes y comerciantes, relegados hasta entonces a la parte baja de la escala social. Dueños, de la noche a la mañana, de fortunas sustanciales, dedicaron mucho dinero a placeres como el teatro kabuki, las geishas, los paseos por el campo y la música. Tal estilo de vida, ciertamente hedonista, fue etiquetado con la palabra ukiyo, "mundo flotante": una especie de universo de ensueño, con pocas ataduras a la realidad y los pies lejos de la tierra.

Las actividades del ukiyo inspiraron toda una corriente artística, que plasmó en imágenes (pinturas y xilografías) a algunos de los protagonistas de esa nueva forma de vivir: luchadores de sumo, cortesanas y escenas eróticas, actores de kabuki, flora y fauna, paisajes... Las obras, conocidas como ukiyo-e ("imágenes del mundo flotante"), fueron muy populares entre la nueva burguesía mercantil, que tenía poder adquisitivo suficiente como para adquirirlas y decorar sus casas con ellas.

La gran demanda que suscitó este tipo de trabajos permitió a muchos artistas ganarse la vida produciendo todo tipo de ukiyo-e. Uno de ellos fue Koizumi Danzan, también llamado Koizumi Azaru.

Koizumi nació en 1766 en la prefectura de Tochigi, al noreste de la metrópoli de Edo. Actualmente es conocido en el mercado del arte asiático por una serie de ukiyo-e tituladas Ayu, nombre de una variedad de trucha. Las pinturas (realizadas entre 1810 y 1850) representan a los susodichos peces dentro del agua, con fondos difuminados de paisajes y cascadas, y fueron creadas en una época en la que los artistas plásticos japoneses intentaban imitar el efecto del pigmento azul de Prusia (importado de Europa por los holandeses asentados en Nagasaki desde 1764) usando el índigo, un tinte vegetal local.

Además de los peces, Koizumi también pintó varios retratos de cortesanas, iconografía religiosa variada y muchos paisajes. Una colección de estos últimos resultó ser su trabajo más elaborado.

En 1795, Koizumi alcanzó la cima del célebre monte Fuji o Fugaku, la más alta del Japón, a un centenar de kilómetros de Edo y uno de los lugares más emblemáticos del archipiélago. Durante su ascenso fue compilando bocetos de paisajes y de escenas con las que se fue encontrando: desde niños campesinos a bosques frondosos y laderas de piroclastos y lavas.

Pasó más de cuatro décadas trabajando sobre esos apuntes. Al cabo completó el álbum Fugaku shashin, "Imágenes del Fuji", que recién publicaría en 1846, solo ocho años antes de su muerte. En él incluyó un par de grandes inscripciones iniciales, una presentación por parte de varios académicos y poetas, y unas palabras personales. A los textos les siguen 21 imágenes anotadas, pintadas a color, con las que ilustró su ascenso al volcán y su visita al cráter que lo corona. En la parte final aparece el colofón de la obra, acompañado de una vista del Fuji desde la distancia, y un comentario –en una caligrafía ciertamente apresurada– de un alumno del pintor.

Uno de los ejemplares del Fugaku shashin se conserva en la Kokuritsu Kokkai Toshokan, la Biblioteca Nacional [de la Dieta] de Japón. Como muchos otros libros de la época, se trata de una larga pieza de papel plegada en acordeón, con una portada pegada, de 31,9 x 23,2 cm. Lo curioso de este álbum es que sólo cuando el papel está completamente desplegado puede apreciarse la composición completa, tal y como la pensó el artista: una especie de narrativa ilustrada de una aventura juvenil.

 

Bibliografía

The Smithsonian's Museums of Asian Art (s.f.). Ayu. [En línea].

World Digital Library (s.f.). Pictures of Mount Fuji. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 04.10.2016.

Foto: Pictures of Mount Fuji.

El texto corresponde a la quinta parte de "Libros pintados", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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