La biblioteca como trinchera

La biblioteca como trinchera

De resistencias, militancias, políticas y estantes con libros (I)


 

[Artículo publicado en la 3.ed. latinoamericana de Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional (número 45, septiembre de 2016)].

 

Introducción

 

Lo que nos une es un gran "no" y muchos "sí" de tonos diversos.

Movimiento zapatista. Citado en Ouviña (2007).

 

Muchos movimientos sociales y ciudadanos subordinan sus luchas y sus resistencias a la voluntad de un programa, un partido, un líder o un Estado. Al verse forzados a ajustarse a un modelo preestablecido de organización, de pensamiento y de acción (o inacción), terminan con su capacidad de desarrollo limitada y, con el tiempo, se ven empobrecidos y, en no pocos casos, cooptados, fagocitados o directamente eliminados [1].

Existen, sin embargo, fuertes corrientes de acción popular independientes, autónomas y desprovistas de todo signo partidista; en ocasiones, ni siquiera cuentan con una denominación o una membresía, ni hay en ellas una conciencia de "movimiento" o de "grupo". Se trata de ciudadanos anónimos, parte de la sociedad civil, que coinciden en actuar de una forma determinada en defensa de unos principios y de unos derechos básicos.

Si bien su propia naturaleza los hace poco visibles o identificables, esos ciudadanos están ahí: en América Latina se encuentran trabajando en comedores sociales y bibliotecas populares, formando grupos de denuncia de trata de personas y de tráfico de drogas, participando en barrios y comunidades que se oponen al uso de agroquímicos o a la apertura de minas, o en grupos de lectura, bandas de sikuris, escuadras de acción poética, editoras cartoneras o teatros callejeros...

Dentro de tales grupos no es necesario hacer referencia alguna a presidentes, dirigentes, fuerzas y partidos, corrientes y juventudes combativas, juegos a la izquierda o a la derecha, revoluciones, contrarrevoluciones, banderas, marchas, relatos, discursos, modelos y otros elementos que se han vuelto habituales, a lo largo de los últimos tres lustros, entre determinados movimientos socio-políticos, activistas y militantes latinoamericanos.

Y, aún así, esas corrientes ciudadanas son claros ejemplos de política. De resistencia. De militancia. De compromiso. Y de trinchera.

La realidad cotidiana demuestra que para hablar de todo eso –y para poner en práctica todo eso, o una parte al menos– no es necesario comulgar con ningún credo político en particular, ni llevar a tal o cual líder tatuado en la piel o serigrafiado en la camiseta, ni pronunciar palabras grandilocuentes, ni leer unos libros, escuchar una música, sintonizar una cadena radial o recitar unos versos determinados. Conviene, sí, y hace falta, ser una persona consciente de la situación que atraviesa el mundo (el mundo pequeño, el mundo grande) y tener ideas suficientemente claras –y suficientemente justas– como para querer cambiar tal situación o, cuanto menos, para impedir su avance, su desarrollo, su ramificación... Y para esto último cuentan menos los discursos, las declaraciones y los anuncios que las acciones que se despliegan a diario en las calles, las cocinas, las aulas, las fábricas o los parques, casi siempre desapercibidas e ignotas. A veces basta, incluso, con una pequeña y silenciosa decisión; otras, alcanza con un dignísimo "no".

En los siguientes párrafos se apuntarán algunas ideas sobre las formas en las que se hace política desde esta perspectiva de base, cotidiana, anónima y totalmente apartidista. Tales ideas serán expuestas sin un solo atisbo de neutralidad, un mito que muchos esgrimen para evadir complicidades y responsabilidades, mirar para otro lado y lavarse las manos [2]. Reflejarán una posición ideológica bien definida, que apuesta por la justicia y la igualdad social en todos sus aspectos. Y harán referencia a un espacio en concreto: las bibliotecas [públicas] latinoamericanas en el más amplio sentido de la palabra. Bibliotecas reales, de todos los colores y todos los tamaños, con problemáticas urgentes que pocos describen y de las que aún menos se ocupan.

 

Notas

[1] Cf. Adamovsky (2004) para indicaciones básicas sobre este punto desde una perspectiva anticapitalista. Existen numerosas referencias bibliográficas en torno a la cooptación (partidista, empresarial, etc.) de movimientos sociales en América Latina, tanto en documentos impresos como en medios digitales.

[2] Para una selección bibliográfica sobre neutralidad bibliotecaria (y acerca de la posición del autor al respecto), vid. Civallero (2012b).

 

Bibliografía

Adamovsky, Ezequiel (2004). Capitalismo para principiantes. Buenos Aires: Era Naciente.

Caygill, Howard (2013). On Resistance: A Philosophy of Defiance. Londres: Bloomsbury.

Civallero, Edgardo (2011). El rol de la biblioteca en la inclusión social. En XIII Jornadas de Gestión de la Información de SEDIC (Asociación Española de Documentación e Información), Madrid (España). [En línea].

Civallero, Edgardo (2012a). Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: Reflexiones desde una bibliotecología crítica. [En línea].

Civallero, Edgardo (2012b). Neutralidad bibliotecaria. [En línea].

D'Arcy, Stephen (2013). Languages of the Unheard. Why Militant Protest is Good for Democracy. Toronto: Between the Lines Press.

García Canclini, Néstor (2010). ¿De qué hablamos cuando hablamos de resistencia? Estudios Visuales, 7, 16-37. [En línea].

Iverson, Sandy (1998/1999). Librarianship and resistance. Progressive Librarianship, 15, 14-19 [En línea].

Lankes, David (2014). Radical Conversations: Defining a Library. [En línea].

Morrone, Melissa (Ed.) (2014). Informed Agitation: Library and Information Skills in Social Justice Movements and Beyond. Sacramento: Library Juice Press.

Nym Mayhall, Laura (2000). Defining Militancy: Radical Protest, the Constitutional Idiom, and Women's Suffrage in Britain, 1908-1909. Journal of British Studies, 39(3), 340-371.

Ouviña, Hernán (2007). Zapatismo para principiantes. Buenos Aires: Era Naciente.

Pateman, John; Vincent, John (2016). Public Libraries and Social Justice. Londres: Routledge.

Roberto, Katia; West, Jessamyn (eds.) (2003). Revolting Librarians Redux: Radical Librarians Speak Out. Jefferson: McFarland & Co.

Samek, Toni (2008). Biblioteconomía y derechos humanos. Una guía para el siglo XXI. Gijón: Trea.

Vinthagen, Stellan (2007). Understanding "Resistance": Exploring definitions, perspectives, forms and implications. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 29.11.2016.

Foto: College library. En USA Today College (2014) (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "La biblioteca como trinchera", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Palabras habitadas 01

Bibliotecas al sur

Palabras habitadas (I)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como primera entrega de la columna mensual del autor titulada "Palabras habitadas", incluida en El Quinto Poder (Chile, febrero de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Las bibliotecas son, por lo general, espacios bastante invisibles para el público. A excepción de determinadas instituciones con arquitecturas llamativas o servicios novedosos (que en un momento dado acaparan reconocimientos y premios), la densa red de bibliotecas que cubre la geografía de América Latina desde Tierra del Fuego al río Bravo no suele provocar titulares ni recibir demasiada atención, mucho menos publicidad. Con unos cuantos estereotipos cargados a sus espaldas –algunos de ellos reflejo de realidades innegables–, un perfil no demasiado llamativo y una relación histórica cuanto menos "complicada" con los habitantes/usuarios del continente, las bibliotecas latinoamericanas, sus trabajadores y las actividades que ofrecen no suelen encontrarse bajo el foco de ningún medio de comunicación.

Y sin embargo, la labor desarrollada por buena parte de las unidades que componen esa red bibliotecaria continental es digna de mención, de apoyo y de difusión. No siempre es un trabajo con resultados visibles y a corto plazo: suele tratarse, por el contrario, de una acción constante y sostenida, casi de trinchera, enfocada a obtener un exiguo puñado de logros a medio y a largo plazo. Es un trabajo que hace hincapié en un número limitado de problemáticas urgentes y que tiene por objetivo producir cambios duraderos en relación a ellas. O, por lo menos, sembrar las semillas de tales cambios. Se trata, en definitiva, de bibliotecas que, a diferencia de las galardonadas, con unos números estadísticamente inmejorables y una destacada proyección mediática, probablemente no superarían un "test de excelencia": esas evaluaciones cuantitativas de calidad "donde todo lo que puede suponer sentido crítico, alegría vital, compromiso democrático y sustancia moral emancipatoria se va hundiendo lentamente", en palabras del profesor de filosofía, ensayista y poeta español Jorge Riechmann.

En América Latina la biblioteca fue, durante siglos, un recurso trasplantado desde el Viejo Mundo al que pocos tuvieron acceso, historia esta repetida a nivel internacional. Cuando por fin abrió sus puertas al público –al que sabía leer, cabe acotar–, fue utilizada como instrumento "de cultura" en contextos en los que se hablaba de "civilización o barbarie" (siendo la civilización el modelo europeo de fines del siglo XIX y principios del XX, y la barbarie las sociedades indígenas y campesinas americanas). Tuvieron que pasar varias décadas hasta que hubo una mayoría de población alfabetizada que pudiera beneficiarse de sus servicios. Durante todo ese tiempo –la Colonia, las tempranas repúblicas– se mantuvieron (a veces, a duras penas) canales de transmisión de saberes nativos y locales; canales tradicionalmente orales que fueron vilipendiados, ninguneados, atacados o ignorados desde el sistema dominante, dentro del cual se contaba, sí, la propia biblioteca.

En muchos aspectos, la desconfianza surgida de relaciones tan desiguales continúa aún en pie. Dependiendo del observador, la biblioteca sigue siendo vista, a día de hoy, como un espacio elitista, cerrado, excluyente o reservado a una minoría. Y no cabe duda de que en ocasiones lo es. Afortunadamente, desde mediados del siglo XX muchas bibliotecas latinoamericanas (especialmente las que tienen un contacto más estrecho con la sociedad: públicas, populares, escolares, rurales, móviles...) han tratado de reducir esa brecha a base de trabajo duro. Han sabido desarrollar una intensa labor de base, colaborando con sus usuarios y su comunidad, abordando los problemas que identifican a su alrededor dentro de sus posibilidades y con las herramientas que poseen (entre las cuales se encuentra la información). Y poco a poco, además de convertirse en un núcleo de verdadera militancia y activismo cultural, han ido desarrollando un importante labor educativa, social y política para hacer frente a determinadas circunstancias adversas (pobreza, desempleo, violencia, desplazamientos...).

Por otro lado, esas bibliotecas cada vez son más conscientes de que crecen sobre un suelo con tradiciones milenarias, y que respiran bajo un cielo en el que se funden una pluralidad de pasados y presentes. Van entendiendo que, así como deben incorporar todos los avances y adelantos posibles con una mirada amplia y global, también deben incluir en sus fondos y servicios las voces más antiguas, los saberes populares, la diversidad cultural, los formatos tradicionales empleados para transmitir conocimientos –desde el tejido hasta las pinturas faciales– y las expresiones propias y únicas de América Latina. Van comprendiendo que "biblioteca" es un concepto que no puede quedarse anclado en el pasado; que debe ser deconstruido, descolonizado y mestizado para que pueda evolucionar, tanto como sus colecciones, su estructura, su formato y sus actividades. Van aceptando que para ser verdaderos espacios comunes y comunitarios, tienen que acoger todas las perspectivas, todas las identidades, todas las lenguas y los pensamientos de una tierra a la que muchos ya conocen como Abya Yala: los paisajes enmarcados entre cuatro horizontes y cuatro océanos, más todas las sangres y las historias que los pueblan.

Para recoger, describir y divulgar el trabajo de esas unidades –y de las personas que mantienen su latido, sean quienes sean, sea cual sea su profesión– nace este espacio: una columna que quiere ser un pabellón de resonancia. Para que esos decires y haceres bibliotecarios, junto a las ideas que los sustentan, circulen, se conozcan y reconozcan, e inspiren, quizás, decires, haceres e ideas similares en otros lugares del mundo.

Recorriendo los seis rumbos de Abya Yala, en esta columna se hablará, pues, de bibliotecas. Pero no solo de ellas: también de casas del saber, de centros de información, de rincones de lectura, de libros vivientes, de amoxcaltin, de espacios auto-gestionados... De todos esos lugares, en definitiva, en donde anidan las palabras.

 

Lecturas

Civallero, Edgardo (2016). La biblioteca como trinchera. De resistencias, militancias, políticas y estantes con libros. Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, 45, septiembre de 2016.

De Sousa Santos, Boaventura (2007). Conocer desde el Sur. Para una cultura política emancipatoria. 2.ed. La Paz: CLACSO, CIDES-UMSA, Plural Editores.

De Sousa Santos, Boaventura (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo: Ediciones Trilce.

Lander, Edgardo (comp.) (1993). La colonialidad del saber. Eurocentrismo y ciencias sociales: una perspectiva latinoamericana. Buenos Aires: CLACSO.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 22.11.2016.

Foto: Literatura Mapuche. Foto de Ronny Belmar. En Revista Livre (2014) (enlace).

El texto corresponde al artículo "Bibliotecas al sur", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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El Cherokee Phoenix

Sílabas impresas

El Cherokee Phoenix (II)


 

Los silabarios del Gran Norte

 

El éxito del sistema de Sequoya inspiró la formulación del silabario del idioma cree o mvskoke, obra del misionero metodista británico James Evans (1801-1846). En 1827, Evans trabajaba en la misión de Rice Lake (Ontario, Canadá) entre hablantes de ojibwe o chippewa. Aprendió el idioma, y formó parte de un comité encargado de desarrollar un alfabeto latino que permitiera su escritura. En 1837 tenía preparada una propuesta, pero no fue aceptada; muchos misioneros –y las propias autoridades colonizadoras, entre ellas la Hudson's Bay Company– no se sentían cómodos con la idea de alfabetizar a los indígenas en sus propias lenguas. La negativa no impidió a Evans probar su abecedario mientras trabajaba en Ontario, aunque enseguida descubrió que sus estudiantes tenían problemas al lidiar con un sistema alfabético. En 1840 fue enviado a la misión de Norway House (Rupert's Land, Bahía de Hudson, al norte del actual estado de Manitoba), en donde aprendió el cree de los pantanos u omushkego, hablado localmente. Para entonces la noticia del silabario Cheroqui se había extendido y no tardó en llegar a oídos de Evans. Usando sus conocimientos de devanagari (un abugida o alfasilabario de la India) y de sistemas estenográficos como los de Taylor o Pitman, Evans creó un silabario que tuvo un enorme éxito entre los Cree. Como era de esperar, la idea no fue aprobada por las autoridades, y al misionero no le quedó más remedio que construir una imprenta con mucha dificultad para poder publicar textos por su cuenta: un libro de himnos en 1841 y el Evangelio de San Juan en 1846, año en que abandonó Canadá. Moriría poco después. Tuvieron que pasar todavía tres lustros, durante los cuales su silabario se volvió cada vez más popular entre los Cree, hasta que los misioneros europeos decidieron, finalmente, utilizarlo para imprimir Biblias.

El trabajo de los religiosos extendió el uso de ese sistema entre los hablantes de las lenguas ojibwe de Canadá occidental (nakawēmowin, ojibwe de las praderas o saulteaux) y los de las lenguas cree de Ontario y Quebec.

En 1856, un grupo de Inuit ("esquimales") de la zona de Grande Rivière de la Baleine, (Nunavik, norte de Quebec), interesados en aquella novedad de la escritura, se pusieron en contacto con John Horden, un misionero anglicano de Moose Factory (Ontario) que había adaptado el silabario de Evans para la lengua cree de la región de James Bay. Tomando el silabario cree como modelo, Horden intentó confeccionar una tabla similar para la lengua inuktikut, pero le fue imposible, de modo que, con la ayuda de un compañero de la Church Missionary Society, Edwin Arthur Watkins, desarrolló un esquema totalmente nuevo. En 1876, el misionero anglicano Edmund Peck comenzó a trabajar en la misión de Grande Rivière de la Baleine (o Great Whale River), y se encargó de difundir el silabario inuktikut entre los Inuit del Ártico. Además, tradujo la Biblia y redactó una gramática y un diccionario.

En la década de 1880, otro misionero anglicano, John William Tims (1857-1945) creó un silabario para la lengua blackfoot o siksika, tomando como modelo el cree. Tims, que desde 1883 hasta 1895 vivió entre los Blackfoot o Niitsitapi de la actual Alberta (Canadá), se valió de ese sistema para elaborar un diccionario y traducir varios textos cristianos.

En el noroeste de Canadá, fueron los misioneros católicos franceses quienes se encargaron de difundir los silabarios entre los hablantes de lenguas atabascanas. Muy parecido al del cree fue el que ideó el oblato Émile Petitot (1838-1916) para el slavey o dene k'e y el chipewya o denésoliné. A partir de ese, otro padre oblato, Adrien-Gabriel Morice (1859-1938) inventó un sistema para la lengua de los Carrier o Dakelh en 1885.

En la actualidad se mantienen vigentes el silabario cheroqui, el silabario cree occidental (para el cree de las praderas, el cree de los bosques y el cree de los pantanos) y el cree oriental (para el cree oriental, el cree de Moose Factory y el naskapi). También el silabario inuktikut, uno de los sistemas estándar para la escritura de esa lengua junto a la versión latina. Llamado titirausiq nutaaq o qaniujaaqpait, se utiliza en Canadá, sobre todo en los territorios de Nunavut y de Nunavik (los Inuit de Groenlandia, Alaska y otras partes de Canadá usan el alfabeto latino). En cambio, los silabarios del slavey, el chipewya y el dakelh sobreviven a duras penas, y el blackfoot casi ha desaparecido.

 

El Fénix

 

Gracias a la extraordinaria difusión que tuvo el invento de Sequoya, a lo largo de los años se fueron escribiendo textos que recogían mitos, conocimientos medicinales y otros saberes tradicionales de los Cheroqui. Algunos de ellos se encuentran hoy en el Archivo Antropológico Nacional del Smithsonian Institute (Washington, Estados Unidos).

Fue a partir de 1828 cuando el silabario comenzó a usarse en la impresión de un semanario: el Cherokee Phoenix o Tsalagi tsulehisanvhi, la primera publicación periódica escrita en una lengua indígena, por indígenas, en América del Norte.

De su puesta en marcha se encargó el Consejo General de la Nación Cheroqui con la ayuda del misionero Samuel Worcester, que fundió los tipos de imprenta del silabario de Sequoya. El primer número se publicó el 21 de febrero de 1828 en New Echota, entonces la capital de los Cheroqui, en el actual estado de Georgia. En 1829 fue rebautizado como Cherokee Phoenix and Indians' Advocate, y pasó a publicarse en Tahlequah (Oklahoma). El primer editor fue Elias Boudinot (Galagina Oowatie), reemplazado en 1832, debido a diferencias políticas, por Elijah Hicks. En 1834, cuando el gobierno federal retiró la anualidad a los Cheroqui, el semanario dejó de publicarse.

Volvió a aparecer en Tahlequah, esta vez bajo el título de Cherokee Advocate, entre 1844 y 1906. Ese año la publicación no fue cancelada por falta de fondos, sino porque el gobierno federal de los Estados Unidos desmanteló la propia Nación Cheroqui y sus órganos de gobierno. La imprenta fue vendida en 1911 al editor del periódico New Era de la cercana Fort Gibson, y los tipos, donados al Smithsonian Institute.

El camino iniciado por el Cherokee Phoenix tardó mucho tiempo en volver a ser transitado. El segundo periódico en una lengua indígena en los Estados Unidos fue Ádahooníłígíí, una publicación mensual en lengua navajo o diné bizaad, editada entre 1943 y 1957.

A fines del siglo pasado el Phoenix volvió a imprimirse en Tahlequah, y hoy se publica tanto en papel (mensualmente, en inglés y en cheroqui) como en versión digital (solo en inglés). Los números impresos en el siglo XIX han sido digitalizados y se encuentran disponibles en las bibliotecas de la Universidad de Georgia, y en la Digital Library of Georgia. Sequoya no dejaría de asombrarse de la velocidad con que las palabras aprendieron a viajar, y de lo lejos que llegaron sus diseños silábicos.

 

Referencias

Cushman, Ellen (2010). The Cherokee Syllabary from Script to Print. Ethnohistory, 57 (4).

Cushman, Ellen (2011). The Cherokee Syllabary: Writing the People's Perseverance. Norman: University of Oklahoma Press.

Haas, Mary R. (1978). Language, Culture and History. Essays selected and introduced by Anwar S. Dil. Stadnford (CA): Standford University Press.

Murphy, Sara (2011). The Splendid Heritage of Native American Languages. History Happens Here. The Missouri History Museum's Blog, 15 de febrero. [En línea].

Pate, James P. (2009). Cherokee Advocate. Encyclopedia of Oklahoma History and Culture, Oklahoma Historical Society. [En línea].

Poser, William (2033). Dulk'wahke: The First Carrier Writing System. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 15.11.2016.

Fotos: Portada de un silabario cheroqui, de Zazzle (enlace).

El texto corresponde a la segunda y última parte del artículo "El Cherokee Phoenix. Sílabas impresas", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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El Cherokee Phoenix

Sílabas impresas

El Cherokee Phoenix (I)


 

En diciembre de 2010, una estudiante de bibliotecología de la Universidad de Columbia Británica (Canadá), Sara Murphy, pasó un par de semanas en la biblioteca del Museo de Historia Natural de Missouri (Estados Unidos), trabajando con libros impresos en lenguas indígenas. Pegado en la tapa trasera de un Nuevo Testamento de 1860 escrito en cheroqui encontró un recorte de periódico, avejentado y quebradizo. Era un artículo del 17 de abril de 1902, publicado en el St Louis Post-Dispatch, que se titulaba "Only Indian Paper to be Abolished" ["El único periódico indio será abolido"].

Aquel artículo –una verdadera "cápsula del tiempo", tan abundantes en ciertas bibliotecas– hablaba del cierre del Cherokee Advocate, conocido anteriormente como Cherokee Phoenix: el primer periódico escrito en una lengua indígena en América del Norte (y, probablemente, en todas las Américas). Fue impreso usando un silabario inventado por el propio pueblo Cheroqui para escribir su lengua, que fue, también, el primero de su clase en el "Nuevo Mundo".

 

Fragmentos de palabras

 

Un silabario es un conjunto de símbolos gráficos que representan sílabas. Para cada una de estas unidades –generalmente formadas por la unión de una consonante y una vocal– se emplea un signo, equivalente a una letra en un sistema alfabético de escritura.

Los silabarios funcionan bien para escribir determinados idiomas: en concreto, aquellos cuya estructura incluya el uso de un número reducido de sílabas. El castellano, por ejemplo, utiliza más de 2000; el japonés, 45. Salta a la vista que para la primera lengua, un silabario sería un método de expresión gráfica absolutamente inadecuado.

Entre las escrituras silábicas actuales mejor conocidas se encuentran, precisamente, el hiragana y el katakana de Japón. Menos conocidas serían las de un puñado de idiomas originarios de América del Norte, también en vigor.

Fueron misioneros ingleses y franceses quienes, a lo largo del siglo XIX, crearon la mayoría de los silabarios norteamericanos, en un esfuerzo similar al realizado por los jesuitas y franciscanos que evangelizaron América Central y América del Sur. Los religiosos necesitaban gramáticas y diccionarios para aprender y enseñar las hablas indígenas, y poder traducir Biblias y sermones; a la hora de elaborar unas y otros, buscaron el sistema de escritura que mejor se adecuara a esas lenguas.

Sin embargo, el primero de tales silabarios no lo diseñó un europeo con fines evangelizadores, sino un individuo indígena, Sequoya, para escribir su lengua materna, el cheroqui o tsalagi.

 

Tsalagi tigaloquastodi

 

Sequoya (1770-1843) fue un platero del pueblo Cheroqui o Ani-Yvwiya, llamado George Gist o Guess en inglés y Siqwavi en cheroqui. Fue una de las pocas personas identificadas en la historia humana que, siendo miembro de una sociedad ágrafa, creó un sistema de escritura original y efectivo. Nacido en un asentamiento del actual estado de Tennessee (Estados Unidos), se trasladó a principios del siglo XIX a Alabama. Debido a su trabajo, mantuvo un estrecho contacto con los colonos blancos; uno de sus rasgos culturales, la escritura, lo impresionó profundamente. Solía referirse a las cartas manuscritas como "hojas parlantes", entendiendo que eran un medio de conservar información y transmitirla a larga distancia. La mayoría de sus hermanos Cheroqui, por el contrario, estaban convencidos de que la escritura era cosa de hechicería, el producto de un don especial, o un engaño.

Hacia 1809 Sequoya se propuso crear signos para escribir el cheroqui. Empezó inventando símbolos para representar cada palabra (logogramas), invirtiendo en ello un año, durante el que dejó sus campos sin plantar y a sus vecinos creyendo que había perdido el juicio. Se dice que fue su mujer, Sally Benge, la que arrojó aquella "locura" al fuego. Para entonces, el hombre ya se había dado cuenta de que el sistema que estaba intentando era muy poco práctico, de modo que decidió emplear un símbolo para cada sílaba. De ese modo, inspirándose parcialmente en un libro para aprender a escribir en inglés, diseñó 86 caracteres.

Sequoya terminó el silabario en 1821, y se lo enseñó a su hija de seis años, dado que nadie más tenía el menor interés en aprenderlo. Con ella se trasladó al territorio Cheroqui de Arkansaw (actuales estados de Arkansas y Oklahoma), donde solicitó permiso a las autoridades de su pueblo para que le permitieran enseñar esa forma de escritura a su gente. Le bastó una demostración –pidió a cada líder que dijera una palabra, la anotó y luego llamó a su hija, que esperaba en otro sitio, para que leyera en voz alta lo que él había escrito– para recibir una animosa autorización.

Bautizado Tsalagi tigaloquastodi, el silabario fue oficialmente aceptado por la Nación Cheroqui en 1825. Pronto el nivel de alfabetización de los Cheroqui superó al de los colonos blancos.

 

Referencias

Cushman, Ellen (2010). The Cherokee Syllabary from Script to Print. Ethnohistory, 57 (4).

Cushman, Ellen (2011). The Cherokee Syllabary: Writing the People's Perseverance. Norman: University of Oklahoma Press.

Haas, Mary R. (1978). Language, Culture and History. Essays selected and introduced by Anwar S. Dil. Stadnford (CA): Standford University Press.

Murphy, Sara (2011). The Splendid Heritage of Native American Languages. History Happens Here. The Missouri History Museum's Blog, 15 de febrero. [En línea].

Pate, James P. (2009). Cherokee Advocate. Encyclopedia of Oklahoma History and Culture, Oklahoma Historical Society. [En línea].

Poser, William (2033). Dulk'wahke: The First Carrier Writing System. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 08.11.2016.

Fotos: Silabario inuktikut, de Library and Archives Canada blog (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "El Cherokee Phoenix. Sílabas impresas", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Los muchos caminos 02

Dos pasos por detrás

Los muchos caminos (II)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Camino 02" de la columna trimestral del autor titulada "Los muchos caminos", incluida en De bibliotecas y bibliotecarios. Boletín electrónico ABGRA (Argentina, 8 (3), 2016). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Tanta eficiencia en lo insignificante, tanta inoperancia en lo esencial.

Jorge Riechmann. Peces fuera del agua. Tegueste (Tenerife): Baile del Sol, 2016.

 

Sentado en una silla en el patio de su casa, con su bandoneón apoyado en un paño que le cubre el regazo, el músico correntino Eustaquio Miño –hijo del célebre "Toro Buey" Miño– mira con timidez a la cámara. Al igual que su progenitor, don Eustaquio ha sido, es y seguirá siendo un cultor del más tradicional chamamé, ese ritmo musical popular de la región noreste de Argentina que tiene como núcleo la provincia de Corrientes. El hombre hace un repaso cronológico de las grandes figuras chamameceras para un documental (Chamamé (3). Tradición y presente. Canal Encuentro, 2014). Comienza por los clásicos y llega a los últimos exponentes: esos que ya no se ciñen a las formas y estilos del chamamé tradicional que supo cultivar Miño padre y que continúa su heredero. Y cierra su discurso, plagado de intervalos silenciosos, diciendo:

 

Hay un montón de gentes nuevas que... que están haciendo una música como... diría alguno, "de avanzada", viste...
Nosotros [se encoge de hombros]... nos quedamos un poco en el tiempo. Pero por cuidar esto.

 

Esta breve digresión musical –en una columna con intenciones bibliotecológicas– tiene la intención de ilustrar, con un fragmento de cultura popular argentina, una idea que debería ser clave dentro de las modernas disciplinas del libro y la información, y que de momento solo es aplicada por una exigua minoría: la de mantenerse siempre dos pasos por detrás. En la personal cartografía del universo bibliotecario que pretendo esbozar a través de estos textos, el camino que hoy traigo a colación es uno de los menos transitados; podría decirse, incluso, que es evitado. A veces por mero desconocimiento. Otras, no tanto. Aquellos que deciden andar por él deben rastrear atentamente una huella desvaída –como si se tratara de un deshilachado sendero de cabras y pastores– o abrirse paso a machetazos. Literalmente.

En las postrimerías del siglo pasado, el conocimiento y la información se convirtieron en el eje de un nuevo paradigma socio-cultural y tecnológico: la Sociedad de la Información. El mercado y las grandes industrias no dejaron pasar aquella prometedora oportunidad de negocio, y el modelo adoptó en seguida un carácter eminentemente económico, dominado por esquemas de claro signo capitalista. Desde entonces, cada vez son más las facetas del saber sometidas a una fuerte mercantilización, y gobernadas por las reglas de la oferta y la demanda, de la obsolescencia programada, del consumismo desmedido...

Sobra decir que las bibliotecas son unas de las principales afectadas por estos hechos. Se ha escrito mucho –sobre todo desde una perspectiva crítica, progresista, social y radical, pero no únicamente– acerca de la influencia del capitalismo y el consumismo en la gestión del conocimiento humano en general, y en las bibliotecas e instituciones afines en particular: desde los artículos de John Buschmann y el trabajo de Crawford y Gorman hasta el Technopoly de Postman y las conferencias de Santiago Alba Rico. Los análisis más profundos delatan hasta qué punto las disciplinas del libro y la información se han visto abocadas (¿empujadas?) a una carrera hacia un futuro incierto y a un consumo desmedido de determinados servicios, productos y recursos. En esa competición se han ido descuidando, cuando no ignorando o fomentando su paulatina desaparición, misiones y funciones tradicionales, que en la actualidad parecen haber perdido su anterior importancia.

Lo cierto es que la biblioteca siempre representó, para las distintas sociedades humanas, un puerto seguro en donde echar el ancla, e incluso un faro que permitía orientarse en tiempos convulsos o, por decirlo de algún modo, demasiado "gaseosos". Para lograr esa respetada posición de referencia, ese rol de "tierra firme", la biblioteca se mantuvo dos pasos por detrás de la novedad. Y del ruido. Ello jamás significó que la institución no se actualizase, que no evolucionase de manera más o menos acorde con la sociedad a la que servía, que no creciese y cambiase para responder a las necesidades de sus usuarios. Pero esos cambios eran lentos, se producían por una razón y siguiendo un método, merecían una reflexión y un análisis crítico previo. Buenas costumbres que, al parecer, la biblioteca ha ido abandonando.

Refugio de nuestros relatos, depósito de memorias y expresiones culturales de una sociedad pequeña o de todo un mundo, guardiana de saberes –estratégicos o no–, la biblioteca no puede darse el lujo de "no hacer pie" en las aguas turbulentas que caracterizan nuestro presente, o de dejarse arrastrar por los muchos cantos de sirenas que suelen surgir entre la niebla. Heredera de una larga cadena profesional que se remonta a los inicios de la escritura, la biblioteca debe mantener una actitud firme y responsable: no en vano entre sus manos descansa el conocimiento, la historia y la identidad de sociedades enteras.

Mientras un ojo bibliotecario mira hacia el futuro, atento a la irrupción de nuevas corrientes, el otro no debe perder de vista la estela que queda detrás (o delante, como señalan acertadamente los Aymara al posicionar el pasado), y de la que forman parte nuestros estantes y nuestras bases de datos. Pues eso, precisamente eso, es lo que hace que una biblioteca sea valiosa para su comunidad: no solo su capacidad para organizar el conocimiento, sino también la de ser un referente sólido en contextos tan complejos, inciertos y volátiles como el actual.

Exploremos, experimentemos, ensayemos. No perdamos de vista las novedades. Pero no dejemos de estar siempre dos pasos por detrás de la primera línea. Como decía don Eustaquio, "por cuidar esto".

 

Referencias

Alba Rico, Santiago (2014). Tecnoloxía, opresión e participación. XXXI Semana Galega de Filosofía. "Filosofía e revolución" (Pontevedra, 21-25 de abril). [En línea].

Blanke, Henry (1990/1991). Libraries and the commercialization of information: Towards a critical discourse of librarianship. Progressive Librarian, 2, pp. 9-14.

Buschmann, John (1993). Information technology, power structures and the fate of librarianship. Progressive Librarian, 6-7, pp. 15-29.

Crawford, Walt; Gorman, Michael (1995). Future libraries: Dreams, madness, and reality. [S.l.]: American Library Association. [Cap. 3, "The madness of technolust"].

Leckie, Gloria; Given, Lisa; Buschman, John (2010). Critical theory for library and information science. Santa Barbara, CA: Libraries Unlimited.

Postman, Neil (1992). Technopoly: The Surrender of Culture to Technology. Nueva York: Vintage Books.

Spencer, J; Millson-Martula, C. (eds.) (2009). Critical Thinking within the Library Program. Londres, Nueva York: Routledge.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 01.11.2016.

Foto: Book with Wings. Obra de Anselm Kiefer. Modern Art Museum, Fort Worth, Texas (EE.UU.) (enlace).

El texto corresponde al artículo "Dos pasos por detrás", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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