31 ene. 2017

Un faro, un puerto

Introducción

Un faro, un puerto (I)


 

La tecnología no es buena ni mala, ni tampoco neutral.

Melvin Kranzberg. Historiador de la tecnología estadounidense (1917-1995). Seis leyes de la tecnología. Ley #1.


La tecnología es la artimaña que consiste en disponer el mundo de tal forma que nos resulte imposible experimentarlo.

Max Frisch. Novelista suizo (1911-1991). De Homo Faber (1957).


La bibliotecología contemporánea en general y muchas bibliotecas y bibliotecarios en particular, activa o pasivamente, han apostado por un modelo de trabajo, pensamiento y acción basado en la tecnología [1]. El hecho ha sido asumido con naturalidad –a veces como el siguiente paso, lógico e inevitable, dentro de un supuesto "proceso evolutivo"–, al punto de convertirse en una suerte de eje en torno al cual gira el statu quo bibliotecario actual y en la base oficiosa de las modernas disciplinas del libro y la información.

La bibliografía que describe ese paradigma y que lo cimienta, apoya, divulga y potencia sería imposible de citar debido a su apabullante abundancia. Esto da la pauta de la aceptación que ha tenido el modelo y de la profundidad que ha alcanzado su desarrollo, de la atención que ha recibido, y del tiempo y el esfuerzo que se ha invertido en él.

Tal modelo incluye retazos de determinismo tecnológico [2] y de doctrina del progreso [3] y, en su versión más "radical" (una que no afecta solamente a las bibliotecas, y que está más extendida de lo que el calificativo sugiere), responde a una cultura del consumismo tan desmedida como irresponsable y a unos mecanismos de reproducción por lo general engañosos y manipuladores. En términos de utilidad práctica sus resultados son cuanto menos discutibles, en tanto que algunas de las consecuencias de su aplicación están demostrándose contraproducentes [4].

Estas afirmaciones –que, a diferencia de las laudatorias, reciben una escasa cobertura en la bibliografía profesional [5] y suelen ser tildadas de falsas, ignorantes o alarmistas en otros contextos– no intentan negar, limitar o contrarrestar el desarrollo de la disciplina y la profesión bibliotecaria, mucho menos su necesaria actualización en el campo tecnológico; por el contrario, pretenden cuestionar algunos planteamientos vigentes, al parecer intocables o indiscutibles, que afectan directamente a los programas de trabajo, investigación, divulgación y formación bibliotecarios [6]. Y, al mismo tiempo, quieren ser aportes para un debate tan necesario como postergado; uno que se proponga derribar concepciones preestablecidas y jaquear el uniforme y tramposo discurso hegemónico.

En los siguientes párrafos se esbozan una serie de reflexiones críticas sobre el actual modelo tecnológico dominante. Se trazan, además, líneas de fuga hacia otros autores y otras disciplinas, lo que permitirá a los lectores interesados explorar distintas visiones y perspectivas y construir, así, sus propias opiniones y posiciones.

 

Notas

[1] Vid. Civallero, Edgardo (2013). Contra la "virtud" de asentir está el "vicio" de pensar. Reflexiones desde una bibliotecología crítica. [En línea].

[2] Vid. el trabajo y las ideas de autores como Merritt Roe Smith, Rosalind Williams o Lelia Green. Un concepto asociado que vale la pena revisar es el de "sonambulismo tecnológico" de Langdon Winner.

[3] Básicamente, la idea o doctrina del progreso señala que las personas pueden mejorar su calidad de vida (progreso social) mediante el desarrollo económico (modernización) y la aplicación de la ciencia y la tecnología (progreso científico).

[4] Vid. p.ej. Tarafdar, M.; Gupta, A.; Turel, O. (2013). The dark side of information technology use. Information Systems Journal, 23 (3), pp. 269-275.

[5] Una de las excepciones corresponde a la revista estadounidense Progressive Librarian. Muchos de los autores que suelen colaborar con esa publicación han publicado/editado otros trabajos muy interesantes sobre bibliotecología crítica. Un buen ejemplo (riquísimo en colaboraciones y citas bibliográficas valiosas) es Critical theory for library and information science (Santa Barbara, CA: Libraries Unlimited, 2010), editado por Gloria Leckie, Lisa Given y John Buschman.

[6] En general, y lamentablemente, las actuales controversias científicas y tecnológicas suelen desarrollarse entre partisanos de dos posiciones (a favor y en contra) que sostienen puntos de vista "coherentes" (monolíticos, maniqueos, a veces tan inamovibles y estandarizados que se convierten en paradigmas) y terminan polarizando la discusión, volviéndola estéril. Aquellos que deseen abordar el debate desde un punto de vista crítico, analizando, contrastando y reflexionando sobre todas sus vertientes, son generalmente ninguneados o silenciados. Cf. p.ej. Martin, Brian (2014). The Controversy Manual. Sparsnäs: Irene Publishing.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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24 ene. 2017

El libro etrusco que envolvió una momia

El libro que fue mortaja

El libro etrusco que envolvió una momia (III)


 

Alejandría, 1848. Mihajlo Barić, un funcionario croata que había renunciado a su puesto en la Cancillería Real de Hungría en Viena para irse de viaje, compró un extraño souvenir: un sarcófago con una momia femenina en su interior.

Un papiro enterrado con ella permitió saber que aquel cuerpo era el de Nesi-hensu, la joven esposa de Paher-hensu, un rico sastre de la ciudad de Tebas. En el momento de su muerte llevaba el cabello corto, con rizos al estilo romano y teñido con henna, y las uñas pintadas de naranja. Fue enterrada con su calzado, y con un adorno metálico que le ceñía la frente.

De vuelta a su casa en Viena, la colocó en un rincón, expuesta a la admiración de sus amigos, conocidos y visitantes ocasionales; en algún momento despojó al cuerpo de sus vendajes, que depositó en una caja de cristal separada (aunque, curiosamente, jamás reparó en las anotaciones que cubrían su superficie). Las tiras de tela estuvieron guardadas en esa urna hasta la muerte de su propietario en 1859, cuando, junto con el cuerpo que habían cubierto, pasaron a manos del hermano de Barić, Ilja, un sacerdote en Eslavonia. Dado que este no sentía ningún interés por la momia, la donó al Instituto Estatal de Croacia, Eslavonia y Dalmacia en 1867.

Desde entonces tanto la momia como las vendas que la envolvían se conservan en esa institución, hoy el Museo Arqueológico de Zagreb (Croacia). Poco después de ser aceptados como donación, ambos elementos fueron examinados por el egiptólogo alemán Heinrich K. Brugsch (pionero en el desciframiento del demótico), que notó que el paño estaba escrito, aunque tomó aquellos signos por jeroglíficos egipcios. Tendría que pasar una década antes de que Brugsch descubriera su error, tras mantener una charla informal con el célebre explorador británico Richard Burton. Su segunda hipótesis no fue mucho mejor: supuso que aquel escrito era una transliteración del antiguo Libro de los Muertos egipcio a alguna antigua escritura arábiga.

En 1891 el manuscrito fue llevado a Viena, donde fue analizado por Jacob Krall, un experto en lengua copta, que, teniendo en cuenta el origen de la momia, consideraba que el sistema alfabético utilizado en sus vendajes tendría que ser copto, libio o cario. Sin embargo, para su propia sorpresa, Krall, identificó la lengua como etrusca, y fue el primero que intentó poner las tiras en orden.

Casi un siglo después, en 1985, el etruscólogo Francesco Roncalli limpió y restauró el documento, que estaba manchado de sangre y de productos para la momificación, antes de llevarlo a un laboratorio especializado (Abegg Foundation Berne, en Riggisberg, Suiza) para que fuese fotografiado. Este proceso le permitió reconstruir la forma original del zich, tomando como guía los dobleces del paño y los renglones.

La pieza de tela (originalmente, de unos 340 x 45 cm) que componía el zich fue cortada en Egipto en 11 tiras, con las cuales se hicieron 5 bandas para embalsamar el cuerpo de Nesi-hensu. Tras la reconstrucción realizada por Roncalli de las 3 bandas supervivientes, se sabe que el texto estaba organizado en 12 columnas, y se leía de derecha a izquierda (el sentido de escritura más habitual entre los etruscos). Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre la forma original del libro: algunos creen que se enrollaba, mientras que otros sostienen que se plegaba en acordeón, y que cada columna habría funcionado como una "página" moderna.

Si bien no se sabe exactamente cómo comienza el libro (debido a la pérdida de al menos tres columnas de texto), su final está marcado por el borde u orillo del propio paño, que se ha mantenido intacto. El manuscrito cuenta con 230 líneas e incluye alrededor de 1300 lexemas legibles (que pueden reducirse a unas 500 palabras o raíces diferentes). Para escribirlos se usó tinta negra, mientras que para los signos diacríticos y para los renglones se empleó el color rojo.

Ya a mediados de los años 30' del siglo pasado, Karl Olzscha comparó el texto del Liber Linteus con otros de la península Itálica (p.ej. las Tabulae Iguvinae en umbrio o el Himno a Marte latino) y dedujo que se trataba de un calendario ritual: un texto litúrgico en el cual se describían ciertos sacrificios que debían ser realizados a varios dioses a lo largo del año. L. B. van der Meer ha llevado a cabo un profundo trabajo sobre los contenidos del documento, estableciendo la estructura del calendario, identificando buena parte de los dioses mencionados así como las ofrendas requeridas. Entre las deidades (eiser) se encuentra Lusa o Lusl, Tin y Nethuns (este último, probablemente, el dios de las aguas dulces).

Los futuros avances en la comprensión de la estructura y el vocabulario de la lengua etrusca permitirán, con toda probabilidad, sacar un mayor provecho a esas frases inscritas en un paño de lino hace más de dos milenios. Aunque hay preguntas que quizás nunca tengan respuesta: ¿cómo fue que un texto litúrgico etrusco llegó a envolver un cuerpo momificado en la Alejandría de los Ptolomeos?

 

Bibliografía

Altares, Guillermo (2016). Una piedra milenaria puede desvelar el misterio de los etruscos. El País, 19 de septiembre. [En línea].

Belfiore, Valentina (2010). Il liber linteus di Zagabria: testualità e contenuto. Roma: Fabrizio Serra Editore.

Bonfante, Giuliano; Bonfante, Larissa (2002). The Etruscan Language. An Introduction. 2.ed. Manchester: University Press.

Bonfante, Larissa (2006). Etruscan Inscriptions and Etruscan Religion. En Thomson de Grummond, N.; Simon, E. (eds.) The Religion of the Etruscans. Austin: University of Texas Press.

Huntsman, Theresa (2013). Etruscan Language and Inscriptions. The Metropolitan Museum of Art. [En línea].

Jannot, Jean-René (2005). Religion in Ancient Etruria. Madison (WI): The University of Wisconsin Press.

Nagy, Helen (2016). Votives in their Larger Religious Context. En Bell, S.; Carpino, A. (eds.). A Companion to the Etruscans. Oxford: Wiley Blackwell, pp. 261-274.

Van der Meer, L. Bouke (2007). Liber Linteus Zagrabiensis. The Linen Book of Zagreb. A Comment on the Longest Etruscan Text. Wilsele (Bélgica): Peeters Publishers.

Van der Meer, L. Bouke (2009). On the enigmatic deity Lur in the Liber Linteus Zagrabiensis. En Gleba, M.; Becker, H. (ed.). Votives, Places and Rituals in Etruscan Religion. Leiden: Brill, pp. 217-228.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Liber Linteus Zagrabiensis (enlace).

El texto corresponde a la tercera y última parte del artículo "El libro etrusco que envolvió una momia", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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17 ene. 2017

El libro etrusco que envolvió una momia

Un zich y otros documentos

El libro etrusco que envolvió una momia (II)


 

En lengua etrusca, los libros o escritos se denominaban zich. En la actualidad, sobrevive un único texto lo suficientemente largo como para poder ser considerado un libro: el Liber Linteus Zagrabiensis.

Entre los documentos que incluyen fragmentos escritos mucho más largos que los que componen una sencilla inscripción se encuentra la placa de terracota de Santa María de Capua (Campania): un calendario litúrgico del siglo V a.C., probablemente exhibido en público (a tenor de las perforaciones que muestra). Se trata del segundo texto en cuanto a longitud, con unas 300 palabras organizadas en 62 líneas. En tercera posición se sitúa la estela de piedra caliza hallada en abril de 2016 en el yacimiento de Poggio Colla (Vicchio, Toscana), y datada en el siglo VI a.C. Al parecer, formaba parte de un templo, y el texto tendría un carácter votivo.

Otros ejemplos de escritura etrusca aparecen en el hígado de bronce de Piacenza (un modelo para enseñar a los sacerdotes etruscos a leer las entrañas); el Cippus Perusinus (una tableta de piedra hallada en Perugia); algunas placas metálicas (las de oro de Pyrgi, las de bronce de Cortona, o las de plomo de Punta della Vipera); y el sarcófago de Laris Pulenas, cuya estatua sostienen un rollo escrito desplegado entre sus manos.

Como se señalaba más arriba, el Liber Linteus Zagrabiensis (en latín, "Libro de lino de Zagreb"), también conocido como Liber Agramensis ("Libro de Agram", nombre alemán de Zagreb), es el manuscrito etrusco más extenso conocido hasta el momento, además del único libro de lino conservado en la actualidad.

El paño que sirve de soporte al texto ha sido datado entre el 425 y el 375 a.C. El libro en sí habría sido escrito entre finales del siglo II a.C. y el 150 a.C. No ha sido totalmente traducido debido a las numerosas lagunas que plagan el conocimiento moderno de la lengua etrusca; sin embargo, se han logrado identificar algunas palabras, especialmente un puñado de nombres de dioses locales. Se piensa que habría sido escrito al norte de Etruria, en los alrededores de Perugia (Umbría), dado que algunas de las palabras empleadas se han atestiguado únicamente allí. Teniendo en cuenta las variaciones ortográficas dialectales identificadas en el documento, es posible que el escriba que lo produjo trabajara primero en el sur de Etruria, quizás en la antigua Tarquinia, y se trasladara después al norte, a una zona cercana a territorios en donde se hablaban lenguas itálicas no-etruscas.

El texto sobrevivió gracias a que la apreciada tela de lino sobre la que había sido escrito fue utilizada para embalsamar a una mujer en el Egipto ptolemaico. Convertido en la envoltura de una momia, el Liber Linteus Zagrabiensis escapó a la suerte que corrió el resto de libros elaborados en tela de aquel periodo histórico: la desaparición.

 

Bibliografía

Altares, Guillermo (2016). Una piedra milenaria puede desvelar el misterio de los etruscos. El País, 19 de septiembre. [En línea].

Belfiore, Valentina (2010). Il liber linteus di Zagabria: testualità e contenuto. Roma: Fabrizio Serra Editore.

Bonfante, Giuliano; Bonfante, Larissa (2002). The Etruscan Language. An Introduction. 2.ed. Manchester: University Press.

Bonfante, Larissa (2006). Etruscan Inscriptions and Etruscan Religion. En Thomson de Grummond, N.; Simon, E. (eds.) The Religion of the Etruscans. Austin: University of Texas Press.

Huntsman, Theresa (2013). Etruscan Language and Inscriptions. The Metropolitan Museum of Art. [En línea].

Jannot, Jean-René (2005). Religion in Ancient Etruria. Madison (WI): The University of Wisconsin Press.

Nagy, Helen (2016). Votives in their Larger Religious Context. En Bell, S.; Carpino, A. (eds.). A Companion to the Etruscans. Oxford: Wiley Blackwell, pp. 261-274.

Van der Meer, L. Bouke (2007). Liber Linteus Zagrabiensis. The Linen Book of Zagreb. A Comment on the Longest Etruscan Text. Wilsele (Bélgica): Peeters Publishers.

Van der Meer, L. Bouke (2009). On the enigmatic deity Lur in the Liber Linteus Zagrabiensis. En Gleba, M.; Becker, H. (ed.). Votives, Places and Rituals in Etruscan Religion. Leiden: Brill, pp. 217-228.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: El sarcófago de Laris Pulenas. De Getty Images (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "El libro etrusco que envolvió una momia", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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10 ene. 2017

El libro etrusco que envolvió una momia

Los rasenna

El libro etrusco que envolvió una momia (I)


 

El idioma etrusco es, en la actualidad, una incógnita dentro del panorama de las lenguas europeas. Como ocurre con el euskera, es una suerte de "advenedizo" en el antiguo mundo grecorromano, dado que no es una lengua indoeuropea. Más aún: no se le conocen antecedentes, ni tuvo descendientes. Su filiación es un terreno lleno de hipótesis arriesgadas y de comprobación más que improbable.

La civilización que creó y pronunció las palabras de ese idioma, la etrusca, se desarrolló en la antigua región de Etruria, en Italia, ocupada hoy por la moderna Toscana y partes del oeste de la Umbría y el norte del Lacio. También se asentó en partes de Campania, Lombardía, el Véneto y Emilia-Romaña, regiones a las que llegó empujada por los pueblos galos procedentes del norte de los Alpes.

Los etruscos se llamaron a sí mismos rasenna (apocopado en rasna). Los griegos los denominaron tyrrhenoi (de donde deriva el nombre del mar Tirreno) y los romanos, tusci o etrusci. Los primeros rasgos de una cultura que pueda considerarse "etrusca" aparecen, de acuerdo a los vestigios arqueológicos, hacia el 800 a.C.; para el 500 a.C. la distribución del poder dentro de la península Itálica se reconfiguró en detrimento de los etruscos, que perdieron su antigua preponderancia. Las últimas ciudades etruscas serían absorbidas por la imparable Roma hacia el 100 a.C.

Su lengua no tuvo forma escrita hasta el s. VII a.C., cuando los etruscos tomaron contacto con el alfabeto empleado por los colonos griegos procedentes de la isla de Eubea, que estaban asentados desde el siglo VIII a.C. en Isquia y Cumas, en la bahía de Nápoles. Los etruscos (y otros pueblos itálicos, como los yapigios o yápigos de Apulia, y los vénetos) adoptaron esa forma de escritura y la adaptaron a sus necesidades y a las características fonéticas de su propio idioma. El alfabeto etrusco fue copiado más tarde por otros pueblos itálicos (hablantes de lenguas indoeuropeas), como los faliscos, los oscos, los umbros y los picenos, de los cuales solo se conservan unas pocas inscripciones.

No sobrevivieron muestras de la literatura etrusca ni relatos históricos, a pesar de que, de acuerdo a varios autores latinos, ese pueblo tuvo una riquísima tradición literaria. Las numerosas representaciones de códices y rollos dentro del arte etrusco recalcan el uso extendido de la palabra escrita.

Hasta nuestros días han llegado un puñado de textos lo suficientemente largos como para diferenciarse de las inscripciones, y unas 13.000 de estas últimas, que están recogidas en el Corpus Inscriptionum Etruscarum (Biblioteca de la Universidad de Upsala, Suecia). Las inscripciones aparecen, por ejemplo, en objetos de uso cotidiano, sobre los cuales se marcaron frases votivas, nombres de propietarios o precios. También están asociadas a murales, vasos pintados o espejos grabados, los cuales solían incluir escenas mitológicas (con divinidades similares a las griegas, aunque representadas de manera distinta) que solo pueden ser comprendidas cuando se leen los nombres de los personajes, cuidadosamente apuntados al lado de cada figura. Por otro lado, tanto los sarcófagos como las urnas cinerarias llevaban grabados los nombres de los difuntos y los de sus familiares, y las ofrendas mortuorias que se colocaban en los enterramientos eran claramente etiquetadas como tales para que el espíritu del difunto pudiera llevarlas consigo al Más Allá.

Algunos de los textos hallados alternan el etrusco con el griego, lo cual ha permitido, como si de piedras de Rosetta se tratase, conocer el significado de muchas palabras y la estructura de la propia lengua. Asimismo, algunas voces etruscas fueron anotadas y explicadas en las obras de autores clásicos, y un puñado de ellas (p.ej. "pueblo" o "arena") ha sobrevivido hasta nuestros días.

Los últimos vestigios de escritura etrusca aparecen en el año 50 de nuestra era. Para el 100 el idioma ya había sido completamente reemplazado por el latín; sólo algunos romanos cultos, curiosos y apasionados por las tradiciones de su pasado reciente, eran capaces de entender el etrusco. El último lector conocido de la lengua parece haber sido el emperador Claudio (10 a.C.-54 d.C.), que compiló una obra enciclopédica en 20 volúmenes (Tyrrhenika) y un diccionario (ambos perdidos). Se dice que para su elaboración entrevistó a campesinos ancianos que resultaron ser lo últimos hablantes de etrusco y los últimos conocedores de la vieja cultura.

 

Bibliografía

Altares, Guillermo (2016). Una piedra milenaria puede desvelar el misterio de los etruscos. El País, 19 de septiembre. [En línea].

Belfiore, Valentina (2010). Il liber linteus di Zagabria: testualità e contenuto. Roma: Fabrizio Serra Editore.

Bonfante, Giuliano; Bonfante, Larissa (2002). The Etruscan Language. An Introduction. 2.ed. Manchester: University Press.

Bonfante, Larissa (2006). Etruscan Inscriptions and Etruscan Religion. En Thomson de Grummond, N.; Simon, E. (eds.) The Religion of the Etruscans. Austin: University of Texas Press.

Huntsman, Theresa (2013). Etruscan Language and Inscriptions. The Metropolitan Museum of Art. [En línea].

Jannot, Jean-René (2005). Religion in Ancient Etruria. Madison (WI): The University of Wisconsin Press.

Nagy, Helen (2016). Votives in their Larger Religious Context. En Bell, S.; Carpino, A. (eds.). A Companion to the Etruscans. Oxford: Wiley Blackwell, pp. 261-274.

Van der Meer, L. Bouke (2007). Liber Linteus Zagrabiensis. The Linen Book of Zagreb. A Comment on the Longest Etruscan Text. Wilsele (Bélgica): Peeters Publishers.

Van der Meer, L. Bouke (2009). On the enigmatic deity Lur in the Liber Linteus Zagrabiensis. En Gleba, M.; Becker, H. (ed.). Votives, Places and Rituals in Etruscan Religion. Leiden: Brill, pp. 217-228.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Músico etrusco. Fresco en la Tumba del Triclinio, Tarquinia. De Wikimedia (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "El libro etrusco que envolvió una momia", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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3 ene. 2017

Palabras habitadas 02

Donde las palabras se guarecen

Palabras habitadas (II)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como segunda entrega de la columna mensual del autor titulada "Palabras habitadas", incluida en El Quinto Poder (Chile, marzo de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Por los seis rumbos de Abya Yala, las palabras han encontrado numerosos rincones en los que guarecerse. Y no solo en las bibliotecas y en los centros de información y de documentación. O en las casas del saber, los rincones de lectura, los centros culturales y otros espacios populares y auto-gestionados.

A decir verdad, las "colecciones bibliotecarias" más esenciales del continente no están depositadas en estantes ni almacenadas en bases de datos digitales. Se encuentran –todavía, aunque quizás no por mucho tiempo– en las memorias de las narradoras, los sabios, las recordadoras, los cuenteros, las rezadoras, los alfareros, las cocineras, los tejedores... Esas colecciones (en general, grandes desconocidas) saltan de boca a oído, van de mano en mano, navegando por las siempre intrincadas y poco cartografiadas geografías de la oralidad. A veces, algunos fragmentos pasan a papel, o a un medio audiovisual. Pero, por lo general, todos esos saberes –y las formas lingüísticas que los codifican y a través de las cuales se expresan de manera inimitable– se mantienen en la inestable y variable intangibilidad de la palabra hablada.

Es en sus recuerdos y en sus bocas, además de en sus manos, como los artesanos (los pocos que continúan ejerciendo oficios tan antiguos como la propia sociedad a la que pertenecen) conservan los manuales, las especificaciones y los métodos de su labor, junto al tratamiento de los materiales, las particularidades locales de cada técnica y de cada elemento. Constructores de flautas y cesteros, creadores de máscaras y de vestidos, orfebres y tallistas, todos ellos y muchos otros guardan, preservan, enriquecen y transmiten sus personales "colecciones bibliotecarias" a través del habla y de la memoria.

Lo mismo hacen los narradores con las historias de su pueblo, especialmente las de creación: esas que cuentan cómo aparecieron ríos, montes y lagunas; que hablan de los diluvios y los incendios que acabaron con las razas primigenias; que recuerdan el origen de plantas y animales, de plumajes y pelajes, de aullidos y siseos; que festejan las hazañas de los héroes antiguos y repiten, para que jamás sean olvidadas, las ruindades de los espíritus del mal. Pero también las que recogen los muchos pasos que ese pueblo ha dado a lo largo de las páginas –dichas o escritas– de la Historia. Narraciones de invasiones, de guerras, de hambrunas, de migración, de atropellos, de pérdidas, de colonizaciones, de olvidos. Relatos demasiado habituales, por desgracia, en todas las latitudes que cortan Abya Yala de lado a lado.

Otro tanto hacen quienes rememoran las genealogías: esas líneas de sangre que vinculan una generación con la siguiente, un clan con el vecino, un antepasado lejano con todos sus muchos descendientes. Quienes saben de hierbas que sanan y que matan, y de insectos que se comen, y de frutas que no. Quienes hacen parir a la tierra y a las mujeres. Quienes archivan en su mente los detallados mapas de una costa o de una sierra: esos planos en los que se nombra cada rincón, cada peñasco y cada hondonada, por los que corren todos los vientos y en los que están marcados los abrevaderos de la caza y los depósitos de la arcilla.

O quienes combinan todo lo anterior: verdaderos bibliógrafos que conectan los espacios y los paisajes con las gentes que los habitaron y las historias –de los tiempos míticos, de los tiempos actuales– que vivieron. Enciclopedias andantes que unen todos los conocimientos en un solo hilo.

Todos ellos pueden recoger, organizar y transmitir saberes utilizando la palabra dicha, y los gestos que siempre, indefectiblemente, la acompañan. Pero también mediante muchos otros sonidos: el canto, la música, o una mezcla heterogénea de relato, canción y melodía. O a través de otros medios intangibles: la danza, por ejemplo, o las representaciones "teatralizadas", o tal vez algunos juegos infantiles...

Otra serie de fondos documentales de estas tierras encerradas entre dos océanos consisten en objetos en los cuales se ha codificado información. Objetos que nada tienen que ver con un "libro" como tal, al menos morfológicamente, pero que cumplen una función similar: la de preservar sobre ellos o en su interior una serie de datos, y rescatarlos así del olvido. Pueden ser tejidos de lana o de fibra vegetal, en los que se anudan relatos del tiempo antiguo, o alguna de esas normas no escritas que siempre han regulado el comportamiento de un grupo. Pueden ser máscaras que encierran, en sus tallas y adornos, un puñado de creencias y esperanzas. Pueden ser cacharros de cerámica en cuyas superficies más o menos pulidas, más o menos decoradas, se reflejan las representaciones esquemáticas del universo. O pueden ser elementos tangibles que tengan una duración efímera: una pintura facial, un arreglo en los cabellos, un juego de hilos o un dibujo en la arena.

Y finalmente están los libros: desde los códices zapotecas, mixtecas, mayas y mexicas hasta las modernas monografías, revistas o enciclopedias, ya sean en papel o digitales. Y, junto a ellos, muchos otros tipos documentos: los archivos de video y audio que circulan a través de la red de redes, las fotografías y diapositivas, los grandes planisferios, las cartas, los folletos y panfletos...

En Abya Yala, a veces las palabras no son más que aire que se mueve; otras, están atadas a las fibras de un papel, o representadas sobre una pieza de madera, o convertidas en códigos binarios en una memoria óptica. Sea como sea, todas ellas han encontrado numerosos rincones en los que guarecerse: bibliotecas, "libros vivientes", centros de cultura, casas comunitarias... Ninguno de ellos debería tener mayor valor, ni más importancia, ni un estatus diferente al de los demás, a pesar de las muchas opiniones (y otras tantas políticas) que apuestan por la modernidad y abandonan o condenan al olvido a las anteriores formas de almacenar y transmitir conocimiento. Pues todos ellos conservan pequeños fragmentos de la identidad, de la memoria y de la cultura de un continente entero.

Fragmentos que, como teselas de un inmenso mosaico, solo permiten apreciar la imagen completa cuando se (re)unen.

 

Lecturas

Civallero, Edgardo (2016). La biblioteca como trinchera. De resistencias, militancias, políticas y estantes con libros. Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, 45, septiembre de 2016.

Colombres, Adolfo (2006). La literatura oral y popular de nuestra América. Quito: IPANC.

Grenier, Louise (1999). Conocimiento indígena. Guía para el investigador. Cartago: Editorial Tecnológica de Costa Rica.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Rincón de lectura. Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca (Perú) (enlace).

El texto corresponde al artículo "Donde las palabras se guarecen", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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