Un faro, un puerto

Anzuelos del consumismo

Un faro, un puerto (V)


 

El Partenón es patrimonio de la humanidad. ¿Y las tecnologías? ¿Y la ciencia? ¿De quién son patrimonio? ¡De quien las compra! La ciencia y las tecnologías tienen que ser patrimonio de la humanidad. Hay una falsificación de la democracia ahí mismo, ya en eso tan decisivo.

Antonio Gamoneda. Poeta español (1931-). De una entrevista en Revista Luzes (2014) [1].


Una vez que empieza a rodar una nueva tecnología, si no eres parte de la apisonadora, eres parte de la carretera.

Stewart Brand. Escritor estadounidense (1938- ). De The Media Lab: Inventing the Future at MIT (1987).


Las nuevas tecnologías no son un bien público, de acceso libre y abierto, al alcance de todos. Suelen ser, sí, un muy buen negocio.

Incluso para usar plataformas virtuales libres o programas open source es necesario, además de disponer de electricidad, contratar un servicio de Internet y tener un equipo informático que cumpla unas determinadas características. Características siempre cambiantes, merced a esa "obsolescencia programada" que las convierte en algo anticuado el día después de haber salido al mercado [2] y que obliga a ser consumidores eternos de hardware y software (y a estar continuamente enchufados a la red eléctrica). No en vano el modelo de desarrollo tecnológico en discusión aquí es parte esencial del núcleo duro del actual sistema capitalista, una estructura absolutamente desquiciada, inhumana e irracional que no duda en arrasar los recursos naturales del planeta [3] y en hundir en la miseria o condenar a una esclavitud encubierta a la mayor parte de la población mundial para que la restante tenga un "nuevo objeto del deseo" que devorar con avidez [4].

¿Cuál es el coste de las nuevas tecnologías, de los dispositivos móviles, de las redes y servidores digitales? ¿Cuál es el coste de su producción, de su mantenimiento, de su uso, de su descarte?

Y por "coste" entiéndase no sólo el económico, sino también el social, el medioambiental, el ético si se quiere...

Las estadísticas que establecen lo mucho que se necesitan ciertos servicios y determinados productos, y los "estudios científicos" que anuncian su popularidad y avalan y alaban sus excelentes cualidades son elaborados (siguiendo una metodología que nadie se preocupa en analizar o cuestionar, por cierto) por las mismas compañías que los producen, o las derivadas y asociadas que los distribuyen. Que la ciudadanía es continuamente influenciada/manipulada en el seno de una "sociedad de consumo" realmente desbocada ya no es (o no debería ser) un secreto o una sorpresa para nadie: en el ámbito bibliotecario, muchas de las revistas profesionales, de los cursos de capacitación y de los congresos profesionales son sufragados por las más poderosas empresas del sector de la información. Detrás de elementos tan simples como la carpeta de un seminario (que recuerda visualmente quién es la "marca líder en libros y comunicación") o tan complejos como los conceptos, estrategias e ideologías instilados en workshops de actualización y en artículos divulgativos, hay una serie de conglomerados empresariales que moldean expectativas y comportamientos ad líbitum, y que oyen arrobados cómo suena la caja registradora cada vez que se hace click en una página web, cada vez que se abre un blog, cada vez que se postea en Facebook hablando sobre ellos, cada vez que se contrata un servicio de base de datos o se compra un equipo de escaneo, cada vez que se apuesta por determinada marca de lectores de libros digitales...

Así las cosas, al adquirir, al consumir, al recomendar y al promover desde las bibliotecas determinados servicios/productos tecnológicos raramente se estaría respondiendo a sus necesidades o a las de sus usuarios, sino creando otras nuevas que vendrían a engrasar el motor de producción capitalista mencionado más arriba. Ya lo señala, nuevamente, Jorge Riechmann en Peces fuera del agua:

 

Todo empresa, nada fuera de la empresa. Todo tecnología orientada a la dominación, nada fuera de la tecnología. Todos entornos virtuales de realidad digital, nada fuera de la realidad virtual. Todo total totalitario. Pero, ¿no te das cuenta de que el ser humano sobra en el mundo que están preparando para ti?

 

Notas

[1] Otero, Eloísa (2014). Antonio Gamoneda. "Desconfío definitivamente do poder". [Entrevista]. Revista Luzes, 11, octubre. [En línea].

[2] Sobre obsolescencia programada y obsolescencia percibida puede verse, p.ej., el documental Comprar, tirar, comprar (Cosima Dannoritzer, 2011) o algunas secciones de Zeitgeist: Moving Forward (Peter Joseph, 2011). Asimismo pueden consultarse artículos como el de J. Bulow (An economic theory of planned obsolescence. The Quarterly Journal of Economics, 101 (4), 1986, pp. 729-749) o el texto de B. London, escrito en 1932 (Ending the depression through planned obsolescence).

[3] "Cuando unimos todos los puntos entre nuestros estilos de vida de alta tecnología y la red eléctrica, aparece una huella de carbono del tamaño de la de la industria aeroespacial". High-tech consumerism, a global catastrophe happening on our watch. The Conversation. [En línea].

[4] Entre los muchos documentos que tratan el tema puede verse, p.ej., los documentales The true cost (Andrew Morgan, 2015) sobre las consecuencias de la industria de la moda, o Earthlings (Shaun Monson, 2005) sobre las industrias alimenticias. En relación a la comercialización de la información, puede consultarse p.ej. a Henry Blanke, Libraries and the commercialization of information: Towards a critical discourse of librarianship (Progressive Librarian, 2, Winter 1990/1991, pp. 9-14).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 28.02.2017.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la quinta parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Un faro, un puerto

Movimiento perpetuo

Un faro, un puerto (IV)


 

Inventor: Persona que construye un ingenioso ordenamiento de ruedas, palancas y resortes, y cree que eso es civilización.

Ambrose Bierce. Escritor estadounidense (1842-1914). De The Devil's Dictionary (1906).


No se puede dotar de iniciativa a la mejor máquina; la más alegre apisonadora no plantará flores.

Walter Lippmann. Escritor, ensayista y comentarista político estadounidense (1889-1974). De A Preface to Politics (1913).


Un punto a considerar si se pretende analizar –aunque sea someramente– el estatus actual de las nuevas tecnologías y su relación con las disciplinas del libro y la información, es que las NTICs son un frente en permanente metamorfosis: un territorio informe en el que se combinan investigación, desarrollo, ensayo, éxito, error y descarte. Algunos productos funcionan, algunas ideas son provechosas y, en última instancia, algunos servicios son útiles. Otros, no tanto. Y otros resultan verdaderamente inservibles [1].

El problema de estar continuamente en esa primera línea es que las novedades salen de la cadena de producción de manera ininterrumpida y a una gran velocidad. En general hay, pues, poco tiempo y escasos criterios para evaluarlas (si es que se evalúan), el horizonte y el rumbo cambian continuamente, y pisamos terrenos movedizos. A pesar de ello, muchas personas, grupos, instituciones y organizaciones pugnan por mantenerse ahí, en esa oscilante avanzadilla, bajo la errónea idea de que no hacerlo equivale a "quedarse atrás" (un miedo creado y alimentado por el propio sistema para mantener el control social y el consumismo, protegiendo al mismo tiempo sus intereses económicos).

Las bibliotecas no son ajenas a esa pugna. A veces, motu propio [2]; otras, azuzadas y acicateadas por una cohorte de gurúes y pseudoexpertos, con un discurso que mezcla desbordante optimismo e intereses creados/empresariales a partes iguales (o desiguales) y que ocupa buena parte de los espacios profesionales, desde las redes sociales a los programas de los congresos de más lustre y renombre, pasando por los nuevos planes de estudios.

Son muchos los bibliotecarios que corren a ubicarse en la vanguardia tecnológica, aceptando de paso un neo-vocabulario tecnificador que los bautiza y presenta, un tanto grandilocuentemente, como "gestores de contenidos infodiversificados", "arquitectos de las autopistas de la información" o "administradores de conocimiento estratégico" (un estatus puramente nominal, que no se salva de la precariedad laboral que afecta a buena parte de la profesión, por cierto). Para los que se sitúan en esa primera línea, los acontecimientos se suceden con una celeridad de pesadilla. Ayer sumaron los blogs a su acervo tecnológico; hoy es el turno de Facebook, Twitter y Pinterest; y mañana abrazarán la última aplicación en llegar, por increíble –e innecesaria– que pueda resultar y a sabiendas de que se volverá obsoleta al día siguiente. Mientras tanto luchan a brazo partido por digitalizar fondos y migrarlos, actualizar páginas web para que incorporen el último gadget, y memorizar los estándares de calidad (eternamente cambiantes) que deben cumplir las colecciones, en una historia de nunca acabar.

Inmersos en semejante remolino de actualizaciones, cambios y (re)descubrimientos, los profesionales del libro y la información raramente encuentran la oportunidad o el tiempo para preguntarse hacia donde van: en realidad, suelen ser otros quienes los llevan, y nada garantiza que esos "otros" sepan hacia donde se dirigen, más allá de la búsqueda inmediata de beneficios particulares.

Los bibliotecarios parecen haberse subido (¿o haber sido empujados?) a un tren en marcha que se mueve a una velocidad de vértigo, que no puede detenerse ni retroceder y que tiene escaso margen de maniobra. Todo se convierte entonces en una carrera desquiciada, y todo parece solucionarse con un pisotón al acelerador y un salto hacia adelante, hacia un nuevo futuro en donde la excitación por las novedades oculte por un rato las preocupaciones y los cuestionamientos (y los errores y los fracasos). Las voces dubitativas o abiertamente críticas –que recuerdan demasiado al sonido de los frenos– son molestas y, por ende, tildadas de conservadoras y cobardes (dos de los peores adjetivos que se pueden endilgar a alguien en esta era posmoderna); los que gritan "¡adelante!", los ensalzadores y los nuevos creadores de mitos, por su parte, son los grandes héroes de la jornada.

Si ya es grave avanzar de esta forma, con la brújula girando continuamente y sin demasiadas posibilidades de introducir un mínimo de cordura o de reflexión, no lo es menos darse cuenta de que el deslumbramiento provocado por las novedades tecnológicas y su continua actualización ha configurado, prácticamente de la noche a la mañana, un nuevo modelo de "profesionalidad bibliotecaria para el siglo XXI". Un modelo que viene reflejándose en cursos, declaraciones, libros, conferencias y políticas, y que ha comenzado a forzar cambios en los currículos universitarios: desconociendo la larga historia y las propias bases de las disciplinas del libro y la información, se ha pasado a enseñar/transmitir un mero "manual de instrucciones" que convierte a los profesionales en simples operarios de una cadena de montaje, condenados a realizar una serie de acciones más o menos automáticas. La "formación" proporcionada por este modelo no solo perpetúa la dependencia de las tecnologías (y de las empresas que las producen), sino que acentúa la indiferencia y/o la docilidad de las generaciones presentes y futuras de profesionales, ellos mismos piezas estandarizadas e intercambiables de la propia maquinaria.

A la postre, lo preocupante no es el demostrado interés por un conjunto de herramientas novedosas que, en efecto, pueden llegar a ser, en determinadas situaciones y para determinados casos, de inestimable ayuda. Lo preocupante es que esas herramientas no sean tomadas como medios y pasen a ser fines en sí mismas; que no haya evaluaciones realistas, rigurosas e independientes de utilidad y necesidad; que se abrace un paradigma porque es la moda y porque lo dicen individuos con "autoridad" y "experiencia" mientras se silencian vehementemente las voces que plantean otras formas de acción posibles; que se manejen continuamente absolutos cuando sería conveniente relativizar las cosas.

Lo inquietante es que, debido a la velocidad a la que se desarrollan (un movimiento perpetuo sostenido por la industria y el mercado, que impide enfocar la mirada y pensar con claridad), a los numerosos cambios que introducen, y a que se trata de unas herramientas muy particulares y que imponen su propia lógica (la cual desconocemos en gran medida), no somos capaces de ver que, además de permitirnos hacer unas cosas, esas herramientas nos están impidiendo y/u obligando a hacer otras [3].

Más inquietante aún es que casi nadie se pregunte "¿para qué, por qué, cuándo, cómo... se quiere o se necesita esto?" y que quienes sí lo hacen terminen autocensurándose [4] para no sufrir la condena de sus pares o la pérdida de su empleo. Una repetición moderna del viejo cuento del rey desnudo.

 

Notas

[1] Cf. Lister, M. et al (2009). New Media: A Critical Introduction. 2.ed. Londres, Nueva York: Routledge; Weeramantry, C. G. (ed.) (1993). The impact of technology on human rights: global case-studies. Tokio: The United Nations University Press; Daño, N. et al. (s.f.). Addressing the "Technology Divides": Critical Issues in Technology and SDGs. Sixth Session of the Open Working Group on SDGs [En línea].

[2] Vid. Crawford, Walt; Gorman, Michael (1995). Future libraries: Dreams, madness, and reality. [S.l.]: American Library Association. Revisar especialmente el cap. 3, "The madness of technolust".

[3] Vid. Alba Rico, Santiago (2016). Cultivando Cultura. Conferencia en el Paraninfo del Colegio Universitario de Zamora, España, 9 de abril. [En línea].

[4] Vid. Buschman, John (1994). Librarians, self-censorship, and information technologies. College & Research Libraries, 55 (3), pp. 221-228. Asimismo, es conveniente revisar la bibliografía citada por Buschman en las referencias y notas de este artículo.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 21.02.2017.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la cuarta parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Un faro, un puerto

Feligreses ciegos

Un faro, un puerto (III)


 

La humanidad está desarrollando la tecnología correcta por las razones equivocadas.

R. Buckminster Fuller. Arquitecto, diseñador e inventor estadounidense (1895-1983).


La técnica solamente nos ha procurado los medios más eficaces para ir hacia atrás.

Aldous Huxley. Escritor británico (1894-1963). De "Tomorrow and Tomorrow and Tomorrow", en Adonis and the Alphabet (1956).


A pesar de que las NTICs se presenten como "adelantos" y de que se haga hincapié en esa etiqueta en particular, se trata de elementos que no están exentos de fallos y riesgos. No han sido pocas las voces que se han elevado apuntando estos inconvenientes y sus consecuencias. Y se han hecho duras críticas tanto a los fundadores de la cofradía tecno-fundamentalista como a sus ciegos feligreses.

Muchos de los conceptos expresados por Antonio Negri y Michael Hardt en "Imperio", las ideas de Herbert Marcuse sobre "racionalidad tecnológica", los análisis de Jürgen Habermas sobre la tecnocracia, o los apuntes de Foucault sobre control y saberes, por poner solo un puñado de ejemplos tomados de reconocidos pensadores y filósofos, denuncian los desafíos y problemas inherentes a la sociedad tecnificada y a su compleja relación con la información [1].

De especial interés es la obra del humanista estadounidense Lewis Mumford, en particular ese clásico del pensamiento crítico compuesto por los volúmenes El mito de la máquina, Técnica y evolución humana, y El pentágono del poder. En este último (1964), el autor señala:

 

La sociedad occidental ha aceptado como incuestionable un imperativo tecnológico que es tan arbitrario como el más primitivo tabú: no solo el deber de promocionar la invención y crear constantemente novedades tecnológicas, sino también el de rendirse incondicionalmente a esas novedades, simplemente porque son ofrecidas, sin respeto a sus consecuencias humanas.

 

Una reflexión similar hacía recientemente el profesor de filosofía moral y ensayista español Jorge Riechmann en su último libro [2]:

 

Nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo, nos decía hace ya años Frederic Jameson. Actualicemos: nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que un planeta sin smartphones. Impresiona la intensidad del determinismo tecnológico que inoculan las llamadas NTIC (Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación) en las cabezas de la gente.

 

En una de sus conferencias de 2014, el también filósofo y ensayista español Santiago Alba Rico hizo referencia a las "revoluciones" de las nuevas tecnologías y a algunas de sus problemáticas:

 

Los que tenemos nuestra edad estamos un poco a caballo entre dos medios, dos marcos tecnológicos; somos como anfibios, tenemos un pie en el paradigma letrado y otro en el pantállico. Y, en todo caso, es verdad que la escritura es una técnica que incluso fue rechazada, desde Platón, por mucha gente. Lo mismo pasó con la imprenta. Pero creo que no se puede dejar de advertir la diferencia que hay entre un medio y otro: no son iguales y no se pueden utilizar para lo mismo. No es que las redes y las nuevas tecnologías hayan venido a sustituir a la escritura para hacer mejor lo que la escritura hizo mal. Eso es, precisamente, ceder a la ilusión de un progreso hegeliano "siempre hacia lo mejor", en el que cada nuevo objeto suprimiría al anterior. La escritura –esto ha sido estudiado claramente– es una técnica que ha abierto espacios a aquello que ha caracterizado a la civilización occidental, al menos durante los últimos veinte siglos (hay estudios de Ong o de Havelock muy fascinantes sobre lo que significa el universo letrado). Entonces el derecho, la ciencia, la propia democracia (como toma de posición frente a ideas y no a personas por razones fiduciarias), todo eso es realmente un legado de la escritura, y si vemos lo que está ocurriendo al perder ese legado en beneficio de lo que yo llamo el paradigma pantállico, comprobamos cómo, por ejemplo, mientras que se elogia la potencial horizontalidad de las redes, esas redes sirven para demoler los propios fundamentos de la escritura, que a través de la sucesión [y no de la simultaneidad, como ocurre en el paradigma pantállico] permitían un distanciamiento mínimamente objetivo y epistemológicamente fundado. Estos medios en realidad son grandes productores de nuevas relaciones fiduciarias; quiero decir, de relaciones basadas en la adhesión más o menos personal que impide el juicio con la distancia que un sistema democrático debería suponer. Por lo tanto, no es lo mismo: no digo que uno sea malo y que el otro sea bueno; digo que en cualquier caso no sirven para lo mismo, no se sustituyen y hay que pensar qué límites [tiene el paradigma pantállico], porque siempre pensamos para qué sirve. Hay que pensarlo al revés: qué nos impide hacer. Y creo que las nuevas tecnologías que nos permiten hacer tantas cosas, nos impiden hacer cosas muy serias que hasta ahora eran indisociables de un modelo de civilización que no se había agotado y que nosotros, desde dentro, pretendíamos cambiar en una determinada dirección [3] [cursivas añadidas].

 

En otro momento de su intervención Alba Rico llamó la atención sobre "la dictadura de la facilidad", esa ante la que "al final uno sucumbe y hace aquello que puede hacer, solo porque puede hacerlo", advirtiendo a continuación que "no debemos contemplar con demasiado entusiasmo un medio en el que la única libertad que tenemos es la de apagarlo o la de negarnos a usarlo". Para el ensayista, la red habría dejado de ser una herramienta para convertirse en un órgano: "se ha integrado en nuestras entrañas hasta el punto en el que es difícil distinguir el latido de nuestro corazón de los múltiples sonidos que emite el ordenador cuando estamos conectados". Como viene haciendo en muchos de sus escritos, Alba Rico también denunció en aquella ocasión que "no se puede asumir acríticamente el carácter emancipatorio mecánico de las nuevas tecnologías", que, por otro lado, "se encuentran en manos de una élite muy pequeña, que es quien realmente determina su curso, y no los usuarios" [4].

Enfrentados al complejo entramado tecnológico que hoy por hoy domina el panorama mundial (el informativo y otros muchos), es preciso dejar de aceptar todo el paquete sin dudas, sin cuestionamientos y sin desafíos, como pretenden ciertos gurúes. En necesario pensar y actuar de manera crítica; desmenuzar y poner bajo la lupa ese paquete; evaluar pros y contras a corto y largo plazo; y dar ejemplo de compromiso y responsabilidad profesional y social [5]. Lo expresa muy bien Riechmann en un párrafo de su libro Autoconstrucción. La transformación cultural que necesitamos [6]:

 

Podemos simplemente plegarnos a los mecanismos que nuestra sociedad –toda sociedad– tiene ya dispuestos para ahormarnos: nunca han sido tan potentes como los del capitalismo que llamamos neoliberal para abreviar. Identidad a través del consumo, entretenimiento con la deriva que nos engolfa en infinitos contenidos audiovisuales, comportamiento político/apolítico preprogramado, control de deseos y conductas a través del smartphone y sus big data, celebración de la moda juvenil, estilización de la "rebeldía" diseñada por "creativos" publicitarios: "sé tú mismo", "el cielo es el límite", etc. O podemos decir no a todo eso y emprender el camino mucho más arduo de una autoconstrucción crítica, tanto personal como colectiva.

 

Mientras aprendemos a decir que no –una tarea laboriosa donde las haya–, intentemos al menos no dejarnos ahormar tan fácilmente, y evitemos entrar en el juego de las dicotomías: "¿Nos subimos al tren de las nuevas tecnologías o dejamos que nos arrolle?" Esos falsos dilemas deberían generar nuestro rechazo y abrir la puerta a nuevas preguntas: ¿bajo qué condiciones nos subimos al tren? ¿Qué riesgos se corren? ¿Qué efectos introduciría en nuestro trabajo, en nuestras relaciones, en la sociedad? ¿No subirse implica necesariamente que nos llevará por delante? ¿Por qué la elección está planteada en términos absolutos, casi maniqueos? ¿Es que no existen, se desconocen, o peor aún, se prefiere ignorar u ocultar otras posibilidades?

Tenemos que desmontar las sentencias categóricas del tipo: "La biblioteca será digital o no será". ¿Quién lo dice, y en qué se basa para realizar semejante afirmación? ¿Qué intereses subyacen bajo esa declaración? ¿Se trata de una hipótesis o de una tesis comprobada? ¿Se han explorado otros caminos?

Repitámoslo una vez más: se trata de sacudir la pereza mental y ejercitar un poco el pensamiento crítico [7].

 

Notas

[1] En el ámbito estrictamente bibliotecario y crítico, a la lista pueden sumarse David Linton (vid. p.ej. The Pro-Machine Bias. Progressive LIbrarian, 4, Winter 1991/1992, pp. 7-16), John Buschmann (vid. p.ej. Information technology, power structures and the fate of librarianship. Progressive Librarian, 6-7, Winter/Spring 1993, pp. 15-29), Roma Harris (vid. p.ej. Service undermined by technology. Progressive Librarian, 10-11, Winter 1995/1996, pp. 5-22) y John Budd (vid. p.ej. Technology and library and information science. Progressive Librarian, 10-11, Winter 1995/1996, pp. 43-59).

[2] Riechmann, Jorge (2016). Peces fuera del agua. Tegueste (Tenerife): Baile del Sol.

[3] Tecnoloxía, opresión e participación. XXXI Semana Galega de Filosofía. "Filosofía e revolución" (Pontevedra, 21-25 de abril de 2014). [En línea].

[4] Europa Press / EP Social, 21.04.2014. [En línea].

[5] Vid. Greenfield, Patricia (2009). Technology as Informal Education: What is Taught, What is Learned. Science, 323 (5910), pp. 69-71, para un ejemplo (entre muchos) en el campo educativo. El trabajo resalta, además, la pérdida de capacidad de análisis y de pensamiento crítico provocada por las nuevas tecnologías.

[6] Riechmann, Jorge (2015). Autoconstrucción. La transformación cultural que necesitamos. Madrid: Los Libros de la Catarata.

[7] Sobre la aplicación del pensamiento crítico en las disciplinas del libro y la información, vid. p.ej. Spencer, J; Millson-Martula, C. (eds.) (2009). Critical Thinking within the Library Program. Londres, Nueva York: Routledge.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 14.02.2017.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la tercera parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Un faro, un puerto

Servidores de servidores

Un faro, un puerto (II)


 

La tecnología es un sirviente útil, pero un amo peligroso.

Christian L. Lange. Historiador y politólogo noruego (1869-1938). De su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz (1921).


Nos estamos convirtiendo en los sirvientes de pensamiento y acción de las máquinas que creamos para servirnos.

John Kenneth Galbraith. Economista y diplomático canadiense (1908-2006). De The New Industrial State (1967).


Como ha sucedido en casi todos los campos de la actividad humana, a lo largo de la historia el mundo del libro y la información ha ido recibiendo el aporte de los más variados avances tecnológicos [1]: desde distintos soportes para los signos hasta diferentes instrumentos de impresión y reproducción en papel, diferentes calidades de tinta y de materiales de encuadernación, múltiples esquemas de paginación e indización, y diversos sistemas de catalogación y clasificación. Cada uno de esos avances no deja de ser una herramienta que viene a sumarse a un conjunto ya existente para desarrollar, mejorar o ampliar algún aspecto o alguna función determinada de la disciplina, de acuerdo a criterios concretos. Un medio (y no un fin en sí mismo) para alcanzar un objetivo, que introduce a su vez nuevas posibilidades –pero también nuevos límites y restricciones–, que permite una serie de transformaciones, y que comporta una serie de riesgos.

A lo largo de la historia, las novedades fueron abriéndose paso muy lentamente y con enormes dificultades, y antes de sustituir parcial o totalmente a las herramientas existentes hasta ese momento (lo cual, por cierto, no las desacreditaba en absoluto [2]) convivieron con ellas durante siglos. Sin embargo, en las últimas décadas vivimos en un estado de renovación permanente en el que se suceden actualizaciones e incompatibilidades de manera acelerada.

La llamada "revolución digital" ha aportado un masivo caudal de innovaciones que han sido adaptadas, con mayor o menor éxito, al campo bibliotecario: instrumentos de digitalización o de producción digital nativa, memorias de almacenamiento, redes de intercambio de datos, formatos de compresión de archivos, programas de gestión y análisis de información, redes y espacios virtuales que recolectan y organizan conocimiento, y un largo etcétera. La irrupción en escena de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTICs) ha producido en algunos sectores una suerte de agitación efervescente y algo triunfalista que, con escasas reflexiones o evaluaciones, llama a enterrar una "era antigua" y a embarcarse en una "era nueva" en la que esas herramientas, en constante evolución y desarrollo, solucionarán los problemas irresolutos y mejorarán lo existente. Semejante invitación –plagada de falacias lógicas que pocos se molestan en contraargumentar o desmontar– configura un relato interesado, manipulador y absolutamente sesgado, que suele complementarse con descalificaciones más o menos veladas a las tecnologías y metodologías precedentes.

Ocurre que la actual revolución digital se diseña, se construye y se conduce desde y dentro de un marco capitalista. La mayor parte de las novedades tecnológicas son pensadas, creadas y distribuidas como productos y servicios mercantilizados [3]. No sólo eso: muchos bienes y valores intangibles, hoy codificados a través de esas tecnologías –conocimiento, información, comunicación, creatividad–, también se están mercantilizando a pasos agigantados. Podría decirse que, aunque no hayan sido creadas para ello, las NTICs son parte activa en la commodification y cosificación del patrimonio cultural de los pueblos.

La publicidad y la mercadotecnia promueven el consumo masivo (y acrítico) de estos productos y servicios. Se los vende precisamente como la llave hacia un mundo digital y virtual, conectado y ubicuo, veloz y preciso, eficiente... No se habla de la obsolescencia programada y la sostenibilidad, ni se explican o sugieren los precios y los costes (sociales y ambientales), las consecuencias, los problemas o las posibles alternativas a su uso: mientras más rápido se realice la transición hacia ese mundo ideal(izado), mientras antes se lleve a cabo la sustitución de lo "viejo" por lo "nuevo", y mientras menos preguntas se hagan durante el proceso, mejor.

Mejor para los delirios de la tecnociencia contemporánea. "No se pregunta si hay necesidad, si se quiere. Se pregunta: ¿se puede hacer? Y si se pude hacer, se hace; y luego se encuentra la necesidad o se crea una" [4].

Y así, en el abrazo incondicional a las sucesivas y aceleradas novedades que este presente en perpetua reinvención tiene para ofertar, sucumbimos a la servidumbre voluntaria [5] y al sonambulismo tecnológico [6].

 

Notas

[1] Estos aportes suelen llegar en oleadas y denominarse "cambios tecnológicos" y "revoluciones tecnológicas"; por lo general, los primeros son paquetes pequeños y los segundos, grandes (en consonancia con la tercera ley de la tecnología de Kranzberg).

[2] Cf. la teoría de la evolución tecnológica del checo Radovan Richta y sus implicaciones. Vid. asimismo las teorías de progreso tecnológico y su vínculo con las hipótesis socio-económicas de Joseph Schumpeter (y las de los autores modernos que siguen sus lineamientos).

[3] Cf. la teoría de Luis Suárez-Villa sobre tecnocapitalismo (p.ej. en sus libros Technocapitalism, 2009, y Globalization and Technocapitalism, 2012).

[4] Castoriadis, Cornelius (2007). Democracia y relativismo. Madrid: Trotta.

[5]«Reconociendo como real el peligro del "camino de servidumbre", y reconociendo que de hecho se han materializado ya "dictaduras sobre las necesidades" que buscaban legitimarse apelando a ideales de liberación y florecimiento humano, parece sin embargo que también debe prestarse atención a Herbert Marcuse cuando escribe que "no es sólo 'totalitaria' una coordinación política terrorista de la sociedad, sino también una coordinación técnico-económica no terrorista que opera a través de la manipulación de las necesidades por intereses creados". En las sociedades del capitalismo tardío obran sistemas complejos de manipulación y control, incluyendo las sutiles redes de la propaganda comercial, a los que no resultaría exagerado calificar de totalitarismo flexible.» Riechmann, Jorge (coord.) (1998). Necesitar, desear, vivir. Sobre necesidades, desarrollo humano, crecimiento económico y sustentabilidad. Madrid: Los Libros de la Catarata.

[6] "Los hábitos, las percepciones, el concepto de uno mismo, las ideas de espacio y tiempo, las relaciones sociales y los límites morales y políticos, se han reestructurado fuertemente en el curso del desarrollo tecnológico moderno. Lo fascinante de este proceso es que las sociedades involucradas han alterado con rapidez algunos términos fundamentales de la vida humana sin aparentemente haberlo hecho. Se han producido grandes transformaciones en la estructura de nuestro mundo común sin tener en cuenta lo que implicaban dichas alteraciones. Se han emitido juicios acerca de la tecnología desde un punto de vista estrecho: si un nuevo elemento satisface una necesidad en particular, funciona mejor que su predecesor, produce beneficios o proporciona un servicio conveniente. Sólo más tarde se aclara el significado más amplio de la elección, típicamente en la forma de 'efectos colaterales' o 'consecuencias secundarias'. Sin embargo, parece que es característico de la relación de nuestra cultura con la tecnología el hecho de que rara vez estamos inclinados a examinar, discutir o juzgar inminentes cambios con amplia y plena conciencia de lo que éstos implican. En el terreno técnico repetidamente nos involucramos en diversos contratos sociales cuyas condiciones se revelan sólo después de haberlos firmado. Podría parecer que el punto de vista que estoy sugiriendo es propio de un determinismo tecnológico [...] Según mi punto de vista, una noción más reveladora es la de 'sonambulismo tecnológico', ya que el interesante enigma de nuestros tiempos es que caminamos sonámbulos de buen grado a través del proceso de reconstrucción de las condiciones de la existencia humana". Winner, Langdon (2008). La ballena y el reactor. Una búsqueda de los límites en la era de la alta tecnología. 2.ed. Barcelona: Gedisa.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 07.02.2017.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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