28 feb. 2017

Un faro, un puerto

Anzuelos del consumismo

Un faro, un puerto (V)


 

El Partenón es patrimonio de la humanidad. ¿Y las tecnologías? ¿Y la ciencia? ¿De quién son patrimonio? ¡De quien las compra! La ciencia y las tecnologías tienen que ser patrimonio de la humanidad. Hay una falsificación de la democracia ahí mismo, ya en eso tan decisivo.

Antonio Gamoneda. Poeta español (1931-). De una entrevista en Revista Luzes (2014) [1].


Una vez que empieza a rodar una nueva tecnología, si no eres parte de la apisonadora, eres parte de la carretera.

Stewart Brand. Escritor estadounidense (1938- ). De The Media Lab: Inventing the Future at MIT (1987).


Las nuevas tecnologías no son un bien público, de acceso libre y abierto, al alcance de todos. Suelen ser, sí, un muy buen negocio.

Incluso para usar plataformas virtuales libres o programas open source es necesario, además de disponer de electricidad, contratar un servicio de Internet y tener un equipo informático que cumpla unas determinadas características. Características siempre cambiantes, merced a esa "obsolescencia programada" que las convierte en algo anticuado el día después de haber salido al mercado [2] y que obliga a ser consumidores eternos de hardware y software (y a estar continuamente enchufados a la red eléctrica). No en vano el modelo de desarrollo tecnológico en discusión aquí es parte esencial del núcleo duro del actual sistema capitalista, una estructura absolutamente desquiciada, inhumana e irracional que no duda en arrasar los recursos naturales del planeta [3] y en hundir en la miseria o condenar a una esclavitud encubierta a la mayor parte de la población mundial para que la restante tenga un "nuevo objeto del deseo" que devorar con avidez [4].

¿Cuál es el coste de las nuevas tecnologías, de los dispositivos móviles, de las redes y servidores digitales? ¿Cuál es el coste de su producción, de su mantenimiento, de su uso, de su descarte?

Y por "coste" entiéndase no sólo el económico, sino también el social, el medioambiental, el ético si se quiere...

Las estadísticas que establecen lo mucho que se necesitan ciertos servicios y determinados productos, y los "estudios científicos" que anuncian su popularidad y avalan y alaban sus excelentes cualidades son elaborados (siguiendo una metodología que nadie se preocupa en analizar o cuestionar, por cierto) por las mismas compañías que los producen, o las derivadas y asociadas que los distribuyen. Que la ciudadanía es continuamente influenciada/manipulada en el seno de una "sociedad de consumo" realmente desbocada ya no es (o no debería ser) un secreto o una sorpresa para nadie: en el ámbito bibliotecario, muchas de las revistas profesionales, de los cursos de capacitación y de los congresos profesionales son sufragados por las más poderosas empresas del sector de la información. Detrás de elementos tan simples como la carpeta de un seminario (que recuerda visualmente quién es la "marca líder en libros y comunicación") o tan complejos como los conceptos, estrategias e ideologías instilados en workshops de actualización y en artículos divulgativos, hay una serie de conglomerados empresariales que moldean expectativas y comportamientos ad líbitum, y que oyen arrobados cómo suena la caja registradora cada vez que se hace click en una página web, cada vez que se abre un blog, cada vez que se postea en Facebook hablando sobre ellos, cada vez que se contrata un servicio de base de datos o se compra un equipo de escaneo, cada vez que se apuesta por determinada marca de lectores de libros digitales...

Así las cosas, al adquirir, al consumir, al recomendar y al promover desde las bibliotecas determinados servicios/productos tecnológicos raramente se estaría respondiendo a sus necesidades o a las de sus usuarios, sino creando otras nuevas que vendrían a engrasar el motor de producción capitalista mencionado más arriba. Ya lo señala, nuevamente, Jorge Riechmann en Peces fuera del agua:

 

Todo empresa, nada fuera de la empresa. Todo tecnología orientada a la dominación, nada fuera de la tecnología. Todos entornos virtuales de realidad digital, nada fuera de la realidad virtual. Todo total totalitario. Pero, ¿no te das cuenta de que el ser humano sobra en el mundo que están preparando para ti?

 

Notas

[1] Otero, Eloísa (2014). Antonio Gamoneda. "Desconfío definitivamente do poder". [Entrevista]. Revista Luzes, 11, octubre. [En línea].

[2] Sobre obsolescencia programada y obsolescencia percibida puede verse, p.ej., el documental Comprar, tirar, comprar (Cosima Dannoritzer, 2011) o algunas secciones de Zeitgeist: Moving Forward (Peter Joseph, 2011). Asimismo pueden consultarse artículos como el de J. Bulow (An economic theory of planned obsolescence. The Quarterly Journal of Economics, 101 (4), 1986, pp. 729-749) o el texto de B. London, escrito en 1932 (Ending the depression through planned obsolescence).

[3] "Cuando unimos todos los puntos entre nuestros estilos de vida de alta tecnología y la red eléctrica, aparece una huella de carbono del tamaño de la de la industria aeroespacial". High-tech consumerism, a global catastrophe happening on our watch. The Conversation. [En línea].

[4] Entre los muchos documentos que tratan el tema puede verse, p.ej., los documentales The true cost (Andrew Morgan, 2015) sobre las consecuencias de la industria de la moda, o Earthlings (Shaun Monson, 2005) sobre las industrias alimenticias. En relación a la comercialización de la información, puede consultarse p.ej. a Henry Blanke, Libraries and the commercialization of information: Towards a critical discourse of librarianship (Progressive Librarian, 2, Winter 1990/1991, pp. 9-14).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la quinta parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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