28 mar. 2017

Palabras ancladas 03

Historias enlazadas, escribas inmortales

Palabras ancladas (III)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 03" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 10, nº 46, septiembre-octubre de 2016). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Cháng'ān, capital de la China de la dinastía Suí. Nueve amigos se reúnen por la noche en el jardín de una casa y, tras disfrutar de unas tazas de vino de arroz, se enzarzan en complejos debates sobre lo que siglos más tarde se llamaría "lingüística" y "fonología": sobre las distintas formas de pronunciar el chino de las tierras del norte y las del sur, sobre los sonidos del pasado y del presente, sobre los estándares y las normas...

En el año 601, dos décadas después de esas animadas sobremesas en Cháng'ān (hoy Xī'ān, capital de la provincia de Shănxī), uno de esos amigos, Lù Făyán (581-618), puso por escrito todas las ideas que allí se discutieron en un "diccionario de rimas" que se volvería célebre: el Qièyùn.

Se llama diccionario o libro de rimas (yùnshū) a un tipo de antiguo glosario que recogía la pronunciación recomendada de cada carácter monosilábico chino. Siguiendo el método fănqiè, cada uno de esos caracteres iba acompañado de otros dos: uno para indicar cómo sonaba el inicio de la sílaba (que comenzaba con la misma consonante que el carácter analizado) y otro para mostrar cómo lo hacía el final. Los caracteres se presentaban ordenados por tono o rima (es decir, según su sonido) en lugar de por radical (según su morfología), como hacen los diccionarios actuales.

El Qièyùn fue, pues, una de las primeras guías para la correcta pronunciación de la lengua china. El libro, que buscaba normalizar el idioma y conciliar las distintas tradiciones literarias y poéticas del norte y el sur del Imperio, se convirtió en referencia obligatoria, especialmente con el florecimiento de la poesía clásica durante la dinastía Táng (618-907).

En el transcurso de esos tres siglos, el texto recibió el aporte de numerosos intelectuales. En el 677 fue anotado por Zhăngsūn Nèyán, y en el 706 fue revisado por Wáng Rénxù, que presentó su versión como Kānmiù bŭquē qièyùn ("Qièyùn corregido y ampliado"). En el 751 fue republicado por Sūn Miăn como Tángyùn ("Rimas de los Táng"). Finalmente, fue incorporado dentro de los (todavía existentes) diccionarios de rima Guăngyùn (ca. 1007) y Jíyùn (ca. 1037), durante la dinastía Sòng (960-1279).

Pero, de todos los colaboradores, fue Wú Căiluán la que más contribuyó a apuntalar la celebridad del Qièyùn.

Interesados en la normalización de la lengua del Imperio, los regentes de la dinastía Táng contrataron a los mejores calígrafos para producir copias del Tángyùn (el Qièyùn "mejorado") que permitieran su estudio. Las más apreciadas y famosas fueron las de la calígrafa Wú Căiluán (ca. 830-845): una de ellas fue guardada por el emperador Huīzōng –él mismo, un calígrafo– en la biblioteca palaciega, y allí permaneció hasta 1926, cuando parte de esa colección siguió al depuesto emperador Pŭyí a Tiānjīn y luego a Zhăngchūn, capital del estado-títere japonés de Mănzhōuguó. Tras la rendición japonesa de 1945, el manuscrito pasó a manos de un tratante de libros de Zhăngchūn. Y en 1947 dos académicos dieron con él en un mercado de libros de Liúlíchăng, en Běijīng, y comprobaron que el renombre que se habían ganado aquellos trazos estaba bien merecido.

Wú Căiluán fue una mujer envuelta en leyendas. Se decía de ella que era una inmortal taoísta del condado de Púyáng (provincia de Hénán), hija del también inmortal Wu Meng. ¿O acaso era una sacerdotisa taoísta que alcanzó la inmortalidad? Hay varias versiones. Al parecer, hacia el final de la era taihe del emperador Wénzōng de Táng (827-835), la noche del Solsticio de Invierno, la muchacha enamoró al joven Wen Xiao, un estudioso de la prefectura de Zhōnglĭng (en la actual provincia de Jiāngxī). Él la requebró y ella terminó revelándole su identidad como inmortal; no había finalizado la frase cuando un trueno partió el cielo y una voz la condenó a una vida (equivalente a un siglo) de destierro en el reino de los mortales. La pareja se casó y se quedó a vivir en Zhōnglĭng. Pero Wen Xiao era muy pobre, de modo que fue ella la que tuvo que mantener el hogar haciendo copias del Tángyùn. Hacia el 842 empezó a llamar la atención por su hermosa caligrafía y porque, con sus poderes sobrehumanos, era capaz de escribir varios cientos de miles de caracteres en un solo día, superando en calidad a los más avezados calígrafos y en productividad a un ejército de escribas. Unos dicen que, harta de habladurías y sospechas, Wú Căiluán montó en un tigre y volvió al cielo; otros, que se refugió junto a su esposo en la montaña de Yuewang. Entre los dos se ganaron la vida dando clases a niños, pero nuevamente despertaron la curiosidad de los demás, de modo que una noche de tormenta desaparecieron para siempre.

Wú Căiluán se convirtió así en un verdadero mito: aún hoy se la representa como una "santa" taoísta, a lomos de un tigre. Mucha gente de Zhōnglĭng aseguraba tener muestras de su escritura de estilo kăishū. Al menos trece piezas suyas están incluidas en el índice Xuān héshū pŭ, que enumera y describe las caligrafías conservadas en la colección palaciega de los Sòng (960-1279). Otras tantas, atribuidas a su mano, se conservan en el Gùgōng Bówùyuàn (Museo del Palacio) en Běijīng. Su historia aparece en varias fuentes, siendo Chén Yuánjìng en Suì shí guăng jì ("Vastos registros de la estación anual") quien la narra de manera más detallada.

Todas las referencias a las copias del Tángyùn de Wú Căiluán escritas desde la dinastía Sòng a la Qīng (1644-1911) coincidían en señalar que algunos de esos ejemplares estaban encuadernados siguiendo la técnica de "hojas en torbellino" (xuànfēng zhuāng). Debido a la escasez de documentos que describieran siquiera esa encuadernación, su investigación se convirtió en una especie de búsqueda del Grial (y el manuscrito de la calígrafa inmortal, en una de las piezas claves de esa búsqueda). Recién en 1980 Lǐ Zhìzhōng encontró una copia del Tángyùn en el Museo del Palacio de Běijīng; aunque había sido re-encuadernada, permitió desvelar el misterio y hacerse una idea básica del aspecto de las "hojas en torbellino".

Pero esa es otra historia. Enlazada con muchas más, como toda historia de libros que se precie.

 

Referencias

Cleary, Thomas (1996). Immortal Sisters. Secret Teachings of Taoist Women. Berkeley: North Atlantic Books.

Chen, Shangjun; Lee, Lily Xiao Hong (2014). Wu Cailuan. En Wiles, Sue; Lee, Lily (eds.). Dictionary of Chinese Women. Volume II: Tang through Ming, 618-1644. [University of Hong Kong Libraries Publications, 25]. Londres, Nueva York: Routledge.

Weitz, Ankeney (2002). Zhou Mi's Record of Clouds and Mist Passing Before One's Eyes. Ab Annotated Translation. Leiden: Brill.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Caligrafía china, estilo kăishū (enlace).

El texto corresponde al artículo "Historias enlazadas, escribas inmortales", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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21 mar. 2017

Los muchos caminos 03

Antecedentes, antecesores

Los muchos caminos (III)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Camino 03" de la columna trimestral del autor titulada "Los muchos caminos", incluida en De bibliotecas y bibliotecarios. Boletín electrónico ABGRA (Argentina, 8 (4), 2016). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Si hortum in bibliotheca habes, nihil deerit [trad. aprox. Si tienes un jardín y una biblioteca, no te faltará de nada].

Marco Tulio Cicerón. Epistulae ad Familiares (libro IX, epístola 4). Escrita a Terencio Varrón el 13 de junio del 46 a.C.

 

Los caminos que me he propuesto recorrer y describir en estas líneas no aparecieron de la noche a la mañana, frutos de un misterioso acto de creación. Fueron abiertos paso tras paso, huella sobre huella. Algunos –ya lo hemos visto en la entrada anterior de esta columna– son meras trochas que pocos se animan a recorrer; otros, por el contrario, son verdaderos bulevares, de todos conocidos y por todos visitados.

Todos ellos, todos los senderos que atraviesan nuestro mundo bibliotecario, tienen unos antecedentes, una historia: el relato de las aventuras y desventuras de nuestros antecesores, de sus descubrimientos y desengaños, de sus éxitos y sus errores. Si hoy estamos donde estamos, tanto en términos teóricos como prácticos, es por ellos y por los pasos que decidieron dar. O no.

Esas memorias están amontonadas en un pequeño rincón de nuestra geografía profesional. Uno que muy pocos se molestan en conocer a fondo.

No estoy hablando (solo) de la clásica "historia del libro" tan cansinamente enseñada y aprendida en nuestras aulas. Se trata de una historia del "libro" tal y como lo definió el cubano Jorge Aguayo y de Castro: cualquier material que pueda ser soporte del conocimiento. Se trata del relato del devenir de cada uno de esos elementos a lo ancho del mundo, en las distintas sociedades humanas, a lo largo de todos y cada uno de los siglos en los que tales sociedades se dedicaron a escribir. Y se trata de las opciones que fueron conservadas, pero también de las que fueron descartadas. Porque sin las segundas, las primeras probablemente no existirían.

Es la historia de los distintos materiales, formatos y tamaños usados para atrapar los saberes, y de los cientos de tipos de encuadernaciones que permitieron llevarlos de un lado para el otro con mayor facilidad y usarlos sin roturas ni desgastes. La de la búsqueda de tintas y de otros medios que lograran mantener las palabras escritas o impresas mejor aferradas al papel, o al pergamino, o a la madera, sosteniéndose allí un año más, una década más. La de los escribientes e impresores (los japoneses descritos por Munsterberg, los de la Inglaterra medieval de Clanchy, los de la América colonial de Medina...) junto a la de los fabricantes y tratantes de papeles, los diseñadores de fuentes, los fundidores de tipos de imprenta, y los creadores de marcas de agua y logotipos. La de los ilustradores y grabadores, la de los encuadernadores –contada por Brassington, entre tantos otros–, la de los decoradores. También la de los libreros y los coleccionistas, compradores y vendedores de un bien a la vez preciado y precioso.

Y, por supuesto, es la historia de la biblioteca y de sus guardianes. Una historia que no siempre fue un canto a la libertad, precisamente. Porque la biblioteca fue el depósito de unos conocimientos celosamente custodiados, a los que solo una elite tenía acceso. En cinco milenios de vida, los ejemplos de biblioteca realmente "pública" comenzaron a aparecer hace un par de siglos: lejos de ser la regla, la situación que hoy conocemos es la excepción, históricamente hablando. Y esa es una parte del relato que es preciso conocer, porque, en última instancia, la etapa que viven hoy muchas unidades públicas es auténticamente revolucionaria con respecto a las anteriores.

Se trata de la historia de una institución que estuvo presente en muchos otros sitios además de las tan trilladas Alejandría, Pérgamo o Nínive (por ejemplo en Timbuktu, como mostraron Jeppie y Diagne). Que tuvo muchas formas diferentes y únicas de expresarse, como se desprende de trabajos como los de Baratin y Jacob, Laubier y Rosser, Lerner o Staikos. Que a veces no estuvo encadenada, por cierto, ni fue prisionera de unas elites. Que no siempre tuvo un cuerpo físico: muchas residieron (y residen) en la memoria de juglares y trovadores. Y que no almacenó solo libros. Que echó raíces en un determinado suelo o viajó de aquí para allá a lomos de animales o a las espaldas de muchas personas. Que fue víctima de persecuciones, controles y censuras, que necesitó de permisos y de agradecimientos a los poderosos que daban la venia. Es la historia de prohibiciones, y de los contrabandos que las burlaban. También es la historia –reflejada en numerosos volúmenes, desde Raven a Knuth, pasando por Báez– de quemas, saqueos y robos, de ataques deliberados, y de destrucciones tan totales y con resultados tan abyectos que hoy se las denomina "memoricidios".

Es la historia de las restricciones y barreras que se le impuso al saber, y la de las que impuso la propia biblioteca. A sus lectores, y a aquellos que jamás pudieron serlo. Es la historia de las luchas que lograron que la biblioteca sea lo que es hoy, por muchos retazos del pasado –elitismos, clasismos, machismos, academicismos, racismos– que hayan quedado enquistados en algunas de sus estructuras.

Es una historia de arte e ideas, de cultura y de investigación, pero también de personas. Sobre todo de personas: anónimas las más, unas pocas con nombres a recordar. Es una historia que, siendo parte intrínseca de las disciplinas del libro y la información –auténtico cimiento de su identidad–, no debería ser dejada únicamente en manos de especialistas de otras áreas del saber. Debería ser una rama importante de nuestra profesión y no una mera curiosidad, o una materia a estudiar y olvidar tras aprobar un examen. Debería apasionar, debería provocar curiosidad y asombro, sencillamente porque es una historia apasionante, curiosa, asombrosa... Porque de allí venimos. Porque, salvando todas las distancias que haya que salvar, hoy seguimos haciendo mucho de lo que hicieron aquellos antecesores nuestros.

Es, en definitiva, la historia de papeles y cartones, de telas y cueros, de discos y bits. Es nuestra historia, enmarañada, llena de vericuetos y de contradicciones. ¿A qué esperamos para hacerla nuestra? ¿A qué para agregar un eslabón más a la cadena, y una página más al relato?

 

Referencias

[Se citan los textos usados por el autor. Algunos de ellos ya están traducidos al castellano].

Báez, Fernando (2004). Historia universal de la destrucción de libros. Barcelona: Destino.

Baratin, Marc; Jacob, Christian (eds.) (1996). Le pouvoir des bibliothèques. La mémoire des livres en Occident. París: Albin Michel.

Brassington, W. Salt (1894). A History of the Art of Bookbinding. Londres: Stock.

Clanchy, M. T. (2013). From Memory to Written Record. England 1066-1307. Oxford: Wiley-Blackwell.

Fischer, Steven Roger (2001 / 2002 / 2003). A History of Writing / A History of Language / A History of Reading. Londres: Reaktion Books.

Fishburn, Matthew (ed.) (2008). Burning Books. Nueva York: Palgrave Macmillan.

Jeppie, Shamil; Diagne, Souleymane B. (eds.) (2008). The meanings of Timbuktu. Ciudad del Cabo: HSRC Press.

Knuth, Rebecca (2006). Burning Books and Leveling Libraries: Extremist Violence and Cultural Destruction. Londres: Praeger.

Laubier, Guillaume de, Rosser, Jacques (2003). Bibliothèques du monde. París: Éditions de La Martinière.

Lerner, Frederick A. (1998). The Story of Libraries. From the Invention of Writing to the Computer Age. Nueva York: Continuum.

Medina, José Toribio (1968). Historia de la imprenta en los antiguos dominios españoles de América y Oceanía. Santiago de Chile: Fondo Histórico y Bibliográfico J.T. Medina.

Munsterberg, Hugo (1982). The Japanese Print. A Historical Guide. Nueva York: Weatherhill.

Raven, James (ed.) (2004). Lost Libraries. The Destruction of Great Book Collections since Antiquity. Nueva York: Palgrave Macmillan.

Staikos, Konstantinos Sp. (2000). The Great Libraries. From the Antiquity to the Renaissance. New Castle (DE): Oak Knoll Press.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: "The Forgotten Libraries of the Sahara" [Las bibliotecas olvidadas del Sahara, (Mauritania)], por Michael Huniewicz. The Travel Stories (enlace).

El texto corresponde al artículo "Antecedentes, antecesores", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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14 mar. 2017

Un faro, un puerto

Un faro, un puerto

Un faro, un puerto (y VII)


 

El libro es la máquina tecnológicamente más eficiente que el hombre haya inventado.

Northrop Frye. Crítico y teórico literario canadiense (1912-1991).


La cultura moderna consiste en que las agujas magnéticas de todas las brújulas se han vuelto locas y señalan en todas las direcciones al gusto de cualquier explorador que se haya extraviado en su propia niebla.

Manuel Vicent. Escritor y periodista español (1936- ). De "Sin brújula" (En El País, enero de 2015).


En un mundo actual convulso y apresurado, dominado por el tecnocapitalismo y el consumismo e inmerso en una crisis socio-ecológica sin parangón en la historia humana, los profesionales de las disciplinas del libro y de la información deberían repensar su rol en la sociedad –como personas y como profesionales– desde una perspectiva crítica y realista, y ocuparse de revisarlo, de volver a formularlo y de afianzarlo.

Por su parte, la biblioteca, punta de lanza a veces, trinchera en la que resistir otras, tendría que servir de faro, de referencia sólida en el complejo universo del conocimiento, y de puerto seguro al que volver para aquellos que se aventuran por los mares (ciertamente tempestuosos) de la innovación.

La comunidad bibliotecaria debería cultivar una actitud paciente, activa y vigilante, capaz de evaluar las herramientas novedosas y, de ser útiles, hacerlas suyas con rigor y madurez profesional. Y, de no serlo, descartarlas sin mayor inconveniente.

Esa comunidad debería ser consciente del valor humanista de su labor y del importante papel que desempeña en la sociedad, y hacer pedagogía para que los demás –esos usuarios a los que sirve, y esas autoridades que deciden su destino– aprecien y valoren esa labor y ese papel. Seguir la corriente y el rebaño, abrazar la ceguera o la estupidez colectiva, lanzarse con la comunidad al vacío, u obedecer órdenes necias no es de ayuda alguna. Todo lo contrario: contribuye a una imparable suma de pérdidas.

Debería comprometerse con unos valores éticos y cívicos, y fomentarlos con su ejemplo y a través de sus servicios. Debería trabajar como un colectivo sólido y unido para oponerse a las políticas que obligan a degradar la cultura conservada en las bibliotecas y los cualificados servicios que en ellas se ofrecen. Debería denunciar los abusos y las presiones, y rechazar las formas de evaluación cuantitativa que convierten la provisión de información y saber en un negocio de porcentajes y parámetros fallidos. Y debería luchar para mantener puestos de trabajo de calidad, en donde primen la formación, el conocimiento, el debate y el pensamiento crítico, y no los espejismos electrónico-digitales, el mercantilismo capitalista, las vanas promesas de un futuro brillante y el palabrerío que busca ocultar los vacíos cada vez más inocultables.

La comunidad bibliotecaria debería ser capaz de seguir haciendo su trabajo de acuerdo a sus propias condiciones y convicciones, y no a las del mercado, los lobbies empresariales o el "mundillo" profesional cooptado por las corporaciones monopólicas tecnocráticas. Debería recuperar el control de todas sus tareas, y reflexionar sobre su quehacer, sus motivos, los medios y los fines. Debería investigar, buscar nuevas formas de articular teoría y praxis, fomentar el pensamiento crítico...

Si los bibliotecarios no se hacen de nuevo con el control de su profesión y establecen unas claras prioridades, seguirán corriendo eternamente detrás de la carnada de la novedad (tecnológica o no). Seguirán engañándose (y engañando a sus usuarios) sobre las posibilidades de desarrollo infinito en un mundo finito cada vez más al límite; sobre la capacidad de la tecnología para solucionar todos nuestros problemas; sobre las crecientes desigualdades y las nuevas brechas que soporta la sociedad; y sobre la posibilidad de escapar de las consecuencias indeseables de algunas acciones.

Y, sobre todo, seguirán con la vista puesta en un hipotético mañana que puede no llegar, dando la espalda a un presente que ya está aquí y que necesita de toda su atención.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la séptima y última parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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7 mar. 2017

Un faro, un puerto

Pérdidas

Un faro, un puerto (VI)


 

Para una lista de todas las formas en las que la tecnología no ha mejorado la calidad de vida, por favor pulse tres.

Alice Kahn. Escritora estadounidense (1943- ).


Durante mucho tiempo, éramos sencillamente personas. Pero eso fue antes de que empezásemos a tener relaciones con sistemas mecánicos. Involúcrate con una máquina y, tarde o temprano, serás reducido a un factor.

Ellen Goodman. Periodista estadounidense (1941- ). De "The Human Factor" (En The Washington Post, enero de 1987).


El empleo continuado de nuevas tecnologías está teniendo un claro efecto negativo sobre la vida cotidiana de sus usuarios y sobre el entramado social del cual forman parte. Desde el muy denunciado aislamiento producido por los teléfonos móviles y los sistemas de mensajería instantánea hasta las pérdidas de privacidad, la falta de ejercicio de la lectura sostenida y del pensamiento autónomo [1], o la ausencia de análisis crítico y de valores éticos en la relación con los demás y con el entorno, las nuevas tecnologías acarrean un número considerable de problemas que una biblioteca querrá, sin duda, valorar con calma.

Por ende, además de encontrar respuestas para preguntas como "¿para qué se quieren determinadas tecnologías?" o "¿a qué coste?", es preciso plantearse: "¿hasta dónde se está dispuesto a llegar con el uso de esas tecnologías y con las consecuencias del mismo? ¿Qué herramientas tecnológicas se desean apoyar –e incluso promover– y qué otras se pretenden evitar?"

Es innegable que, por muchas líneas rojas que se tracen, el mundo va a seguir su camino. Los usuarios de la biblioteca utilizan y seguirán utilizando activamente (y, podría decirse, continuamente) unas determinadas herramientas tecnológicas, sin importar los problemas que acarreen. Pero la biblioteca no está obligada a imitarlos de forma automática, o a plegarse acríticamente a sus tendencias, mucho menos a sacarles ventaja en su "carrera hacia el futuro". Y el hecho de que algunos de esos usuarios "abandonen la biblioteca" y se decanten por aquello que les ofrecen las NTICs no significa que la biblioteca esté haciendo mal su trabajo o que tenga la obligación de transformarse en "otra cosa" [2] –¿en qué, realmente?– para responder a las expectativas de unos individuos que, por cierto, no siempre las tienen demasiado claras de por sí.

Sin embargo, en contra de toda lógica, una parte importante del diseño actual de políticas y servicios bibliotecarios (un proceso que aparece reflejado en conferencias, artículos, cursos y otros documentos) parece correr constantemente detrás de los lectores-usuarios-clientes-visitantes-consumidores para ver qué hacen, para averiguar a qué nueva moda se han sumado, para "mantener el paso" y para intentar, de ser posible, adivinar cuál será su próximo movimiento y no "perderlos". Lejos de limitarse a mantenerse [tecnológicamente] actualizadas de forma sensata y moderada, muchas bibliotecas han introducido en sus servicios desde chats a videojuegos, pasando por opciones que incluyen lo inservible y lo ridículo.

Al parecer importa poco los recursos que haya que destinar (a menudo detrayéndolos de otras partidas) o las renuncias que ello implique: el objetivo es mantener "enganchado" al usuario. Sobre todo porque –triste es decirlo– del cumplimiento de dicho objetivo y del logro de determinados "resultados" depende la supervivencia de algunas bibliotecas y de no pocos puestos de trabajo, gracias a modernos "sistemas de evaluación" que miden el desempeño de estas instituciones con criterios empresariales.

De esta manera, son muchísimas las bibliotecas que ni resisten ni se oponen a (o luchan contra) un paradigma absolutamente mercantilista que ha desprovisto a los ciudadanos de pensamiento propio, los ha enchufado a una pantalla, los ha aislado en una burbuja haciéndoles creer que están más comunicados que nunca, y les ha dicho que toda la información que puedan necesitar está en la red y que ni siquiera necesitan pensar ni moverse porque todo está a un click de distancia. Un paradigma que ofrece un nuevo "opio": el de la automatización de tareas, el de la inmediatez, el de la simultaneidad, el de la conectividad, el de la velocidad... Un paradigma cuyos valores e ideas fundamentales se muestran peligrosamente opuestos a los de una bibliotecología, crítica, socialmente comprometida y responsable.

Por el contrario, tales bibliotecas han aceptado el modelo (y sus productos) y se han adaptado a él buscando su nicho y ocupándolo, en ocasiones desvirtuándose hasta volverse irreconocibles. A veces lo han hecho a la fuerza, acuciadas por la necesidad; otras, seducidas por los cantos de sirena posmodernos.

Cada renuncia, cada cesión que se haga, cada pequeño palmo de terreno que la biblioteca pierda no significa únicamente la progresiva apertura de un "vacío" a nivel social y comunitario (vacío replicado en ámbitos como la educación y la cultura en general). Para los bibliotecarios implica, además, un paso adelante en la degradación de una profesión cada día más desvalorizada [3].

Mientras no se cuestione en profundidad ese paradigma, a sus forjadores y propulsores y a sus defensores y perpetuadores, se seguirá apoyando (o siendo cómplice de) un esquema social y culturalmente empobrecedor. Se seguirán superando límites y, con cada superación, la biblioteca perderá valor como institución, como lugar de formación, como base de cultura y de diversidad, como reservorio de conocimiento, como espacio de ocio constructivo y de capacitación continua. Pues cada casillero que avancen la tecnocracia y el mercantilismo es uno que retrocederán los principios y valores que la bibliotecología más básica dice defender, la misión última que pretende cumplir y las responsabilidades éticas que intenta respetar.

 

Notas

[1] Vid. Greenfield, Patricia (2009). Technology as Informal Education: What is Taught, What is Learned. Science, 323 (5910), pp. 69-71. El trabajo resalta la pérdida de capacidad de análisis y de pensamiento crítico provocada por las nuevas tecnologías.

[2] Vid. Civallero, Edgardo (2015). De modernidades y sostenibilidades. [En línea].

[3] El perfil laboral del bibliotecario profesional ha ido modificándose a lo largo de las últimas dos décadas. Esos cambios (comenzando con el de nombre, pues "bibliotecario" ha quedado aparentemente desfasado, y parece obligatorio el uso de denominaciones cada vez más inverosímiles) han sido vendidos por la mercadotecnia como "reinvención profesional". Tal reinvención, sin embargo, no ha conducido a una mejora (ni siquiera salarial) sino, por el contrario, a una sucesión de pérdidas sustanciales, tanto cualitativas como cuantitativas. Una breve revisión a las ofertas laborales actuales muestra que no pocos bibliotecarios han debido convertirse en tipeadores de datos en sistemas informáticos, en escaneadores de libros y en community managers con ciertas dotes para localizar información que no pueda ubicarse a través de Google con facilidad. Los recortes presupuestarios, los cierres de bibliotecas, los despidos masivos, la "reformulación", "reinvención" o "reconversión" de la biblioteca como institución, la tercerización de los servicios y la mercantilización de los productos bibliotecarios se suman a un empobrecimiento general de la profesión y de la disciplina.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la sexta parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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