7 mar. 2017

Un faro, un puerto

Pérdidas

Un faro, un puerto (VI)


 

Para una lista de todas las formas en las que la tecnología no ha mejorado la calidad de vida, por favor pulse tres.

Alice Kahn. Escritora estadounidense (1943- ).


Durante mucho tiempo, éramos sencillamente personas. Pero eso fue antes de que empezásemos a tener relaciones con sistemas mecánicos. Involúcrate con una máquina y, tarde o temprano, serás reducido a un factor.

Ellen Goodman. Periodista estadounidense (1941- ). De "The Human Factor" (En The Washington Post, enero de 1987).


El empleo continuado de nuevas tecnologías está teniendo un claro efecto negativo sobre la vida cotidiana de sus usuarios y sobre el entramado social del cual forman parte. Desde el muy denunciado aislamiento producido por los teléfonos móviles y los sistemas de mensajería instantánea hasta las pérdidas de privacidad, la falta de ejercicio de la lectura sostenida y del pensamiento autónomo [1], o la ausencia de análisis crítico y de valores éticos en la relación con los demás y con el entorno, las nuevas tecnologías acarrean un número considerable de problemas que una biblioteca querrá, sin duda, valorar con calma.

Por ende, además de encontrar respuestas para preguntas como "¿para qué se quieren determinadas tecnologías?" o "¿a qué coste?", es preciso plantearse: "¿hasta dónde se está dispuesto a llegar con el uso de esas tecnologías y con las consecuencias del mismo? ¿Qué herramientas tecnológicas se desean apoyar –e incluso promover– y qué otras se pretenden evitar?"

Es innegable que, por muchas líneas rojas que se tracen, el mundo va a seguir su camino. Los usuarios de la biblioteca utilizan y seguirán utilizando activamente (y, podría decirse, continuamente) unas determinadas herramientas tecnológicas, sin importar los problemas que acarreen. Pero la biblioteca no está obligada a imitarlos de forma automática, o a plegarse acríticamente a sus tendencias, mucho menos a sacarles ventaja en su "carrera hacia el futuro". Y el hecho de que algunos de esos usuarios "abandonen la biblioteca" y se decanten por aquello que les ofrecen las NTICs no significa que la biblioteca esté haciendo mal su trabajo o que tenga la obligación de transformarse en "otra cosa" [2] –¿en qué, realmente?– para responder a las expectativas de unos individuos que, por cierto, no siempre las tienen demasiado claras de por sí.

Sin embargo, en contra de toda lógica, una parte importante del diseño actual de políticas y servicios bibliotecarios (un proceso que aparece reflejado en conferencias, artículos, cursos y otros documentos) parece correr constantemente detrás de los lectores-usuarios-clientes-visitantes-consumidores para ver qué hacen, para averiguar a qué nueva moda se han sumado, para "mantener el paso" y para intentar, de ser posible, adivinar cuál será su próximo movimiento y no "perderlos". Lejos de limitarse a mantenerse [tecnológicamente] actualizadas de forma sensata y moderada, muchas bibliotecas han introducido en sus servicios desde chats a videojuegos, pasando por opciones que incluyen lo inservible y lo ridículo.

Al parecer importa poco los recursos que haya que destinar (a menudo detrayéndolos de otras partidas) o las renuncias que ello implique: el objetivo es mantener "enganchado" al usuario. Sobre todo porque –triste es decirlo– del cumplimiento de dicho objetivo y del logro de determinados "resultados" depende la supervivencia de algunas bibliotecas y de no pocos puestos de trabajo, gracias a modernos "sistemas de evaluación" que miden el desempeño de estas instituciones con criterios empresariales.

De esta manera, son muchísimas las bibliotecas que ni resisten ni se oponen a (o luchan contra) un paradigma absolutamente mercantilista que ha desprovisto a los ciudadanos de pensamiento propio, los ha enchufado a una pantalla, los ha aislado en una burbuja haciéndoles creer que están más comunicados que nunca, y les ha dicho que toda la información que puedan necesitar está en la red y que ni siquiera necesitan pensar ni moverse porque todo está a un click de distancia. Un paradigma que ofrece un nuevo "opio": el de la automatización de tareas, el de la inmediatez, el de la simultaneidad, el de la conectividad, el de la velocidad... Un paradigma cuyos valores e ideas fundamentales se muestran peligrosamente opuestos a los de una bibliotecología, crítica, socialmente comprometida y responsable.

Por el contrario, tales bibliotecas han aceptado el modelo (y sus productos) y se han adaptado a él buscando su nicho y ocupándolo, en ocasiones desvirtuándose hasta volverse irreconocibles. A veces lo han hecho a la fuerza, acuciadas por la necesidad; otras, seducidas por los cantos de sirena posmodernos.

Cada renuncia, cada cesión que se haga, cada pequeño palmo de terreno que la biblioteca pierda no significa únicamente la progresiva apertura de un "vacío" a nivel social y comunitario (vacío replicado en ámbitos como la educación y la cultura en general). Para los bibliotecarios implica, además, un paso adelante en la degradación de una profesión cada día más desvalorizada [3].

Mientras no se cuestione en profundidad ese paradigma, a sus forjadores y propulsores y a sus defensores y perpetuadores, se seguirá apoyando (o siendo cómplice de) un esquema social y culturalmente empobrecedor. Se seguirán superando límites y, con cada superación, la biblioteca perderá valor como institución, como lugar de formación, como base de cultura y de diversidad, como reservorio de conocimiento, como espacio de ocio constructivo y de capacitación continua. Pues cada casillero que avancen la tecnocracia y el mercantilismo es uno que retrocederán los principios y valores que la bibliotecología más básica dice defender, la misión última que pretende cumplir y las responsabilidades éticas que intenta respetar.

 

Notas

[1] Vid. Greenfield, Patricia (2009). Technology as Informal Education: What is Taught, What is Learned. Science, 323 (5910), pp. 69-71. El trabajo resalta la pérdida de capacidad de análisis y de pensamiento crítico provocada por las nuevas tecnologías.

[2] Vid. Civallero, Edgardo (2015). De modernidades y sostenibilidades. [En línea].

[3] El perfil laboral del bibliotecario profesional ha ido modificándose a lo largo de las últimas dos décadas. Esos cambios (comenzando con el de nombre, pues "bibliotecario" ha quedado aparentemente desfasado, y parece obligatorio el uso de denominaciones cada vez más inverosímiles) han sido vendidos por la mercadotecnia como "reinvención profesional". Tal reinvención, sin embargo, no ha conducido a una mejora (ni siquiera salarial) sino, por el contrario, a una sucesión de pérdidas sustanciales, tanto cualitativas como cuantitativas. Una breve revisión a las ofertas laborales actuales muestra que no pocos bibliotecarios han debido convertirse en tipeadores de datos en sistemas informáticos, en escaneadores de libros y en community managers con ciertas dotes para localizar información que no pueda ubicarse a través de Google con facilidad. Los recortes presupuestarios, los cierres de bibliotecas, los despidos masivos, la "reformulación", "reinvención" o "reconversión" de la biblioteca como institución, la tercerización de los servicios y la mercantilización de los productos bibliotecarios se suman a un empobrecimiento general de la profesión y de la disciplina.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la sexta parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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