Libros y lecturas indígenas 02

Voces robadas

Libros y lecturas indígenas (II)


 

[Una versión de este texto fue publicada como segunda entrada de la columna del autor titulada "Libros y lecturas indígenas", incluida en el Observatorio Iberoamericano del Libro, la Lectura y las Bibliotecas del CERLALC (abril de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Las colecciones de conocimiento y materiales culturales indígenas presentan retos específicos para las bibliotecas, los archivos y otros servicios de información, derivados de las complejas condiciones históricas, culturales, legales y políticas bajo las cuales tales colecciones fueron establecidas. Al aceptar estos retos, reconocemos que existen diferentes tradiciones de gestión del conocimiento y que hay diferentes perspectivas y racionalidades de preservación, acceso y uso en juego. Los individuos indígenas [...] plantean cada vez un mayor número de cuestiones sobre temas como la propiedad, el acceso y el control, y quieren verse más involucrados en el proceso de documentación, presentación y representación. Estos reclamos son difíciles porque generalmente dejan al descubierto las circunstancias políticas e históricas que llevaron al desarrollo de las colecciones en primer lugar (Wendland, 2008 : 2).

 

En la conferencia "Curating with Community", el bibliotecario Damien Webb, de la Biblioteca Estatal de Western Australia, señala que, en líneas generales, los fondos de las bibliotecas han sido construidos para hablar sobre los pueblos indígenas, pero no para ellos o con ellos.

No se trata de un fenómeno nuevo. En la anterior entrada de esta columna (titulada "Breve recorrido de cinco siglos") se hacía un repaso de la historia del libro en lenguas indígenas en América Latina y se constataba que, al menos hasta mediados del siglo XX, tales volúmenes en ningún caso fueron escritos o publicados para usuarios indígenas, es decir, con la intención de que fueran leídos por miembros de las distintas sociedades originarias del continente. Esos libros hablaban sobre tales sociedades, las describían ―con los sesgos de rigor, lamentablemente aún vigentes― e incluso intentaban explicarlas; el público al cual iban dirigidos era, en principio, la comunidad religiosa (pues los tempranos volúmenes en/sobre lenguas indígenas fueron indispensables y eficaces herramientas para la evangelización) y, más tarde, el reducido sector de la sociedad europea y americana que manejaba las destrezas de la lecto-escritura y que observaba lo indígena desde fuera y desde lejos.

Si bien en las últimas décadas ha habido un incremento de publicaciones para los grupos aborígenes, escritas desde su propio marco (es decir, con ellos y/o por ellos), todavía se trata de un hecho minoritario en un universo editorial que sigue dominado por sectores de la población que mira lo indígena como un elemento atrasado (al que a menudo se acusa de no querer modernizarse, de no querer el desarrollo) que debe ser "civilizado".

Dentro del mainstream, los libros relacionados con culturas nativas siguen hablando sobre ellas. Y siguen describiéndolas e intentando explicarlas (infructuosamente, por cierto). Muy pocas veces se les da la palabra a los protagonistas de tales volúmenes: con un poco de suerte, se les presta para que se expresen como "entrevistados" o como "testigos", actores de segunda categoría en una historia que siempre les escriben otros. En casi todos los casos siguen siendo los observados, los que provocan curiosidad: ese retazo pasado ―teñido de de exotismo primigenio― que aún late en muchas de nuestras tierras latinoamericanas, y que, desde el punto de vista oficialista, está (o debería estar) condenado a desaparecer bajo el peso del progreso.

En su mayor parte, las bibliotecas alimentan sus fondos y colecciones precisamente con los productos del mainstream: concretamente, los del mercado editorial. Y diseñan sus políticas de adquisición y préstamo según las directrices e intereses de entidades superiores, tanto educativas como gubernamentales. De modo que a la hora de decidir qué contenidos desean almacenar y exponer en sus estanterías y catálogos, las bibliotecas ―no importa su categoría ni su tamaño― suelen encontrarse con unas posibilidades prácticamente pre-diseñadas, pre-definidas y pre-decididas.

Cierto es que existe un circuito alternativo, no-oficial, en el que se producen y distribuyen libros y otros materiales que intentan escapar a la fuerza centrípeta del sistema hegemónico y su discurso. Cierto es, también, que la red de redes proporciona una ventana que permite asomarse a otros mundos, otros pensamientos y otras opiniones, hasta hace poco tan minoritarios (o minorizados) que apenas si podían ser escuchados. Pero son pocas las unidades bibliotecarias que, gustosa y voluntariamente, incursionan en aquel o incorporan una mirada crítica ante las potencialidades y los límites de la red. El formateo y el modelado al que son continuamente sometidas parece impedirles considerar como viables, serias y respetables otras fuentes, modelos y experiencias de información que no sean las establecidas.

Es menester no olvidar que, amén de tratarse de una institución generalmente dependiente de (y controlada por) instancias superiores, la biblioteca ―tal y como se la entiende hoy― es una herencia directa del régimen colonial: un elemento europeo introducido en América, basado en un formato determinado (la escritura), en una cultura y unas lenguas concretas (las dominantes) e incluso en un género y unos estratos sociales particulares. Junto con la escuela, fue (y sigue siendo, en no pocos casos) una de las herramientas más potentes de aculturación y presión colonialista en toda América.

A la hora de plantear programas de lectura y servicios bibliotecarios en el seno de sociedades con presencia nativa (y muy pocos países latinoamericanos carecen de ella) es preciso, en primer lugar, fomentar la publicación de materiales producidos por los propios autores indígenas, y/o para esos sectores, propiciando especialmente las ediciones desde instancias gubernamentales y oficiales. Y, en segundo lugar, lograr que esa producción encuentre su espacio en las bibliotecas públicas y escolares a través de políticas y acciones concretas.

Y sí: también pueden publicarse materiales sobre las culturas indígenas. Al fin y al cabo, en América Latina (pero no solo allí) siguen siendo grandes desconocidas: sus lenguas, sus historias, sus narrativas, sus sistemas de creencias... Pero convendría dejarle la pluma ―o el teclado, que para el caso es lo mismo― a los propios protagonistas. Nadie mejor que ellos para contar lo que es preciso contar.

 

Lecturas

Civallero, Edgardo (2007). Bibliotecas en comunidades indígenas: Guía de acción y reflexión. Córdoba (Argentina): Wayrachaki Editora. [En línea].

Graniel Parra, Mª del Rocío (comp.) (2001). Encuentro Latinoamericano sobre la Atención Bibliotecaria a las Comunidades Indígenas. México: UNAM/IFLA.

IFLA/CAAAP (2003). Acceso a los servicios bibliotecarios y de información en los pueblos indígenas de América Latina. Lima: IFLA/CAAAP.

Webb, Damien (2015). Curating with Community. En IFLA WLIC 2015 - Cape Town, South Africa. [En línea].

Wendland, W. (2008). Libraries, Intellectual Property and Traditional Cultural Expressions: Balancing Access and Control. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 25.04.2017.

Foto: Estudiantes del pueblo Rarámuri (México) (enlace).

El texto corresponde al artículo "Voces robadas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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Palabras habitadas 03

Rutas acuáticas del saber

Palabras habitadas (III)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como tercera entrega de la columna mensual del autor titulada "Palabras habitadas", incluida en El Quinto Poder (Chile, abril de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Entre las muchas formas que la palabra –escrita o hablada– encontró para moverse a lo largo y a lo ancho de Abya Yala, una de las más llamativas fue a bordo de barcos. Barcos de todo tipo, surcando todo tipo de aguas.

Algunas sociedades originarias del continente no tuvieron más opciones para mover sus saberes que hacerlo a golpe de timón. Los Qawásqar y los Yámana, los llamados "pueblos canoeros" que habitaron las islas y canales más meridionales del sur del continente, alrededor de la Isla Grande Tierra del Fuego, pasaban la mayor parte de sus vidas a bordo de sus embarcaciones, hechas de troncos ahuecados o de cortezas atadas. Para ellos la realidad se desarrollaba sobre una barca, al ritmo que marcaba un remo. Dos elementos –para los Qawásqar, kájef y jemóxar; para los Yámana, ánan y áppi– que ayudaron a que sus tradiciones, sus relatos y sus conocimientos se desperdigaran por lo cientos de islotes y fiordos que jalonan aquella parte del mundo.

Otro tanto ocurrió con los Evueví o Payaguá, los mal llamados "piratas" del alto Paraná y el Paraguay, en el Chaco central y boreal. Para ellos las canoas arganaak movidas por los puntiagudos remos laraja eran prácticamente su hogar. Como lo fueron para algunos grupos humanos de las cuencas del Amazonas y el Orinoco: esas cuyos caños, riachos y afluentes componen una verdadera red caminera, por demás densa y extensa.

Con la llegada europea, los "pueblos canoeros" desaparecieron, exterminados por las enfermedades, las armas y el desprecio. Pero muchos saberes –incluyendo algunos pertenecientes a esas extintas sociedades navegantes– continuaron refugiados entre los pocos o muchos metros de eslora que hubiera entre proas y popas. Piraguas y botes siguieron llevando y trayendo noticias por mar y por río, por ribera y por brazo. Hasta hoy. En nuestra América no son pocos los cuenteros y narradores que aún surcan las aguas y acarrean relatos y sucedidos de acá para allá. No son pocas las historias que trazan sus orígenes, todavía, corriente arriba o corriente abajo de un determinado lugar.

El libro –la palabra escrita– también se movió con los barcos. Desde Europa, primero, sorteando las muchas censuras, barreras y prohibiciones. Y, poco a poco, desde las grandes urbes coloniales, allí donde se ubicaban las imprentas (menos las jesuíticas, perdidas en el altiplano o en la selva), los libreros, las editoriales... Desde entonces no ha dejado de navegar, y en su estela hay que situar varias bibliotecas nómadas, portátiles.

A finales del siglo pasado se desarrolló brevemente un proyecto de "bibliobotes" en los ríos Marañón y Santiago (Perú), como colaboración entre la Biblioteca Nacional del Perú y el Consejo Aguaruna y Huambisa (López, 1997:155).

En Venezuela, en 1987, la Biblioteca Pública del estado Amazonas (BPA) empleó una lancha de 5 m de eslora para responder a las necesidades de ciertas comunidades en las que no podía establecerse una biblioteca estable. La "bibliolancha" navegó así por el río Orinoco y por los brazos Sipapo, Cuao, Atabajo y Casiquiare, llevando tanto libros como actividades culturales.

Para 1992, y en colaboración con la Fundación Polar, la BPA lanzó el "bibliobongo", una embarcación mayor que la anterior con la que se pretendió dar servicio bibliotecario a comunidades de los pueblos Uwottuja (piaroa), Wakuenai (baniva, curripaco) y Jivi o Sikuani (guahibo). El barco, de 17 m de eslora, estaba construido a la usanza indígena, con corteza de palo mure moldeada, encofrada en madera de palo sasafra y pintada con anticorrosivo; disponía de un techo de zinc cubierto de palma, con el cual se protegían los materiales bibliográficos de las copiosas lluvias de la región. Recorrió los ríos Orinoco y Negro, y los brazos Sipapo, Cuao, Atabajo, Casiquiare y Maniapiare. Y como su antecesora, además de lecturas ofreció a sus usuarios actividades como títeres, cine, espectáculos circenses, juegos tradicionales y cooperativos, etc. (Jiménez Fernández, 2007).

Cinco años después, la BPA botó la "bibliofalca", una embarcación aún mayor que el bongo, con espacio suficiente para tener dormitorio, baños y bodega, además del servicio bibliotecario en sí. Partiendo desde Puerto Venado y San Fernando de Atabapo cubrió las rutas Orinoco-Ventuari, Orinoco-Guaviare y Orinoco-Río Negro (Pérez Redondo, 2007).

Ninguno de esos tres proyectos funciona en la actualidad. Pero sirvieron de ejemplo para muchos otros que se desarrollaron después en diferentes lugares, algunos de los cuales continúan en marcha.

Al archipiélago de Solentiname, una treintena de islas e islotes ubicados en el extremo sureste del Gran Lago de Nicaragua (o Cocibolca), llega el "bibliobote" cargado de libros cada dos semanas, desde 2012.

Un servicio similar de "bibliobote" es el que ofrece Antonio Beltrán Mosquera, quien, en una embarcación de madera llena de morrales y cajas, distribuye libros en las comunidades negras e indígenas más apartadas del municipio Carmen del Darién, en el departamento del Chocó, sobre la costa pacífica colombiana.

Mucho más al sur, la "bibliolancha" de Quemchí recorre las costas nororientales de la isla de Chiloé desde mayo de 1995. La "bibliolancha" es parte de la Biblioteca Pública "Edwing Langdon" nº 151 de la localidad de Quemchí, liderada por Teolinda Higueras; con ella se busca llevar lectura hasta las islas Chauques, lugares de muy difícil acceso. Durante mucho tiempo el servicio distribuyó los libros navegando con naves prestadas por el Servicio de Salud y la Armada chilena. En 2015 fue incorporada a la Red de Bibliomóviles de Chile, y desde 2016 puede trabajar con una embarcación propia (SNBP, 2015).

Finalmente, en Argentina, allí donde desemboca el río Paraná abriéndose en los mil brazos de un delta cerca de la ciudad de Buenos Aires, navega otra "bibliolancha". Tiene su base en la Biblioteca Popular "Santa Genoveva" del arroyo Felicaria, en la segunda sección de islas del municipio bonaerense de San Fernando. Desde principios de 1999 la lancha –de 8 m, y cargada con dos millares de ejemplares– complementa las labores de la biblioteca. Actualmente 14 escuelas dependen de ella (APU, 2016).

Los motores han sustituido a los fuertes brazos de los remeros Payaguá, y los materiales sintéticos, a las cortezas de haya de los marineros fueguinos. Pero las rutas acuáticas, como antaño, siguen atravesando todas las fronteras. Lo saben bien los chamanes Shipibo –auténticas bibliotecas vivientes y móviles de su pueblo– que remontan año tras año la corriente del Ucayali, en Perú, en busca de la mágica ayahuasca.

 

Lecturas

Aguilera F., Oscar (1978). Léxico Kawésqar-Español, Español-Kawésqar. Boletín de Filología de la Universidad de Chile, 29, pp. 7-149.

APU [Agencia Paco Uriondo] (2016). Libros, isleños y navegantes. Cultura, 6 de agosto. [En línea].

Jiménez Fernández, Conchi (2007). Cuando el río suena, BiblioBongo a la vista: las bibliotecas en el estado de Amazonas (Venezuela). Mi biblioteca, 3 (11), otoño, pp. 94-99.

López, Carmen (1997). Leer por leer: pasando a en limpio tres ejercicios de producción de materiales en lenguas indígenas. Pueblos Indígenas y Educación, 39-40, enero-julio, p. 151-176.

Pérez Redondo, Oskar Pablo (2007). Bibliofalca. Innovadora experiencia bibliotecaria en las comunidades indígenas del Orinoco medio. Caracas: UNICEF. [En línea].

SNBP (Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas) (2015). Bibliolancha de Quemchí celebrará su cumpleaños nº 20 con una fiesta cultural. [En línea].

Vogel, Oliver; Zárraga, Cristina (2010). Yágankuta. Pequeño diccionario Yagán. Upušwáea: Vogel y Zárraga.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 18.04.2017.

Foto: Viaje en canoa, cuenca amazónica, Perú (enlace).

El texto corresponde al artículo "Rutas acuáticas del saber", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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Los muchos caminos 04

Indígena

Los muchos caminos (IV)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Camino 04" de la columna trimestral del autor titulada "Los muchos caminos", incluida en De bibliotecas y bibliotecarios. Boletín electrónico ABGRA (Argentina, 9 (1), 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Suele hacerse la observación de que la historia es escrita por los vencedores de batallas y los conquistadores de pueblos. Un corolario implícito –aunque raramente tenido en cuenta– es que son esos vencedores y conquistadores los que recogen, organizan y proveen el acceso a esas historias, y a todos los materiales escritos. A lo largo de la historia moderna, los europeos y sus descendientes han sido los vencedores y conquistadores ... de gran parte del mundo habitado. Como resultado, los bibliotecarios de Occidente han dedicado su tiempo y energías a categorizar, clasificar y hacer accesible el conocimiento escrito producido por esa clase "dominante" de la sociedad occidental.

Gilman, Isaac. From Marginalization to Accessibility: Classification of Indigenous Materials. Faculty Scholarship (Pacific University Library). Paper 6, 2006, p. 2.

 

América Latina es el hogar de numerosas sociedades con orígenes y rasgos asaz diversos: grupos humanos que llevan milenios viviendo en ella conviven junto a otros que, en términos relativos, acaban de llegar y la han adoptado como su propia tierra. Escenario de conquistas, migraciones, batallas, mestizajes y verdaderas campañas de exterminio, el continente terminó convirtiéndose en un crisol de palabras, pieles, creencias y pensamientos. Muchos pueblos conservan todas sus raíces; a otros no les ha quedado ni el recuerdo de haberlas tenido. Y entre ambos extremos se despliega un amplio abanico de posibilidades.

Para aquellas sociedades que tienen un vínculo especial con el lugar que las cobija –por su larga permanencia en él a través de las generaciones– y que poseen unos rasgos culturales distintivos, y para todos sus herederos, se utilizan varias etiquetas, que permiten la (auto)identificación, pero que también funcionan como marcas de "otredad". Entre tales etiquetas, probablemente la más difundida (y, al mismo tiempo, una de las más debatidas y menos comprendidas) sea "indígena".

Ya sea usado por propios para definir y fortalecer su identidad particular, ya por extraños para señalar (e incluso estigmatizar) a grupos que llevan sufriendo presiones, desprecios y olvidos desde hace siglos, "indígena" es un término que ha adquirido alguna visibilidad, especialmente tras las últimas cuatro décadas, un periodo durante el cual numerosos movimientos sociales y políticos han reclamado por los derechos de esos grupos.

En un escenario, el latinoamericano, en donde se combinan pasados llenos de cicatrices, presentes confusos y futuros inciertos, las bibliotecas abren sus puertas dispuestas a proporcionar sus servicios. Incluyendo, en algunos contados casos, los "servicios bibliotecarios para comunidades indígenas".

Este último es un camino profesional –e incluso académico– que, si bien era inexistente hasta hace poco, está siendo explorado, transitado y (lentamente) ampliado.

Teóricamente, parecería que habría poco que decir sobre este tipo de trabajo con poblaciones originarias. Una biblioteca –sobre todo una biblioteca pública– tiene que proveer servicios a todos sus usuarios por igual, respetando sus características propias, sus derechos e idiosincrasias. Por simple estadística demográfica, en América Latina es altamente probable que entre tales usuarios se encuentren personas pertenecientes a uno o más grupos indígenas. Por ende, una biblioteca debe servir, naturalmente, a usuarios nativos.

El caso es que pocas veces ha sido así. De ahí que se haya creado una etiqueta especial para este tipo de labor y sus distintos abordajes.

No ha sido así, por un lado, porque son muchos los pueblos aborígenes que no fueron y aún siguen sin ser vistos como parte de las diferentes sociedades nacionales, sino como agregados externos, extraños, ininteligibles, despreciables y dignos de olvido. En Latinoamérica, en concreto, el racismo y la discriminación contra ellos pueden alcanzar virulencias inusitadas.

Por el otro, porque la biblioteca presta unos servicios de acuerdo a sus posibilidades, y dado que esas posibilidades suelen verse limitadas por numerosos factores, las actividades se constriñen para responder a un perfil de usuario "genérico", es decir, mayoritario. E, indefectiblemente, en ese perfil no suele verse incluida ninguna minoría, del tipo que sea.

Aún más: incluso en sociedades en donde el perfil mayoritario resulte ser el indígena, la biblioteca como institución carga con tantos sesgos históricos –entidad proveniente de Europa, centrada en la escritura, difusora de una determinada cultura y de ciertos autores– que parece verse incapacitada, al menos conceptualmente, para responder a determinadas necesidades.

Una somera revisión de la historia de la biblioteca añade a todo lo dicho que la institución ha estado a menudo –y, en cierta forma, lo sigue estando– al servicio del vencedor y del poderoso. El control de la biblioteca y otros centros de documentación permite ejercer poder sobre la memoria, sobre el discurso y sobre la información. Por lo general, los derrotados son invisibilizados en esos espacios: no tienen más presencia que la que señala su derrota. Sumado a eso, la biblioteca ha sido utilizada como una pesada herramienta de aculturación/colonización (al igual que la escuela), estableciendo qué es "cultura" y qué no lo es; más que dar salida a los requerimientos de sus usuarios "distintos", la biblioteca ha intentado amoldarlos al patrón dominante. Y, en caso de fracasar en su intento, les ha cerrado sus puertas.

De esta forma, lo que en un principio podría parecer un camino profesional y académico sencillo e incluso algo exótico –servicios bibliotecarios para usuarios pertenecientes a sociedades originarias– terminó por revelarse como un sendero complejo y accidentado. Solo el paciente trabajo de numerosos profesionales (especialmente en Australia, Nueva Zelanda y Canadá, pero también en muchos puntos de América Latina, África e Indochina) ha logrado ir despejando algunas dudas, y ha permitido empezar a analizar y a solucionar problemas, llegar a acuerdos y diseñar proyectos a futuro.

En la actualidad se entiende que para atender a sus usuarios de origen indígena, la biblioteca debe prepararse como lo hace para cualquier otro tipo de visitante con unas características determinadas. Debe estudiar cuáles son las necesidades de esos lectores (siempre en colaboración con la comunidad), debe establecer perfiles de usuario, debe diseñar servicios y actividades de forma conjunta con otros actores socio-culturales locales, debe actuar con respeto y sensibilidad, y debe abrirse a otras posibilidades, a otros patrones de pensamiento y acción, a otras formas de entender el mundo y de transmitir el saber. Y, por sobre todas las cosas, debe dejar de lado los estereotipos, los sesgos, la discriminación, la presión cultural, la invisibilización, la "otredad" y la negación; es decir, debe dejar de ser una herramienta del poderoso y empezar a trabajar para aquel que nunca lo fue.

El diseño de servicios bibliotecarios para usuarios pertenecientes a sociedades originarias se ha convertido hoy en uno más de los muchos caminos de nuestro universo bibliotecario. Pequeño quizás, todavía algo escabroso y, probablemente por eso, una invitación y un desafío para todos aquellos que gusten de cartografiar nuevos terrenos.

 

Referencias

Civallero, Edgardo (2007). Bibliotecas en comunidades indígenas: Guía de acción y reflexión. Córdoba (Argentina): Wayrachaki Editora. [En línea].

Civallero, Edgardo (2007). Bibliotecas indígenas: Revisión bibliográfica y estado actual de la cuestión a nivel internacional. Córdoba (Argentina): Wayrachaki Editora. [En línea].

Civallero, Edgardo (2008). Bibliotecas indígenas en América Latina: Revisión bibliográfica y estado actual de la cuestión. Córdoba (Argentina): Wayrachaki Editora. [En línea].

Civallero, Edgardo (2008). Bibliotecas indígenas en Oceanía: Revisión bibliográfica y estado actual de la cuestión. Córdoba (Argentina): Wayrachaki Editora. [En línea].

Graniel Parra, Mª del Rocío (comp.) (2001). Encuentro Latinoamericano sobre la Atención Bibliotecaria a las Comunidades Indígenas. México: UNAM/IFLA.

IFLA/CAAAP (2003). Acceso a los servicios bibliotecarios y de información en los pueblos indígenas de América Latina. Lima: IFLA/CAAAP.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 11.04.2017.

Foto: Libro elaborado por la comunidad Yanomami (Venezuela). Correo del Orinoco, agosto de 2011 (enlace).

El texto corresponde al artículo "Indígena", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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Libros y lecturas indígenas 01

Breve recorrido de cinco siglos

Libros y lecturas indígenas (I)


 

[Una versión de este texto fue publicada como primera entrada de la columna del autor titulada "Libros y lecturas indígenas", incluida en el Observatorio Iberoamericano del Libro, la Lectura y las Bibliotecas del CERLALC (febrero de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Podría pensarse que las trayectorias de la historia de los libros escritos en lenguas indígenas y la de la lectura entre los pueblos nativos de América Latina hubieran tenido que ser coincidentes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: esas historias comenzaron y se desarrollaron por separado, y solo en tiempos recientes una y otra unieron sus pasos y sus senderos.

Cabe señalar, además, que dicha confluencia no se ha producido del mismo modo en todos los pueblos, e incluso sigue siendo una asignatura pendiente en numerosos lugares.

Para acercarse a los libros y las lecturas indígenas, para conocer sus características y su situación actual y entender muchas de las problemáticas del sector, es preciso reconocer esta diferencia de recorridos e identificar todos los elementos (internos y externos) que mantuvieron ―y, en ciertos casos, aún mantienen― ambos procesos separados.

* * *

A lo largo de su historia, los saberes acumulados por la especie humana hallaron numerosas formas de ser expresados y transmitidos. Incluso antes de la aparición o la adquisición de la escritura, medio que parece el más sólido ―a menudo también el más "natural"― en nuestras sociedades actuales. Y después de ella. Entre esas formas se encuentra la palabra hablada, a través de la cual se difunde una rica tradición oral, una no menos nutrida historia oral, y lo que el lingüista ugandés Pio Zirimu bautizó como oratura (evitando así la contradicción implícita en la expresión "literatura oral").

Antes de la llegada europea, en América ―Abya Yala― los conocimientos se transmitieron sobre todo a través de la oralidad. Hasta entonces, contadas sociedades se habían apoyado en soportes materiales, y cuando lo hicieron ―empleando sistemas pictográficos, como los usados en los códices mesoamericanos, o mnemotécnicos, como los khipu andinos― fue solo para unos determinados contenidos y tuvieron un uso limitado: genealogías e historias, repartos de tierras, mitos fundacionales, datos contables...

A partir de ese momento, las principales lenguas indígenas americanas ―o, al menos, aquellas que lograron sobrevivir a la invasión, la conquista y el proceso colonizador― irían siendo lentamente relevadas y codificadas mediante distintas adaptaciones del alfabeto latino utilizado por los conquistadores. Sin embargo, los conocimientos nativos siguieron transmitiéndose oralmente. Pasarían un par de siglos antes de que las letras, manuscritas o impresas, recogieran las tradiciones propias de las sociedades originarias, y algún tiempo más hasta que esos escritos fueran producidos y/o leídos por los propios indígenas y se convirtieran en verdaderas herramientas para divulgar y perpetuar sus saberes.

En la actualidad, son demasiados los casos en los cuales esa tercera etapa aún no ha tenido lugar.

* * *

Los primeros libros en lenguas indígenas fueron escritos e impresos durante la época colonial. Y fueron, sobre todo, instrumentos para cristianizar.

Las objeciones en torno a la legalidad de la conquista, ocupación y colonización española de los territorios americanos obligó a la monarquía ibérica a justificar su presencia en el continente por un motivo: la evangelización. Una tarea que, para las órdenes religiosas que la asumieron, precisó del aprendizaje de las lenguas locales, requisito indispensable para el trabajo de los misioneros desde los inicios del cristianismo.

La conquista espiritual ―que acompañó la militar― forzó la producción casi simultánea de materiales lingüísticos primero y de textos litúrgicos en hablas locales después, un fenómeno que no se ha dado en ninguna otra época ni en ningún otro lugar. A través de los primeros se estudiaron, recogieron, sistematizaron y describieron las lenguas indígenas y algunas de las expresiones culturales que ellas codificaban. Pero tanto esas obras como las litúrgicas estaban producidas por religiosos para religiosos (en absoluto para indígenas) con el único fin de facilitar la conversión al catolicismo de los pueblos subyugados. Así mismo, a medida que se iba cumpliendo ese objetivo, en las colonias hispanas se impuso el uso del castellano; al respecto, son claras las recomendaciones de Carlos II en 1688, y tajante la cédula de Carlos III del 10 de mayo de 1770. Esta última buscaba "que de una vez se llegue a conseguir el que se extingan los diferentes idiomas, de que se usa en los mismos dominios, y solo se hable el castellano".

A lo largo del siglo XVI, pues, se editaron "artes" y diccionarios (que permitieron a los misioneros el estudio de gramáticas y la adquisición de vocabulario) y traducciones de textos religiosos (doctrinas, catecismos, confesionarios, sermones, misas, etc.) en los idiomas originarios latinoamericanos más importantes. La presencia temprana de la imprenta hizo que los textos no quedaran manuscritos, y que pasaran pronto a letras de molde. Y viceversa: hay una relación directa entre una producción constante de obras para evangelizar y el florecimiento de las primeras imprentas del Nuevo Mundo (México, Lima, misiones guaraníticas...).

Cabe señalar, sin embargo, que existieron notables excepciones a la orientación general de las publicaciones y manuscritos de esos años. Son los casos de algunos religiosos ―fray Bernardino de Sahagún, por ejemplo― que, por distintos motivos (no exentos de intereses creados) recogieron la tradición oral de los conquistados en su versión original. O los de indígenas o mestizos que, enfrentados a la devastación de la conquista, se apropiaron de la escritura para salvaguardar su cultura y, en mayor o menor grado, su lengua: los escritores de los distintos libros del Chilam Balam en México o las "Corónicas" de Felipe Guaman Poma de Ayala en Perú son buenos ejemplos. Pero, como queda dicho, fueron excepciones. Y pocas vieron la imprenta.

Durante el siglo XVII, conforme avanzaba el proceso evangelizador y se extendía el uso del castellano, la elaboración de obras sobre y en lenguas indígenas se fue espaciando en el tiempo, desapareciendo en unos casos y procurando una mayor profundidad de temas ya tratados en otros. Las primeras ―publicaciones sobre idiomas nativos― reaparecerían a lo largo del siglo XIX, tras la independencia de las distintas naciones americanas, con el propósito de documentar el habla de las culturas aborígenes. Pero continuaron reflejando (siempre con excepciones) una mirada externa: esta vez la del antropólogo, el historiador, el lingüista, el folklorista o el literato romántico interesado en tradiciones antiguas o campesinas. Las segundas ―publicaciones en idiomas nativos― tardarían bastante en volverse a ver.

* * *

Es durante el siglo XX ―en líneas generales, a partir de su segunda mitad― cuando los pueblos indígenas latinoamericanos retoman o inician la senda de la emancipación, la reapropiación, el reclamo de derechos y la recuperación cultural. Los idiomas se encuentran entre los principales elementos identitarios a poner en valor, y la escritura y el formato libro resultan ser buenos medios para ello. En muchos casos, idiomas y escritura fueron caballos de batalla en la lucha por el reconocimiento. Hoy son autores indígenas quienes escriben y, no sin dificultades, logran publicar libros en sus lenguas propias; no solo con el objetivo de transmitir los conocimientos tradicionales de sus culturas que puedan ser leídos por otros indígenas (y por cualquier otra persona, evidentemente), sino también con el propósito de desarrollar su propia literatura o sus propios materiales didácticos, o con el de sustentar su propio pensamiento, sus propias posiciones y opiniones. Escritura y lectura comienzan a andar de la mano.

Queda mucho trabajo por hacer: lenguas aún no relevadas, mucho menos escritas; políticas que ignoran sistemáticamente el derecho de las personas a leer en su idioma o a identificar, comprender, recrear, disfrutar, cuidar, preservar, promocionar y transmitir su propio patrimonio intangible; un mercado editorial en el que lo indígena no tiene cabida por minoritario, o en el que sí tiene cabida, pero solo como algo exótico...

Y, sobre todo, quedan muchos prejuicios y muchos mitos que derribar: prejuicios y mitos construidos a lo largo de cinco siglos de presión, colonización y negación cultural, tanto extranjera como local.

 

Lecturas

Mantilla Trolle, Marina; Jiménez Hernández, Nora (coord.) (2007). Fondos del Tesoro. Biblioteca Pública del Estado de Jalisco "Juan José Arreola". Guadalajara (México): Universidad de Guadalajara.

Medina, José Toribio (1958). Historia de la imprenta en los antiguos dominios españoles de América y Oceanía. Tomo I. Santiago de Chile: Fondo Histórico y Bibliográfico J. T. Medina.

Muñoz y Manzano, Cipriano, Conde de la Viñaza (1892). Bibliografía española de lenguas indígenas de América. Madrid: Est. Tipográfico "Sucesores de Rivanedeyra".

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 04.04.2017.

Foto: Códice Boturini (enlace).

El texto corresponde al artículo "Breve recorrido de cinco siglos", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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