Libros y lecturas indígenas 02

Voces robadas

Libros y lecturas indígenas (II)


 

[Una versión de este texto fue publicada como segunda entrada de la columna del autor titulada "Libros y lecturas indígenas", incluida en el Observatorio Iberoamericano del Libro, la Lectura y las Bibliotecas del CERLALC (abril de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Las colecciones de conocimiento y materiales culturales indígenas presentan retos específicos para las bibliotecas, los archivos y otros servicios de información, derivados de las complejas condiciones históricas, culturales, legales y políticas bajo las cuales tales colecciones fueron establecidas. Al aceptar estos retos, reconocemos que existen diferentes tradiciones de gestión del conocimiento y que hay diferentes perspectivas y racionalidades de preservación, acceso y uso en juego. Los individuos indígenas [...] plantean cada vez un mayor número de cuestiones sobre temas como la propiedad, el acceso y el control, y quieren verse más involucrados en el proceso de documentación, presentación y representación. Estos reclamos son difíciles porque generalmente dejan al descubierto las circunstancias políticas e históricas que llevaron al desarrollo de las colecciones en primer lugar (Wendland, 2008 : 2).

 

En la conferencia "Curating with Community", el bibliotecario Damien Webb, de la Biblioteca Estatal de Western Australia, señala que, en líneas generales, los fondos de las bibliotecas han sido construidos para hablar sobre los pueblos indígenas, pero no para ellos o con ellos.

No se trata de un fenómeno nuevo. En la anterior entrada de esta columna (titulada "Breve recorrido de cinco siglos") se hacía un repaso de la historia del libro en lenguas indígenas en América Latina y se constataba que, al menos hasta mediados del siglo XX, tales volúmenes en ningún caso fueron escritos o publicados para usuarios indígenas, es decir, con la intención de que fueran leídos por miembros de las distintas sociedades originarias del continente. Esos libros hablaban sobre tales sociedades, las describían ―con los sesgos de rigor, lamentablemente aún vigentes― e incluso intentaban explicarlas; el público al cual iban dirigidos era, en principio, la comunidad religiosa (pues los tempranos volúmenes en/sobre lenguas indígenas fueron indispensables y eficaces herramientas para la evangelización) y, más tarde, el reducido sector de la sociedad europea y americana que manejaba las destrezas de la lecto-escritura y que observaba lo indígena desde fuera y desde lejos.

Si bien en las últimas décadas ha habido un incremento de publicaciones para los grupos aborígenes, escritas desde su propio marco (es decir, con ellos y/o por ellos), todavía se trata de un hecho minoritario en un universo editorial que sigue dominado por sectores de la población que mira lo indígena como un elemento atrasado (al que a menudo se acusa de no querer modernizarse, de no querer el desarrollo) que debe ser "civilizado".

Dentro del mainstream, los libros relacionados con culturas nativas siguen hablando sobre ellas. Y siguen describiéndolas e intentando explicarlas (infructuosamente, por cierto). Muy pocas veces se les da la palabra a los protagonistas de tales volúmenes: con un poco de suerte, se les presta para que se expresen como "entrevistados" o como "testigos", actores de segunda categoría en una historia que siempre les escriben otros. En casi todos los casos siguen siendo los observados, los que provocan curiosidad: ese retazo pasado ―teñido de de exotismo primigenio― que aún late en muchas de nuestras tierras latinoamericanas, y que, desde el punto de vista oficialista, está (o debería estar) condenado a desaparecer bajo el peso del progreso.

En su mayor parte, las bibliotecas alimentan sus fondos y colecciones precisamente con los productos del mainstream: concretamente, los del mercado editorial. Y diseñan sus políticas de adquisición y préstamo según las directrices e intereses de entidades superiores, tanto educativas como gubernamentales. De modo que a la hora de decidir qué contenidos desean almacenar y exponer en sus estanterías y catálogos, las bibliotecas ―no importa su categoría ni su tamaño― suelen encontrarse con unas posibilidades prácticamente pre-diseñadas, pre-definidas y pre-decididas.

Cierto es que existe un circuito alternativo, no-oficial, en el que se producen y distribuyen libros y otros materiales que intentan escapar a la fuerza centrípeta del sistema hegemónico y su discurso. Cierto es, también, que la red de redes proporciona una ventana que permite asomarse a otros mundos, otros pensamientos y otras opiniones, hasta hace poco tan minoritarios (o minorizados) que apenas si podían ser escuchados. Pero son pocas las unidades bibliotecarias que, gustosa y voluntariamente, incursionan en aquel o incorporan una mirada crítica ante las potencialidades y los límites de la red. El formateo y el modelado al que son continuamente sometidas parece impedirles considerar como viables, serias y respetables otras fuentes, modelos y experiencias de información que no sean las establecidas.

Es menester no olvidar que, amén de tratarse de una institución generalmente dependiente de (y controlada por) instancias superiores, la biblioteca ―tal y como se la entiende hoy― es una herencia directa del régimen colonial: un elemento europeo introducido en América, basado en un formato determinado (la escritura), en una cultura y unas lenguas concretas (las dominantes) e incluso en un género y unos estratos sociales particulares. Junto con la escuela, fue (y sigue siendo, en no pocos casos) una de las herramientas más potentes de aculturación y presión colonialista en toda América.

A la hora de plantear programas de lectura y servicios bibliotecarios en el seno de sociedades con presencia nativa (y muy pocos países latinoamericanos carecen de ella) es preciso, en primer lugar, fomentar la publicación de materiales producidos por los propios autores indígenas, y/o para esos sectores, propiciando especialmente las ediciones desde instancias gubernamentales y oficiales. Y, en segundo lugar, lograr que esa producción encuentre su espacio en las bibliotecas públicas y escolares a través de políticas y acciones concretas.

Y sí: también pueden publicarse materiales sobre las culturas indígenas. Al fin y al cabo, en América Latina (pero no solo allí) siguen siendo grandes desconocidas: sus lenguas, sus historias, sus narrativas, sus sistemas de creencias... Pero convendría dejarle la pluma ―o el teclado, que para el caso es lo mismo― a los propios protagonistas. Nadie mejor que ellos para contar lo que es preciso contar.

 

Lecturas

Civallero, Edgardo (2007). Bibliotecas en comunidades indígenas: Guía de acción y reflexión. Córdoba (Argentina): Wayrachaki Editora. [En línea].

Graniel Parra, Mª del Rocío (comp.) (2001). Encuentro Latinoamericano sobre la Atención Bibliotecaria a las Comunidades Indígenas. México: UNAM/IFLA.

IFLA/CAAAP (2003). Acceso a los servicios bibliotecarios y de información en los pueblos indígenas de América Latina. Lima: IFLA/CAAAP.

Webb, Damien (2015). Curating with Community. En IFLA WLIC 2015 - Cape Town, South Africa. [En línea].

Wendland, W. (2008). Libraries, Intellectual Property and Traditional Cultural Expressions: Balancing Access and Control. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 25.04.2017.

Foto: Estudiantes del pueblo Rarámuri (México) (enlace).

El texto corresponde al artículo "Voces robadas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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