Libros y bibliotecas en Tíbet

El valor de los libros

Libros y bibliotecas en Tíbet (y III)


 

El valor de los libros

Aunque una amplia mayoría de libros tibetanos versaron sobre temas religiosos, también se escribieron muchos documentos históricos, que eran cuidadosamente almacenados en los archivos de Lhasa, y una multitud de libros técnicos, académicos y filosóficos.

Los tomos religiosos solían conservarse en los propios monasterios, en bibliotecas capaces de satisfacer las necesidades de miles de lectores, provistas de hileras e hileras de libros que eran adorados y reverenciados como objetos sagrados. Era tal el valor de la palabra escrita en Tíbet que incluso las stupas podían contener libros: de hecho, en las stupas blancas del monasterio-universidad de Drepung, cerca de Lhasa, se reunieron más de 100.000 versos (Batchelor, 1987).

Algunos lamas se hicieron famosos como "descubridores de textos" o "reveladores de tesoros": buscaban, encontraban, compilaban y publicaban terma, documentos viejos que habían sido escondidos por otros monjes durante los conflictos políticos de la llamada "Era de la Fragmentación" (siglo IX). Si bien algunos de esos escritos "redescubiertos" pudieron ser auténticos, haber estado escondidos y haber sido verdaderamente recuperados, también hubo quien se los inventó como medio para obtener la legitimación que daban los tiempos antiguos. Los textos redescubiertos (reales o ficticios) permitieron la producción de una nueva literatura avalada por la santidad de las tradiciones de antaño. La posesión de estas (u otras) obras "únicas" fue importante para establecer rangos de importancia y estatus entre las distintas escuelas de pensamiento budista tibetano; p.ej. el Rin Chen Gter Mdzod o "Precioso Tesoro de los Textos Ocultos" (más de 25 volúmenes), una masiva compilación de numerosos terma, tuvo una gran relevancia para las escuelas Nyingma y Kagyu (Buswell y Lopez, 2014).

Aunque los aldeanos no conocieran siquiera el alfabeto, solían tener en sus casas un par de libros, los cuales les eran leídos por monjes itinerantes. Además, los sacaban en procesión alrededor de la aldea para garantizar buenas cosechas (Snellgrove y Richardson, 1986). Consideraban un pecado poner algo sobre un libro, y los solían colocar en estantes por encima de su cabeza (Alterman, Alterman y Gewissler, 1987). Para los ricos, poseer una buena biblioteca de textos sagrados era una cuestión de estatus; para los intelectuales, una herramienta de gran ayuda en su práctica espiritual (Knuth, 2004).

 

Caminos a futuro

Como parte de la Revolución Cultural maoísta, el 23 de agosto de 1966, en Lhasa, los Guardias Rojos chinos dieron inicio a la campaña de aniquilación de los sì jiù o "Cuatro Antiguos": los usos antiguos, las costumbres antiguas, la cultura antigua y el pensamiento antiguo (Ting, 1983).

Durante cinco días, el Jokhang fue revisado y destrozado, y sus contenidos fueron incinerados en una enorme hoguera que se mantuvo ardiendo todo ese tiempo (Donnet, 1994; Craig, 1999). Los tesoros que el templo albergaba en su interior, y que no pudieron ser salvados por los tibetanos, se convirtieron en cenizas. Choedon (1978) señala que los invasores "mostraron desprecio por la escritura tibetana y prohibieron cantos y danzas tibetanos. Además, confiscaron objetos y artículos religiosos, y los Guardias Rojos quemaron todas las antiguas escrituras sagradas".

Las hogueras volvieron a arder un año después, cuando los monasterios fueron atacados y sus bienes, quemados públicamente (Donnet, 1994). Estos actos se presentaron como "espectáculos" bajo banderas rojas, con fanfarrias de trompetas y tambores; los propios tibetanos fueron forzados a demoler muchos templos mientras descomunales hogueras consumían sus seculares bienes (Bosmajian, 2006).

Mucho se ha escrito sobre el atroz memoricidio perpetrado en Tíbet. Helman-Ważny (2014) lo resume así:

 

Es bien sabido que la situación política [de Tíbet] en el siglo XX no sólo provocó el desplazamiento de un gran número de libros tibetanos, entre otros objetos del patrimonio cultural, sino que el desplazamiento también tuvo un gran impacto en su estado de conservación. La presencia actual de tantos libros tibetanos en colecciones occidentales no se debe a que fueron vendidos o desechados voluntariamente por sus propietarios tibetanos originales; por el contrario, es directamente atribuible a la reciente invasión china de Tíbet, la posterior destrucción de un alto porcentaje de sus monasterios, y la muerte o desarraigo de muchos practicantes budistas.

La significativa destrucción de los monasterios tibetanos y la devastación de sus colecciones centenarias de libros y manuscritos tuvieron consecuencias de largo alcance. Pues el destino de los libros y de los otros materiales textuales perdidos estaba entrelazado con el de las personas.

 

La mayoría de los libros que lograron salvarse de la destrucción fueron trasladados a la India por los integrantes de la diáspora tibetana (vid. Dharmananda, 2000). En la actualidad, buena parte se encuentran en la Library of Tibetan Works and Archives (LTWA, Biblioteca de Obras y Archivos Tibetanos), fundada en 1970 por el gobierno en el exilio del Dalái Lama en Dharamshala (estado de Himachal Pradesh, norte de la India). Durante la década de los 70, numerosas instituciones a lo largo y ancho del mundo cedieron copias y originales de obras tibetanas para ayudar a repoblar los estantes de la LTWA y para que se pudieran reeditar y reimprimir trabajos perdidos (Neterowicz, 1989).

Con la aparición de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y el fenómeno de las redes digitales, se han puesto en marcha varias iniciativas internacionales para recuperar, recopilar y digitalizar el acervo documental tibetano. En ellas participan muchas bibliotecas universitarias y estatales de Europa y América del Norte que disponen, en sus colecciones, de manuscritos procedentes de Tíbet.

Hoy por hoy, y a pesar de las prohibiciones, de los olvidos y de la insoportable presión cultural a la que aún se ven sometidos, los tibetanos continúan teniendo una enorme estima y un profundo respeto por su palabra escrita. Son conscientes de que los libros fueron uno de los sostenes de su cultura, de su fe y de su identidad a través de los tiempos. Y han aprendido –de la forma más dura, triste es decirlo– que el destino de esos volúmenes y el suyo propio están, en efecto, íntimamente entrelazados.

 

Bibliografía

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Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 30.05.2017.

Foto: Hojas y tapa superior del Thar pa chen po'i mod (Sutra de la Gran Liberación), ca. 1880-1920 (enlace).

El texto corresponde a la tercera y última parte del artículo "Libros y bibliotecas en Tíbet", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Libros y bibliotecas en Tíbet

Monasterios, bibliotecas y textos

Libros y bibliotecas en Tíbet (II)


 

Monasterios, bibliotecas y textos

Tradicionalmente, los monasterios de Tíbet elaboraron las doctrinas sobre las que descansaron las estructuras social, política y religiosa del Estado.

Funcionaron también como las principales entidades de producción, organización y almacenamiento de saberes y documentos en Tíbet. Esa tarea les permitió sostener y perpetuar un statu quo basado en el establecimiento y control de ideas y creencias, del que eran los máximos beneficiarios.

El propio nacimiento de la escritura tibetana tuvo a la religión como uno de sus principales detonantes. La tradición señala que Thonmi Sambhoa, un ministro del emperador Songtsän Gampo (mediados del siglo VII), fue enviado a la India para aprender el arte de escribir y a su regreso diseñó el actual sistema tibetano, inspirado en las escrituras brahmi y gupta, con el que fue posible traducir del sánscrito los textos budistas.

El ímpetu escritor de los monjes tibetanos, una vez que dispusieron de un alfabeto propio, fue tal que llegaron a producir unos 4500 manuscritos. Seis siglos después, cuando el budismo había desaparecido de la India y su presencia flaqueaba en Nepal, los tibetanos eran los guardianes exclusivos del corpus documental de su religión: una de las mayores colecciones de este tipo de literatura del mundo y de la historia. El canon budista tibetano superó con creces al existente en lengua china (Helman-Ważny, 2007). Conscientes de ello, la preservación de esos textos se convirtió desde entonces en una prioridad para los monasterios de Tíbet.

Cuando las traducciones de los textos budistas de la India estuvieron completas, los estudiosos tibetanos comenzaron a escribir sus propios comentarios y disertaciones sobre ellas. Cada lama importante tenía sus gsung-'bum (trabajos reunidos): 10 o 20 volúmenes en los cuales se exploraba el significado de la doctrina budista, su filosofía y su lógica, aunque sin dejar de lado los temas cotidianos. Poco a poco, al vincularse con intelectuales de renombre y albergar sus textos, los monasterios fueron alcanzando fama: p.ej. el de Jonang se asoció al eminente poeta y estudioso Chogle Namgyal (1306-1386), autor de centenares de tomos de contenido religioso entre los que cabe mencionar la serie de tratados sobre el Vajra Yoga Kalachakra basados en las enseñanzas de Dolpopa, y el Vimalaprabha, notas comentadas sobre el tantra Kalachakra.

Los monjes organizaron su literatura religiosa en un canon que incluía una amplia variedad de enseñanzas y reglas. Lo dividieron, muy grosso modo, en dos grandes bloques: el kangyur o bka'-'gyur, "la traducción de la palabra" (que contaba con 108 volúmenes) y el tengyur o bstan-'gyur, "la traducción de los tratados" (otros 227 volúmenes complementarios en los que se comentaban los discursos incluidos en el kangyur). El kangyur incluye sutras o suttas (registros de las enseñanzas orales del Buda Gautama), tantras (literatura del budismo vajrayāna), śāstra (tratados indios traducidos), siddhānta (tratados tibetanos), todos los textos litúrgicos asociados, e incluso las parampara o genealogías gurús-discípulos (guru-shishya) basadas en la tradición oral.

 

Papeles y encuadernaciones

Los libros tibetanos podían tener distintos formatos. El más común era el pothī, libreto de hojas estrechas y rectangulares basado en los pustaka de hojas de palma de la India. Sin embargo, también hubo algunos textos en forma de acordeón (una larga tira de papel grueso, plegada), de rollo (un manojo de varias hojas enrollado sobre sí mismo, o una larga hoja de papel o tira de seda enrollada), o de libro cosido al estilo europeo (Chinnery, s.f.; Vallée Poussin, s.f.).

Para los pothī se usó sobre todo papel, dado que la hoja de palma era escasa en Tíbet [1]. Al no estar limitado, como los pustaka, por las dimensiones y las proporciones del material, el tamaño de las hojas de los pothī era mayor. Curiosamente, los tibetanos no perforaron las páginas de sus libros para unirlas con cuerda, como hacían indios y chinos, sino que las dejaron sueltas.

Aunque se elaboraba principalmente con restos de trapos, a los que se podía agregar cáñamo y corteza de morera de papel (Broussonetia sp.), el papel tibetano también estaba hecho con tallos y hojas de plantas de los géneros Daphne y Edgeworthia (llamado dung lo ma), y con raíces de plantas de los géneros Stellera (papel re lcag pa) y Euphorbia (papel re lcag gi rtsa ba) (Helman-Wazny y Van Schaik, 2012). Cuando se utilizaba papel fino (local o chino), se adherían varias hojas con resina de coníferas o cola animal para crear una lámina multicapa, mucho más gruesa y resistente.

Los textos podían ser manuscritos o impresos. En el caso de los primeros, las hojas podían carecer de renglones, o tenerlos trazados en color amarillo, negro o rojo, y podían contar además con márgenes marcados en negro o rojo. La caligrafía solía ser muy cuidadosa para los textos que conformaban el kangyur, y no tanto para el resto (Vallée Poussin, s.f.).

Hasta la llegada de los tipos móviles metálicos occidentales, los libros impresos tibetanos se elaboraron mediante xilografías hechas en planchas de madera de peral. La impresión con bloques de madera se introdujo en Tíbet desde China central durante el s. XV; gracias a ella, cualquier monasterio podía imprimir banderolas lungta y pequeños encantamientos (los dos elementos más populares entre los tibetanos). Pero solo los grandes monasterios montaron "imprentas": salas enteras en las que se almacenaban decenas de miles de bloques tallados con textos. Para 1957, por ejemplo, el Gran Monasterio de Derge albergaba una colección de más de medio millón de bloques, depositados y ordenados en diez grandes salas.

El sistema de impresión xilográfico era lento y laborioso: se fijaba el bloque, se entintaba con un pincel, se colocaba encima una lámina de papel, y se frotaba con una pieza de madera o el dorso de la mano. No obstante, los tibetanos se apegaron tanto a él que solo a mediados del siglo XX mostraron cierto interés por otras opciones (Palmieri, 1991).

Los libros se imprimían bajo demanda; los monasterios más importantes y con los repositorios de bloques más poblados eran capaces de imprimir el kangyur completo. Por otro lado, aquellos que eran cabeceras de una escuela budista determinada producían los textos didácticos y normativos de dicha escuela (filosofía, práctica espiritual, medicina, astrología, etc.) y los distribuían a sus ramas; el monasterio de Dzogchen, cabecera de la escuela Nyingma, por ejemplo, enviaba sus trabajos a 200 monasterios afiliados.

La posesión de bloques y libros elevaba el estatus de los monasterios tibetanos. El de Narthang, cerca de Shigatse, fundado en 1153, se hizo famoso por sus bloques de la edición entera del kangyur, tallados entre 1730 y 1741; tristemente, el monasterio y todos sus contenidos fueron arrasados por los chinos en 1966. La capilla del Buda Vairochana del monasterio de Palcho o Pelkhor Chöde, en Gyantse, también fue conocida por su Them Pangma Kangyur, edición del kangyur de 1431 que sirvió de modelo a ediciones manuscritas e impresas posteriores, y por su copia de 296 folios y 8000 versos de la Prajñāpāramitā (sutra de la "Perfección de la Sabiduría"), escrita en letras de oro sobre papel azul índigo en 1442 (Henss, 2014).

Curiosamente, y a pesar del esfuerzo que conllevaba y de su elevado coste, los textos impresos no desbancaron a los manuscritos, que siguieron produciéndose al menos hasta mediados del siglo XX (Helman-Ważny, 2007).

 

Notas

[1] En algunos pothī se utilizó corteza de abedul, un material con características semejantes a la palma (Helman-Ważny, 2007, 2014).

 

Bibliografía

Alterman, Benjamin; Alterman, Deborah; Gewissler, Laura L. (1987). From Woodblock to Silicon Chip: The Transmission of Tibetan Language. Printing History, 17, 9 (1).

Batchelor, Stephen (1987). The Tibet Guide. Londres: Wisdom.

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Ting, L. H. (1983). Library services in the People's Republic of China. Library Quarterly, 53, pp. 134-160

Vallée Poussin, Louis de la (s.f.). Introduction to a Catalogue of the Tibetan Manuscripts from Tun-Huang in the India Office Library. International Dunhuang Project. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 23.05.2017.

Foto: Libro de oraciones tibetano (1880) (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "Libros y bibliotecas en Tíbet", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Libros y bibliotecas en Tíbet

El techo del mundo

Libros y bibliotecas en Tíbet (I)


 

El techo del mundo

Llamada Bod por los tibetanos y Xizang por los chinos, Tíbet [1] se ubica en una meseta de unos 2,5 millones de km2 que se extiende al norte y al noroeste de la cordillera del Himalaya, la espina dorsal de Asia. Considerado "el techo del mundo", Tíbet es la región habitada más alta del planeta –con una media que supera los 4900 msnm– y es el hogar del pueblo tibetano y de otros grupos étnicos como los Monpa, los Qiang y los Lhoba.

Si bien hay escritos del siglo IV que dan cuenta de la existencia de algunos reinos incipientes en la zona (p.ej. el creado por la dinastía Yarlung), la historia de Tíbet como entidad cultural y política independiente se inició en la primera mitad del siglo VII: de acuerdo a las crónicas históricas, en el 618 comenzó el reinado de Songtsän Gampo, fundador y primer regente del Imperio Tibetano (Bod Chen Po). El Imperio no solo unificó el altiplano tibetano, sino que extendió su influencia hasta el norte de los actuales territorios de India, Bután, Nepal y Pakistán, el oeste y el sur de China y el este de Tayikistán, Kirguistán y Kazajistán. La corte se estableció en la ciudad de Lhasa, "el lugar de los dioses", que desde entonces sería la capital del Tíbet.

En el siglo IX, tras la llamada "Era de la Fragmentación", el Bod Chen Po se dividió en una miríada de pequeños territorios tradicionalmente agrupados en tres regiones: Ü-Tsang en el centro y el oeste, y Amdo y Kham en el este. A lo largo de los siguientes siglos todas ellas sufrieron la influencia de China; de hecho, las dos últimas terminaron bajo su control directo.

Tras la Revolución de Xinhai o Revolución china (1911-1912), que derrocó a la dinastía manchú de los Qing, la última estirpe imperial, se produjo un periodo de inestabilidad y de vacío de poder que la región de Ü-Tsang aprovechó para declarar unilateralmente su independencia como Tíbet (1913). La acción nunca fue reconocida por China, pero mientras en ésta se sucedieron las convulsas épocas de la primera república (1912-1916) y de los señores de la guerra (1916-1928), la segunda guerra sino-japonesa (1936-1945) y la guerra civil (1946-1950), Tíbet disfrutó de cierta libertad y de bastante autonomía. Fue al finalizar la última contienda, cuando la República Popular China se planteó la "reunificación" de todos los antiguos territorios que consideraba como propios.

Las fuerzas del Ejército Popular de Liberación invadieron Tíbet en octubre de 1950, en lo que la historiografía china denomina, muy eufemísticamente, la "Liberación Pacífica de Tíbet". Tal "liberación" asumió la forma de una potente campaña militar, iniciada con la batalla de Chamdo y continuada con una exitosa ocupación a todos los niveles. En 1959, tras un fallido intento de alzamiento por parte de los tibetanos, China derrocó al gobierno cívico-religioso del Dalái Lama, que marchó al exilio; de esta forma se descabezó cualquier intento organizado de rebelión contra los invasores.

La Revolución Cultural maoísta (1966-1976) llevó el proceso un paso más allá, eliminando toda forma de resistencia posible y "pacificando" a los insumisos. Destruyó e hizo desaparecer buena parte del patrimonio tangible e intangible tibetano e impuso la cultura china (la de la mayoría étnica Han) y sus estructuras políticas, sociales y, sobre todo, ideológicas, un proceso aún vigente (Smith, 1986; ICT, 2007).

En la actualidad, China gobierna Ü-Tsang como República Autónoma de Tíbet, mientras que las antiguas Amdo y Kham están desmenuzadas en prefecturas étnicas autónomas incluidas dentro de las provincias de Sichuan, Yunnan, Qinghai y Gansu.

 

Cultura y religión en Tíbet

Tanto la historia como la cultura tibetanas mantienen un estrecho vínculo con la religión. Las artes visuales, la literatura, la arquitectura, la música y muchos elementos de la vida cotidiana tibetana derivan directamente de la versión local del budismo (a veces denominada lamaísmo [2]) o están fuertemente influidas por ella.

Si bien los contactos con el credo fundado por Siddharta Gautama habían existido anteriormente, fue bajo el reinado del emperador Trisong Detsen (755-797) cuando el budismo se convirtió en la religión estatal; de hecho, Tíbet fue el único territorio asiático que desarrolló y mantuvo con éxito una teocracia budista funcional. Desde entonces, y hasta fines del siglo IX, fueron llegando al Imperio Tibetano distintas corrientes de pensamiento budista procedentes del actual Nepal, de China (monjes del Reino de Khotan) y, sobre todo, de diferentes rincones de la India (de la mano, entre otros, de intelectuales del Reino de Magadha y el Imperio Pala, y de los monjes cachemires de la escuela Sarvāstivāda). La fusión de todas estas influencias generó las tendencias y escuelas que terminarían componiendo el budismo tibetano, un conjunto de creencias que siempre contó con la férrea oposición de los practicantes del bön, la religión tradicional tibetana, chamánica y animista [3].

Junto con los textos y las enseñanzas religiosas, los misioneros budistas introdujeron en Tíbet otros elementos culturales: medicina, astronomía y astrología, técnicas agrícolas, ganaderas y culinarias, ingeniería, alfarería y un largo etcétera.

Para el siglo XII –cuando en India el budismo había dejado de existir como religión organizada debido al renacimiento del hinduismo– se alzaban en territorio tibetano más de 6000 monasterios. Y había aún más stupas o chötens (adoratorios de estructura hemisférica, que contienen sarira o reliquias de santos budistas y son usados como lugares de meditación) y pilas de piedras mani (piedras grabadas con el famoso mantra "om mani padme hum", que sirven como formas de oración). Las distintas escuelas religiosas eran dueñas del 40% de las tierras y vivían de los impuestos y de las donaciones del pueblo llano; buena parte de la riqueza producida por una plebe prácticamente sometida a un régimen feudal teocrático se invirtió en levantar, ampliar y decorar las magníficas construcciones budistas.

A partir de 1642, la centralidad de la religión y su fusión con la política se hicieron evidentes en la figura de los Dalái Lamas y el régimen de gobierno (Ganden Phodrang) que impusieron en todo el altiplano tibetano, con un sistema de sucesión basado en la reencarnación. Los Dalái Lamas son lamas de la escuela budista Gelug (la más moderna de todas, fundada a finales del siglo XIV) considerados como reencarnaciones de Avalokiteśvara [4]; a fines del siglo XVI, la escuela Gelug se alió con Altan Khan, el líder mongol más poderoso de entonces, para desbancar y arrinconar a las demás escuelas y hacerse con el poder en Tíbet. A partir de ese momento, los sucesivos Dalái Lamas se impusieron como líderes políticos y religiosos.

Hasta 1959, las bodegas del Potala –la icónica residencia palaciega del Dalái Lama, ubicada en Lhasa– mantuvieron valiosas colecciones de miles de documentos [5] en los que se daba cuenta de la historia y de la cultura tibetanas: manuscritos en pergamino, volúmenes de textos sagrados escritos con tintas hechas de oro, plata, hierro o cobre (vid. Blezer, 2002), e incluso algunos libros pothī elaborados con hojas de palma. Entre estos últimos se contaban la magnífica copia del sutra titulado Vimalakīrti Nirdeśa (que explica el significado del concepto advaita o "no dualismo", vid. SGBSL, 2006), y ejemplares del Lokātītastava o "Elogio del Supramundano" y de los himnos Niraupamyastava y Acintyastava, escritos por el filósofo indio Nāgārjuna (Shaoyong, 2009).

Hasta ese mismo año, los archivos civiles tibetanos se situaban en el piso inferior del Jokhang de Lhasa: un monasterio de la escuela Gelug que en algunas fuentes antiguas aparece citado como la "Gran Catedral" y que es considerado por los tibetanos como el edificio más sagrado e importante de su tierra. Allí había alrededor de 50 capillas dedicadas a almacenar escrituras y objetos religiosos, entre los cuales había al menos 54 cajas con el Tripitaka o Canon Pali (las escrituras sagradas del budismo theravada) y 108 cajas de sándalo que contenían distintos sutras. Los pisos superiores estaban ocupados por las oficinas de los distintos cargos político-religiosos, en las que se guardaban cientos de documentos de distintas categorías: desde tratados con siglos de antigüedad hasta formularios de impuestos agrupados en manojos.

 

Notas

[1] Los lingüistas coinciden en señalar que Tíbet deriva de tībat o tūbātt, vocablos semíticos a su vez derivados del turco töbäd, "las alturas".

[2] Del tibetano lama o blama, "jefe" o "alto sacerdote". Dentro del budismo tibetano, la palabra lama es actualmente utilizada como título honorífico para un maestro del dharma (enseñanzas de Buda / leyes espirituales que rigen el mundo), y es equivalente al guru de la India.

[3] Existen dudas y debates acerca del bön y su naturaleza autóctona tibetana y pre-budista. Algunos estudiosos señalan que el bön nació cuando el budismo ya estaba fuertemente instalado en Tíbet, y que la "vieja religión" tibetana se alimentó del budismo para crear sus estructuras.

[4] Avalokiteśvara ("el Señor que mira [al mundo] desde arriba") es un bodhisattva: una persona que, motivada por una gran compasión, desea convertirse en buda para beneficio de todos los seres vivientes. Avalokiteśvara, en concreto, encarna la compasión de todos los budas (personas que, a lo largo de la historia humana, han alcanzado la sabiduría y el conocimiento perfecto).

[5] En 1999, Dom po ba Thub bstan rgyal mtshan, bibliotecario de la Biblioteca del Potala, publicó un catálogo con 372 manuscritos valiosos conservados en el Palacio.

 

Bibliografía

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Vallée Poussin, Louis de la (s.f.). Introduction to a Catalogue of the Tibetan Manuscripts from Tun-Huang in the India Office Library. International Dunhuang Project. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 16.05.2017.

Foto: Lápidas tibetanas apiladas. Manang, Nepal (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "Libros y bibliotecas en Tíbet", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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Palabras habitadas 04

Esos pequeños rincones

Palabras habitadas (IV)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como cuarta entrega de la columna mensual del autor titulada "Palabras habitadas", incluida en El Quinto Poder (Chile, mayo de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Una parte nada despreciable de las experiencias bibliotecarias de Abya Yala –y de las del resto del mundo, a decir verdad– tienen lugar en espacios que los diccionarios y manuales más ortodoxos dudarían en calificar como "bibliotecas".

Y, sin embargo, lo son. En ellas se inculca el amor por la lectura, se (de)muestra el poder de la información, se reúnen memorias, y se abren ventanas hacia esos mundos que quedan más allá de los muros...

...si es que la biblioteca tiene muros. Porque muchas de ellas no son más que libros y revistas metidas en cajas, bolsas y canastos, que recorren caminos a bordo de bicicletas, carros o mulas, de pueblo en pueblo, de puesto en puesto, de comunidad en comunidad. O que viajan a bordo de lanchas y canoas. O en autobuses.

Aquellas que cuentan con muros –aquellas con una ubicación fija, un punto geográfico en el cual han echado raíces– no tienen porqué tenerlos enteros. Ni firmes. No son pocas las bibliotecas con estantes un poco torcidos que se aferran heroicamente a una carcomida medianera de adobe, ni las que luchan contra la humedad que las insistentes lluvias de las tierras bajas quieren colar entre las páginas de los volúmenes que albergan.

Hay bibliotecas –¡y escuelas!– en ranchos con paredes hechas de palos amarrados con sogas y alambres, cubiertos con techos de palma, de paja brava o de calamina. Las hay con muros de chapa y de bambú, como la biblioteca rural infantil de la comunidad Lomas de Guadalupe, en Matagalpa (Nicaragua). O de tablones de madera, como la de Cangrejal de Acosta, en San José (Costa Rica). O de cañas entrecruzadas, tan tradicionales a lo largo de la desértica costa peruana, como los que tiene la biblioteca del asentamiento La Victoria, en Huarmey, que ilustra esta entrada.

Hay bibliotecas –muchas, muchísimas– sin catálogos ni clasificaciones, ni marbetes, ni fichas, ni listado de socios, ni pago de cuotas: solo un puñado de libros y otro de lectores, en un sitio pensado para y destinado a que los unos conozcan a los otros. Y viceversa. Pues de eso se trata, en definitiva, la aventura bibliotecaria: de crear y de mantener espacios, por pequeños que sean o insignificantes que parezcan, en donde se propicie el encuentro entre la gente y el saber en todas sus formas (no solo la escrita). Lugares en los cuales se asegure la transmisión de conocimientos, de rasgos culturales, de historias y geografías universales y locales, de lenguas e identidades de todos los horizontes, en un proceso que lleva activo desde que el ser humano es, precisamente, humano. Lugares en los que se enseñen determinadas destrezas y, por qué no, se inculque una serie de valores básicos de comportamiento y convivencia.

Sean como sean y reciban el nombre que reciban, esos espacios mínimos suelen ser los grandes olvidados en publicaciones académicas y manuales universitarios, en textos divulgativos y medios masivos y, sobre todo, en los papeles y presupuestos gubernamentales. Los gurúes de la información digital, las empresas que trafican conocimiento y las populares redes sociales los desconocen o, con suerte, los tratan como meras curiosidades, exóticas y muy alejadas de lo que es o debería ser una "biblioteca" para los parámetros y las aspiraciones futuristas manejadas en esos contextos.

Pero a pesar de la invisibilidad, los olvidos y el desconocimiento, son precisamente esos pequeños rincones –repartidos a lo largo y a lo ancho de todo el continente, en todos sus climas, en todos sus ambientes– los que componen la base del sistema bibliotecario de Abya Yala: esa red elemental y un poco mágica que sustenta la lectura y el acceso a la información. Esas bibliotecas no solo deben ser reconocidas y apoyadas formalmente, sino también tomadas como ejemplo: de compromiso, de ingenio, de lucha y de activa militancia (por la alfabetización, por el placer de leer, y por tantas otras cosas).

Y, sobre todo, como ejemplo de resistencia en condiciones diarias que, por lo general, suelen distar mucho de ser favorables.

 

Lecturas

Arango Arango, Mónica (2015). Única biblioteca rural de Caldas es ejemplo nacional. El Tiempo, 8 de febrero. [En línea].

Biblioteca para el Desarrollo Obraje (2011). Continúan actividades en el centro rural de lectura Obraje. [En línea].

Camaleón Arte Visual (2014). Biblioteca Rural Infantil Matagalpa. [En línea].

Mendoza, Francisco; Espinoza, Karen (2017). La biblioteca rural que nació gracias a Facebook. El Nuevo Diario, 22 de enero [En línea].

Mora, José Eduardo (2013). Comunidad rural inauguró biblioteca. Semanario Universidad, 3 de abril [En línea].

Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca (2017). Andares de las Bibliotecas Rurales de Cajamarca. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 09.05.2017.

Foto: Centro Rural de Lectura en el asentamiento humano La Victoria, barrio Santo Domingo, distrito de Huarmey, Ancash, Perú (enlace).

El texto corresponde al artículo "Esos pequeños rincones", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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Palabras ancladas 04

Bibliotecas del pasado, problemas del presente

Palabras ancladas (IV)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 04" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 10, nº 47, noviembre-diciembre de 2016). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

La historia del libro se inicia con la aparición de los más tempranos registros escritos conocidos: las tablillas de arcilla producidas a partir del 3200 a.C. en la antigua Mesopotamia, el territorio encerrado entre los ríos Tigris y Éufrates, en el Cercano Oriente.

Consideramos que esos registros son libros porque se ajustan a la definición que de ellos propusiera el cubano Jorge Aguayo: "cualquier porción de pensamiento humano, por pequeña que sea, plasmada sobre un soporte material, descifrable por otra persona, quién, a través de su uso, puede recuperar y adquirir el conocimiento codificado".

Los arqueólogos han hallado cientos de tablillas cubiertas de signos cuneiformes –los libros mesopotámicos– acumuladas en espacios a los que, de forma genérica, se ha venido llamando "bibliotecas", siendo las de las ciudades-estado de Nippur, Ebla y Nínive las más célebres. Sin embargo, cuando se habla de tales almacenes de documentos en el contexto de la antigua Mesopotamia conviene distinguir entre "bibliotecas" y "archivos": en las primeras, minoritarias, se guardaban algunos textos literarios y religiosos y unos pocos manuales (lingüísticos, agrícolas, astronómicos), mientras que en los últimos se ordenaba el grueso de la producción mesopotámica escrita: documentos legales, mercantiles y comerciales.

Asimismo, es necesario diferenciar entre "bibliotecas" y "colecciones privadas". Las últimas solían pertenecer a escribas profesionales y a maestros de escritura (o incluso a familias enteras dedicadas al oficio), que conservaban en ellas copias de sus propios trabajos y escritos producidos por otros, heredados o adquiridos. Las "bibliotecas", por su parte, solían localizarse en lo que los arqueólogos denominan "edificios públicos": los recintos identificados como "palacios" y "templos". En los primeros residía la clase gobernante y una nutrida burocracia; en los segundos, la casta religiosa y todos sus servidores. En algunas ciudades-estado mesopotámicas el templo y el palacio formaban un mismo complejo; en esos casos el rey era, además, el sumo sacerdote.

Sobra decir que las realidades de entonces eran bien distintas de las actuales. Y sin embargo, a pesar de los cinco milenios que separan unas de otras, todavía se pueden encontrar algunas similitudes y vislumbrar el delgado hilo que las conecta.

Que hoy ciertos edificios mesopotámicos se consideren "públicos" (por haber albergado a los estratos sociales que administraban la ciudad-estado en general) no significa que hayan sido accesibles al público. Tampoco lo eran sus bibliotecas. Y mucho menos sus textos, aún en el muy improbable caso de que el interesado supiese leer, una destreza que en aquella época solo adquiría una selecta elite.

Max (1994) señala:

 

El término "público" para describir una biblioteca mantenida por el estado y de libre acceso a los ciudadanos tampoco parece haber tenido significado alguno para ellos [en Mesopotamia]. Lo raro de la alfabetización también debe tenerse en cuenta. El acceso a las bibliotecas estaba restringido, en muchos casos severamente, a escribas alfabetizados y, de entre ellos, a aquellos escribas específicamente autorizados a utilizarlas. Las bibliotecas del templo y del palacio son claros ejemplos de este punto. El desarrollo de la biblioteca "privada" puede interpretarse, hasta cierto punto, como un fenómeno social "público"; teóricamente, cualquiera que pudiera permitirse recibir documentos y desarrollar una colección, podía hacerlo sin restricciones – o eso parece indicar la mera existencia de tales colecciones.

 

A las bibliotecas reales (de "palacio") únicamente podían acceder el personal académico/especializado y sus reales propietarios; las de los "templos", por su parte, solo abrían sus puertas a funcionarios religiosos. Para dejar claras las barreras y las brechas, los colofones de muchos documentos solían llevar la siguiente aclaración: mudû mudâ likallim lā mudû lā immar. "Que el iniciado muestre al iniciado. ¡El no iniciado no debe ver!" Una verdadera declaración de principios sobre quién podía y quién no podía acceder al saber, a los libros y a las bibliotecas.

La situación no debería llamarnos la atención: la biblioteca pública, tal y como la entendemos hoy, es un concepto relativamente moderno, que manejamos desde hace menos de dos siglos. Históricamente, los libros y la información han estado en manos de una minoría, las bibliotecas han sido un lugar vedado para los no iniciados, y la persona que dominaba las destrezas de la lecto-escritura, una rara avis.

Lo que sí debería extrañarnos es que, hoy por hoy, el carácter público de las bibliotecas siga siendo un terreno de lucha y de resistencia ante los embates privatizadores y mercantilistas del sistema capitalista. Que ocurra lo mismo con el acceso libre al conocimiento, especialmente el estratégico. O que el analfabetismo –textual y, ahora también, digital– continúe siendo la principal barrera que mantiene apartado al "público en general" de la información.

En cuanto a los colofones mesopotámicos llenos de advertencias, no son tan distintos de muchas políticas informativas actuales, quizás menos evidentes, pero igualmente restrictivas: aquellas que ocultan información bajo un username y un password, e informan sin tapujos al frustrado lector que no tiene el nivel económico suficiente para acceder a ese saber.

A lo largo de la historia del libro y la biblioteca –esa que se inicia hace 5000 años–, aquello que se ha denominado "público" en realidad no lo ha sido tanto. O no lo ha sido, directamente. Es un camino tan lleno de cruces y puentes como de fosos, vallas y cancelas cerradas con siete candados.

 

Referencias

Black, Jeremy (2004). Lost Libraries of Ancient Mesopotamia. En Raven James (ed). Lost Libraries: The Destruction of Great Book Collections since Antiquity. Nueva York: Palgrave Macmillan, pp. 41-57.

Max, Gerald E. (1994). Ancient Near East. En Wayne A. Wiegand, Donald G. Davis (eds.). Encyclopedia of Library History. Nueva York, Londres: Routledge, pp. 23-31.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 02.05.2017.

Foto: Tablillas cuneiformes en exhibición en la Russell Library (National University of Ireland Maynooth) (enlace).

El texto corresponde al artículo "Bibliotecas del pasado, problemas del presente", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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