Libros y bibliotecas en Tíbet

Monasterios, bibliotecas y textos

Libros y bibliotecas en Tíbet (II)


 

Monasterios, bibliotecas y textos

Tradicionalmente, los monasterios de Tíbet elaboraron las doctrinas sobre las que descansaron las estructuras social, política y religiosa del Estado.

Funcionaron también como las principales entidades de producción, organización y almacenamiento de saberes y documentos en Tíbet. Esa tarea les permitió sostener y perpetuar un statu quo basado en el establecimiento y control de ideas y creencias, del que eran los máximos beneficiarios.

El propio nacimiento de la escritura tibetana tuvo a la religión como uno de sus principales detonantes. La tradición señala que Thonmi Sambhoa, un ministro del emperador Songtsän Gampo (mediados del siglo VII), fue enviado a la India para aprender el arte de escribir y a su regreso diseñó el actual sistema tibetano, inspirado en las escrituras brahmi y gupta, con el que fue posible traducir del sánscrito los textos budistas.

El ímpetu escritor de los monjes tibetanos, una vez que dispusieron de un alfabeto propio, fue tal que llegaron a producir unos 4500 manuscritos. Seis siglos después, cuando el budismo había desaparecido de la India y su presencia flaqueaba en Nepal, los tibetanos eran los guardianes exclusivos del corpus documental de su religión: una de las mayores colecciones de este tipo de literatura del mundo y de la historia. El canon budista tibetano superó con creces al existente en lengua china (Helman-Ważny, 2007). Conscientes de ello, la preservación de esos textos se convirtió desde entonces en una prioridad para los monasterios de Tíbet.

Cuando las traducciones de los textos budistas de la India estuvieron completas, los estudiosos tibetanos comenzaron a escribir sus propios comentarios y disertaciones sobre ellas. Cada lama importante tenía sus gsung-'bum (trabajos reunidos): 10 o 20 volúmenes en los cuales se exploraba el significado de la doctrina budista, su filosofía y su lógica, aunque sin dejar de lado los temas cotidianos. Poco a poco, al vincularse con intelectuales de renombre y albergar sus textos, los monasterios fueron alcanzando fama: p.ej. el de Jonang se asoció al eminente poeta y estudioso Chogle Namgyal (1306-1386), autor de centenares de tomos de contenido religioso entre los que cabe mencionar la serie de tratados sobre el Vajra Yoga Kalachakra basados en las enseñanzas de Dolpopa, y el Vimalaprabha, notas comentadas sobre el tantra Kalachakra.

Los monjes organizaron su literatura religiosa en un canon que incluía una amplia variedad de enseñanzas y reglas. Lo dividieron, muy grosso modo, en dos grandes bloques: el kangyur o bka'-'gyur, "la traducción de la palabra" (que contaba con 108 volúmenes) y el tengyur o bstan-'gyur, "la traducción de los tratados" (otros 227 volúmenes complementarios en los que se comentaban los discursos incluidos en el kangyur). El kangyur incluye sutras o suttas (registros de las enseñanzas orales del Buda Gautama), tantras (literatura del budismo vajrayāna), śāstra (tratados indios traducidos), siddhānta (tratados tibetanos), todos los textos litúrgicos asociados, e incluso las parampara o genealogías gurús-discípulos (guru-shishya) basadas en la tradición oral.

 

Papeles y encuadernaciones

Los libros tibetanos podían tener distintos formatos. El más común era el pothī, libreto de hojas estrechas y rectangulares basado en los pustaka de hojas de palma de la India. Sin embargo, también hubo algunos textos en forma de acordeón (una larga tira de papel grueso, plegada), de rollo (un manojo de varias hojas enrollado sobre sí mismo, o una larga hoja de papel o tira de seda enrollada), o de libro cosido al estilo europeo (Chinnery, s.f.; Vallée Poussin, s.f.).

Para los pothī se usó sobre todo papel, dado que la hoja de palma era escasa en Tíbet [1]. Al no estar limitado, como los pustaka, por las dimensiones y las proporciones del material, el tamaño de las hojas de los pothī era mayor. Curiosamente, los tibetanos no perforaron las páginas de sus libros para unirlas con cuerda, como hacían indios y chinos, sino que las dejaron sueltas.

Aunque se elaboraba principalmente con restos de trapos, a los que se podía agregar cáñamo y corteza de morera de papel (Broussonetia sp.), el papel tibetano también estaba hecho con tallos y hojas de plantas de los géneros Daphne y Edgeworthia (llamado dung lo ma), y con raíces de plantas de los géneros Stellera (papel re lcag pa) y Euphorbia (papel re lcag gi rtsa ba) (Helman-Wazny y Van Schaik, 2012). Cuando se utilizaba papel fino (local o chino), se adherían varias hojas con resina de coníferas o cola animal para crear una lámina multicapa, mucho más gruesa y resistente.

Los textos podían ser manuscritos o impresos. En el caso de los primeros, las hojas podían carecer de renglones, o tenerlos trazados en color amarillo, negro o rojo, y podían contar además con márgenes marcados en negro o rojo. La caligrafía solía ser muy cuidadosa para los textos que conformaban el kangyur, y no tanto para el resto (Vallée Poussin, s.f.).

Hasta la llegada de los tipos móviles metálicos occidentales, los libros impresos tibetanos se elaboraron mediante xilografías hechas en planchas de madera de peral. La impresión con bloques de madera se introdujo en Tíbet desde China central durante el s. XV; gracias a ella, cualquier monasterio podía imprimir banderolas lungta y pequeños encantamientos (los dos elementos más populares entre los tibetanos). Pero solo los grandes monasterios montaron "imprentas": salas enteras en las que se almacenaban decenas de miles de bloques tallados con textos. Para 1957, por ejemplo, el Gran Monasterio de Derge albergaba una colección de más de medio millón de bloques, depositados y ordenados en diez grandes salas.

El sistema de impresión xilográfico era lento y laborioso: se fijaba el bloque, se entintaba con un pincel, se colocaba encima una lámina de papel, y se frotaba con una pieza de madera o el dorso de la mano. No obstante, los tibetanos se apegaron tanto a él que solo a mediados del siglo XX mostraron cierto interés por otras opciones (Palmieri, 1991).

Los libros se imprimían bajo demanda; los monasterios más importantes y con los repositorios de bloques más poblados eran capaces de imprimir el kangyur completo. Por otro lado, aquellos que eran cabeceras de una escuela budista determinada producían los textos didácticos y normativos de dicha escuela (filosofía, práctica espiritual, medicina, astrología, etc.) y los distribuían a sus ramas; el monasterio de Dzogchen, cabecera de la escuela Nyingma, por ejemplo, enviaba sus trabajos a 200 monasterios afiliados.

La posesión de bloques y libros elevaba el estatus de los monasterios tibetanos. El de Narthang, cerca de Shigatse, fundado en 1153, se hizo famoso por sus bloques de la edición entera del kangyur, tallados entre 1730 y 1741; tristemente, el monasterio y todos sus contenidos fueron arrasados por los chinos en 1966. La capilla del Buda Vairochana del monasterio de Palcho o Pelkhor Chöde, en Gyantse, también fue conocida por su Them Pangma Kangyur, edición del kangyur de 1431 que sirvió de modelo a ediciones manuscritas e impresas posteriores, y por su copia de 296 folios y 8000 versos de la Prajñāpāramitā (sutra de la "Perfección de la Sabiduría"), escrita en letras de oro sobre papel azul índigo en 1442 (Henss, 2014).

Curiosamente, y a pesar del esfuerzo que conllevaba y de su elevado coste, los textos impresos no desbancaron a los manuscritos, que siguieron produciéndose al menos hasta mediados del siglo XX (Helman-Ważny, 2007).

 

Notas

[1] En algunos pothī se utilizó corteza de abedul, un material con características semejantes a la palma (Helman-Ważny, 2007, 2014).

 

Bibliografía

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Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 23.05.2017.

Foto: Libro de oraciones tibetano (1880) (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "Libros y bibliotecas en Tíbet", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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