2 may. 2017

Palabras ancladas 04

Bibliotecas del pasado, problemas del presente

Palabras ancladas (IV)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 04" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 10, nº 47, noviembre-diciembre de 2016). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

La historia del libro se inicia con la aparición de los más tempranos registros escritos conocidos: las tablillas de arcilla producidas a partir del 3200 a.C. en la antigua Mesopotamia, el territorio encerrado entre los ríos Tigris y Éufrates, en el Cercano Oriente.

Consideramos que esos registros son libros porque se ajustan a la definición que de ellos propusiera el cubano Jorge Aguayo: "cualquier porción de pensamiento humano, por pequeña que sea, plasmada sobre un soporte material, descifrable por otra persona, quién, a través de su uso, puede recuperar y adquirir el conocimiento codificado".

Los arqueólogos han hallado cientos de tablillas cubiertas de signos cuneiformes –los libros mesopotámicos– acumuladas en espacios a los que, de forma genérica, se ha venido llamando "bibliotecas", siendo las de las ciudades-estado de Nippur, Ebla y Nínive las más célebres. Sin embargo, cuando se habla de tales almacenes de documentos en el contexto de la antigua Mesopotamia conviene distinguir entre "bibliotecas" y "archivos": en las primeras, minoritarias, se guardaban algunos textos literarios y religiosos y unos pocos manuales (lingüísticos, agrícolas, astronómicos), mientras que en los últimos se ordenaba el grueso de la producción mesopotámica escrita: documentos legales, mercantiles y comerciales.

Asimismo, es necesario diferenciar entre "bibliotecas" y "colecciones privadas". Las últimas solían pertenecer a escribas profesionales y a maestros de escritura (o incluso a familias enteras dedicadas al oficio), que conservaban en ellas copias de sus propios trabajos y escritos producidos por otros, heredados o adquiridos. Las "bibliotecas", por su parte, solían localizarse en lo que los arqueólogos denominan "edificios públicos": los recintos identificados como "palacios" y "templos". En los primeros residía la clase gobernante y una nutrida burocracia; en los segundos, la casta religiosa y todos sus servidores. En algunas ciudades-estado mesopotámicas el templo y el palacio formaban un mismo complejo; en esos casos el rey era, además, el sumo sacerdote.

Sobra decir que las realidades de entonces eran bien distintas de las actuales. Y sin embargo, a pesar de los cinco milenios que separan unas de otras, todavía se pueden encontrar algunas similitudes y vislumbrar el delgado hilo que las conecta.

Que hoy ciertos edificios mesopotámicos se consideren "públicos" (por haber albergado a los estratos sociales que administraban la ciudad-estado en general) no significa que hayan sido accesibles al público. Tampoco lo eran sus bibliotecas. Y mucho menos sus textos, aún en el muy improbable caso de que el interesado supiese leer, una destreza que en aquella época solo adquiría una selecta elite.

Max (1994) señala:

 

El término "público" para describir una biblioteca mantenida por el estado y de libre acceso a los ciudadanos tampoco parece haber tenido significado alguno para ellos [en Mesopotamia]. Lo raro de la alfabetización también debe tenerse en cuenta. El acceso a las bibliotecas estaba restringido, en muchos casos severamente, a escribas alfabetizados y, de entre ellos, a aquellos escribas específicamente autorizados a utilizarlas. Las bibliotecas del templo y del palacio son claros ejemplos de este punto. El desarrollo de la biblioteca "privada" puede interpretarse, hasta cierto punto, como un fenómeno social "público"; teóricamente, cualquiera que pudiera permitirse recibir documentos y desarrollar una colección, podía hacerlo sin restricciones – o eso parece indicar la mera existencia de tales colecciones.

 

A las bibliotecas reales (de "palacio") únicamente podían acceder el personal académico/especializado y sus reales propietarios; las de los "templos", por su parte, solo abrían sus puertas a funcionarios religiosos. Para dejar claras las barreras y las brechas, los colofones de muchos documentos solían llevar la siguiente aclaración: mudû mudâ likallim lā mudû lā immar. "Que el iniciado muestre al iniciado. ¡El no iniciado no debe ver!" Una verdadera declaración de principios sobre quién podía y quién no podía acceder al saber, a los libros y a las bibliotecas.

La situación no debería llamarnos la atención: la biblioteca pública, tal y como la entendemos hoy, es un concepto relativamente moderno, que manejamos desde hace menos de dos siglos. Históricamente, los libros y la información han estado en manos de una minoría, las bibliotecas han sido un lugar vedado para los no iniciados, y la persona que dominaba las destrezas de la lecto-escritura, una rara avis.

Lo que sí debería extrañarnos es que, hoy por hoy, el carácter público de las bibliotecas siga siendo un terreno de lucha y de resistencia ante los embates privatizadores y mercantilistas del sistema capitalista. Que ocurra lo mismo con el acceso libre al conocimiento, especialmente el estratégico. O que el analfabetismo –textual y, ahora también, digital– continúe siendo la principal barrera que mantiene apartado al "público en general" de la información.

En cuanto a los colofones mesopotámicos llenos de advertencias, no son tan distintos de muchas políticas informativas actuales, quizás menos evidentes, pero igualmente restrictivas: aquellas que ocultan información bajo un username y un password, e informan sin tapujos al frustrado lector que no tiene el nivel económico suficiente para acceder a ese saber.

A lo largo de la historia del libro y la biblioteca –esa que se inicia hace 5000 años–, aquello que se ha denominado "público" en realidad no lo ha sido tanto. O no lo ha sido, directamente. Es un camino tan lleno de cruces y puentes como de fosos, vallas y cancelas cerradas con siete candados.

 

Referencias

Black, Jeremy (2004). Lost Libraries of Ancient Mesopotamia. En Raven James (ed). Lost Libraries: The Destruction of Great Book Collections since Antiquity. Nueva York: Palgrave Macmillan, pp. 41-57.

Max, Gerald E. (1994). Ancient Near East. En Wayne A. Wiegand, Donald G. Davis (eds.). Encyclopedia of Library History. Nueva York, Londres: Routledge, pp. 23-31.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Tablillas cuneiformes en exhibición en la Russell Library (National University of Ireland Maynooth) (enlace).

El texto corresponde al artículo "Bibliotecas del pasado, problemas del presente", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


Etiquetas: ,