9 may. 2017

Palabras habitadas 04

Esos pequeños rincones

Palabras habitadas (IV)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como cuarta entrega de la columna mensual del autor titulada "Palabras habitadas", incluida en El Quinto Poder (Chile, mayo de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Una parte nada despreciable de las experiencias bibliotecarias de Abya Yala –y de las del resto del mundo, a decir verdad– tienen lugar en espacios que los diccionarios y manuales más ortodoxos dudarían en calificar como "bibliotecas".

Y, sin embargo, lo son. En ellas se inculca el amor por la lectura, se (de)muestra el poder de la información, se reúnen memorias, y se abren ventanas hacia esos mundos que quedan más allá de los muros...

...si es que la biblioteca tiene muros. Porque muchas de ellas no son más que libros y revistas metidas en cajas, bolsas y canastos, que recorren caminos a bordo de bicicletas, carros o mulas, de pueblo en pueblo, de puesto en puesto, de comunidad en comunidad. O que viajan a bordo de lanchas y canoas. O en autobuses.

Aquellas que cuentan con muros –aquellas con una ubicación fija, un punto geográfico en el cual han echado raíces– no tienen porqué tenerlos enteros. Ni firmes. No son pocas las bibliotecas con estantes un poco torcidos que se aferran heroicamente a una carcomida medianera de adobe, ni las que luchan contra la humedad que las insistentes lluvias de las tierras bajas quieren colar entre las páginas de los volúmenes que albergan.

Hay bibliotecas –¡y escuelas!– en ranchos con paredes hechas de palos amarrados con sogas y alambres, cubiertos con techos de palma, de paja brava o de calamina. Las hay con muros de chapa y de bambú, como la biblioteca rural infantil de la comunidad Lomas de Guadalupe, en Matagalpa (Nicaragua). O de tablones de madera, como la de Cangrejal de Acosta, en San José (Costa Rica). O de cañas entrecruzadas, tan tradicionales a lo largo de la desértica costa peruana, como los que tiene la biblioteca del asentamiento La Victoria, en Huarmey, que ilustra esta entrada.

Hay bibliotecas –muchas, muchísimas– sin catálogos ni clasificaciones, ni marbetes, ni fichas, ni listado de socios, ni pago de cuotas: solo un puñado de libros y otro de lectores, en un sitio pensado para y destinado a que los unos conozcan a los otros. Y viceversa. Pues de eso se trata, en definitiva, la aventura bibliotecaria: de crear y de mantener espacios, por pequeños que sean o insignificantes que parezcan, en donde se propicie el encuentro entre la gente y el saber en todas sus formas (no solo la escrita). Lugares en los cuales se asegure la transmisión de conocimientos, de rasgos culturales, de historias y geografías universales y locales, de lenguas e identidades de todos los horizontes, en un proceso que lleva activo desde que el ser humano es, precisamente, humano. Lugares en los que se enseñen determinadas destrezas y, por qué no, se inculque una serie de valores básicos de comportamiento y convivencia.

Sean como sean y reciban el nombre que reciban, esos espacios mínimos suelen ser los grandes olvidados en publicaciones académicas y manuales universitarios, en textos divulgativos y medios masivos y, sobre todo, en los papeles y presupuestos gubernamentales. Los gurúes de la información digital, las empresas que trafican conocimiento y las populares redes sociales los desconocen o, con suerte, los tratan como meras curiosidades, exóticas y muy alejadas de lo que es o debería ser una "biblioteca" para los parámetros y las aspiraciones futuristas manejadas en esos contextos.

Pero a pesar de la invisibilidad, los olvidos y el desconocimiento, son precisamente esos pequeños rincones –repartidos a lo largo y a lo ancho de todo el continente, en todos sus climas, en todos sus ambientes– los que componen la base del sistema bibliotecario de Abya Yala: esa red elemental y un poco mágica que sustenta la lectura y el acceso a la información. Esas bibliotecas no solo deben ser reconocidas y apoyadas formalmente, sino también tomadas como ejemplo: de compromiso, de ingenio, de lucha y de activa militancia (por la alfabetización, por el placer de leer, y por tantas otras cosas).

Y, sobre todo, como ejemplo de resistencia en condiciones diarias que, por lo general, suelen distar mucho de ser favorables.

 

Lecturas

Arango Arango, Mónica (2015). Única biblioteca rural de Caldas es ejemplo nacional. El Tiempo, 8 de febrero. [En línea].

Biblioteca para el Desarrollo Obraje (2011). Continúan actividades en el centro rural de lectura Obraje. [En línea].

Camaleón Arte Visual (2014). Biblioteca Rural Infantil Matagalpa. [En línea].

Mendoza, Francisco; Espinoza, Karen (2017). La biblioteca rural que nació gracias a Facebook. El Nuevo Diario, 22 de enero [En línea].

Mora, José Eduardo (2013). Comunidad rural inauguró biblioteca. Semanario Universidad, 3 de abril [En línea].

Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca (2017). Andares de las Bibliotecas Rurales de Cajamarca. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Foto: Centro Rural de Lectura en el asentamiento humano La Victoria, barrio Santo Domingo, distrito de Huarmey, Ancash, Perú (enlace).

El texto corresponde al artículo "Esos pequeños rincones", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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